El patio

Pensó que era estupendo contemplar las flores del patio, aunque lloviera. Detenía su mirada en la hiedra, los coloridos geranios y en la buganvilla que crecía en la pared opuesta a la puerta. La última adquisición había sido una variante de Dionaea Muscipula – una Venus atrapamoscas gigante – de casi metro y medio; una rareza exótica que confería un punto selvático a aquel rincón de la casa. La dieta de aquella planta carnívora no sólo incluía insectos, sino también pequeños animales.

Miró relajado, mientras descansaba en su cómodo sillón. Bebió de su café y derramó, distraído, algunas gotas sobre el mantel. No se dio cuenta de que se quedaba dormido hasta que una ligera brisa lo desperezó. Volvió a repasar con su mirada cada rincón.

Sólo consiguió espabilar del todo cuando reparó en aquel hueco: la Venus ya no estaba allí. El tallo del que brotaban las hojas se había doblado en un ángulo inverosímil y éstas se mostraban, exageradamente abiertas, a pocos centímetros de su brazo derecho.

FIN

Anuncios

Helado de menta y chocolate

Fue la última en llegar. Llamó al timbre del ático de Alfonso, mientras terminaba de escribir un par de mensajes en su teléfono. Siempre con la lengua fuera, pensó. Miró de refilón su móvil mientras lo metía en el bolso. La canguro parecía muy joven, pero le habían dado muy buenas referencias de ella. Era la enésima vez que Santi le fallaba para cuidar de Martín y había tenido que encontrar la cuadratura del círculo para llegar a tiempo a la cena.

-¡Hombre Nati! Empezábamos a echarte de menos – la sorprendió un sonriente Fon-. Pasa…están todos en la terraza arreglando el mundo. Eso sí: con una copa de vino blanco para hacer más llevadero el trago.

Fon era el tipo con la mayor capacidad de sacar temas que conocía. Y de todos ellos sabía lo suficiente como para no quedar de pardillo, abrir juego y luego hacer mutis por el foro para practicar su deporte favorito: observar cómo los demás opinaban. Además de ser psicólogo, ejercía. Todo un profesional en apreciar el paisaje y el paisanaje. Tenía una sonrisa de escándalo – coronada de blanquísimos dientes – y capaz de desarmar a cualquiera. Por lo demás, era el perfecto anfitrión, y cocinaba de lujo.

-He traído vino y postre: uno fresquito para una noche de verano…

-No tenías por qué haberte molestado – observó Fon-. Le sirvió vino y la despachó mientras terminaba con los preparativos de la cena.

Atravesó el recibidor y el salón – apreció la mesa puesta para siete – y se fue directa la terraza.

Paco y Carolina conversaban animados, en tanto que Juan, Lara y Tomás escrutaban el skyline de la ciudad.

-Fíjate: cielo azul y la circunferencia del sol hundiéndose entre las montañas; cortada por edificios de hormigón y cristal. Tenías que haberte traído tu cámara para inmortalizar la vista – sugirió Juan-. Esta es una hora mágica.

Luscofusco, como dicen en mi pueblo – añadió Tomás-. Pero la mejor forma de apreciar este momento es observarlo. En las fotos no queda igual.

Nati se acercó a los chicos y se unió a la charla. Para nada quería ir de sujetavelas – al menos en los entrantes. Al rato, apareció Fon haciendo chocar teatralmente una cucharilla contra su copa.

-Queridos…la cena está lista – anunció.

-¡Y nosotros de palique en plan gorrón! – dijo Carol mientras plantaba un sonoro beso a Paco-. A ver si aprendes a ser tan buen anfitrión. Nos tiene a mesa puesta…

-Lo mío son los algoritmos de protección robustos – salió él por la tangente.

-Eso: invitados hambrientos, pero ciberseguros – ironizó Juan. Lara apuntaló la ocurrencia con su risa, algo estridente, mientras se sentaba a la mesa.

Siguieron charlando mientras se servían los primeros – en aquellas quedadas tenían la costumbre de traer, entre todos, aperitivos y entradas para compartir; el anfitrión se encargaba del plato fuerte.

-“Dadme cien chicos sanos y, mediante un adecuado acondicionamiento, podré hacer de ellos sacerdotes, ladrones…y hasta asesinos en serie”-observó Fon-. También se podría plantear al revés…

-¿Y eso de qué va?- preguntó Lara, sorprendida.

-No es una frase mía…es del fundador de una corriente de la psicología: Conductismo, se llama…El asunto es emplear unos determinados estímulos para dirigir la conducta del individuo. Básicamente supone que, mediante la exposición adecuada, se puede controlar el comportamiento de cualquiera…para bien o para mal.

-¿Eso no es lo de los chuchos del tal Pavlov?-terció Juan, mientras atacaba la fondue de queso.

-Justo. Aunque un poco más elaborado, más… sistematizado- respondió Fon elevando un poco el tono-. Me encantaría probarlo en plan extremo, en mis sesiones de psicoterapia, con determinadas personas.

-¿Con quién?- quiso saber Tomás.

Fon se concentró en la comida mientras meditaba la respuesta. Paco y Lara miraban curiosos, y Nati daba otro sorbo más a su copa mientras pensaba en cómo se estaría portando su hijo. Él podría ser un buen candidato, pensó. O su ex Santi, añadió para sí con cierta maldad. Bien pensado, podían acudir los tres – lo mismo el bueno de Fon hacía de descuento por volumen. Sea como fuere, el teléfono no había vibrado – así que, por ahora, sin señales de alarma.

-Hablo, sobre todo, de casos perdidos. De tipos cuyo comportamiento es puramente patológico…- añadió el anfitrión, yéndose por las ramas.

-¿Cómo el asesino del centro?- añadió Carol, como quien hubiera descubierto la pólvora.

-¡Exacto!- añadió Fon- suponiendo que son capaces de echarle el guante…

-Ya te digo yo que el colega tiene las horas contadas- dijo Paco. Seguro que lo tienen estudiado y su posición bien triangulada. Estarán esperando a que asome la patita para trincarlo, Y luego, con todos mis respetos hacia la propuesta de Fon, espero que se lo cepillen…

Fon esgrimió una de sus sonrisas de encantador de serpiente y se relajó en su asiento. Ya tenían un tema sabroso, pensó. El caso del asesino del centro, como lo habían bautizado los medios, era un trasunto de Jack el Destripador en la era del Twitter, Facebook e Instagram. Todo había empezado hacía unos tres o cuatro meses, con el descubrimiento del cuerpo mutilado de una joven en su propia casa.

-Con perdón de la mesa – terció Juan – lo que le hizo a la chica que vivía en el barrio chino fue digno de casquería. Por lo visto, fueron los vecinos quienes avisaron a la policía. La versión soft decía que estaban extrañados de que se acumulasen las cartas en su buzón…la otra es que el rellano al que daba su vivienda apestaba que no veas, y que los perros del vecindario no paraban de ladrar y olisquear por su puerta.

Lara no quitaba ojo de Juan, como de costumbre. Decir que estaba loquita por él era poco: lo había conocido en la librería en la que trabajaba; él era un cliente habitual – siempre a la caza libros de viajes. Un día se liaron la manta a hablar sobre destinos interesantes en el sureste asiático, y al siguiente se sacaron dos billetes para Hanói. La cuestión crematística no era problema para Juan, que vivía instalado en un eterno año sabático, a costa del extenso patrimonio familiar.

-Lo que se encontraron en la casa fue una carnicería – prosiguió Lara el relato-. El tipo había despedazado a la mujer: sus manos, cortadas a la altura de la muñeca, lucían sobre el aparador del salón en plan decorado grotesco. Encima le faltaban algunos dedos…Luego las piernas, cercenadas del muslo para abajo, estaban sobre una báscula en el cuarto de baño y…

-Qué detalle – interrumpió Paco- seguro que lo hizo por la operación bikini…

Todos rieron la ocurrencia, menos Carol, que lo miraba con expresión de querer convertirlo en la siguiente víctima.

-Todavía quedaba el lacito – apuntilló Juan-. El tipo había dejado la cabeza entre dos maceteros que había sobre la cornisa interior de una de las ventanas, la quedaba al patio de luces. El detalle floral – añadió con sorna-. Del resto del cuerpo, nunca más se supo…

-Pues, pensándolo bien, a mí me hubiera encantado ser el fotógrafo de la escena del crimen – añadió Tomás, que hasta entonces había permanecido discreto.

-Eso suena a deformación profesional- le espetó Fon.

-Ya. Lo dice el del conductismo…

Tomás seguía siendo un misterio para Nati. Se ganaba la vida de fotógrafo – realmente era muy bueno – y bastante hermético, salvo con tres o cuatro copas por encima de la línea de flotación. Había sido el último en unirse al grupo: Alfonso se lo había presentado a todos como un primo lejano de Galicia. Otra mentirijilla más, suponía ella, aunque ya nadie se acordaba.

-No he seguido mucho el caso- se interesó Nati-, pero por lo que sé aquella chica no ha sido la única: ha habido tres asesinatos más. Y, aunque no han trascendido tantos detalles, han debido de ser del mismo pelaje: carnicería al más puro estilo peli de terror serie B. Y todas eran mujeres jóvenes que vivían solas. La verdad es que da repelús pensar sobre el tema…

-Lo bueno del mundo digital -razonó Paco en plan interesante- y todo el ecosistema de redes sociales, es que te enteras de las cosas casi al tiempo de que ocurren. Seguro que, también por esa vía, lo tienen bastante acorralado. Lo que pasa es que no pueden decir por dónde van los tiros de la investigación para que no vuele el pajarito.

