Ratas

MasticadoresRomantica&Eros Editora: Paula Castillo Monreal

por Jorge Aldegunde

Fotografía de Regulus Black

No se trataba de vulgares ratoncillos: eran grandes, con sus conspicuas colas y pelaje parduzco, agreste. Las descubrí por casualidad, en el hueco del desagüe del jardín que, por pereza, había olvidado arreglar. En la tienda me dijeron que usara guantes cuando esparciera el veneno. Las condenadas son astutas: si huelen a humano, no lo tocarán.

A los pocos días encontré los cadáveres. En mala hora decidí quemarlos: el hedor se me quedó grabado, literalmente, a fuego.

Hoy la noche es fría; he alimentado una hoguera cálida y amable. Casi me quedo dormido encima de una novela barata. Me despierta un intenso olor a humo; en la casa se ha desatado un incendio. Arde el pasillo, que remeda la antesala del infierno. Humedezco un pañuelo e intento salir. Atravieso, a duras penas, el recibidor y enfilo la puerta. Afuera está oscuro, sin luna.

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Casus belli by Jorge Aldegunde

MasticadoresRomantica&Eros Editora: Paula Castillo Monreal

Imagen on Twitter #TheLastofUsPartII#

Nos comimos a unos cuantos vecinos para no defraudar a nuestros líderes. Los caídos eran individuos apocados y débiles que, a la postre, habían sucumbido al hambre, la privación y al rigor de nuestra disciplina. Recogimos sus cuerpos desmembrados y dimos cuenta de ellos.

El nuevo orden había devenido en una jerarquía férrea; debíamos mostrar nuestra obediencia al espíritu colectivo y una estricta observancia de las reglas.

Tras una jornada agotadora, me disponía a recobrar fuerzas en el asentamiento. Un extraño olor atrajo mi atención. Decidí indagar al margen del grupo. Un individuo hosco y mal encarado –un forastero– me retó; no había otra opción: lucharíamos a muerte.

FIN

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Billete de ida by Jorge Aldegunde

Masticadores

Esas alas de plástico servían para volar, y se lo demostraría a todos. Cogió carrerilla, se concentró y respiró hondo. Apuró el salto, mientras recordaba fugazmente sus anteriores inventos: mil y una formas de equivocarse. Hasta hoy.

Empero, algo iba mal: caía; se acercaba a ellos demasiado aprisa. Los intuía disfrutar de su fracaso, doblando la apuesta por que se partiera la crisma. Solo en el último momento comenzó a planear. Torcieron el gesto, ojipláticos, mientras él ganaba altura.

Atrás quedaba la gris ciudad; se adentraba en el mar. Su diseño, razonó, no había considerado el aterrizaje. Tampoco es que hiciera falta.

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