El final

Están nerviosos en la editorial. Me ha llamado Gabriela, así que la cosa debe ir en serio. No me extraña: yo también lo estaría en su lugar. En los últimos tiempos, más que mi faceta de escritor ha sido la de actor la que ha dado la cara por mí: he inventado y teatralizado mil excusas para ganar tiempo. Me he pulido hasta el último euro de mis ahorros y tres adelantos en fastos y no he entregado ni un puñetero borrador. Sobre este último, aclaro: ni está ni se le espera.

¿Y qué si estoy acabado? Al menos he saboreado las mieles del éxito. Todo gracias a la vida del comisario Gutiérrez, un poli procaz, chúcaro y mundano. Una especie de héroe de barrio venido a más. Quién iba a pensar que fuese a conectar con tantos lectores. Me ha dado para dos novelas completas, que se han vendido como churros; la apoteosis del género noir. La tercera –hoy todo va por trilogías–, se me ha hecho bola. Me aconsejaron que internacionalizara al personaje, que le hiciera recorrer mundo. Y claro, asumí el reto en primera persona del singular. Verbigracia: cogí carrerilla y le di tres vueltas, a cual más vivida y costosa. Todo sea por el afán de documentarse.

Presencié la gran migración de ñus y cebras en el Masai Mara –incalculable la cantidad de abono en forma de bosta que dejan los cornudos y rayados animalitos mientras escapan de los cocodrilos–; ningún misterio albergan ya glaciares, géiseres y la rutilante aurora boreal de la fría Islandia. He pescado como los primitivos en Alaska, alternado con tramperos y observado hielos dizque eternos desde dudosas avionetas. Crucé el desierto rojo que rodea a la montaña sagrada de los aborígenes australianos –conozco hasta la última duna y lago salado–. Desde La Habana hasta Santiago he buscado las revolucionarias musas en no pocos rincones de la isla. He caminado por la Gran Muralla (ríanse de los callos en los pies) y navegado el Índico en busca de forajidos y piratas. He sucumbido al arcade en los salones recreativos de Akihabara, por si acaso la inspiración acudía en forma de píxel. He trasegado Ayahuasca en la Amazonía peruana –receta tradicional a la manera de Iquitos–, por aquello de tirar de química y buscar en mi interior, pero nada. He quemado todas las etapas de mi hoja de ruta de ciudadano del mundo y, antes al contrario, me he quedado más seco que una pasa.

Colijo ahora, quizá un poco tarde, que debía haberle dado matarile a Gutiérrez al final del segundo libro, aprovechando su última incursión por los bajos fondos. Un mal encuentro; un par de navajazos: chas, chas y se acabó. Una muerte digna de un animal de la pendencia. Pero no: en plena efervescencia, me sentí escritor eterno y quise estirar el chicle. Y ahora, mientras me atuso la perilla y miro al infinito desde este enorme ático –dos piscinas, pufs de diseño y vistas privilegiadas–, no me queda más remedio que admitir la derrota y comerme los mocos.

A mi alrededor, hay cuarenta mil fulanos que se preocupan hasta del olor de mi última ventosidad –disculpen el giro escatológico, pero es la pura verdad– para aconsejarme tal o cual médico, no sea que se me resfríe el aparato digestivo. Por si esto fuera poco, tengo asistentes personales sintéticos con algoritmos perfeccionados, capaces de anticipar mi penúltimo vicio con precisión milimétrica. También he adquirido un ordenata de diseño, de la marca que llevó a Adán a la perdición, con un teclado ergonómico preparado para desatascar falanges. Sin embargo, el maldito procesador de textos se empeña en mostrarme, por enésimo día consecutivo, una maldita hoja en blanco.

Así que va a ser que no. Que no hay talento, solo chiripa y pretensión fingida de juntaletras aferrado a un clavo ardiendo.

Me asomo a la terraza. Hay una plaza soleada, llena de conspicuas palmeras. Desde la trigésima altura, los transeúntes parecen alfileres moviéndose al azar. Entonces se me ocurre una idea. Tal vez, después de todo, todavía me queda un último viaje por hacer, un sello que pegar en mi baqueteada maleta. Ahora bien, tendrán que buscarse a otro para escribirlo.

Con mi caché, seguro que no faltarán negros para alargar el cuento un poco más.

El comisario, seguro, me lo agradecerá.

***

«No era especialmente amigo del lujo, aunque podría llegar a acostumbrarse. El alcohol caro emborrachaba igual y tenía la ventaja de no dejar resaca. Gutiérrez salió de la cama. Le bastó una mirada para comprobar que ella seguía dormida. Levantarle la amiguita al colombiano era una arriesgada manera de acercarse a él. Claro que ya había cruzado muchas líneas rojas, qué importaba una más. Se encendió un cigarro, mientras deambulaba por la terraza de la suite.

De repente, suenan disparos. La puerta se abre. Allí están: el colombiano y su gente. La rubia, en fin, lo había vendido. Suspiró, cínico y cansado. Ni se molestó en hacer inventario de fuerzas: medio en pelotas y desarmado, no tenía ninguna oportunidad.

Apuró la copa de Dalmore, se encaramó al balcón y echó un último vistazo. Antes de entregarse en bandeja a los artistas del polvo blanco, terminaría el mismo el trabajo. Abajo, en la calle, la vida seguía: otro día de calor en la metrópoli. Justo antes de saltar, un pensamiento le hizo sonreír: cinco a uno a que conseguía aterrizar con la entrepierna sobre uno de aquellos enormes cocoteros.»

***

La tercera y última aventura del comisario Gutiérrez se convirtió en otro éxito de ventas. El autor, fallecido en extrañas circunstancias, devino escritor de culto para los amantes de la novela negra. No obstante, la editorial hubo de recurrir a colaboradores para terminar de escribirla. El manuscrito, alegaron, se encontraba en un estado muy avanzado.

Solo restaba pergeñar el final.

FIN

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Vida extra

Ya tengo los pies fríos. Noto una sensación rara, como si algo burbujeara por mis venas.

Hay testigos en la sala. Sus miradas lo dicen todo: me matarían con sus propias manos, si pudieran.

El médico comprueba el pulso. Lacónico, afirma que he fallecido a las cinco y veintisiete minutos, por inyección letal.

Vuelve al cabo de un rato:

–Ya ha terminado el paripé –dice en tono cínico.

Sonrío, ufano. El azar ha querido premiarme con una segunda oportunidad: redención y una nueva vida a cambio de lealtad y servicio al gobierno. Antes de irse, añadió:

–Cuando lea la letra pequeña, deseará estar muerto.

FIN

Exorcismo

Cuando acabes la dejas fuera. Fue la única condición que impuso el sacerdote. Eso y que todo ocurriese de madrugada, cuando la iglesia está cerrada a cal y canto.

La noche fue larga; dura. Apenas quedaban resquicios de la niña. Su sonrisa había devenido en una mueca burlona y obscena, que solo mostraba podredumbre. Sus ojos eran una puerta abierta hacia el mal al que yo, insensato, me atreví a mirar.

La dejé a las puertas, poco antes del alba. Cansado y confundido, me perdí en un sueño convulso, en el que una legión de mil voces gritaba. Desperté, angustiado, deseando abrazar la oscuridad.

FIN