El repartidor

Le quedaban pocos periódicos en la cesta. Pedaleaba veloz agotando los minutos de su turno, haciendo sonar el ruidoso timbre. Cuando había aceptado el trabajo no era especialmente hábil con la bicicleta. Claro que todo es cuestión de práctica – que había tenido oportunidad de adquirir durante el largo y caluroso verano, a razón de ocho dólares con cincuenta por día, propinas aparte.

Giró en North con Orne St. y aminoró el ritmo, mientras circulaba pegado a la verja del cementerio, que ocupaba una gran porción de aquel barrio de Salem. La siguiente entrega era un ejemplar del Boston Globe en la vivienda de la señora Defarge, en la esquina con Orchard St.

Había llegado a aprender mucho de los clientes – con algunos incluso había intimado, hasta el punto de merecer su confianza y algunos centavos que engrosarían sus ahorros cuando rompiese la hucha al final del verano. Pero la Sra. Defarge era un misterio: madre soltera – al menos hasta donde Joey sabía – cuidaba de su hijo Jonesy, que se tenía bien ganado el mote de rarito del instituto. Cruzó la calle hasta la vivienda. Antes de detenerse, se fijó en aquel hombre. Caminaba lentamente, con una leve cojera. Lucía pantalones cortos y calcetines chillones, casi a juego con la camiseta: fondo rojo y una paloma dibujada en un círculo central amarillo limón, con aquel mensaje de veteranos por la paz. Llevaba un transistor en una mano, del que se desprendían, algo distorsionados, los primeros acordes de Sheena is a punk rocker.

-¿Qué tal el reparto, chico?

-No va mal. Terminando ya.

-¿No tendrás una ayuda para un veterano?

Joey se hizo el remolón.

-Estoy ahorrando para comprarme un telescopio.

El viejo lo miró con expresión burlona.

-¿No te estarás quedando conmigo, chico?

Joey aparcó y se dispuso a dejar el periódico. El jardín, de hierba pulcramente cuidada lucía, solitario, un cartel que alertaba de la presencia del perro. Para Joey constituía todo un misterio: jamás había visto u oído a ningún chucho en sus numerosas incursiones como repartidor. Por lo demás, la casa era anodina, tan sólo llamaba la atención la conspicua bandera de barras y estrellas, que ondeaba en los días de viento, y aquel buzón siempre lleno de correspondencia.

Echó un último vistazo a su bici y al veterano, que se alejaba calle abajo. Se decidió a probar suerte y realizar la entrega en mano. La pequeña cancela que daba al jardín estaba abierta, y desde ella emergía el camino hacia el portal.  Llamó al timbre y tocó al portón, primero tímidamente y luego con algo más de brío, pero no obtuvo respuesta. Se apoyó en la puerta, que se abrió con un ligero chasquido.

-¿Señora Defarge…? ¿Jonesy…?

Pensó que debía cerrar inmediatamente y dejar el periódico en el buzón. Algo le hizo cambiar de opinión: qué demonios, no va a pasar nada por un vistazo rápido.

Cruzó el recibidor, dejando a un lado la cocina. Más adelante, a su derecha, una habitación mostraba una pared repleta de pósteres de los Celtics y de Larry Joe Bird. El pasillo se abría ligeramente para acomodar unas escaleras que llevaban al primer piso. A su izquierda, se adivinaba una puerta entreabierta. Picado por la curiosidad, Joey tiró de la manilla. Un tramo de escaleras, pobremente iluminado, llevaba al sótano de la casa. Mientras bajaba, se cuidó de dejar la puerta abierta para que le sirviera de tragaluz.

A un lado de la estancia, el más cercano a la escalera, alcanzó a ver una gran alacena anclada a la pared. En uno de los estantes había tres grandes latas de aluminio. Se acercó a ellas, y percibió un fuerte olor a comida de perro. Estaban etiquetadas; a duras penas consiguió leer: “Veltesta”, “Tretesta” y “Drittesta”. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, percibía sombras que, lentamente, tomaban forma.

Unos puntos luminosos llamaron su atención. Fue entonces cuando lo vio. Hacia el centro de la estancia, comenzó a distinguir la forma de un enorme animal – un perro – recostado sobre sus patas. Se acercó lentamente – tan sólo un par de pasos – para poder observarlo mejor. Lo que vio lo dejó completamente inmóvil: poseía tres prominentes cabezas, que seguían atentamente sus movimientos; las orejas erguidas y ojos de un extraño color rojizo. Sus fauces, que permanecían cerradas, no ocultaban unos largos colmillos superiores, que asomaban amenazadores. Hipnotizado, Joey comenzó a moverse hacia aquella monstruosidad. Al percibir sus pasos, el perro se sentó sobre sus cuartos traseros, al tiempo que sus cabezas proferían, casi al unísono, un gruñido amenazador. Le pareció que, al moverse el animal, se agitaba una especie de esclusa, que permanecía cerrada bajo su peso.

Fue el olor lo que primer le llamó la atención: a un intenso azufre. Mientras trataba de adivinar su origen, percibió un extraño brillo. Parecía provenir de la abertura sobre la que se situaba el can de tres cabezas. El brillo se descomponía en colores indescriptibles: de un azul eléctrico a un verde fantasmagórico, que rápidamente transmutaba a rojo sangre. Joey se acercó imperceptiblemente. Fue entonces cuando el suelo del sótano empezó a retumbar, y la compuerta sobre la que se sentaba el animal se agitó como empujada por algún tipo de fuerza invisible. Siguieron unos alaridos ensordecedores, ante lo que el can abrió sus poderosas fauces y comenzó a ladrar, acercando sus afilados dientes al borde de la esclusa.

