Tres hilos

(Ciudad de México). Cloto.

Abandonaron Reforma y viraron en dirección a Alameda Central. Su madre y ella iban en el asiento de atrás del destartalado escarabajo que el taxista, un locuaz mexicano llamado Gabriel, conducía habilidosamente. Helen estaba de seis meses – tres quedaban para conocer a su hermana. Su llegada fue toda una sorpresa – ya se había resignado a ser hija única. Su padre, en el asiento delantero, intentaba defenderse con su oxidado español de Texas. Gabriel conducía y asentía, dicharachero. Liv, que intentaba seguir la conversación, no las tenía todas consigo: acostumbrada a que el conductor violentase el tráfico en cada maniobra, se tranquilizó cuando se detuvieron en el cruce con Cinco de Mayo. Del bullicio de la acera, sobresalía una señora con sombrero y poncho azul cielo. Caminaba con un aire ausente, distraída. Amén del color de su vestimenta, le llamó la atención lo ajado de su rostro. Recordaba a las campesinas que vendían chorizos picantes en puestos ambulantes. La anciana llegó a su altura y comenzó a atravesar la calle. Gabriel arrancó apresuradamente, justo cuando ella cruzaba.

Gosh…dad, tell him to stop or he’ll run her down! (1)

Liv agitó el hombro de su padre, mientras gritaba sobresaltada. Gabriel frenó, asustado.

-Pero…¿qué le pasa a la gringuita?¿A qué viene esta pendejada?- masculló el taxista, malhumorado.

Liv miró por la ventana, pero no consiguió ver a la vieja por ninguna parte.

En ese instante, algo muy poderoso se desencadenó en el vientre de Helen. Notó como su madre la agarraba del brazo. Estaba lívida; gotas de sudor empapaban su cara. Se fijó en la mancha que se había formado entre sus piernas, que traspasaba ya la tapicería del coche.

-It’s happening!, Mum’s in labor! (2)– acertó a decir.

Gabriel miró y entendió. Suspiró con aire lúcido: la excursión a la Catedral y el Zócalo había terminado.

(Huitzilapan-La Antigua, Estado de Veracruz). Láquesis.

José jugaba con las monedas. No era mal botín – aunque sabía que tenía que repartirlo cuando llegase a casa. Su sonrisa y locuacidad lo habían convertido en el mejor guía turístico. A sus apenas once años encandilaba a todos los que visitaban el lugar, en el que supuestamente los españoles consignaron su entrada al Nuevo Mundo.

Le dolían las piernas – ya llevaba acumuladas unas cuantas caminatas en aquella mañana soleada. Había dado cuenta de las centenarias Ceibas, con sus poderosas ramas y largas raíces, y realizado incursiones en la casa de Hernán Cortés, cada vez más derruida e invadida por la naturaleza tropical.

Amagó con levantarse para guardar las monedas, y reparó en la serpiente que se había detenido casi entre sus pies. Semienroscada, lucía bandas rojas, negras y amarillentas alrededor de su cuerpo: era una pequeña coralillo. José se apartó instintivamente; el reptil se enervó y levantó ligeramente su cola. Petrificado por el miedo, renunció a moverse más.

Como salida de la nada, una anciana agitó una vara para asustar al reptil, que huyó despavorido.

-¡Gracias!…-dijo José, nervioso.

La señora, de rostro enjuto, apergaminado y tez morenísima, se ajusto el poncho rojo y se alejó despacio, apoyada en su bastón.

(Toluca, Estado de México). Átropos. 

Memo miraba a su madre. Ahora respiraba tranquila, sólo se escuchaba el ruido sordo de los artilugios médicos que la controlaban.

-¿Cuánto tardas en aventarte la alberca? – Preguntó.

Desde que ella faltaba, la natación – y casi todo lo demás – se había vuelto un suplicio. Pensó que nunca dejaría de ser un niño torpe. Y grueso.

-Eh… ya nado más rápido, mamá. Estoy mejorando. Manuel me dice que tengo mucho estilo.

