La tercera del jinete

Antes de caer dormido, Pablo pensó en aquel extraño acertijo. ¿Quién me puede decir cuál es la tercera del jinete? había preguntado Lucía para terminar su lección de lengua y literatura. Resolver el rompecabezas tenía premio: podría leer la novela de la que ella tanto les había hablado. En medio de aquellas asignaturas áridas, salpicadas de no pocos deberes, la clase de Lucía era un oasis de letras, palabras, frases que daban forma a personajes fascinantes, protagonistas de aventuras que anhelaba hacer suyas. Casi sin pestañear, Pablo había terminado El conde de Montecristo, El hobbit y El prisionero de Zenda, y ahora, quería más. Pero no hay por dónde coger esa adivinanza, se dijo, mientras el sueño le vencía.

A la mañana siguiente, Pablo tomó el bus que lo llevaba al colegio. Era otro día gris de una primavera que seguía sin mostrar sus colores. El conductor lo saludó con una expresión entre cansada e indiferente. Pablo, como de costumbre, se sentó al fondo. Observaba los pocos rostros, todavía callados, de los habituales compañeros de trayecto. Le gustaba fijarse en los viajeros y escuchar distraídamente sus conversaciones. Es como abrir una ventana hacia sus vidas, pensaba. Así es como había llegado a conocer a Manuela y Carmen, aquellas agradables ancianas que compartían sus recuerdos. O a Martín, maestro de su escuela, que daba clase a los más pequeños.

La megafonía del autobús, anunciando la siguiente parada, le devolvió a la realidad. Extrañamente, no fue capaz de entender nada de aquel mensaje. Parecía como un conjunto de sonidos inconexos, sin significado aparente. El suyo era un viaje corto, y Pablo sabía las paradas de memoria. Una fugaz mirada a través del cristal sirvió para comprobar que no se había confundido de bus ni de trayecto. Qué raro, pensó. Se acordó del mensaje que había visto días atrás en las pantallas de información del vehículo – Sistema en pruebas – rezaba. Mientras el bus acogía a nuevos viajeros, alzó la vista hacia los monitores, pero igualmente sólo vio un montón de letras y números que parecían agrupados al azar. Caray con las pruebas, se dijo.

Como de costumbre, Manuela y Carmen entraron juntas. Hablaban distendidamente, primero en murmullos, que fueron creciendo según se aproximaban a su pequeña parcela del bus, justo delante de Pablo. Él se acercó para escucharlas, pero fue incapaz de comprender lo que decían. Sus voces sonaban ajenas; producían palabras que resultaban desconocidas para él. El anuncio de la siguiente parada tampoco sirvió de mucho: la misma jerga ininteligible, incomprensible. El bus comenzaba a llenarse, y a su alrededor se amontonaban las conversaciones. Las mismas que él, todos los días, trataba de seguir y con las que formaba su propio retrato de las personas que lo acompañaban. ¿Qué ocurre? No entiendo nada de lo que dicen – pensó – parece como si tuviera que descifrar todo lo que escucho. Entonces, comenzó a asustarse.

El trayecto terminó, aunque la confusión de Pablo no hizo más que empezar. Mientras se dirigía a la puerta del colegio se fijó en los rótulos de la entrada. Intentó leerlos pero, como sospechaba, remedaban letras puestas al azar. Muchos alumnos se arremolinaban en la entrada y charlaban animados, aunque él no fue capaz de asimilar nada de lo que decían. Es como si me hubiera desconectado de la realidad, razonó.

Allí estaban sus amigos, Nuria y Max. Se acercaron a él y comenzaron a hablarle, pero para Pablo aquello no era más que un galimatías. Intentó contestarles y, sólo entonces, cayó en la cuenta de que no era capaz de articular palabra. Sus pensamientos no atravesaban la frontera de su voz. Genial, ironizó; por arte de birlibirloque el mundo se convierte en un jeroglífico y yo me vuelvo mudo.

llavesFotografía: Ovidio Aldegunde

Angustiado, Pablo corrió hacia su clase y se sentó en su pupitre. Rebuscó en su mochila libros y apuntes, en busca de algún sentido. Pero no hubo suerte: sus notas y los textos que tantas veces había leído se habían convertido en una sopa de letras. Recordó que a primera hora vendría Lucía, justo en el instante en que ella entraba en el aula. Sus miradas se cruzaron por un momento, que a él le pareció una eternidad. La clase comenzó, pero la voz de Lucía, que otras veces lo había animado y alentado, sonaba extraña, alienígena; vacía de significado. Quiso gritar, pero sólo logró que el eco de su silencio retumbara en su cabeza. Entonces, cerró los ojos.

Cuando Pablo despertó tuvo tiempo de mirar su reloj y comprobar que, otra vez, había olvidado poner la alarma. Todavía con la angustia de su extraña pesadilla, se duchó y preparó: tendría que correr para tomar el bus. Llegó a la parada justo a tiempo. El conductor le dirigió una mirada que se parecía demasiado a la de su sueño. Fue Martín, el profesor, quien le sacó de dudas: entró en el autobús charlando animadamente por su teléfono móvil; reconoció su voz y sus palabras. Pablo, respiró aliviado.

Cuando llegó a la escuela, el cielo seguía gris, pero Pablo se sentía animado, quería relatarles a sus amigos su extraño sueño. Nuria y Max lo esperaban, como siempre, en la entrada. Interrumpió su conversación, comprobando que la maldición se había evaporado del todo, pues podía hablar alto y claro:

-¿Qué tal vuestro día chicos? ¿Qué os contáis? – Les preguntó.

-Pues no muy bien – respondieron casi al unísono – Menuda la ocurrencia de Lucía y su famoso jinete…

Pablo entonces, recordó: ellos, como él, eran dos enamorados de la literatura y se habían tomado el rompecabezas como algo personal, aunque no atinaban a dar con la clave. La tercera del jinete… ¿a qué se refería? Bastante he tenido con lo mío, acertó a pensar, como para concentrarme en más jeroglíficos.

Ya en clase, tuvo tiempo de comprobar, con alivio, que los libros y sus notas seguían intactos – letras, palabras y frases que ilustraban historias. Historias que él ya conocía.

Lucía entró en el aula. Se tomó su tiempo para escribir, en aquella vieja pizarra, las cuatro palabras: La tercera del jinete. Entonces se dio la vuelta, buscando con la mirada a quien hubiera resuelto el enigma. Pabló suspiró y miró por la ventana. Un sol adormecido se colaba entre las nubes, anunciando el cambio de estación. Su reflejo iluminó por un breve instante la pizarra, creando una sensación de irrealidad. La tercera del jinete, volvió a leer Pablo.

Entonces, cayó en la cuenta: frases, palabras, letras…Allí, frente a él, estaba la clave – en el lugar donde había estado siempre. Esperando, paciente, por quien fuese capaz de comprender.

Su brazo subió como un resorte, captando la atención de Lucía.

Después de todo, tal vez, sí estaba preparado para leer aquel libro.

FIN

A la memoria de Umberto Eco, que nos descubrió la belleza de acertijos, laberintos y espejos. 

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