Joey salió de su estado de ensoñación y se apresuró a la escalera; la subió a trompicones y abandonó la casa. Montó en su bicicleta y se irguió sobre los pedales. Sólo cuando se encontraba en Franklin St., cerca del río, reparó en que todavía llevaba, apretado en su mano, el ejemplar del Boston Globe. Miró al cielo: seguía tercamente azul, mientras la mañana quedaba atrás.

Otro maravilloso día de verano en Nueva Inglaterra.

 

FIN

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Una pulsera de otro mundo

Estaba encantada con la adquisición. No se le ocurría mejor regalo para un cuarentón que, en plena crisis, había decidido retomar viejos hábitos saludables y ponerse a correr.

Además, era lo último del mercado: lo más de lo más en las llamadas pulseras de actividad. Medía todo tipo de parámetros corporales: pulso, pasos y distancia recorridos, calorías consumidas, sueño acumulado y un inabarcable etcétera. Ya puestos, también daba la hora.

Como no podía ser de otra manera, venía de serie con una utilísima aplicación, de las que se instalan en el teléfono móvil, recogen ingentes cantidades de datos proporcionados por la pulsera, y los procesan para presentar estadísticas, gráficas y un sinfín de recomendaciones para mantenerse sano.

A ella se le había ocurrido activar aquella función para enviarse mensajes y, de paso, poder echar un inocente vistazo al resumen de la actividad diaria de su compañero.

En ésas estaba cuando su teléfono comenzó a vibrar. Hablando del Rey de Roma. La aplicación de la pulsera mostraba un mensaje de bienvenida:

“¡GRACIAS POR USAR NUESTRA APLICACIÓN! TE QUEDAN 8.546 PASOS PARA CUMPLIR TU OBJETIVO DEL DÍA.”

Le sirvió para recordar que tenía que ir al gimnasio. Realmente era un cacharro útil.

Siguió con su paseo, hasta que volvió a notar la vibración del teléfono en su bolso.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡78 PULSACIONES!”

Vaya. Resulta que, además de poder mirar por la ventana indiscreta, el programa la animaba a ser cotilla. Cosas de los automatismos.

No habían pasado ni cinco minutos cuando el teléfono volvió a vibrar ostensiblemente.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡102 PULSACIONES!”

Eran sólo las diez de la mañana; se imaginó que él estaría en la oficina, tal vez enterrado en alguna reunión de esas que duraban demasiado y le ponían de los nervios. Desde que se había metido en aquel proyecto con los rusos, tenía tensión emocional. Suerte que ella seguía de vacaciones.

Se detuvo en un banco del parque. Tal vez era buen momento para llamarle y comprobar que todo estaba bien. Dudó un par de veces, hasta que su sentido común le borró la idea de la cabeza. Bobadas, pensó.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡165 PULSACIONES!”

Se quedó mirando la pantalla de su terminal, que ahora mostraba el mensaje acompañado de un bip excesivamente ruidoso. La pantalla parpadeaba en un rojo anaranjado. Se convenció de llamar: era simplemente una prueba y se quedaría tranquila. Y de paso le preguntaría qué estaba haciendo: para una reunión de trabajo, estaba resultando de lo más intenso.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡220 PULSACIONES! ¡SE HA SUPERADO EL LÍMITE!”

Comenzó a preocuparse de verdad, mientras asimilaba el mensaje, desbloqueaba la función de llamadas de su teléfono, y comenzaba a marcar el número de su marido. Comunicaba.

Continuó sentada, sin saber bien qué curso de acción tomar, intentando conectar en varias ocasiones, sin suerte. Estaba segura de que se trataba de un error informático, pero se mantuvo resuelta a llamar las veces que fuera necesario, hasta que consiguiese hablar con él. Le puso varios mensajes de texto, para que le devolviera la llamada. Se mantuvo mirando fijamente la pantalla de su teléfono esperando una respuesta. En ese momento sonó una estridente alarma, parecida a la del despertador, al tiempo que la pantalla se llenaba de colores.

“UN AMIGO HA REPORTADO: NÚMERO DE PULSACIONES INCOMPATIBLE CON LA VIDA”

Sintió cómo se le helaba la sangre. Se le cayó el teléfono y volvió a recogerlo, sobresaltándose al escuchar el timbre de una llamada entrante. Era él.

-¿Sí….Dígame?

-¡Hola!… tengo algo así como veinte llamadas perdidas tuyas. Dime que, por lo menos, se ha caído el Taj Mahal o hemos llegado a Marte.

-Gracioso.

-No, en serio: ¿qué pasa?

-Ah… nada. Sólo te llamaba para saber qué tal iba todo.

-Bien…a vueltas con los rusos. Entretenidos, pero sin morirse.

-No digas eso.

-¿Qué? Lo de los rusos…

-No, lo de morirse.

-Ah…Es el humor de las diez y quince. Ya sabes que soy muy gracioso, tú misma lo dices…

-¿Qué tal la pulsera?

-¡Genial! Menudo invento. Me dice que ya llevo caminados la mitad de mi objetivo de pasos, quemada cerca de una cuarta parte de calorías, y que me pongo nervioso cada vez que mi jefe me habla…No, en serio: está muy bien. Ya no hay excusas para no cuidarse.

-Bueno. Voy a seguir con lo mío. Que pases buen día y ten cuidado.

-Ya te he dicho que no pienso morirme todavía.

-Y dale.

Colgó. Aliviada, pero sintiéndose algo estúpida. Examinó su móvil en busca de más alarmas, pero se mantuvo en silencio. A la vista del éxito, terminó por desactivar la función “alertas de amigos”.

Al día siguiente, mientras recogía unos papeles, un pequeño panfleto se cayó al suelo. Lo recogió.

“FUNCIONALIDADES AVANZADAS: ALGORITMO DE PROGNOSIS”

Eran las instrucciones de la pulsera. Algoritmo de prognosis. Sonaba bien, y se animó a seguir leyendo.

