LA MUSA por Jorge Aldegunde

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A mí me parecen manchas de rotulador, singularmente informes y espaciadas sin ton ni son por el lienzo, tiñéndolo de un color como de vino tinto añejo. Raúl, amigo de la infancia y artista, siempre había sido un poco excéntrico. Más incluso ahora, recuperada su soltería. Marta y él formaban una pareja perfecta: en verdad se complementaban. Pero, de un día para otro, ella había desaparecido sin dejar rastro. Desde entonces, su obra había tornado oscura, casi incomprensible.

–¿Qué opinas?

–Es… diferente, supongo. ¿Cómo estás? Quiero decir… sin Marta.

Él me mira, con una expresión extraña, lobuna. Luego sonríe.

–En realidad, ella está por todas partes.

FIN

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DEBERES por Jorge Aldegunde

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Nos han mandado en la escuela dibujar a nuestra familia. He pensado en acudir a mis padres para que me ayuden con las instrucciones del ejercicio, pero últimamente están tristes y preocupados; hablan siempre de Política. Dicen que las cosas se están yendo de las manos, que no saben dónde vamos a ir a parar. Así que lo los he coloreado yo solo: todos de verde. Se supone que tendría que haberles hecho unas preguntas antes, pero no quiero molestar demasiado: bastante tiene mi madre con el trabajo en la fábrica; mi padre llega a casa muy tarde, mi hermano no es más que un bebé y hace ya meses que no vemos a los tíos.

***

La profesora me ha dicho que lo he hecho muy bien. Tanto que me van a llevar a otra clase, con los elegidos. Pensé que mi madre se alegraría. En cambio, al contárselo…

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EL GENTLEMAN Y LA FRUTERA (II y final) por Jorge Aldegunde

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Fotografía de Ovidio Aldegunde

Pronto se da cuenta de que sus pasos dejan tras de sí unas huellas que harían las delicias del mismísimo Sherlock Holmes. El terrazo, según parece, acusa la falta de cepillo. Rodapiés y marcos de puerta acumulan una nada desdeñable capa de polvo que, a la mínima presión de la yema de su dedo índice, mudan de lugar y se acumulan sobre éste, que pasa a convertirse en la oveja negra de una mano, por lo demás, impoluta.

Pero el suyo es un espíritu indómito: sabe que tras la puerta de la cocina se esconden escoba de densas cerdas, y férreo recogedor. Bajo la encimera, en el primer cajón, esperan varios trapos y hasta un aerosol antipolvo. Tamaña profusión de herramientas lo obnubila y decide, voluntarioso, darle un repaso a las estancias. Y en ello se aplica: baila la escoba, trasiega el paño con brío y…

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