-Me alegro. Guillermo, no descuides la escuela.

-No. ¿Sabes que papá y yo estamos preparando una excursión al Nevado? Para cuando vuelvas…

Amalia abrió sus enormes ojos color miel y acarició los rizos de su hijo. Aquella enfermedad había engullido su sonrisa, su pelo y el rostro, antaño lleno de vida. Casi no se reconocía delante del espejo – tan demacrada y angulosa.

-Mijo…ve con papá y no te preocupes. Pásenla bien. Luego me lo cuentan.

Ella comenzó a toser. Primero ligeramente, luego casi un puro espasmo. Guillermo fue a por un vaso de agua. Fue entonces cuando la vio: había una anciana en la esquina de la ventana. Sentada en aquella incómoda silla para visitantes; menuda y arrugada – con ojos minúsculos. Los miraba silenciosa, envuelta en un poncho oscuro. Le pareció que cerraba los ojos y movía ligeramente el mentón. Le acercó el agua a su madre, sin dejar de observarla.

-No le cuentes nada a papá.

-¿Sobre qué?

-Sobre la vieja del poncho – repuso Amalia-. Que sea un secreto entre los dos – dijo mientas se llevaba el dedo índice a los labios.

Se fijó otra vez en la señora, que lo miraba atenta con sus ojos chiquitos. Cuando se giró de nuevo hacia su madre, ella dormía. Agarró su mano y la apretó levemente. Salió de la habitación; la doctora hablaba con su padre, al otro lado de la puerta. Se acercó para contarle una confidencia al oído.

-¿La viejita se queda, doctora?

-¿Cuál viejita…?

FIN

 

“…cuando el hilo de la vida, hilado por el huso de Cloto y medido por la vara de Láquesis, está a punto de ser cortado por las tijeras de Átropos” (Los mitos griegos, Robert Graves)

 

A Carlos y Cristina. Verano del 93, México.

 

Notas del autor:

(1) Dios… ¡papá, dile que pare o la atropellará!

(2) ¡Está ocurriendo!, ¡Mamá está de parto!

 

#DíadeMuertos en @zendalibros.

Anuncios

Rabia

(Mira bien. Allí está, bajo una delgada capa de barniz)

Llueve. Es una mañana fría de invierno. Todo empieza en un tren cualquiera, de esos que a diario conectan los suburbios londinenses con la gran ciudad. Los cuarenta minutos largos de trayecto dan para construir un retrato de los commuters, los que se desplazan en transporte público hasta sus puestos de trabajo – incluido quien suscribe. Caras somnolientas, camufladas tras periódicos y tabloides. Muecas inexpresivas, de desidia o de indiferencia – las más; rostros concentrados a la caza de la noticia que cambiará el día – los menos.

La estación de London Bridge es el destino de no pocos viajeros. Una marea humana que se desplaza con voluntad propia, emerge a la superficie y atraviesa el conspicuo puente, sin inmutarse a pesar de la ventisca, dirigiéndose al centro del mundo financiero.

La City es un hervidero: las aceras están llenas de transeúntes. Apenas se escuchan las pisadas, ahogadas por la lluvia y enmascaradas por el ruido del tráfico.

Atrás queda Monument Station; camino hasta la intersección de Gracechurch y Fenchurch st., y allí espero a que el semáforo se ponga en verde. Me fijo en un ejecutivo: ojos grises, altivos – traje con raya diplomática envuelto en una gabardina; lleva maletín de piel, guantes y zapatos caros. Él también espera, ausente. A lo lejos se aproxima un camión de reparto, que no aminora a pesar de que el disco está a punto de cambiar. El vehículo no se detiene y el del traje lo sabe, pero igualmente dará un paso al frente para cruzar. Todo ocurre en una milésima de segundo, en la que el tiempo se congela. Por el hueco de la ventana del lado del conductor asoma un tipo de expresión hosca, enfundado en un gorro de lana. Entonces, la mirada del hombre trajeado cambia de registro: se torna hostil, furibunda. Espoleado por una rabia indómita deja caer su maletín, salta y se encarama al portón – al que permanece agarrado mientras el vehículo pasa frente a mí. Tengo tiempo de ver cómo lanza incontables puñetazos hacia el interior de la cabina del camión y lo patea, en precario equilibrio. Miro hipnotizado mientras la multitud cruza la calle.