“Funcionamiento: Nuestra pulsera incorpora un algoritmo de predicción del estado de salud del usuario. Este algoritmo se vale de técnicas de análisis de grandes volúmenes de datos (big data), para proyectar el comportamiento cardíaco del usuario y generar consejos para una actividad sana.”

Pensó en lo ocurrido el día anterior. Continuó leyendo.

“Modos de fallo: Nuestro algoritmo combina datos de millones de usuarios que han proporcionado su consentimiento para generar patrones y tendencias. Se encuentra en proceso de optimización por lo que, cuando esta funcionalidad se encuentra activa, el funcionamiento de la pulsera puede sufrir desviaciones debidas a la incorrecta interpretación de los valores de salida del algoritmo. En caso de detectar este comportamiento, póngase en contacto con nuestro departamento de posventa y garantía. Actualizaremos su software sin compromiso.

DISFRUTE DE NUESTRA PULSERA. ¡ES OTRO MUNDO!”

Trataba de asimilar la información. El teléfono la sacó brutalmente de su ensoñación: comenzó a sonar como si no hubiera mañana.

Se trataba de un número oculto.

FIN

 

Advertencia del autor: A ti, que tal vez leas esto, decirte que no te creas la mitad de lo que escribo. Lo que hagas con la otra mitad, es asunto tuyo.

Para Xulia

-Te digo que está allí- insistió Elías.

-Pero si aquello está vacío, neno– contestó Juan.

-Vamos y te lo enseño.

Era una tarde de verano desapacible, con viento del oeste que anunciaba lluvia. Uno de esos días en los que la playa es sólo para incondicionales del bañador. Así que decidieron ponerse en marcha, cada uno con su bici. Juan no se despegaba de su Motoretta-2 de color rojo, con aquellos aires de Harley de masas. Tal vez era un poco pesada, pero él le tenía cogido el truco – había que ponerse de pie un poco antes de que las cuestas se empinasen y mantener el ritmo. A Elías le habían regalado una California amarilla, por la que llevaba suspirando media vida. Era rápida, perfecta para escapar. Cuando se ponía, en medio santiamén había ido y vuelto del quinto confín.

-¿Por dónde vamos? – preguntó Juan.

-Por el monte…así pasamos por la de Xenaro y pillamos unos abruños.

-Yo creo que nos estará esperando con un palo; ya le hemos robado la mitad del árbol…

-Mira que eres cagao…- espetó Elías.

Dicho y hecho: remontaron por la cuesta del club de remo y atravesaron el maizal. Aquel endrino gigante sobrepasaba el murete que rodeaba el huerto de la casa; sus ramas invadían el camino que llevaba a las calas. Y todas estaban cargadas hasta los topes de aquella fruta negruzca y agridulce. Apoyaron las bicicletas sobre el muro y se pusieron de pie sobre los asientos. Aquí Juan llevaba ventaja: contaba con su sillín alargado, mientras Elías hacía malabares apoyándose sobre una de las ramas, acaso la que más abruños ofrecía. La fruta robada tiene una doble virtud: está sabrosa y se come al instante, no como esas piezas que languidecen en el frutero esperando destino.

-¡Oiga!…

La voz de Genaro actuó como un resorte para Elías, que en un nanosegundo había dado cuenta de dos abruños, metido el resto del botín en el faldón de su camiseta, y subido el repecho que lo ponía a salvo. Juan tuvo que coger algo de carrerilla, subirse y avanzar erguido hasta alcanzarlo. Apuraron, sin parar de reírse, hasta que se alejaron de allí, por la pista que dejaba a un lado los acantilados y el océano atlántico. A lo lejos se intuía, brumoso, aquel faro romano que todavía funcionaba.

Pedaleaban tranquilos, describiendo eses mientras recorrían la senda de las Islas Mirandas. Allí se abría un generoso claro que descubría un espectáculo de agua y espuma. Decidieron tomarse un descanso, mientras devoraban abruños y moras silvestres.

-¿Y cuántas había? – indagó Juan.

-Pues no muchas, pero parecían antiguas. También había sobres… ¿y si hay billetes dentro?

Se levantaba una ligera brisa. Quizá por eso no le oyeron llegar. Fue Juan quien se dio la vuelta y lo vio. Le soltó un par de codazos a Elías, que se imaginaba todavía amasando riquezas incontables, abrazado al manillar.

El anciano se quedó en medio del claro, contemplándolos. Vestía ropas de labriego, y los miraba desde una edad infinita, con las manos cruzadas en la espalda. En su rostro, millones de arrugas peleaban por hacerse un hueco. Allí se quedaron, mirándose fijamente, como jugadores de ajedrez alrededor de un grandioso tablero. Pasada la sorpresa, y antes de que la digestión de la fruta les jugara malas pasadas, Elías y Juan retomaron su montura y salieron del claro, dejando atrás al viejo, que los siguió con la mirada, impávido.

Decidieron atajar por el bosque de pinos, en cuya base crecían frondosos helechos de hojas eternas. Allí el camino se estrechaba hasta volverse una vereda, donde sólo podían pedalear en fila de a uno. Les impresionaba la altura de aquellos árboles y el sonido casi hipnótico de las copas al mecerse. Elías derrapó en un recodo, y se preparó para subir, allí donde el bosque terminaba y la corredoira se unía a la travesía de Maiobre. Con un sonoro clac, la cadena de Elías se salió en mitad del esfuerzo. Se bajó y afanó en colocarla de nuevo, ayudado por Juan. Cuando terminaron, los dos lucían manchas de grasa en mejillas y nariz – nunca apetece más rascarse que con las manos sucias.