-Yo no lo veo tan claro – sostuvo Carol, insegura-. Y el caso es que no parece haber ninguna relación aparente entre las chicas, fuera de que vivieran solas.  Con lo tarde que viene Paco del trabajo y la de horas que me paso sola estudiando…en fin, vale más no pensar mucho en el tema porque te entra el bajón.

Siguieron todos de charleta. Fon les volvió a sorprender con otra de sus especialidades: caldeirada de pescado –receta de Tomás – regado con más vino. Destriparon la actualidad de todos los temas que, desde el comienzo de las quedadas, dominaban sus conversaciones: cine, ligues, hobbies, política y trabajo, que venía siendo el sustituto de la religión – tema en el que Juan desconectaba de forma ostensible. Después de que todos hubieron venteado sus penas laborales, Juan remató la jugada contando su último viaje a Japón, del que Lara había venido maravillada.

Llegaron los postes, y Fon comenzó a servir el helado que había traído Nati.

-¡Tachán! Helado de menta y chocolate…la combinación más elegante. ¿Quién se anima?

Nati notó como Tomás se revolvía, incómodo, a su lado.

-Si no te importa- interrumpió secamente el fotógrafo- yo tomaré café solo con hielo.

-Dirás que no te gusta el helado…

-Sí me gusta. Pero hoy paso – estoy un poco cansado; tengo curro de edición de fotos en casa y mañana madrugo para un reportaje.

Dieron buena cuenta del postre; después Fon les ofreció tomar unas copas en la terraza – ahora que la temperatura había bajado y la noche estaba estupenda.

-Yo no me puedo quedar chicos, disfrutadlo vosotros – anunció Nati-. A partir de cierta hora, el minuto de canguro se cotiza más que el kilo de caviar.

-Yo marcho también- apuntó Tomás-. Hasta la próxima.

Bajaron juntos en el ascensor. Nati se interesó por el trabajo de Tomás. Solía ver su blog con frecuencia; en él publicaba algunos de sus trabajos.

-Fotografía de entornos industriales – aclaró él-; no es la temática más hechizante, pero da pasta. También hago retratos y alguna exposición. He hecho una sobre flores…

-¿Te llevo a casa?- propuso Nati -. Tengo el coche por aquí… ¿Tú has venido en metro?

Se sintió sorprendida de su ofrecimiento. Con todo, pensó que le apetecía tener una conversación de adultos y estirar un poco la noche: quería descubrir algo más de lo que se escondía tras aquellos ojos grises. Además, el teléfono seguía sorprendentemente mudo, y media hora más no iba a cambiar tanto su vida.

-No tienes por qué molestarte – dijo él-. De verdad.

-No es molestia. Y no vivimos lejos. Mi hijo estará ya en el octavo sueño, y confío en que la canguro esté en el segundo…

Nati conducía por las calles sin tráfico. Tomás vivía en un apartamento de la ciudad vieja, en el que ya no se podía entrar en coche, salvo a horas intempestivas y prácticamente sólo de paso.

-Te has perdido un tremendo postre – le espetó ella.

-¿Qué? Ah… ya. Espero que no te haya sentado mal.

-No. Pero diste un salto como si hubiera aparecido el demonio cuando Fon lo presentó.

-Bueno…yo también tengo mis asociaciones mentales. Curioso que Fon haya sacado el tema del conductismo.

-¿Y eso?

-De pequeño, en mi pueblo. Diríamos que no le caía demasiado bien a un crío unos años mayor, y como siete veces más fuerte que yo. Todos los días, a la salida del colegio, venía con su grupo a acorralarme y a darme cera. Dejaba que sus palmeros me rodearan, mientras se tomaba un cucurucho de helado. Siempre del mismo sabor: menta y chocolate. Y después me daban un buen saco de hostias. Así varios años, hasta que se aburrió. O cerró la puñetera heladería, ya no recuerdo bien.

-¿Y tú no hiciste nada?

-En el pueblo éramos cuatro. Ahora hay protocolos de bullying y la de Dios, pero por aquel entonces, irse de la lengua tenía sus consecuencias. Y no quería darles problemas a mis abuelos. Bastante tenían con criarme.

Permanecieron callados hasta que llegaron al portal de Tomás. Él se desabrochó el cinturón de seguridad e hizo amago de salir.

-¿Te quieres tomar la penúltima en mi minipiso?- Sugirió él. Así me siento algo menos malqueda, por lo de tu helado…

-Eh…-Nati calibró las posibilidades de perder media hora más-. ¿Y tu reportaje de mañana…?

-No te preocupes. Iba a dormir poco, de todas formas. Tengo que editar varios miles de fotos…

El piso de Tomás no era pequeño: era mínimo. Con todo, tenía un salón aprovechable en el que sobresalía un mueble librería atestado de libros. Nati dejó su bolso y acudió al baño, mientras él preparaba algo de beber. De camino, se fijó en una foto en blanco y negro de gran formato, enmarcada en la pared opuesta a la librería. Mostraba, en primer plano, lo que parecía un atril, en cuyo soporte se amontonaban enormes tulipanes cortados a ras de tallo. El conjunto se hallaba en una estancia de techos altos, en cuyo fondo se proyectaba, sujeta desde lo alto, una sábana, que caía justo detrás del atril como una gran cascada blanca. Era simplemente espectacular.

Cuando volvió del baño, Tomás todavía seguía enfrascado en la cocina. Curioseó entre los libros, y encontró uno en gran formato con fotografías de Robert Capa. Al abrirlo, de entre sus páginas cayeron varias fotografías al suelo. Descubrió, al recogerlas, que eran retratos de diferentes mujeres degustando algún plato en lugares públicos. Estaban acompañadas y, a juzgar por la expresión de su cara, era improbable que supieran que estaban siendo fotografiadas. Daban la impresión de ser fotos robadas. Se fijó en uno de los rostros; tuvo la sensación de que lo había visto antes.

-Vaya…veo que ya te has servido tú sola- la sorprendió un Tomás visiblemente molesto.

-Lo siento… Me quedé pasmada viendo la foto de los tulipanes y luego cogí este libro de la librería. Las fotos estaban dentro…

Tomás estudió las instantáneas lentamente, como si fuera la primera vez que las hubiera visto.

-¿Son amigas tuyas? La verdad es que son unos retratos muy naturales. Parecen tan casuales…

-No exactamente. Aunque, sin que ellas lo supieran, compartimos muchas cosas.

La expresión de Tomás se tornaba, por momentos, algo lobuna – sus ojos parecían oscurecerse.

-¿Por…?

-Oh…vamos, ¿ni siquiera te has fijado en lo que comen?

-Pues…no.

-Helado de menta y chocolate.

Como espoleada por un resorte, recordó de qué le sonaba la mujer de la foto: era la primera de las víctimas del asesino del centro. Pensó en lo grotesco y absurdo de aquella muerte. Instintivamente, echó mano de su bolso para coger el teléfono.

-Buscas esto, creo- espetó Tomás, mientas le enseñaba su teléfono móvil. Lo había cogido de su bolso.

Por alguna razón que escapaba a su entendimiento, se sintió profundamente cansada. Intuyó que sería una noche muy larga.

FIN

 

Para Ovidio Aldegunde. Más en https://ovidioaldegunde.blogspot.com/

 

La araña Tula y los elefantes escribidores

Microfábula

Érase que se era, en el reino de los animales, una araña muy trabajadora que se llamaba Tula. Gustaba de tejer telarañas enormes y tupidas, que unían ramas y árboles. Así, mientras Tula se afanaba en construir la malla más grande y resistente que hubiera existido jamás, todos los habitantes de la jungla la contemplaban patidifusos. Miraban asombrados los macacos; boquiabiertas se deslizaban las sibilantes sierpes que, de pura envidia, sacaban sus bífidas lenguas. Las jirafas, por su parte, estiraban sus largos cuellos para examinar de cerca el trabajo de Tula. Ella, en silencio, asentía orgullosa mientras continuaba con su tarea.

Un buen día, el león Melenas le preguntó a Tula:

-¿Podrías construir una red que uniera los dos lados de este barranco? Sería muy útil para que cruzáramos sin tener que vadear el río.

Tula asintió y se puso manos a la obra: tejió día y noche, sin descanso, hasta que su tela lució completa y se mostraba, a modo de puente sobre el agua caudalosa. Entonces, Tula se dirigió a las bestias:

-Esta malla es muy resistente: estoy segura de que podrá aguantar vuestro peso mientras la atravesáis.

Cruzó entonces el hipopótamo Grisú, el cocodrilo Lucio, el tigre Colmillo y el elefante Trompeta, que era el jefe de su manada. Éste, que se encontraba muy cansado, decidió aposentarse sobre el arácnido columpio, mientras se solazaba – hacia abajo vislumbraba el brumoso torrente, y hacia arriba un cielo de profundo color azul. Ante tan bello paisaje, sacó su cuaderno y empezó a escribir. Quedó tan absorto, que sus compañeros lo imitaron, curiosos, y se unieron a Trompeta. En menos que canta un gallo, sobre el tejido de Tula, decenas de elefantes escribidores sacaban punta a sus lápices mientras plasmaban, en prosa y verso, el resultado de su inspiración.