El camión y el tipo del traje se alejan, hasta que la puerta de aquél se abre y el hombre cae al suelo, donde permanece inmóvil. Observo que, además del maletín, ha perdido un zapato y un guante, que yacen a medio camino, empapados. A lo lejos, el individuo se levanta y se marcha cojeando.

Cruzo la calle y reparo, avergonzado, en el maletín. Tan sólo necesito dar unos pasos más para que se mimetice con el paisaje.

Sigo mi camino. Como si nada.

FIN

El repartidor

Le quedaban pocos periódicos en la cesta. Pedaleaba veloz agotando los minutos de su turno, haciendo sonar el ruidoso timbre. Cuando había aceptado el trabajo no era especialmente hábil con la bicicleta. Claro que todo es cuestión de práctica – que había tenido oportunidad de adquirir durante el largo y caluroso verano, a razón de ocho dólares con cincuenta por día, propinas aparte.

Giró en North con Orne St. y aminoró el ritmo, mientras circulaba pegado a la verja del cementerio, que ocupaba una gran porción de aquel barrio de Salem. La siguiente entrega era un ejemplar del Boston Globe en la vivienda de la señora Defarge, en la esquina con Orchard St.

Había llegado a aprender mucho de los clientes – con algunos incluso había intimado, hasta el punto de merecer su confianza y algunos centavos que engrosarían sus ahorros cuando rompiese la hucha al final del verano. Pero la Sra. Defarge era un misterio: madre soltera – al menos hasta donde Joey sabía – cuidaba de su hijo Jonesy, que se tenía bien ganado el mote de rarito del instituto. Cruzó la calle hasta la vivienda. Antes de detenerse, se fijó en aquel hombre. Caminaba lentamente, con una leve cojera. Lucía pantalones cortos y calcetines chillones, casi a juego con la camiseta: fondo rojo y una paloma dibujada en un círculo central amarillo limón, con aquel mensaje de veteranos por la paz. Llevaba un transistor en una mano, del que se desprendían, algo distorsionados, los primeros acordes de Sheena is a punk rocker.

-¿Qué tal el reparto, chico?

-No va mal. Terminando ya.

-¿No tendrás una ayuda para un veterano?

Joey se hizo el remolón.

-Estoy ahorrando para comprarme un telescopio.

El viejo lo miró con expresión burlona.

-¿No te estarás quedando conmigo, chico?

Joey aparcó y se dispuso a dejar el periódico. El jardín, de hierba pulcramente cuidada lucía, solitario, un cartel que alertaba de la presencia del perro. Para Joey constituía todo un misterio: jamás había visto u oído a ningún chucho en sus numerosas incursiones como repartidor. Por lo demás, la casa era anodina, tan sólo llamaba la atención la conspicua bandera de barras y estrellas, que ondeaba en los días de viento, y aquel buzón siempre lleno de correspondencia.

Echó un último vistazo a su bici y al veterano, que se alejaba calle abajo. Se decidió a probar suerte y realizar la entrega en mano. La pequeña cancela que daba al jardín estaba abierta, y desde ella emergía el camino hacia el portal.  Llamó al timbre y tocó al portón, primero tímidamente y luego con algo más de brío, pero no obtuvo respuesta. Se apoyó en la puerta, que se abrió con un ligero chasquido.

-¿Señora Defarge…? ¿Jonesy…?

Pensó que debía cerrar inmediatamente y dejar el periódico en el buzón. Algo le hizo cambiar de opinión: qué demonios, no va a pasar nada por un vistazo rápido.