Dejaron atrás el cementerio de Cervás y cruzaron la carretera principal, extrañamente triste sin los bañistas que, a diario, acudían a la playa de Chanteiro. De ahí a la iglesia de San Pedro, de donde partía el último puerto de su etapa. Todavía quedaba casi un kilómetro de ruta, bajando por la ensenada del Baño y ascendiendo ligeramente, después, hasta la fortificación que gobernaba la angosta ría. Para cuando llegaron, marchaban sentados con aire cansado, sus espaldas moviéndose, solidarias, con su terco pedaleo.

-Menudo rompepiernas- dijo Juan.

-Y que lo digas. Pero llegamos, por fin.

No quedaba mucho en pie del castillo, pero los muros que daban al mar conservaban las troneras en las que, tiempo atrás, se habrían apostado cañones formando eficaces baterías. A Elías le costó identificar la buena: todas parecían iguales. Tanteó en algunas, hasta que encontró la piedra suelta.

-¡Era aquí! La movemos a la de tres: una, dos y …

La losa cayó con un ruido seco, y descubrió un hueco rectangular, apenas profundo. Allí descansaba la caja de latón, que parecía resistir formidablemente el paso del tiempo.

-¿A qué esperas?- preguntó Juan, nervioso.

La tapa cedió con un chasquido metálico, revelando un fajo de cartas atadas con una cuerda. Había también un puñado de monedas antiguas, que no supieron identificar.

Elías se entretuvo con las monedas, y Juan tomó las cartas. No parecía que tuvieran sello, y la tinta comenzaba a emborronarse. No había remite, pero en el anverso de ellas se repetía el mismo nombre, escrito apresuradamente.

Para Xulia, rezaba.

FIN

Corredoira: camino estrecho (nota del autor).

#historiasdebicis para zendalibros.

El patio

Pensó que era estupendo contemplar las flores del patio, aunque lloviera. Detenía su mirada en la hiedra, los coloridos geranios y en la buganvilla que crecía en la pared opuesta a la puerta. La última adquisición había sido una variante de Dionaea Muscipula – una Venus atrapamoscas gigante – de casi metro y medio; una rareza exótica que confería un punto selvático a aquel rincón de la casa. La dieta de aquella planta carnívora no sólo incluía insectos, sino también pequeños animales.

Miró relajado, mientras descansaba en su cómodo sillón. Bebió de su café y derramó, distraído, algunas gotas sobre el mantel. No se dio cuenta de que se quedaba dormido hasta que una ligera brisa lo desperezó. Volvió a repasar con su mirada cada rincón.

Sólo consiguió espabilar del todo cuando reparó en aquel hueco: la Venus ya no estaba allí. El tallo del que brotaban las hojas se había doblado en un ángulo inverosímil y éstas se mostraban, exageradamente abiertas, a pocos centímetros de su brazo derecho.

FIN

Helado de menta y chocolate

Fue la última en llegar. Llamó al timbre del ático de Alfonso, mientras terminaba de escribir un par de mensajes en su teléfono. Siempre con la lengua fuera, pensó. Miró de refilón su móvil mientras lo metía en el bolso. La canguro parecía muy joven, pero le habían dado muy buenas referencias de ella. Era la enésima vez que Santi le fallaba para cuidar de Martín y había tenido que encontrar la cuadratura del círculo para llegar a tiempo a la cena.

-¡Hombre Nati! Empezábamos a echarte de menos – la sorprendió un sonriente Fon-. Pasa…están todos en la terraza arreglando el mundo. Eso sí: con una copa de vino blanco para hacer más llevadero el trago.

Fon era el tipo con la mayor capacidad de sacar temas que conocía. Y de todos ellos sabía lo suficiente como para no quedar de pardillo, abrir juego y luego hacer mutis por el foro para practicar su deporte favorito: observar cómo los demás opinaban. Además de ser psicólogo, ejercía. Todo un profesional en apreciar el paisaje y el paisanaje. Tenía una sonrisa de escándalo – coronada de blanquísimos dientes – y capaz de desarmar a cualquiera. Por lo demás, era el perfecto anfitrión, y cocinaba de lujo.

-He traído vino y postre: uno fresquito para una noche de verano…

-No tenías por qué haberte molestado – observó Fon-. Le sirvió vino y la despachó mientras terminaba con los preparativos de la cena.

Atravesó el recibidor y el salón – apreció la mesa puesta para siete – y se fue directa la terraza.

Paco y Carolina conversaban animados, en tanto que Juan, Lara y Tomás escrutaban el skyline de la ciudad.

-Fíjate: cielo azul y la circunferencia del sol hundiéndose entre las montañas; cortada por edificios de hormigón y cristal. Tenías que haberte traído tu cámara para inmortalizar la vista – sugirió Juan-. Esta es una hora mágica.

Luscofusco, como dicen en mi pueblo – añadió Tomás-. Pero la mejor forma de apreciar este momento es observarlo. En las fotos no queda igual.

Nati se acercó a los chicos y se unió a la charla. Para nada quería ir de sujetavelas – al menos en los entrantes. Al rato, apareció Fon haciendo chocar teatralmente una cucharilla contra su copa.

-Queridos…la cena está lista – anunció.

-¡Y nosotros de palique en plan gorrón! – dijo Carol mientras plantaba un sonoro beso a Paco-. A ver si aprendes a ser tan buen anfitrión. Nos tiene a mesa puesta…

-Lo mío son los algoritmos de protección robustos – salió él por la tangente.

-Eso: invitados hambrientos, pero ciberseguros – ironizó Juan. Lara apuntaló la ocurrencia con su risa, algo estridente, mientras se sentaba a la mesa.

Siguieron charlando mientras se servían los primeros – en aquellas quedadas tenían la costumbre de traer, entre todos, aperitivos y entradas para compartir; el anfitrión se encargaba del plato fuerte.