Tula, que nunca había pensado que su red pudiera tener tanto éxito, trepó hasta sus extremos y comenzó a apuntalarla, pues no las tenía todas consigo: no se había diseñado para tantas y tan grandes fieras.

Trompeta, al verla, le espetó:

-Por favor, Tula, deja que mis amigos se concentren. Cuando las musas te atrapan ¡no sabes cuándo te abandonarán! Temo que, si te ven, se asusten y decidan marcharse de este lugar tan inspirador. Ya le he pedido a los otros animales que nos dejen hasta que terminemos nuestras creaciones.

Tula replicó, algo incómoda:

-Amigos, siendo mi telaraña muy resistente, debo reforzarla: nunca pensé que hubiera tantos de vuestra especie al mismo tiempo sobre ella y, como ves, tus amigos no paran de subir…

El caso es que, entre ruegos y explicaciones, Trompeta acabó por despachar a la pobre Tula con cajas destempladas, mientras sus compañeros continuaban en aquel rapto de escritura.

Tula observaba, preocupada, cómo su elástico tejido se estiraba por allá y acullá, acomodando cada vez a más paquidermos que buscaban su espacio en la concurrida tela.

En esto que, con gran estruendo, los extremos de la malla, que tan fuertemente parecían cosidos al borde del precipicio, terminaron cediendo, y los trompudos animales se precipitaron, cayendo cuan grandes eran sobre el cauce del río. Una muchedumbre de fieras contemplaba el espectáculo de los elefantes escribidores que, empero, entre la caída y el agua, perdieron todas sus notas, al tiempo que agitaban sus enormes patas, orejas y trompas, para acercarse a la orilla.

El loro Parlanchas se acercó a Tula, y razonó:

-No entiendo cómo no has reforzado la red si intuías que no aguantaría tanto peso.

-Lo intenté – respondió Tula – pero Trompeta y sus amigos creyeron tener suficiente con su inspiración y no quisieron que les ayudara. Y, como decimos en el mundo de las arañas: Para quien no quiere, tengo yo mucho.

FIN

Once metros

Corría el minuto cuarenta y cuatro cuando sucedió: jugada larga por banda derecha con llegada a línea de fondo, pase atrás del mariscal Mauro Silva y centro de Alfredo hacia un Bebeto que la cede, sutil, hacia el carrilero Nando. Éste quiere adentrarse en el área y se traba con Serer. Todo el mundo vio penalti, sin que hiciera falta VAR; empezando por el bueno de López Nieto, que triscaba ufano hacia el fatídico punto con el brazo enhiesto. El cielo, que hasta entonces había jugado al despiste, se abría para las casi treinta mil almas que abarrotaban el estadio municipal de Riazor. La gloria a once metros.

Pasado el año de la sorpresa, el Dépor había conquistado el liderato en la jornada catorce, como un cazador novel con su primera presa. Y no parecía dispuesto a soltarla. El cuadro de aspirantes lo completaba un Barça talentoso – Romario, Stoichkov, Laudrup y compañía, que se jugaba su cuarta liga consecutiva en el último partido, con dos muescas en el currículum – merced a aquel Real Madrid que había reincidido en besar la lona en Tenerife. El Sevilla, su rival, pugnaba por ser equipo UEFA, broche para una temporada notable. El Valencia llegaba a Riazor jugándose nada, concepto discutido y discutible, sobre todo cuando mediaba una prima de 400.000 pesetas de la época por barba valencianista – Paco Roig dixit – amén de otros maletines bajo la línea de flotación.

No había sido un camino de rosas para el Dépor: había caído en los estadios grandes, y contaba con un golaveraje particular negativo con respecto al Barça. El último tercio del calendario había deparado no pocos sustos: victoria agónica a domicilio ante el Logroñés, empate en casa contra el Rayo Vallecano de Onésimo, que cerca había estado de llevarse mejor botín, de no haber sido por el recordado Djukic, que le había birlado in extremis al hábil jugador franjirrojo un mano a mano con Liaño.

Y llegaba la semana del Dépor – Valencia, con el presi Lendoiro pleiteando con la Televisión de Galicia, por aquello de llevar el debate lejos, y el ambiente local saturado de euforia: no había rincón sin decorar de blanco y azul. Se había hecho un llamado a las meigas buenas, desterrado a sapos e bruxas, afinado Rianxeiras y despertado a os rumorosos para que ondearan banderas. Las marisqueiras blandían tremendos centolos, trasunto de defensa inexpugnable. El ritmo de samba improvisaba congas para inspirar a la dupla brasileña, la empanada se cortaba en los previos del partido para espantar la metafórica, y el dulce lo ponía aquel caramelo con palito, que el malogrado y genial entrenador holandés Johan Cruyff había puesto de moda.

Un servidor contaba entonces con quince imberbes años, ilusión hasta las trancas y una bufanda del Superdépor que había exhibido a lo largo de los seiscientos y pico kilómetros de viaje en coche desde Bilbao hasta Coruña. Y había más: dos entradas en preferencia, para ver el partido con mi padre. Ahí es nada.

El ambiente en el estadio y alrededores durante los prolegómenos era tal que, el que suscribe, que por la época era bastante pesimista, se había dado al jolgorio y la algarabía sin vuelta atrás: ya las habíamos pasado canutas durante el campeonato, atravesado el desierto y cruzado el Rubicón. Total, que la probabilidad de no ganar languidecía en los confines de cualquier campana de Gauss. Sólo quedaba esperar.

Ya en el campo, las gradas coreaban a los Liaño-Voro-Ribera-Djukic-Nando-Rekarte-Donato-Mauro-Fran-Manjarín-Bebeto, el once de gala. El partido se desarrollaba tenso, bronco, impreciso y difícil. Pocas jugadas claras a destacar, y empellones del Valencia a la contra, que no había venido a velas vir. Para más inri, saber el minuto de juego implicaba preguntar a equis parroquianos dotados de transistor, y sacar la media ponderada, gracias a aquella sabia decisión de no iluminar los videomarcadores, no fuera ser que se evacuase la emoción. Moría el primer tiempo y las buenas noticias llegaban de Barcelona. Verbigracia: las gargantas de Riazor corearon el 1-2 de Suker como simulacro de gol local. Al final de la primera parte: cerocerismo, nervios, y breve visita al ambigú.

La segunda parte no alteró demasiado el guion – los jugadores del Dépor se veían con las piernas pesadas y la cabeza eligiendo entre susto o muerte. El Valencia seguía con su estrategia de defensa fuerte y contragolpe; con los jugadores bien situados y enchufados. Llegó el trascendental cambio de Donato, lastrado por una amarilla a las primeras de cambio, y el convencimiento de que, vista la recuperación del Barça, ganar la liga pasaba por marcar. Más nervios y poco juego, deslavazado e inconexo, hasta que Nando cambió el cuento.

Lo que sucede entonces: abrazos y alegría en la grada, seguidos de una reflexión fría a modo de inventario – no está Donato, Bebeto no tiene confianza (telegrafiaba los penaltis), así que Djukic es, tirando de lista, a quien le cae el marrón. Respira profundo, hecho un flan, y ejecuta un lanzamiento frío, centrado y lento. Fácil para González, cuyo gesto fue la última dentellada a la ilusión colectiva. Yo miro hipnotizado, sin terminar de creerlo, y esperando, bisoño, que el penalti se repitiera hasta que la pelotita entrase.

Termina el partido, invasión de campo y catarsis. Lendoiro gesticulaba, roto. Jugadores llevados en volandas y lágrimas. Choraban os nenos e os vellos. Mi padre aguantó como un jabato, y yo, que debía de ser de efectos retardados, contemplaba la hecatombe como si no fuera conmigo, suspendido en mi ataraxia a once metros del cielo, y a otros tantos del infierno. Hubo tiempo para que ondearan banderas y bufandas, primero en el campo y luego en Cuatro Caminos. Celebrando el co-campeonato, con un par.

Mucho que decir, poco que contar – diría Arsenio en rueda de prensa. Terminó agradeciendo a las gentes y deseando que Dios repartiera suerte. Manda carallo que aún le quedase por repartir, pensaba yo.

Al día siguiente, me desayuné con la noticia en prensa. Lloran, rezaba.

Y lloré.

FIN

Escrito para el concurso de relatos #historiasdefútbol

El pájaro que quería ser dragón

Erase una vez un pájaro que quería ser dragón. Le pregunto a todo el mundo, pero nadie supo responderle.

Le pregunto a la paloma y le dijo que no, le pregunto a un petirrojo y le dijo que no. Le pregunto a una lechuza y tampoco supo cómo ayudarle.

Mas tarde, fue a visitar la torre del águila sabia, y le dijo que no había ningún hechizo para convertirse en dragón, pero que en sus sueños podría ser lo que quisiera.

Y esa misma noche mientras dormía, su sueño se hizo realidad.

FIN

Escrito por David Aldegunde Poveda, 7 años. Dedicado a su mamá.

Flores para los vivos

Recorrió junto a su madre la distancia que mediaba entre el desgastado portón principal y las primeras tumbas del cementerio. Caminaban callados; ella con aquel rostro solemne y triste, y él expectante – confiando en encontrar una ocasión para darle su mano o cogerla del brazo. Lo que fuera – pensaba él, con tal de romper aquella distancia indescifrable que, de un tiempo a esta parte, los separaba.