Cruzó el recibidor, dejando a un lado la cocina. Más adelante, a su derecha, una habitación mostraba una pared repleta de pósteres de los Celtics y de Larry Joe Bird. El pasillo se abría ligeramente para acomodar unas escaleras que llevaban al primer piso. A su izquierda, se adivinaba una puerta entreabierta. Picado por la curiosidad, Joey tiró de la manilla. Un tramo de escaleras, pobremente iluminado, llevaba al sótano de la casa. Mientras bajaba, se cuidó de dejar la puerta abierta para que le sirviera de tragaluz.

A un lado de la estancia, el más cercano a la escalera, alcanzó a ver una gran alacena anclada a la pared. En uno de los estantes había tres grandes latas de aluminio. Se acercó a ellas, y percibió un fuerte olor a comida de perro. Estaban etiquetadas; a duras penas consiguió leer: “Veltesta”, “Tretesta” y “Drittesta”. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, percibía sombras que, lentamente, tomaban forma.

Unos puntos luminosos llamaron su atención. Fue entonces cuando lo vio. Hacia el centro de la estancia, comenzó a distinguir la forma de un enorme animal – un perro – recostado sobre sus patas. Se acercó lentamente – tan sólo un par de pasos – para poder observarlo mejor. Lo que vio lo dejó completamente inmóvil: poseía tres prominentes cabezas, que seguían atentamente sus movimientos; las orejas erguidas y ojos de un extraño color rojizo. Sus fauces, que permanecían cerradas, no ocultaban unos largos colmillos superiores, que asomaban amenazadores. Hipnotizado, Joey comenzó a moverse hacia aquella monstruosidad. Al percibir sus pasos, el perro se sentó sobre sus cuartos traseros, al tiempo que sus cabezas proferían, casi al unísono, un gruñido amenazador. Le pareció que, al moverse el animal, se agitaba una especie de esclusa, que permanecía cerrada bajo su peso.

Fue el olor lo que primer le llamó la atención: a un intenso azufre. Mientras trataba de adivinar su origen, percibió un extraño brillo. Parecía provenir de la abertura sobre la que se situaba el can de tres cabezas. El brillo se descomponía en colores indescriptibles: de un azul eléctrico a un verde fantasmagórico, que rápidamente transmutaba a rojo sangre. Joey se acercó imperceptiblemente. Fue entonces cuando el suelo del sótano empezó a retumbar, y la compuerta sobre la que se sentaba el animal se agitó como empujada por algún tipo de fuerza invisible. Siguieron unos alaridos ensordecedores, ante lo que el can abrió sus poderosas fauces y comenzó a ladrar, acercando sus afilados dientes al borde de la esclusa.

Joey salió de su estado de ensoñación y se apresuró a la escalera; la subió a trompicones y abandonó la casa. Montó en su bicicleta y se irguió sobre los pedales. Sólo cuando se encontraba en Franklin St., cerca del río, reparó en que todavía llevaba, apretado en su mano, el ejemplar del Boston Globe. Miró al cielo: seguía tercamente azul, mientras la mañana quedaba atrás.

Otro maravilloso día de verano en Nueva Inglaterra.

 

FIN

 

Guiños a Stephen King y Lovecraft. También a The Ramones y Paperboy, el arcade de Atari. I don’t wanna go down to the basement.

Una pulsera de otro mundo

Estaba encantada con la adquisición. No se le ocurría mejor regalo para un cuarentón que, en plena crisis, había decidido retomar viejos hábitos saludables y ponerse a correr.

Además, era lo último del mercado: lo más de lo más en las llamadas pulseras de actividad. Medía todo tipo de parámetros corporales: pulso, pasos y distancia recorridos, calorías consumidas, sueño acumulado y un inabarcable etcétera. Ya puestos, también daba la hora.

Como no podía ser de otra manera, venía de serie con una utilísima aplicación, de las que se instalan en el teléfono móvil, recogen ingentes cantidades de datos proporcionados por la pulsera, y los procesan para presentar estadísticas, gráficas y un sinfín de recomendaciones para mantenerse sano.

A ella se le había ocurrido activar aquella función para enviarse mensajes y, de paso, poder echar un inocente vistazo al resumen de la actividad diaria de su compañero.