-“Dadme cien chicos sanos y, mediante un adecuado acondicionamiento, podré hacer de ellos sacerdotes, ladrones…y hasta asesinos en serie”-observó Fon-. También se podría plantear al revés…

-¿Y eso de qué va?- preguntó Lara, sorprendida.

-No es una frase mía…es del fundador de una corriente de la psicología: Conductismo, se llama…El asunto es emplear unos determinados estímulos para dirigir la conducta del individuo. Básicamente supone que, mediante la exposición adecuada, se puede controlar el comportamiento de cualquiera…para bien o para mal.

-¿Eso no es lo de los chuchos del tal Pavlov?-terció Juan, mientras atacaba la fondue de queso.

-Justo. Aunque un poco más elaborado, más… sistematizado- respondió Fon elevando un poco el tono-. Me encantaría probarlo en plan extremo, en mis sesiones de psicoterapia, con determinadas personas.

-¿Con quién?- quiso saber Tomás.

Fon se concentró en la comida mientras meditaba la respuesta. Paco y Lara miraban curiosos, y Nati daba otro sorbo más a su copa mientras pensaba en cómo se estaría portando su hijo. Él podría ser un buen candidato, pensó. O su ex Santi, añadió para sí con cierta maldad. Bien pensado, podían acudir los tres – lo mismo el bueno de Fon hacía de descuento por volumen. Sea como fuere, el teléfono no había vibrado – así que, por ahora, sin señales de alarma.

-Hablo, sobre todo, de casos perdidos. De tipos cuyo comportamiento es puramente patológico…- añadió el anfitrión, yéndose por las ramas.

-¿Cómo el asesino del centro?- añadió Carol, como quien hubiera descubierto la pólvora.

-¡Exacto!- añadió Fon- suponiendo que son capaces de echarle el guante…

-Ya te digo yo que el colega tiene las horas contadas- dijo Paco. Seguro que lo tienen estudiado y su posición bien triangulada. Estarán esperando a que asome la patita para trincarlo, Y luego, con todos mis respetos hacia la propuesta de Fon, espero que se lo cepillen…

Fon esgrimió una de sus sonrisas de encantador de serpiente y se relajó en su asiento. Ya tenían un tema sabroso, pensó. El caso del asesino del centro, como lo habían bautizado los medios, era un trasunto de Jack el Destripador en la era del Twitter, Facebook e Instagram. Todo había empezado hacía unos tres o cuatro meses, con el descubrimiento del cuerpo mutilado de una joven en su propia casa.

-Con perdón de la mesa – terció Juan – lo que le hizo a la chica que vivía en el barrio chino fue digno de casquería. Por lo visto, fueron los vecinos quienes avisaron a la policía. La versión soft decía que estaban extrañados de que se acumulasen las cartas en su buzón…la otra es que el rellano al que daba su vivienda apestaba que no veas, y que los perros del vecindario no paraban de ladrar y olisquear por su puerta.

Lara no quitaba ojo de Juan, como de costumbre. Decir que estaba loquita por él era poco: lo había conocido en la librería en la que trabajaba; él era un cliente habitual – siempre a la caza libros de viajes. Un día se liaron la manta a hablar sobre destinos interesantes en el sureste asiático, y al siguiente se sacaron dos billetes para Hanói. La cuestión crematística no era problema para Juan, que vivía instalado en un eterno año sabático, a costa del extenso patrimonio familiar.

-Lo que se encontraron en la casa fue una carnicería – prosiguió Lara el relato-. El tipo había despedazado a la mujer: sus manos, cortadas a la altura de la muñeca, lucían sobre el aparador del salón en plan decorado grotesco. Encima le faltaban algunos dedos…Luego las piernas, cercenadas del muslo para abajo, estaban sobre una báscula en el cuarto de baño y…

-Qué detalle – interrumpió Paco- seguro que lo hizo por la operación bikini…

Todos rieron la ocurrencia, menos Carol, que lo miraba con expresión de querer convertirlo en la siguiente víctima.

-Todavía quedaba el lacito – apuntilló Juan-. El tipo había dejado la cabeza entre dos maceteros que había sobre la cornisa interior de una de las ventanas, la quedaba al patio de luces. El detalle floral – añadió con sorna-. Del resto del cuerpo, nunca más se supo…

-Pues, pensándolo bien, a mí me hubiera encantado ser el fotógrafo de la escena del crimen – añadió Tomás, que hasta entonces había permanecido discreto.

-Eso suena a deformación profesional- le espetó Fon.

-Ya. Lo dice el del conductismo…

Tomás seguía siendo un misterio para Nati. Se ganaba la vida de fotógrafo – realmente era muy bueno – y bastante hermético, salvo con tres o cuatro copas por encima de la línea de flotación. Había sido el último en unirse al grupo: Alfonso se lo había presentado a todos como un primo lejano de Galicia. Otra mentirijilla más, suponía ella, aunque ya nadie se acordaba.

-No he seguido mucho el caso- se interesó Nati-, pero por lo que sé aquella chica no ha sido la única: ha habido tres asesinatos más. Y, aunque no han trascendido tantos detalles, han debido de ser del mismo pelaje: carnicería al más puro estilo peli de terror serie B. Y todas eran mujeres jóvenes que vivían solas. La verdad es que da repelús pensar sobre el tema…

-Lo bueno del mundo digital -razonó Paco en plan interesante- y todo el ecosistema de redes sociales, es que te enteras de las cosas casi al tiempo de que ocurren. Seguro que, también por esa vía, lo tienen bastante acorralado. Lo que pasa es que no pueden decir por dónde van los tiros de la investigación para que no vuele el pajarito.

-Yo no lo veo tan claro – sostuvo Carol, insegura-. Y el caso es que no parece haber ninguna relación aparente entre las chicas, fuera de que vivieran solas.  Con lo tarde que viene Paco del trabajo y la de horas que me paso sola estudiando…en fin, vale más no pensar mucho en el tema porque te entra el bajón.