Ella visitaba los lugares donde descansaban los suyos y, metódicamente, eliminaba los tallos ajados, reponía los ramos marchitos y cambiaba el agua de las jardineras. Solía traer crisantemos, claveles, gladiolos y rosas recién cortadas del campo o traídas de encargo, según el caso. Su amor por las flores convertía aquel gesto en algo mágico, capaz de llenar de color y esperanza aquel lugar de recuerdo y pesar.

Ojalá – pensaba él – pudiera hacer lo mismo con su mirada, devolverle la luz que antaño irradiaba. Recordaba no pocas ocasiones en las que aquellos ojos azul profundo lo miraban y protegían de las aristas del mundo. Pero ahora están marchitos – se dijo, como las flores que, tercamente, se afanaba en cambiar para honrar el recuerdo de los fallecidos.

Se aproximaron a aquel recodo en el que se encontraban las lápidas más antiguas; vidas pasadas que él no había llegado a conocer. Entre ellas, la de Alejandro, del que tantas veces habían hablado en tardes de sobremesa: había combatido, a las órdenes de Bernardo de Gálvez, en la batalla de San Luis – a orillas del río Misisipi, en plena Guerra de la Independencia americana. Realidad o leyenda familiar, contaban que se había hecho enterrar con un trofeo de guerra – la cabellera de un soldado inglés. Mucho más reciente, encontraron el sepulcro que sus abuelos Juan y Teresa compartían. Su madre se arrodilló frente a él para musitar una breve oración y dejar un pequeño ramo de lilas. Más adelante, casi en la esquina norte del cementerio, la más fría, llegaron a un lugar donde una losa reciente daba paso a una hilera de nichos. Allí su madre se detuvo y depositó un manojo de azucenas. La tarde avanzaba; el viento comenzaba a despertar y movía ligeramente las copas de aquellos jóvenes cipreses que se erguían sobre el muro del cementerio y flanqueaban el lugar.

Recordó que, muy pronto, sería el cumpleaños de su madre. Y que hacía demasiado tiempo que no le regalaba flores. Pensó en un inmenso ramo de margaritas, rosas de vivos colores, gerberas blancas y coloridos tulipanes. Qué mejor obsequio para quien nunca olvidaba traer flores para los muertos.

Cuando su madre se levantó, observó que sus ojos brillaban, y que su rostro apenas ocultaba una mueca de profundo dolor. Pensó en abrazarla y se acercó, hasta que sus miradas se cruzaron. No le extrañó la frialdad de sus ojos mojados, pero sí la imprecisión de aquella mirada que lo atravesaba, desenfocada y rota. Buscó en su memoria recuerdos de tiempos más felices, en los que ella le regalaba sonrisas sin apenas merecerlo. De largos paseos por la ciudad en los que, con paciencia infinita, le enseñaba a leer los letreros luminosos de las tiendas. De soleados días de verano con postres en forma de bola de helado que, indulgente, siempre le consentía repetir. De algún lugar de su memoria brotó la conciencia escondida de su enfermedad. De tardes postrado en camas de hospital con su madre recordándole, con voz serena, que todo saldría bien. De largos tratamientos, recaídas y sufrimiento, al filo de toda esperanza. De aquella noche brumosa en la que la vio marchar, mientras le decía adiós envuelto en un mar de lágrimas. De cuando decidió no seguir luchando.

Reparó entonces en la inscripción de la losa, parcialmente cubierta por las azucenas que su madre había colocado con esmero. Las apartó cuidadosamente hasta que las palabras quedaron a la vista. Es oscura la casa en la que ahora vives, leyó. Del ramo se desprendió un viejo atrapasueños de tela que ella le había regalado.

La vio alejarse, apurando las últimas luces del atardecer. Caminaba serena; remedaba que, por un instante, hubiera sido capaz de librarse del peso de la amargura. Él se aferró al atrapasueños como, siglos atrás, su antepasado se habría aferrado a la cabellera del casaca roja.

Supo entonces que, cuando ella cerrara la puerta tras de sí, todo sería negrura y olvido.

Justo antes, la brisa le traería el aroma de millones de flores.

 

FIN

 

A mi madre. A todas las madres.

 

Escrito para el concurso de relatos #Bajodosbanderas

Abadía del Crimen Extensum. Vademecum

Primer día

Tercia

Donde Guillermo y su discípulo Adso llegan a la Abadía. Reciben la bienvenida de Remigio, el cillerero, quien les orienta en sus primeros pasos por la misma. Remigio guía a Guillermo y Adso a través del claustro, principal lugar de meditación de la abadía, desde donde se dirigen a su celda, en la que el abad los espera. Allí, en un tono grave y circunspecto, detalla a Guillermo y Adso los siniestros y misteriosos acontecimientos recientemente ocurridos en la abadía. Al parecer, el cuerpo sin vida de Adelmo, uno de los más jóvenes ilustradores de la abadía, fue encontrado en el barranco, al pie del edificio. Guillermo, haciendo gala de una gran sagacidad, confirma la sospecha del abad sobre un presunto asesinato del joven monje. El abad encomienda a Guillermo la misión de esclarecer los hechos, antes de que se produzca la llegada a la abadía de Bernardo Güi, emisario de la Santa Sede. Para ello, Guillermo debe guiarse por la estricta observancia de las reglas de la abadía, y particularmente, de las órdenes del abad.

En lo que sigue, Guillermo se reencuentra con Ubertino da Casale, uno de los padres espirituales de la orden Franciscana, quien se encuentra temporalmente alojado en la abadía, bajo la protección del abad. Guillermo y Adso encuentran a Ubertino en una de las capillas anexas a la iglesia, dedicado exclusivamente a la meditación y a la oración. En su conversación, Ubertino relata a Guillermo su condición de perseguido y refugiado en la abadía, y alerta de la llegada del mal a la misma, sobre cuyos muros acechan los pecados de la lujuria y la soberbia.

Más tarde, Guillermo y Adso deciden explorar los exteriores de la iglesia. En el huerto (situado hacia el oeste del complejo), conocen a Severino, el padre herbolario, encargado también de los baños y el hospital. Guillermo, gran observador, comenta con Severino la variedad de hortalizas y plantas de uso medicinal que cultiva en el huerto de la abadía. Severino, amablemente, se ofrece a enseñar el edificio a Guillermo y Adso. Durante su camino, Guillermo y Adso obtienen valiosa información de las costumbres del joven Adelmo, quien al parecer, dedicaba la mayor parte de su tiempo a la transcripción de miniaturas en el scriptoriom del Edificio. Severino informa a Guillermo de la estrecha relación que unía a aquél y a Berengario, ayudante del bibliotecario. Dentro del edificio, Severino muestra a Guillermo y Adso la ubicación del refectorio (así como el lugar que deben ocupar durante las comidas) y la cocina. Severino indica también que, en la planta superior del edificio – en el scriptorium – se ejerce la labor de los monjes copistas de la abadía.

Sexta

Las campanas de la iglesia sorprenden a Severino, Guillermo y Adso – anunciando la hora sexta y recordándoles la obligación de acudir a su cita diaria en el refectorio. Acuden pues allí a almorzar con los demás monjes. El abad presenta a Guillermo al resto de los hermanos, y les informa del propósito de su visita a la abadía, rogándoles su colaboración durante la investigación.

Nona

Guillermo sugiere visitar la planta superior del edificio – donde se encuentra el scriptorium. Acceden a la misma empleando las escaleras que llevan al torreón noroeste. Allí conocen a un monje con cara de luna – Berengario – el ayudante del bibliotecario. Berengario se ofrece solícito a mostrar a Guillermo y Adso la mesa de trabajo del malogrado miniaturista. Allí, Guillermo, con la ayuda de sus lentes, aprecia el talento de aquél. Las miniaturas en las que trabajaba Adelmo revelan un vivo interés por obras que ensalzan el humor y la risa. El ambiente del scriptorium se distiende hasta que aparece un anciano monje ciego quien, visiblemente airado, afea la conducta de quienes ríen de cosas risibles. En lo que sigue, el venerable monje – a quien Berengario identifica como Jorge de Burgos – y Guillermo debaten acerca de la risa. Su debate los lleva a citar el segundo libro de poética de Aristóteles – El Coena Cyprianis – enteramente dedicado al humor como instrumento para difundir la verdad. El debate sobre el origen y destino del citado libro prosigue, hasta que Jorge, visiblemente contrariado, decide terminar abruptamente la conversación.

Seguidamente, Nicola – el hermano vidriero – que ha seguido desde la distancia la conversación, se interesa por el funcionamiento de las lentes de Guillermo, emplazándolo a una conversación posterior.

Guillermo y Adso se dirigen hacia la biblioteca, custodiada por el siempre vigilante Malaquías – el hermano bibliotecario – quien recuerda a nuestros protagonistas el carácter secreto de la misma. Efectivamente, la biblioteca es un lugar prohibido, al que, además del propio abad, tan sólo Malaquías puede entrar.

Más tarde, Guillermo y Adso recorren el resto de las estancias del scriptorium, admirando las obras de los hermanos copistas y la bella construcción del mismo. Guillermo sugiere a Adso que recoja un pergamino y un carboncillo para que elabore un valioso mapa que les permitirá orientarse a lo largo de los edificios del complejo de la abadía.