En ésas estaba cuando su teléfono comenzó a vibrar. Hablando del Rey de Roma. La aplicación de la pulsera mostraba un mensaje de bienvenida:

“¡GRACIAS POR USAR NUESTRA APLICACIÓN! TE QUEDAN 8.546 PASOS PARA CUMPLIR TU OBJETIVO DEL DÍA.”

Le sirvió para recordar que tenía que ir al gimnasio. Realmente era un cacharro útil.

Siguió con su paseo, hasta que volvió a notar la vibración del teléfono en su bolso.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡78 PULSACIONES!”

Vaya. Resulta que, además de poder mirar por la ventana indiscreta, el programa la animaba a ser cotilla. Cosas de los automatismos.

No habían pasado ni cinco minutos cuando el teléfono volvió a vibrar ostensiblemente.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡102 PULSACIONES!”

Eran sólo las diez de la mañana; se imaginó que él estaría en la oficina, tal vez enterrado en alguna reunión de esas que duraban demasiado y le ponían de los nervios. Desde que se había metido en aquel proyecto con los rusos, tenía tensión emocional. Suerte que ella seguía de vacaciones.

Se detuvo en un banco del parque. Tal vez era buen momento para llamarle y comprobar que todo estaba bien. Dudó un par de veces, hasta que su sentido común le borró la idea de la cabeza. Bobadas, pensó.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡165 PULSACIONES!”

Se quedó mirando la pantalla de su terminal, que ahora mostraba el mensaje acompañado de un bip excesivamente ruidoso. La pantalla parpadeaba en un rojo anaranjado. Se convenció de llamar: era simplemente una prueba y se quedaría tranquila. Y de paso le preguntaría qué estaba haciendo: para una reunión de trabajo, estaba resultando de lo más intenso.

“UN AMIGO HA REPORTADO: ¡220 PULSACIONES! ¡SE HA SUPERADO EL LÍMITE!”

Comenzó a preocuparse de verdad, mientras asimilaba el mensaje, desbloqueaba la función de llamadas de su teléfono, y comenzaba a marcar el número de su marido. Comunicaba.

Continuó sentada, sin saber bien qué curso de acción tomar, intentando conectar en varias ocasiones, sin suerte. Estaba segura de que se trataba de un error informático, pero se mantuvo resuelta a llamar las veces que fuera necesario, hasta que consiguiese hablar con él. Le puso varios mensajes de texto, para que le devolviera la llamada. Se mantuvo mirando fijamente la pantalla de su teléfono esperando una respuesta. En ese momento sonó una estridente alarma, parecida a la del despertador, al tiempo que la pantalla se llenaba de colores.

“UN AMIGO HA REPORTADO: NÚMERO DE PULSACIONES INCOMPATIBLE CON LA VIDA”

Sintió cómo se le helaba la sangre. Se le cayó el teléfono y volvió a recogerlo, sobresaltándose al escuchar el timbre de una llamada entrante. Era él.

-¿Sí….Dígame?

-¡Hola!… tengo algo así como veinte llamadas perdidas tuyas. Dime que, por lo menos, se ha caído el Taj Mahal o hemos llegado a Marte.

-Gracioso.

-No, en serio: ¿qué pasa?

-Ah… nada. Sólo te llamaba para saber qué tal iba todo.

-Bien…a vueltas con los rusos. Entretenidos, pero sin morirse.

-No digas eso.

-¿Qué? Lo de los rusos…

-No, lo de morirse.

-Ah…Es el humor de las diez y quince. Ya sabes que soy muy gracioso, tú misma lo dices…

-¿Qué tal la pulsera?

-¡Genial! Menudo invento. Me dice que ya llevo caminados la mitad de mi objetivo de pasos, quemada cerca de una cuarta parte de calorías, y que me pongo nervioso cada vez que mi jefe me habla…No, en serio: está muy bien. Ya no hay excusas para no cuidarse.

-Bueno. Voy a seguir con lo mío. Que pases buen día y ten cuidado.

-Ya te he dicho que no pienso morirme todavía.