Siguieron todos de charleta. Fon les volvió a sorprender con otra de sus especialidades: caldeirada de pescado –receta de Tomás – regado con más vino. Destriparon la actualidad de todos los temas que, desde el comienzo de las quedadas, dominaban sus conversaciones: cine, ligues, hobbies, política y trabajo, que venía siendo el sustituto de la religión – tema en el que Juan desconectaba de forma ostensible. Después de que todos hubieron venteado sus penas laborales, Juan remató la jugada contando su último viaje a Japón, del que Lara había venido maravillada.

Llegaron los postes, y Fon comenzó a servir el helado que había traído Nati.

-¡Tachán! Helado de menta y chocolate…la combinación más elegante. ¿Quién se anima?

Nati notó como Tomás se revolvía, incómodo, a su lado.

-Si no te importa- interrumpió secamente el fotógrafo- yo tomaré café solo con hielo.

-Dirás que no te gusta el helado…

-Sí me gusta. Pero hoy paso – estoy un poco cansado; tengo curro de edición de fotos en casa y mañana madrugo para un reportaje.

Dieron buena cuenta del postre; después Fon les ofreció tomar unas copas en la terraza – ahora que la temperatura había bajado y la noche estaba estupenda.

-Yo no me puedo quedar chicos, disfrutadlo vosotros – anunció Nati-. A partir de cierta hora, el minuto de canguro se cotiza más que el kilo de caviar.

-Yo marcho también- apuntó Tomás-. Hasta la próxima.

Bajaron juntos en el ascensor. Nati se interesó por el trabajo de Tomás. Solía ver su blog con frecuencia; en él publicaba algunos de sus trabajos.

-Fotografía de entornos industriales – aclaró él-; no es la temática más hechizante, pero da pasta. También hago retratos y alguna exposición. He hecho una sobre flores…

-¿Te llevo a casa?- propuso Nati -. Tengo el coche por aquí… ¿Tú has venido en metro?

Se sintió sorprendida de su ofrecimiento. Con todo, pensó que le apetecía tener una conversación de adultos y estirar un poco la noche: quería descubrir algo más de lo que se escondía tras aquellos ojos grises. Además, el teléfono seguía sorprendentemente mudo, y media hora más no iba a cambiar tanto su vida.

-No tienes por qué molestarte – dijo él-. De verdad.

-No es molestia. Y no vivimos lejos. Mi hijo estará ya en el octavo sueño, y confío en que la canguro esté en el segundo…

Nati conducía por las calles sin tráfico. Tomás vivía en un apartamento de la ciudad vieja, en el que ya no se podía entrar en coche, salvo a horas intempestivas y prácticamente sólo de paso.

-Te has perdido un tremendo postre – le espetó ella.

-¿Qué? Ah… ya. Espero que no te haya sentado mal.

-No. Pero diste un salto como si hubiera aparecido el demonio cuando Fon lo presentó.

-Bueno…yo también tengo mis asociaciones mentales. Curioso que Fon haya sacado el tema del conductismo.

-¿Y eso?

-De pequeño, en mi pueblo. Diríamos que no le caía demasiado bien a un crío unos años mayor, y como siete veces más fuerte que yo. Todos los días, a la salida del colegio, venía con su grupo a acorralarme y a darme cera. Dejaba que sus palmeros me rodearan, mientras se tomaba un cucurucho de helado. Siempre del mismo sabor: menta y chocolate. Y después me daban un buen saco de hostias. Así varios años, hasta que se aburrió. O cerró la puñetera heladería, ya no recuerdo bien.

-¿Y tú no hiciste nada?

-En el pueblo éramos cuatro. Ahora hay protocolos de bullying y la de Dios, pero por aquel entonces, irse de la lengua tenía sus consecuencias. Y no quería darles problemas a mis abuelos. Bastante tenían con criarme.

Permanecieron callados hasta que llegaron al portal de Tomás. Él se desabrochó el cinturón de seguridad e hizo amago de salir.

-¿Te quieres tomar la penúltima en mi minipiso?- Sugirió él. Así me siento algo menos malqueda, por lo de tu helado…

-Eh…-Nati calibró las posibilidades de perder media hora más-. ¿Y tu reportaje de mañana…?

-No te preocupes. Iba a dormir poco, de todas formas. Tengo que editar varios miles de fotos…

El piso de Tomás no era pequeño: era mínimo. Con todo, tenía un salón aprovechable en el que sobresalía un mueble librería atestado de libros. Nati dejó su bolso y acudió al baño, mientras él preparaba algo de beber. De camino, se fijó en una foto en blanco y negro de gran formato, enmarcada en la pared opuesta a la librería. Mostraba, en primer plano, lo que parecía un caballete, en cuyo soporte se amontonaban enormes tulipanes cortados a ras de tallo. El conjunto se hallaba en una estancia de techos altos, en cuyo fondo se proyectaba, sujeta desde lo alto, una sábana, que caía justo detrás del atril como una gran cascada blanca. Era simplemente espectacular.

Cuando volvió del baño, Tomás todavía seguía enfrascado en la cocina. Curioseó entre los libros, y encontró uno en gran formato con fotografías de Robert Capa. Al abrirlo, de entre sus páginas cayeron varias fotografías al suelo. Descubrió, al recogerlas, que eran retratos de diferentes mujeres degustando algún plato en lugares públicos. Estaban acompañadas y, a juzgar por la expresión de su cara, era improbable que supieran que estaban siendo fotografiadas. Daban la impresión de ser fotos robadas. Se fijó en uno de los rostros; tuvo la sensación de que lo había visto antes.

-Vaya…veo que ya te has servido tú sola- la sorprendió un Tomás visiblemente molesto.