Guillermo y Adso se familiarizan con la planta del scriptorium, comunicada con la planta inferior desde sus extremos noroeste, suroeste (desde donde nuestros protagonistas pueden ver la entrada de la abadía y el huerto de Severino) y sureste (desde donde Guillermo contempla una pequeña aldea – a los pies de la abadía). El extremo nordeste del scriptorium alberga la entrada a la biblioteca custodiada, como hemos dicho anteriormente, por Malaquías.

De vuelta a la planta inferior, Guillermo y Adso se encuentran con un monje contrahecho y jorobado – Salvatore, ayudante de Remigio. Salvatore comienza una peculiar conversación con nuestros protagonistas, en la que demuestra que habla todas las lenguas y ninguna, y de la que se deduce un pasado inquietante. Guillermo y Adso se familiarizan con las estancias de la primera planta del edificio. Visitan así la cocina, el horno y la chimenea desde la que se calienta el scriptorium.

Nuestros protagonistas salen del edificio y rodean el torreón sureste, alcanzando el cementerio de la abadía. Guillermo observa una tumba reciente, y deduce que debe tratarse de la del joven miniaturista. Guillermo y Adso continúan recorriendo el perímetro del edificio en dirección norte, y encuentran una puerta que da acceso al edificio (por la zona de servicio frecuentada por Salvatore), y otra que comunica directamente con el recinto de la iglesia, muy cerca de la celda del abad.

Cerca de la entrada al complejo de la abadía, Guillermo y Adso reparan en un pozo del que podrán abastecerse de agua potable.

En la zona de patio, y hacia el este, Guillermo y Adso descubren las cuadras y las porquerizas. Allí los monjes guardan, en grandes tinajas, la sangre de la matanza, conservada merced al frío de la zona. En la zona oriental del complejo, y cerca ya del claustro, nuestros protagonistas encuentran el taller de Nicola. En él, Nicola explica a Guillermo y su ayudante en qué consiste su trabajo. Aprovecha, fascinado, para investigar de cerca el funcionamiento de las lentes de Guillermo. La conversación deriva en otros derroteros, por los cuales Nicola advierte de extraños artilugios mágicos que protegen la biblioteca de ojos curiosos. Guillermo comienza a pensar que hay quien desea preservar el saber de la abadía sin dejar que éste se difunda libremente entre los monjes…

Vísperas

Las campanas sorprenden a Guillermo y a su joven acompañante reflexionando acerca de la conversación con Nicola, y advirtiéndoles que deben asistir al oficio de Vísperas. Guillermo y Adso ocupan su sitio – El maestro debe colocarse a la izquierda y justo al lado de su pupilo. Antes de comenzar el oficio, nuestros protagonistas observan cómo Malaquías, el bibliotecario, alcanza la iglesia aproximándose desde detrás del altar.

Completas

Tras el oficio, Guillermo y Adso se retiran a su celda.

Segundo día

Noche

Extenuados por la intensidad del primer día en la abadía, deciden dormir para proseguir con sus investigaciones con ánimos renovados.

Prima

En la que Guillermo y Adso acuden al oficio tras un sueño reparador. Una vez en la iglesia, el abad muestra su extrañeza por la tardanza de Venancio. Un aldeano acude, visiblemente alterado, a informar al abad de la aparición de un nuevo cadáver, en esta ocasión en las pocilgas. El abad, preocupado, solicita a Guillermo que lo acompañe para aclarar la situación. Una densa niebla y una fría lluvia se ciernen sobre la abadía mientras los monjes, encabezados por el abad, se dirigen a las pocilgas. Los monjes observan, horrorizados, el cadáver de Venancio en una de las tinajas. El abad solicita la máxima premura a Guillermo para esclarecer el que, a todas luces, es un nuevo asesinato.

Tercia

En la que Guillermo y Adso solicitan participar de la autopsia del cuerpo de Venancio. En el hospital, Severino confiesa que no ha encontrado heridas o signos de violencia en el cuerpo del fallecido. Además, mientras Guillermo y Severino especulan sobre la muerte de Venancio, aquél observa asombrado la ingente cantidad de sustancias y minerales que el hermano herbolario conserva. Preguntado por Guillermo, Severino aclara la labor de Venancio como traductor de griego – enteramente dedicado a la obra aristotélica. Adelmo y Venancio mantenían una estrecha relación fraternal, acrecentada por las largas horas de estudio en el scriptorium. Guillermo descubre también, de boca de Severino, la relación entre Adelmo y Berengario: al parecer, éste ofrecía a Venancio acceso a conocimientos secretos a cambio de favores que trascendían lo meramente fraternal…

Sexta

Las campanas sorprenden a Guillermo y Adso absortos en sus pensamientos tras los hallazgos de la mañana. Ambos acuden al refectorio para dar cuenta de sus obligaciones. El abad recuerda a Guillermo que la biblioteca es un lugar secreto, al que sólo Malaquías puede entrar. Guillermo comienza a sentir una gran curiosidad por este extraño lugar prohibido… ¿Guardará alguna relación con los asesinatos?

Nona

Donde Guillermo y Adso acuden de nuevo al scriptorium para conocer de cerca la labor de traducción de Venancio. Sobre su mesa, encuentran un extraño pergamino acompañado de un libro escrito en griego. A petición de Berengario, Nicola custodia la mesa de Venancio. Nicola apunta a Guillermo que el libro escrito en griego no se encontraba sobre la mesa de Venancio cuando éste había abandonado el scriptorium el día anterior. Ante el asombro de Guillermo, Nicola revela que es posible acceder al edificio, cuyas puertas son cerradas desde dentro por Malaquías, al terminar cada jornada. Para ello, refiere a una entrada secreta accesible desde el osario, situado en la capilla, tras el altar. Nicola aconseja a Guillermo y Adso que, caso de querer aventurarse por el edificio por la noche, no olviden hacerse con una lámpara. Maestro y pupilo descienden a la planta baja del edificio. Allí, Remigio facilita la citada lámpara. Remigio se muestra sumamente solícito para rellenar la lámpara de aceite y dejarla a disposición de nuestros protagonistas a diario, en la cocina. Por último, Remigio confiesa a Guillermo haber visto cómo Adelmo, la noche de su muerte, acudía a la celda de Berengario, ausente hoy en el scriptorium.

Guillermo y Adso recogen la lámpara en la cocina, dispuestos a realizar su primera excursión nocturna por el scriptorium.

De nuevo en la iglesia, y en uno de los laterales de la nave central de la misma, Guillermo y Adso descubren también la sala de reliquias, dotada de obras de arte traídas por numerosos monjes desde los lugares más insólitos del mundo.

Más adelante, Guillermo y su joven aprendiz encuentran al ayudante del bibliotecario en el claustro. Presionado por las preguntas de Guillermo, Berengario confiesa haber visto a Adelmo la noche de su muerte. Asustado, Berengario relata cómo vio a Adelmo caminar, como un espectro, por entre las tumbas del cementerio. Berengario, turbado, solicita a Guillermo confesarse; lo que éste rechaza – sin duda para no tener que mantener el secreto de confesión sobre sucesos que, tal vez, guarden relación con las dos extrañas muertes ocurridas en la abadía.

Vísperas

Guillermo y Adso ocupan sus puestos para el oficio y observan cómo, igual que en el primer día, Malaquías accede a la iglesia desde detrás del altar. Guillermo deduce que el bibliotecario, tras cerrar el edificio, accede a la iglesia mediante el pasadizo secreto al que se refería Nicola.

Completas

Una vez en su celda, Guillermo y Adso deciden aprovechar la quietud de las horas nocturnas para su primera excursión en el edificio e investigar acerca del extraño libro y el pergamino que Nicola custodiaba en la mesa de trabajo de Venancio. Para ello, harán uso de la lámpara que tomaron prestada en la cocina.

Tercer día

Noche

Donde Guillermo y su ayudante se dirigen a la iglesia; desde allí al osario tras el altar. Tras seguir las instrucciones de Nicola, consiguen adentrarse por el pasadizo, oscuro y húmedo, que une la iglesia con el edificio. Descubren que el pasadizo termina tras la chimenea de la cocina. Desde ahí se dirigen al piso superior a través del acceso al torreón sureste. Al llegar a la mesa de Venancio observan, sorprendidos, que el libro ya no se encuentra sobre la misma ¡alguien ha debido sustraerlo mientras la mesa no estaba vigilada! Guillermo y Adso encuentran el pergamino, escrito completamente en griego con una letra pequeña e irregular, que a Guillermo le cuesta descifrar. Al acercar la llama de la lámpara al pergamino, aparecen unos misteriosos caracteres ininteligibles para ambos… Entonces Guillermo, alertado por un ruido en el scriptorium, abandona precipitadamente la mesa de Venancio, dejando sus lentes sobre la misma. Al volver descubren, consternados, que las lentes de Guillermo han desaparecido ¡probablemente robadas por la misma mano que sustrajo el misterioso libro! Antes de marcharse, nuestros protagonistas constatan que la puerta de entrada a la biblioteca se encuentra cerrada.

En su camino de vuelta, Guillermo y Adso ponen especial cuidado para evitar que el Abad, vigilante, los descubra y los expulse de la abadía por desobedecer sus órdenes. Ambos vuelven a su celda, y deciden dormir para continuar sus pesquisas al día siguiente ¡El saldo del agotador día les ha dejado con un pergamino de más – y con unas lentes de menos!