-Y dale.

Colgó. Aliviada, pero sintiéndose algo estúpida. Examinó su móvil en busca de más alarmas, pero se mantuvo en silencio. A la vista del éxito, terminó por desactivar la función “alertas de amigos”.

Al día siguiente, mientras recogía unos papeles, un pequeño panfleto se cayó al suelo. Lo recogió.

“FUNCIONALIDADES AVANZADAS: ALGORITMO DE PROGNOSIS”

Eran las instrucciones de la pulsera. Algoritmo de prognosis. Sonaba bien, y se animó a seguir leyendo.

“Funcionamiento: Nuestra pulsera incorpora un algoritmo de predicción del estado de salud del usuario. Este algoritmo se vale de técnicas de análisis de grandes volúmenes de datos (big data), para proyectar el comportamiento cardíaco del usuario y generar consejos para una actividad sana.”

Pensó en lo ocurrido el día anterior. Continuó leyendo.

“Modos de fallo: Nuestro algoritmo combina datos de millones de usuarios que han proporcionado su consentimiento para generar patrones y tendencias. Se encuentra en proceso de optimización por lo que, cuando esta funcionalidad se encuentra activa, el funcionamiento de la pulsera puede sufrir desviaciones debidas a la incorrecta interpretación de los valores de salida del algoritmo. En caso de detectar este comportamiento, póngase en contacto con nuestro departamento de posventa y garantía. Actualizaremos su software sin compromiso.

DISFRUTE DE NUESTRA PULSERA. ¡ES OTRO MUNDO!”

Trataba de asimilar la información. El teléfono la sacó brutalmente de su ensoñación: comenzó a sonar como si no hubiera mañana.

Se trataba de un número oculto.

FIN

 

Advertencia del autor: A ti, que tal vez leas esto, decirte que no te creas la mitad de lo que escribo. Lo que hagas con la otra mitad, es asunto tuyo.

Para Xulia

-Te digo que está allí- insistió Elías.

-Pero si aquello está vacío, neno– contestó Juan.

-Vamos y te lo enseño.

Era una tarde de verano desapacible, con viento del oeste que anunciaba lluvia. Uno de esos días en los que la playa es sólo para incondicionales del bañador. Así que decidieron ponerse en marcha, cada uno con su bici. Juan no se despegaba de su Motoretta-2 de color rojo, con aquellos aires de Harley de masas. Tal vez era un poco pesada, pero él le tenía cogido el truco – había que ponerse de pie un poco antes de que las cuestas se empinasen y mantener el ritmo. A Elías le habían regalado una California amarilla, por la que llevaba suspirando media vida. Era rápida, perfecta para escapar. Cuando se ponía, en medio santiamén había ido y vuelto del quinto confín.

-¿Por dónde vamos? – preguntó Juan.

-Por el monte…así pasamos por la de Xenaro y pillamos unos abruños.

-Yo creo que nos estará esperando con un palo; ya le hemos robado la mitad del árbol…

-Mira que eres cagao…- espetó Elías.

Dicho y hecho: remontaron por la cuesta del club de remo y atravesaron el maizal. Aquel endrino gigante sobrepasaba el murete que rodeaba el huerto de la casa; sus ramas invadían el camino que llevaba a las calas. Y todas estaban cargadas hasta los topes de aquella fruta negruzca y agridulce. Apoyaron las bicicletas sobre el muro y se pusieron de pie sobre los asientos. Aquí Juan llevaba ventaja: contaba con su sillín alargado, mientras Elías hacía malabares apoyándose sobre una de las ramas, acaso la que más abruños ofrecía. La fruta robada tiene una doble virtud: está sabrosa y se come al instante, no como esas piezas que languidecen en el frutero esperando destino.

-¡Oiga!…

La voz de Genaro actuó como un resorte para Elías, que en un nanosegundo había dado cuenta de dos abruños, metido el resto del botín en el faldón de su camiseta, y subido el repecho que lo ponía a salvo. Juan tuvo que coger algo de carrerilla, subirse y avanzar erguido hasta alcanzarlo. Apuraron, sin parar de reírse, hasta que se alejaron de allí, por la pista que dejaba a un lado los acantilados y el océano atlántico. A lo lejos se intuía, brumoso, aquel faro romano que todavía funcionaba.