-Lo siento… Me quedé pasmada viendo la foto de los tulipanes y luego cogí este libro de la librería. Las fotos estaban dentro…

Tomás estudió las instantáneas lentamente, como si fuera la primera vez que las hubiera visto.

-¿Son amigas tuyas? La verdad es que son unos retratos muy naturales. Parecen tan casuales…

-No exactamente. Aunque, sin que ellas lo supieran, compartimos muchas cosas.

La expresión de Tomás se tornaba, por momentos, algo lobuna – sus ojos parecían oscurecerse.

-¿Por…?

-Oh…vamos, ¿ni siquiera te has fijado en lo que comen?

-Pues…no.

-Helado de menta y chocolate.

Como espoleada por un resorte, recordó de qué le sonaba la mujer de la foto: era la primera de las víctimas del asesino del centro. Pensó en lo grotesco y absurdo de aquella muerte. Instintivamente, echó mano de su bolso para coger el teléfono.

-Buscas esto, creo- espetó Tomás, mientas le enseñaba su teléfono móvil. Lo había cogido de su bolso.

Por alguna razón que escapaba a su entendimiento, se sintió profundamente cansada. Intuyó que sería una noche muy larga.

FIN

 

Para Ovidio Aldegunde. Más en https://ovidioaldegunde.blogspot.com/

 

La araña Tula y los elefantes escribidores

Microfábula

Érase que se era, en el reino de los animales, una araña muy trabajadora que se llamaba Tula. Gustaba de tejer telarañas enormes y tupidas, que unían ramas y árboles. Así, mientras Tula se afanaba en construir la malla más grande y resistente que hubiera existido jamás, todos los habitantes de la jungla la contemplaban patidifusos. Miraban asombrados los macacos; boquiabiertas se deslizaban las sibilantes sierpes que, de pura envidia, sacaban sus bífidas lenguas. Las jirafas, por su parte, estiraban sus largos cuellos para examinar de cerca el trabajo de Tula. Ella, en silencio, asentía orgullosa mientras continuaba con su tarea.

Un buen día, el león Melenas le preguntó a Tula:

-¿Podrías construir una red que uniera los dos lados de este barranco? Sería muy útil para que cruzáramos sin tener que vadear el río.

Tula asintió y se puso manos a la obra: tejió día y noche, sin descanso, hasta que su tela lució completa y se mostraba, a modo de puente sobre el agua caudalosa. Entonces, Tula se dirigió a las bestias:

-Esta malla es muy resistente: estoy segura de que podrá aguantar vuestro peso mientras la atravesáis.

Cruzó entonces el hipopótamo Grisú, el cocodrilo Lucio, el tigre Colmillo y el elefante Trompeta, que era el jefe de su manada. Éste, que se encontraba muy cansado, decidió aposentarse sobre el arácnido columpio, mientras se solazaba – hacia abajo vislumbraba el brumoso torrente, y hacia arriba un cielo de profundo color azul. Ante tan bello paisaje, sacó su cuaderno y empezó a escribir. Quedó tan absorto, que sus compañeros lo imitaron, curiosos, y se unieron a Trompeta. En menos que canta un gallo, sobre el tejido de Tula, decenas de elefantes escribidores sacaban punta a sus lápices mientras plasmaban, en prosa y verso, el resultado de su inspiración.

Tula, que nunca había pensado que su red pudiera tener tanto éxito, trepó hasta sus extremos y comenzó a apuntalarla, pues no las tenía todas consigo: no se había diseñado para tantas y tan grandes fieras.

Trompeta, al verla, le espetó:

-Por favor, Tula, deja que mis amigos se concentren. Cuando las musas te atrapan ¡no sabes cuándo te abandonarán! Temo que, si te ven, se asusten y decidan marcharse de este lugar tan inspirador. Ya le he pedido a los otros animales que nos dejen hasta que terminemos nuestras creaciones.

Tula replicó, algo incómoda:

-Amigos, siendo mi telaraña muy resistente, debo reforzarla: nunca pensé que hubiera tantos de vuestra especie al mismo tiempo sobre ella y, como ves, tus amigos no paran de subir…

El caso es que, entre ruegos y explicaciones, Trompeta acabó por despachar a la pobre Tula con cajas destempladas, mientras sus compañeros continuaban en aquel rapto de escritura.

Tula observaba, preocupada, cómo su elástico tejido se estiraba por allá y acullá, acomodando cada vez a más paquidermos que buscaban su espacio en la concurrida tela.

En esto que, con gran estruendo, los extremos de la malla, que tan fuertemente parecían cosidos al borde del precipicio, terminaron cediendo, y los trompudos animales se precipitaron, cayendo cuan grandes eran sobre el cauce del río. Una muchedumbre de fieras contemplaba el espectáculo de los elefantes escribidores que, empero, entre la caída y el agua, perdieron todas sus notas, al tiempo que agitaban sus enormes patas, orejas y trompas, para acercarse a la orilla.

El loro Parlanchas se acercó a Tula, y razonó:

-No entiendo cómo no has reforzado la red si intuías que no aguantaría tanto peso.

-Lo intenté – respondió Tula – pero Trompeta y sus amigos creyeron tener suficiente con su inspiración y no quisieron que les ayudara. Y, como decimos en el mundo de las arañas: Para quien no quiere, tengo yo mucho.

FIN

Once metros

Corría el minuto cuarenta y cuatro cuando sucedió: jugada larga por banda derecha con llegada a línea de fondo, pase atrás del mariscal Mauro Silva y centro de Alfredo hacia un Bebeto que la cede, sutil, hacia el carrilero Nando. Éste quiere adentrarse en el área y se traba con Serer. Todo el mundo vio penalti, sin que hiciera falta VAR; empezando por el bueno de López Nieto, que triscaba ufano hacia el fatídico punto con el brazo enhiesto. El cielo, que hasta entonces había jugado al despiste, se abría para las casi treinta mil almas que abarrotaban el estadio municipal de Riazor. La gloria a once metros.