Prima

Justo antes de dar comienzo al oficio, el abad, preocupado, da cuenta de la ausencia de Berengario.

Tercia

Al terminar la misa, el abad convoca a Guillermo, a quien le hace partícipe de la honda preocupación reinante en la abadía, y del pesar del resto de los hermanos, quienes asocian las recientes muertes con presencias sobrenaturales – la llegada del Anticristo – a la abadía. El abad solicita a Guillermo que apresure el ritmo de sus investigaciones.

Una breve conversación con Ubertino confirma las palabras del abad. Aquél evoca el libro del Apocalipsis y relaciona cada una de las muertes con las trompetas que anuncian las calamidades que caerán sobre la tierra. Así, con sus ominosas palabras, previene a Guillermo y Adso de más muertes con la llegada de la tercera trompeta…

Sexta

El repicar de las campanas sorprende a Guillermo y Adso en el patio exterior de la abadía, y les recuerda que deben acudir al refectorio.

Nona

Tras el almuerzo, Guillermo y Adso se dirigen al scriptorium. Una vez allí, comprueban que Malaquías vigila permanentemente la puerta de acceso a la biblioteca, haciendo imposible una incursión en la misma. Adso advierte la presencia de una llave encima de la mesa del bibliotecario, justo frente a la puerta. Aprovechando que el bibliotecario fija su atención en su maestro, Adso sustrae la llave de la mesa ¡Tal vez sea la llave que abra la puerta de la biblioteca!

Más adelante, Guillermo – preocupado por haber perdido sus lentes, sin las cuales no puede leer el pergamino que encontraron en el scriptorium – dirige sus pasos hacia el taller de Nicola. Éste, recibe el encargo de Guillermo de intentar fabricar unas nuevas. Nicola solicita a Guillermo algo de tiempo – y también una montura adecuada para fijar las lentes.

Vísperas

El toque de vísperas sorprende a Guillermo, Adso y Nicola en animada conversación, así que los tres se dirigen hacia la iglesia para participar en el consabido oficio. En su camino, acceden al claustro desde su entrada sur, y desde allí se dirigen hacia el oeste hasta ocupar sus preceptivos lugares en la iglesia. Nuestros protagonistas, de nuevo, observan como el bibliotecario accede a la iglesia por detrás del altar – probablemente haciendo uso del pasadizo recién descubierto por nuestros protagonistas la noche anterior.

Completas

Donde Guillermo, deseoso de comenzar a descubrir los secretos de la biblioteca, convence a Adso para una nueva excursión nocturna. La sospecha de que las muertes están relacionadas con algún tipo de saber oculto – probablemente en algún lugar de la biblioteca – ocupa la mente de Guillermo. ¿Dónde estará el misterioso libro?

Cuarto día

Noche

Guillermo y Adso se adentran en el pasadizo. Al acercarse a la cocina, Guillermo percibe un extraño ruido y, alertado, ordena a Adso vigilar el acceso a la despensa, mientras que él vigila la entrada al pasadizo. Adso, al adentrarse en la despensa, atisba – escondida entre los utensilios de la misma – a una joven y bella muchacha. Al acercarse a ella, siente una poderosa atracción. Adso y la bella muchacha se entregan apasionadamente. Después Adso, aturdido y confundido por su experiencia amorosa y extática, cae en un estado de ensoñación, del que despierta – desnudo y frío – sobre el suelo de la despensa. Después se pone su hábito y corre al encuentro de su maestro.

Entonces, ambos dirigen hacia el scriptorium accediendo al mismo por el torreón noroeste. Desde allí, se dirigen hacia la puerta que Malaquías custodia durante el día. Gracias a la llave sustraída por Adso, consiguen franquearla. Una vez dentro, tras ascender por unas escaleras y abrir una segunda puerta, consiguen entrar en la biblioteca.

Nuestros protagonistas entran en una amplia estancia, en la que consiguen orientarse gracias a la luz proyectada por la lámpara de Adso. Deberán mantenerse siempre vigilantes para no consumir todo el aceite de la lámpara. Tras los primeros pasos en la estancia, Guillermo y Adso comienzan a marearse – resultado de haber inhalado los efluvios de las lámparas que se emplean en la biblioteca – y de las que ya les había hablado anteriormente el hermano vidriero. Guillermo y Adso deciden salir, poniendo fin a su excursión nocturna. En su camino de vuelta, ambos descubren un atajo por el que pueden encaminarse para acceder directamente desde la biblioteca al pasadizo – para ello simplemente continúan descendiendo las escaleras dejando la puerta que custodiaba Malaquías a su derecha. Nuestros protagonistas deben permanecer muy atentos para evitar ser vistos por el abad, lo que conllevaría la expulsión de la abadía.

Al volver a la celda Adso, confundido todavía por su experiencia, pregunta a su maestro acerca del amor. Guillermo, que sagazmente ha adivinado el motivo de la ausencia de Adso antes de la entrada al laberinto, diserta sobre la lujuria y los peligros del amor. Adso se confiesa enamorado de la joven muchacha, de quien sólo desea su bien. Guillermo, a pesar de que su mente se mueve por los designios de la razón y de la lógica y que parece carente de todo sentimiento, dispensa a su pupilo comprensión y, a su manera, piedad por sus sentimientos.

Agotados, maestro y aprendiz se dejan vencer por el sueño.

Prima

Donde Guillermo y Adso se dirigen, como es habitual, a la iglesia. Una vez han ocupado sus lugares, se observa la llegada del hermano herbolario. Severino, agitado, informa al resto de los monjes del hallazgo del cuerpo del ayudante del bibliotecario en los baños. El abad ordena a Guillermo que lo acompañe para determinar lo sucedido.

En los baños, Severino, Guillermo y el abad encuentran, abotargado e hinchado, el cuerpo sin vida de Berengario. Severino apunta a una muerte por ahogamiento mientras que Guillermo, mostrando sus dotes deductivas, concluye que, en apariencia, aquél se ha producido de forma natural – todo se encuentra en perfecto orden alrededor de la bañera en la que yace Berengario.

Tercia

Guillermo y Adso se trasladan al hospital, donde Severino practica la autopsia al fallecido Berengario. Severino repara en unas marcas oscuras en los dedos índice y pulgar de la víctima, iguales a las encontradas en el también fallecido Venancio. Asombrados, descubren también que tiene la lengua manchada de negro. Guillermo, con su mente racional y detectivesca, concluye que ambos manipularon un objeto y se lo llevaron a la boca – probablemente el mismo que les causó la muerte. Ante la pregunta de Guillermo, Severino recuerda haber poseído en su hospital un veneno potentísimo, capaz de provocar la muerte con una leve exposición; sin embargo admite que le perdió la pista cuando, cierto día de tormenta, se malograron muchos de los frascos en los que almacenaba diferentes sustancias.

Sexta

Una vez en el refectorio, Guillermo observa la llegada de Bernardo Güi – inquisidor y emisario del Papa. El abad presenta a Bernardo, antiguo rival de Guillermo. Al parecer, el abad ha informado puntualmente a Bernardo de las muertes ocurridas en la abadía.

Nona

Guillermo y Adso se dirigen del refectorio a los baños. En su camino, observan a los soldados del Papa, traídos por Bernardo, haciendo guardia en el exterior del complejo de la abadía. Una vez en los baños, Guillermo encuentra sus lentes – con los vidrios completamente destrozados. Guillermo deduce que debió ser Berengario quien, en la segunda noche, sustrajo el libro de la mesa de Venancio – y también sus oculi de vitrio cum capsula.

Cerca del huerto, nuestros protagonistas encuentran, de nuevo, al padre herbolario. Preguntado directamente sobre remedios para evitar las alucinaciones provocadas por los efluvios de las sustancias que emiten las lámparas que arden en la biblioteca, Severino contesta – sorprendido – que podrían mitigarse sus efectos mediante una infusión de ciertas plantas de las que él mismo dispone. Para preparar la infusión, Severino necesita agua caliente. El padre herbolario sugiere a Guillermo que obtenga de Salvatore, el ayudante de Remigio, una botella para almacenar el agua. Nuestros protagonistas se dirigen entonces hacia el edificio. De camino, encuentran a Salvatore, quien acude al almacén para prestarles, solícito, la botella que necesitan. Acto seguido, Guillermo y Adso se dirigen al pozo, del que obtienen agua fresca. Para calentarla, Guillermo repara en el horno, situado cerca de la cocina – lo que les lleva de nuevo al edificio. Conscientes de su siguiente aventura en la biblioteca, Guillermo y Adso acuden a la cocina, a recoger la lámpara con su nueva carga de aceite. De vuelta en el huerto, y con los ingredientes que solicitaba el padre herbolario, Severino prepara la infusión y regresa con una gasa empapada que Guillermo y Adso deberán emplear en sus excursiones nocturnas por el laberinto.

Seguidamente, Guillermo y Adso acceden al taller de Nicola – a quien Guillermo entrega sus lentes rotas. A pesar del lamentable estado de las lentes, Nicola confiesa que podrá reutilizar la montura para crear las nuevas que solicitaba Guillermo. Sin embargo, el hermano vidriero requiere de un utensilio para poder cortar y encajar los vidrios en la montura. ¿De dónde podrán sacar tal instrumento nuestros protagonistas?