Pedaleaban tranquilos, describiendo eses mientras recorrían la senda de las Islas Mirandas. Allí se abría un generoso claro que descubría un espectáculo de agua y espuma. Decidieron tomarse un descanso, mientras devoraban abruños y moras silvestres.

-¿Y cuántas había? – indagó Juan.

-Pues no muchas, pero parecían antiguas. También había sobres… ¿y si hay billetes dentro?

Se levantaba una ligera brisa. Quizá por eso no le oyeron llegar. Fue Juan quien se dio la vuelta y lo vio. Le soltó un par de codazos a Elías, que se imaginaba todavía amasando riquezas incontables, abrazado al manillar.

El anciano se quedó en medio del claro, contemplándolos. Vestía ropas de labriego, y los miraba desde una edad infinita, con las manos cruzadas en la espalda. En su rostro, millones de arrugas peleaban por hacerse un hueco. Allí se quedaron, mirándose fijamente, como jugadores de ajedrez alrededor de un grandioso tablero. Pasada la sorpresa, y antes de que la digestión de la fruta les jugara malas pasadas, Elías y Juan retomaron su montura y salieron del claro, dejando atrás al viejo, que los siguió con la mirada, impávido.

Decidieron atajar por el bosque de pinos, en cuya base crecían frondosos helechos de hojas eternas. Allí el camino se estrechaba hasta volverse una vereda, donde sólo podían pedalear en fila de a uno. Les impresionaba la altura de aquellos árboles y el sonido casi hipnótico de las copas al mecerse. Elías derrapó en un recodo, y se preparó para subir, allí donde el bosque terminaba y la corredoira se unía a la travesía de Maiobre. Con un sonoro clac, la cadena de Elías se salió en mitad del esfuerzo. Se bajó y afanó en colocarla de nuevo, ayudado por Juan. Cuando terminaron, los dos lucían manchas de grasa en mejillas y nariz – nunca apetece más rascarse que con las manos sucias.

Dejaron atrás el cementerio de Cervás y cruzaron la carretera principal, extrañamente triste sin los bañistas que, a diario, acudían a la playa de Chanteiro. De ahí a la iglesia de San Pedro, de donde partía el último puerto de su etapa. Todavía quedaba casi un kilómetro de ruta, bajando por la ensenada del Baño y ascendiendo ligeramente, después, hasta la fortificación que gobernaba la angosta ría. Para cuando llegaron, marchaban sentados con aire cansado, sus espaldas moviéndose, solidarias, con su terco pedaleo.

-Menudo rompepiernas- dijo Juan.

-Y que lo digas. Pero llegamos, por fin.

No quedaba mucho en pie del castillo, pero los muros que daban al mar conservaban las troneras en las que, tiempo atrás, se habrían apostado cañones formando eficaces baterías. A Elías le costó identificar la buena: todas parecían iguales. Tanteó en algunas, hasta que encontró la piedra suelta.

-¡Era aquí! La movemos a la de tres: una, dos y …

La losa cayó con un ruido seco, y descubrió un hueco rectangular, apenas profundo. Allí descansaba la caja de latón, que parecía resistir formidablemente el paso del tiempo.

-¿A qué esperas?- preguntó Juan, nervioso.

La tapa cedió con un chasquido metálico, revelando un fajo de cartas atadas con una cuerda. Había también un puñado de monedas antiguas, que no supieron identificar.

Elías se entretuvo con las monedas, y Juan tomó las cartas. No parecía que tuvieran sello, y la tinta comenzaba a emborronarse. No había remite, pero en el anverso de ellas se repetía el mismo nombre, escrito apresuradamente.

Para Xulia, rezaba.

FIN

Corredoira: camino estrecho (nota del autor).

#historiasdebicis para zendalibros.