Pasado el año de la sorpresa, el Dépor había conquistado el liderato en la jornada catorce, como un cazador novel con su primera presa. Y no parecía dispuesto a soltarla. El cuadro de aspirantes lo completaba un Barça talentoso – Romario, Stoichkov, Laudrup y compañía, que se jugaba su cuarta liga consecutiva en el último partido, con dos muescas en el currículum – merced a aquel Real Madrid que había reincidido en besar la lona en Tenerife. El Sevilla, su rival, pugnaba por ser equipo UEFA, broche para una temporada notable. El Valencia llegaba a Riazor jugándose nada, concepto discutido y discutible, sobre todo cuando mediaba una prima de 400.000 pesetas de la época por barba valencianista – Paco Roig dixit – amén de otros maletines bajo la línea de flotación.

No había sido un camino de rosas para el Dépor: había caído en los estadios grandes, y contaba con un golaveraje particular negativo con respecto al Barça. El último tercio del calendario había deparado no pocos sustos: victoria agónica a domicilio ante el Logroñés, empate en casa contra el Rayo Vallecano de Onésimo, que cerca había estado de llevarse mejor botín, de no haber sido por el recordado Djukic, que le había birlado in extremis al hábil jugador franjirrojo un mano a mano con Liaño.

Y llegaba la semana del Dépor – Valencia, con el presi Lendoiro pleiteando con la Televisión de Galicia, por aquello de llevar el debate lejos, y el ambiente local saturado de euforia: no había rincón sin decorar de blanco y azul. Se había hecho un llamado a las meigas buenas, desterrado a sapos e bruxas, afinado Rianxeiras y despertado a os rumorosos para que ondearan banderas. Las marisqueiras blandían tremendos centolos, trasunto de defensa inexpugnable. El ritmo de samba improvisaba congas para inspirar a la dupla brasileña, la empanada se cortaba en los previos del partido para espantar la metafórica, y el dulce lo ponía aquel caramelo con palito, que el malogrado y genial entrenador holandés Johan Cruyff había puesto de moda.

Un servidor contaba entonces con quince imberbes años, ilusión hasta las trancas y una bufanda del Superdépor que había exhibido a lo largo de los seiscientos y pico kilómetros de viaje en coche desde Bilbao hasta Coruña. Y había más: dos entradas en preferencia, para ver el partido con mi padre. Ahí es nada.

El ambiente en el estadio y alrededores durante los prolegómenos era tal que, el que suscribe, que por la época era bastante pesimista, se había dado al jolgorio y la algarabía sin vuelta atrás: ya las habíamos pasado canutas durante el campeonato, atravesado el desierto y cruzado el Rubicón. Total, que la probabilidad de no ganar languidecía en los confines de cualquier campana de Gauss. Sólo quedaba esperar.

Ya en el campo, las gradas coreaban a los Liaño-Voro-Ribera-Djukic-Nando-Rekarte-Donato-Mauro-Fran-Manjarín-Bebeto, el once de gala. El partido se desarrollaba tenso, bronco, impreciso y difícil. Pocas jugadas claras a destacar, y empellones del Valencia a la contra, que no había venido a velas vir. Para más inri, saber el minuto de juego implicaba preguntar a equis parroquianos dotados de transistor, y sacar la media ponderada, gracias a aquella sabia decisión de no iluminar los videomarcadores, no fuera ser que se evacuase la emoción. Moría el primer tiempo y las buenas noticias llegaban de Barcelona. Verbigracia: las gargantas de Riazor corearon el 1-2 de Suker como simulacro de gol local. Al final de la primera parte: cerocerismo, nervios, y breve visita al ambigú.

La segunda parte no alteró demasiado el guion – los jugadores del Dépor se veían con las piernas pesadas y la cabeza eligiendo entre susto o muerte. El Valencia seguía con su estrategia de defensa fuerte y contragolpe; con los jugadores bien situados y enchufados. Llegó el trascendental cambio de Donato, lastrado por una amarilla a las primeras de cambio, y el convencimiento de que, vista la recuperación del Barça, ganar la liga pasaba por marcar. Más nervios y poco juego, deslavazado e inconexo, hasta que Nando cambió el cuento.

Lo que sucede entonces: abrazos y alegría en la grada, seguidos de una reflexión fría a modo de inventario – no está Donato, Bebeto no tiene confianza (telegrafiaba los penaltis), así que Djukic es, tirando de lista, a quien le cae el marrón. Respira profundo, hecho un flan, y ejecuta un lanzamiento frío, centrado y lento. Fácil para González, cuyo gesto fue la última dentellada a la ilusión colectiva. Yo miro hipnotizado, sin terminar de creerlo, y esperando, bisoño, que el penalti se repitiera hasta que la pelotita entrase.

Termina el partido, invasión de campo y catarsis. Lendoiro gesticulaba, roto. Jugadores llevados en volandas y lágrimas. Choraban os nenos e os vellos. Mi padre aguantó como un jabato, y yo, que debía de ser de efectos retardados, contemplaba la hecatombe como si no fuera conmigo, suspendido en mi ataraxia a once metros del cielo, y a otros tantos del infierno. Hubo tiempo para que ondearan banderas y bufandas, primero en el campo y luego en Cuatro Caminos. Celebrando el co-campeonato, con un par.

Mucho que decir, poco que contar – diría Arsenio en rueda de prensa. Terminó agradeciendo a las gentes y deseando que Dios repartiera suerte. Manda carallo que aún le quedase por repartir, pensaba yo.

Al día siguiente, me desayuné con la noticia en prensa. Lloran, rezaba.

Y lloré.

FIN

Escrito para el concurso de relatos #historiasdefútbol.