Vísperas

Sin tiempo para más, Guillermo y Adso deben acudir al oficio de Vísperas – que se desarrolla con la ominosa presencia del nuevo huésped de la abadía – Bernardo Güi.

Completas

Guillermo y Adso se dirigen a su celda – aunque la mente de ambos está ya ocupada con la próxima visita nocturna a la biblioteca. Esta vez confían en estar debidamente preparados – contando con la lámpara, la llave de Malaquías, y la gasa empapada de infusión que les ha preparado el hermano herbolario.

Quinto día

Noche

Nuestros protagonistas se dirigen, una vez más, a la biblioteca, atravesando el pasadizo y accediendo directamente a la misma a través de la escalinata. Una vez allí, comienzan su exploración desde la estancia inicial. Acceden a diferentes estancias llenas de libros y de saber oculto. Tal y como intuían, las habitaciones se encuentran interconectadas entre sí sin orden aparente. Es, en definitiva, un laberinto perfecto en el que les resulta difícil orientarse. Adso se muestra incapaz dibujar un mapa en su pergamino. Guillermo plantea la posibilidad de emplear, para orientarse, un instrumento que siempre marque la misma dirección. Recuerda entonces la piedra de magnetita que Severino almacena en el hospital – tal vez puedan fabricar dicho instrumento con el citado mineral. Conscientes de la imposibilidad de orientarse deciden, una vez más, dar por finalizada su incursión por la biblioteca-laberinto.

De vuelta en la celda, reciben la inesperada visita de Bernardo Güi, quien les pide que le acompañen. Se trasladan hasta las cuadras, donde aparentemente la guardia de Bernardo ha encontrado a Salvatore y a la bella muchacha que conoció Adso. Al parecer, ambos han sido encontrados cuando realizaban algún tipo de ritual – ésta es la conclusión a la que llega Bernardo tras encontrarles un gallo y un gato negro. El abad contempla la escena, circunspecto. Adso no puede ocultar su consternación a Guillermo, quien le recomienda que mantenga la boca cerrada. Salvatore y la bella muchacha son tomados presos.

Prima

Donde, antes de comenzar el oficio, Severino anuncia discretamente a Guillermo que ha encontrado un extraño libro en la enfermería. Guillermo, atento, le pide que se dirija al hospital y que se encierre allí, desde dentro, hasta que él acuda. Malaquías escucha atento la conversación.

Tercia

Tras los acontecimientos de la pasada noche con Salvatore y la muchacha, el abad confiesa a Guillermo y Adso el oscuro pasado de Remigio y Salvatore como herejes Dulcinistas.

En lo que sigue, Guillermo y su joven acompañante se dirigen hacia la celda de Severino, para que éste les pueda descubrir el contenido del extraño libro. En su camino, se cruzan con Malaquías. Al entrar a la celda del padre herbolario, descubren a Bernardo y a Remigio alrededor del cadáver del pobre Severino, que yace en el suelo horriblemente asesinado, tras haber sido golpeado por una esfera armilar. Todo apunta a que el autor ha sido el cillerero, que ha sido encontrado in flagranti delicto por el inquisidor. De nada le sirve a Remigio negar su participación en tan horrible crimen, pues es trasladado preso a la espera de juicio.

Guillermo y Adso contemplan la dantesca escena. Amén del cadáver de Severino, el hospital se encuentra patas arriba – parece que alguien estuviera buscando algo en el hospital del malogrado padre herbolario ¿tal vez el extraño libro que parece conectar todas las muertes?

Antes de irse, Guillermo recoge la piedra de magnetita, con la que imagina construir el instrumento que les permita orientarse en su siguiente incursión por el laberinto. Se dirigen entonces a la planta baja del edificio – a la cocina – de donde recogen la lámpara que iluminará su camino.

Antes de la comida, acuden al scriptorium, donde encuentran al hermano vidriero. Guillermo explica a Nicola cómo construir la brújula o Pyxis. Nicola acepta el encargo e indica a Guillermo que, una vez construida, la dejará en su celda.

Sexta

Guillermo y Adso asisten, como de costumbre, al almuerzo en el refectorio.

Nona

Donde Bernardo, en clara alusión al pasado de Guillermo como inquisidor, solicita su colaboración para el juicio de Nicola, Remigio y la joven muchacha, de nombre desconocido. Todos se dirigen hacia la estancia anexa al claustro, donde se encuentran los acusados.

Una vez allí, Guillermo y Adso contemplan, impotentes, el desarrollo del juicio. Durante el mismo, Bernardo sostiene que fue Remigio el asesino del padre herbolario, lo que aquél niega rotundamente. Bernardo apela a una supuesta confesión de Salvatore, que ha sido terriblemente torturado. Cuando Bernardo amenaza a Remigio con una tortura similar, éste se derrumba impotente y se confiesa – sin serlo – autor de los asesinatos ocurridos en la abadía. La suerte está echada para los tres acusados, que serán condenados a la hoguera.

Antes de irse, Guillermo observa que Bernardo ha dejado sobre la mesa de la estancia una llave sustraída a Remigio durante su detención. Ante la vigilancia de Bernardo, nuestros protagonistas no pueden tomarla prestada.

Vísperas

Donde Guillermo y Adso, todavía apesadumbrados por los últimos acontecimientos y sin haber podido obtener nada en claro de sus investigaciones, asisten al oficio.

Como de costumbre, Malaquías aparece desde detrás del altar para ocupar su lugar. Allí, el bibliotecario comienza a tambalearse y cae al suelo mientras murmura unas inquietantes palabras. Tras unos instantes de agonía, Malaquías fallece.

Guillermo, consciente de la situación de evidencia en la que queda Bernardo tras la forzada confesión de Remigio, pregunta al inquisidor acerca del asesino de Malaquías. Guillermo comprueba como Malaquías tiene también las yemas de los dedos y la lengua negros, como Venancio y Berengario.

Completas

Nuestros protagonistas se dirigen a su celda – dispuestos a una nueva aventura nocturna en pos de los secretos del laberinto… Tal y como Nicola les había prometido, Guillermo encuentra la Pyxis en su celda. No duda en recoger este valioso instrumento, que sin duda les resultará sumamente útil.

Sexto día

Noche

Guillermo y Adso se dirigen nuevamente a la biblioteca. La lámpara, la brújula y la gasa empapada de infusión preparada por Severino los ayudan a investigar a través de las numerosas estancias que la componen, mientras Adso traza un mapa de la misma. Al recorrer las estancias, no dudan en detenerse para hojear los numerosos libros ¡Cuánto saber oculto! Todas las estancias disponen de una mesa central así como estanterías en su perímetro, donde los libros se almacenan horizontalmente. En su exploración, Guillermo y Adso observan que cada una de las estancias está marcada por una letra o inicial. Con el tiempo, nuestros protagonistas comienzan a atisbar una lógica u orden que relaciona la temática y ubicación de los libros, y las palabras que resultan de unir las iniciales de las letras encontradas en cada una de las estancias. Maestro y aprendiz recorren un sinfín de habitaciones, identificando zonas como Anglia, Germani, Gallia, Hibernia, Roma, Yspania, Aegyptus, Fons Adae y Acaia. En verdad, la biblioteca reproduce las partes del mundo conocido y los libros están ordenados según sus países de origen, o el de sus autores. Las iniciales de las estancias forman un artificio nemotécnico para facilitar al bibliotecario la búsqueda de los libros ¡Guillermo y Adso logran, por fin, entender el laberinto! Cruzando el umbral de una de las habitaciones, Adso cree ver una extraña sombra. Al acercarse, nuestros protagonistas comprueban que se trata de un espejo que, situado en una de las paredes de la estancia, les devuelve su reflejo deformado ¡esto explicaría las visiones que, según se cuenta, han tenido los monjes que se adentraron en la biblioteca! Por la posición relativa de la estancia en la biblioteca, coincidente con uno de los torreones extremos, Guillermo deduce – por similitud – que la habitación debe estar conectada con otras – aunque no observan más que el camino que les ha llevado a la misma. ¿Dónde estarán las estancias que faltan? Encima del espejo, nuestros protagonistas encuentran la inscripción “Super thronos viginti quatuor”. Se trata de un fragmento de libro del Apocalipsis.

En vista de que el aceite de la lámpara se agota, nuestros protagonistas deciden volver sobre sus pasos hacia la estancia origen. La incursión en el laberinto ha sido muy provechosa: nuestros protagonistas ya saben orientarse en el mismo y han descubierto su organización en “regiones” que aglutinan diferentes temáticas de libros y que toman su nombre de juntar las iniciales de las inscripciones de las estancias en un orden específico.

Agotados, Guillermo y Adso se dirigen a su celda, con cuidado de que el abad no los descubra deambulando por la abadía…

Prima

Guillermo y Adso acuden al oficio, como cada mañana.

Tercia

Tras la misa, el abad informa a Guillermo de la inminente marcha de Bernardo, quien ha concluido su misión.

A continuación, el abad enseña a Guillermo y Adso el relicario, lugar donde se almacenan piezas únicas, de incalculable valor. El abad reflexiona sobre el valor de los objetos custodiados en la abadía, así como acerca de la riqueza de su biblioteca. El abad afea a Guillermo que, tras seis días de investigación, no haya podido arrojar luz sobre los terribles acontecimientos de la abadía – que suma ya cuatro muertes y en la que dos monjes han sido condenados por la Santa Inquisición.

