Pablito y la manzana

Reaparece David Aldegunde (9 años) con un cuento que reproduzco a continuación:

Hace mucho, mucho tiempo un niño llamado Pablo vivía en una choza llena de moho y humedad. Sus dos hermanos mayores eran muy avaros y siempre dejaban a Pablo sin nada. Un buen día, un caballero de la guardia real se dedicó a pregonar que se iba a organizar una prueba en la que elegir a un pretendiente para casarse con la princesa.

Pablito y sus hermanos fueron a apuntarse a la lista de candidatos. Al día siguiente, un mago los visitó. Les enseñó a los hermanos tres manzanas: una era roja y las otras dos doradas. Les dijo que eligieran y los hermanos, confiados, decidieron quedarse con las doradas mientras que el pobre Pablo tuvo que conformarse con la roja. Los tres les dieron un mordisco a la vez. Ocurrió que los hermanos cayeron muertos mientras que Pablito llegó a casarse con la princesa.

Se dice que tuvieron mucha riqueza, aunque a mí no me dieron nada.

FIN

Debajo una versión “beta” (bendito proceso creativo).

Ratas

No se trataba de vulgares ratoncillos: eran grandes, con sus conspicuas colas y pelaje parduzco, agreste. Las descubrí por casualidad, en el hueco del desagüe del jardín que, por pereza, había olvidado arreglar. En la tienda me dijeron que usara guantes cuando esparciera el veneno. Las condenadas son astutas: si huelen a humano, no lo tocarán.

A los pocos días encontré los cadáveres. En mala hora decidí quemarlos: el hedor se me quedó grabado, literalmente, a fuego.

Hoy la noche es fría; he alimentado una hoguera cálida y amable. Casi me quedo dormido encima de una novela barata. Me despierta un intenso olor a humo; en la casa se ha desatado un incendio. Arde el pasillo, que remeda la antesala del infierno. Humedezco un pañuelo e intento salir. Atravieso, a duras penas, el recibidor y enfilo la puerta. Afuera está oscuro, sin luna.

Desde el jardín contemplo el desastre. Entre el crepitar de las llamas, detrás de mí, escucho unos chillidos agudos. Cuando me acostumbro a la oscuridad alcanzo a distinguir millones de esferas rosadas que me rodean y se acercan.

Albergo entonces la certeza de que se ríen mientras aguardan a consumar su venganza.

FIN

Eternos

Tampoco hoy encontré trabajo. ¡Qué tiempos aquellos en los que rostros tristes de familiares y amigos observaban cada maniobra del sepulturero! La crisis ha llegado a la profesión: tanto revelar los arcanos del genoma para estirar el chicle, que ya no hay quien se muera.

Creo que me meteré a político; con un poco de suerte conseguiré enterrarlos en vida.

FIN

Dedicado a las jornadas de reflexión, que han venido para quedarse.