Guillermo, en su respuesta, confiesa no estar en condiciones de esclarecer los hechos pero relata los descubrimientos que, a su juicio, la investigación realizada ofrece hasta la fecha. En su argumentación, demuestra que todas las muertes se deben al misterioso libro desaparecido: Adelmo sucumbió a los favores de Berengario a cambio de que éste le facilitara la clave de cómo encontrarlo en la biblioteca – cifrada en el pergamino que Guillermo tomó prestado de la mesa de Venancio. Tras acceder a los deseos de Berengario y, presa de los remordimientos, comenzó a vagar por la abadía hasta encontrarse con Venancio, a quien entregó el pergamino. Finalmente, amordazado por la culpa, acabó arrojándose al vacío desde el torreón. Venancio accedió a la biblioteca y, guiado por las instrucciones del pergamino, sustrajo el libro de la misma y lo dejó en su mesa de trabajo en el scriptorium, donde lo leyó. Algo provocó su indisposición repentina y, tras garabatear unas líneas en el pergamino, acabó falleciendo con unas extrañas marcas negras en la lengua y en las yemas de los dedos.  Berengario descubrió el cadáver y lo arrojó a la tinaja de la pocilga para evitar que recayeran sospechas sobre él. Libro y pergamino quedaron sobre la mesa de Venancio. Al día siguiente, Berengario leyó el libro y, aquejado del mismo extraño mal que sorprendió a Venancio, decidió tomar un baño para calmarse. Finalmente, murió ahogado en la bañera. Igualmente, a Berengario se le encontraron las yemas de los dedos y la lengua ennegrecidos. Entonces, Severino encuentra el misterioso libro prohibido en la enfermería (escondido por Berengario) y corre a ocultarlo. Malaquías, sin embargo, lo asesina y se lleva el libro. Igualmente, Malaquías leyó el libro y sucumbió a su extraño poder, falleciendo en la iglesia. Por tanto, y según Guillermo, todas las muertes ocurren por un libro que mata, o por el que alguien mata.

El abad se muestra indiferente ante los hallazgos de Guillermo y le conmina a irse al día siguiente – cuando habrán transcurrido siete días desde su llegada a la abadía.

Guillermo repara en un pequeño diamante – su dureza puede ser muy útil para cortar el vidrio de las lentes que necesita para poder leer el pergamino que contiene el secreto de cómo acceder al libro prohibido. Desde el relicario, Guillermo y Adso se dirigen a la sala capitular, donde se celebró el juicio, a recoger la llave que Bernardo había confiscado a Remigio. Nuestros protagonistas entran en la celda de Remigio. Allí encuentran otra llave, que suponen debe ser la de la celda del padre herbolario.

Sexta

Sin tiempo para más, las campanas recuerdan a Guillermo y su joven aprendiz que deben acudir al refectorio.

Nona

Conscientes del poco tiempo que les queda en la abadía para desentrañar el misterio del libro prohibido y del laberinto, Guillermo y Adso recogen, de nuevo, la lámpara que les guiará por la biblioteca. Adso acompaña a su maestro a la celda del padre herbolario, de donde observa cómo recoge los guantes del fallecido Severino. Adso se pregunta extrañado para qué servirán.

Antes de seguir con sus pesquisas, Guillermo y Adso visitan el cementerio de la abadía, en el que también yace Berengario. Allí, nuestros protagonistas reparan en una sección del muro repleta de grabados en la que sobresale una cruz en el centro. Al acercarse a ella, descubren una puerta que los conduce a una estancia situada bajo las escaleras que ascienden al torreón suroeste del edificio. En la pequeña estancia alcanzan a percibir una extraña melodía. Guillermo se queda absorto escuchándola mientras los recuerdos se amontonan en su mente detectivesca ¿Por qué le resultará tan familiar?

Seguidamente, Guillermo acude al taller de Nicola quien, gracias al pequeño diamante, consigue cortar el vidrio a la medida exacta de las lentes requeridas por Guillermo. Con ellas, Guillermo puede leer el pergamino que esconde el secreto que permite encontrar el libro perdido en la biblioteca. Tras descifrar el mensaje, Guillermo lee: “Secretum finis africae manus supra idolum age primum et septimum de quatuor” … (El secreto del final de África; con la mano sobre el espejo actúa sobre el primero y el séptimo de cuatro) ¡La clave para encontrar el libro está conectada con la estancia del espejo! Esto alimenta la sospecha de Guillermo de que, en realidad, el espejo es una puerta hacia una o varias estancias que tal vez contengan el misterioso libro…

No obstante Guillermo no consigue descifrar lo que, a todas luces, es un acertijo ¿El primero y el séptimo de los cuatro?

Vísperas

Guillermo y Adso asisten al oficio de Vísperas, en lo que será sin duda su última noche en la abadía.

Completas

Nuestros protagonistas se preparan para abordar la definitiva incursión en la biblioteca ¡Esperan poder resolver el misterio del libro prohibido y del espejo en el Finis Africae!

Séptimo día

Noche

Guillermo y Adso se dirigen al pasadizo y, desde allí, a la biblioteca. Atraviesan las regiones de la biblioteca hasta que llegan a Aegyptus (situada en África) y a la estancia del espejo Finis Africae. El espejo se encuentra firmemente anclado – no parece haber ningún resorte ni mecanismo que lo convierta en una puerta…

Adso observa a su maestro concentrado y preocupado. Recuerda entonces una frase del malogrado Salvatore, que hablaba mil lenguas y ninguna: “Tertius equi: ésa sería la ‘u’ – dice” Guillermo, absorto, pregunta a Adso, que aclara la cuestión: Tercera se refiere a la tercera letra. De pronto, a Guillermo se le hace la luz: “¡Dios te bendiga Adso..! ¡Mira la inscripción encima del espejo – Super thronos viginti quatuor! ¡Se refiere a la primera y a la última letra de la palabra quatuor!” Guillermo presiona la primera y última letra sobre la inscripción y… se activa un resorte que acciona el espejo – y lo abre.

Ambos entran en una estancia de la biblioteca que está más allá del Finis Africae. Allí les espera Jorge, el anciano monje. El venerable monje, entrega a Guillermo el libro prohibido – el Coena Cypriani de Aristóteles. Jorge explica por qué debe ocultarlo: aborda cuestiones trascendentales desde un punto de vista cómico y risible – todo ello guiado por la pluma del filósofo, paradigma del saber. Tal libro podría socavar los, de acuerdo con el venerable anciano, preceptos de la Cristiandad: ¡La risa elevada al rango de arma sutil!¡La risa puesta en manos de los simples, de los pobres!¡Entonces la risa aniquilaría al miedo! Jorge conmina a Guillermo a que lea el libro, que tanto ha anhelado. También se dirige a Adso, para que lo lea en segundo lugar. Adso observa a su maestro hojear el libro con los guantes del padre herbolario – y entonces cae en la cuenta del ardid del anciano monje, que había impregnado las páginas del libro de la sustancia venenosa sustraída a Severino tiempo ha. Gracias a los guantes, Guillermo no tiene que humedecer los bordes de las páginas con su saliva – lo que le habría llevado a entrar en contacto con el veneno depositado en las páginas – envenenándose poco a poco y dejando un siniestro rastro en forma de manchas negras en las yemas de sus dedos, y en la lengua.

Jorge, al verse descubierto, arranca el libro de las manos de Guillermo y se precipita en una huida desesperada con el mismo. Guillermo y Adso corren tras él por el laberinto, hasta que consiguen dar con él en la esquina nordeste del mismo. Consternados, descubren que el anciano está destruyendo el libro… ¡comiéndoselo! Guillermo y Adso tratan de evitarlo. En el forcejeo, el anciano golpea la lámpara de Adso y vuelca aceite sobre los libros depositados en la mesa de la estancia. Los libros comienzan a arder. Merced a las corrientes de aire de la biblioteca, el fuego comienza a extenderse rápidamente y el laberinto arde como una tea… ¡Guillermo y Adso huyen rápidamente hacia la estancia que da acceso al scriptorium para salir fuera del edificio! Cuando consiguen salir del laberinto, una gran parte de éste es pasto de las llamas. Guillermo y Adso escapan a través del scriptorium, temiendo desvanecerse por el humo que respiran o, aún peor, morir aplastados por el peso de la planta de la biblioteca, que está a punto de ceder.

Con mucho esfuerzo, Guillermo y Adso salen del edificio y se alejan de la abadía, que yace pasto de las llamas. La biblioteca, y todo su saber – preservado antes y después destruido por las malvadas manos de Jorge, se pierde para siempre y sin remisión.

Al alejarse de la abadía, Adso observa las tres piras que los inquisidores habían montado para quemar a Salvatore, Remigio y la muchacha. Al ver que una de ellas no ha ardido, Adso desea con todo su corazón que haya sido la de su joven y bella amante a quien, empero, jamás volverá a ver…

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla.

FIN

Agracedimientos:

A Manuel y Dani, por ser unos artistas y buena gente como ellos solos.

A Paco y Juan, por treinta años de La abadía del crimen. Por muchos más.

A Umberto Eco, por El nombre de la rosa.

A Jean-Jacques Annaud, por una maravillosa adaptación. Y a Feodor Chaliapin Jr., por una soberbia interpretación.

Más en: http://www.abadiadelcrimenextensum.com/