Once metros

Corría el minuto cuarenta y cuatro cuando sucedió: jugada larga por banda derecha con llegada a línea de fondo, pase atrás del mariscal Mauro Silva y centro de Alfredo hacia un Bebeto que la cede, sutil, hacia el carrilero Nando. Éste quiere adentrarse en el área y se traba con Serer. Todo el mundo vio penalti, sin que hiciera falta VAR; empezando por el bueno de López Nieto, que triscaba ufano hacia el fatídico punto con el brazo enhiesto. El cielo, que hasta entonces había jugado al despiste, se abría para las casi treinta mil almas que abarrotaban el estadio municipal de Riazor. La gloria a once metros.

Pasado el año de la sorpresa, el Dépor había conquistado el liderato en la jornada catorce, como un cazador novel con su primera presa. Y no parecía dispuesto a soltarla. El cuadro de aspirantes lo completaba un Barça talentoso – Romario, Stoichkov, Laudrup y compañía, que se jugaba su cuarta liga consecutiva en el último partido, con dos muescas en el currículum – merced a aquel Real Madrid que había reincidido en besar la lona en Tenerife. El Sevilla, su rival, pugnaba por ser equipo UEFA, broche para una temporada notable. El Valencia llegaba a Riazor jugándose nada, concepto discutido y discutible, sobre todo cuando mediaba una prima de 400.000 pesetas de la época por barba valencianista – Paco Roig dixit – amén de otros maletines bajo la línea de flotación.

No había sido un camino de rosas para el Dépor: había caído en los estadios grandes, y contaba con un golaveraje particular negativo con respecto al Barça. El último tercio del calendario había deparado no pocos sustos: victoria agónica a domicilio ante el Logroñés, empate en casa contra el Rayo Vallecano de Onésimo, que cerca había estado de llevarse mejor botín, de no haber sido por el recordado Djukic, que le había birlado in extremis al hábil jugador franjirrojo un mano a mano con Liaño.

Y llegaba la semana del Dépor – Valencia, con el presi Lendoiro pleiteando con la Televisión de Galicia, por aquello de llevar el debate lejos, y el ambiente local saturado de euforia: no había rincón sin decorar de blanco y azul. Se había hecho un llamado a las meigas buenas, desterrado a sapos e bruxas, afinado Rianxeiras y despertado a os rumorosos para que ondearan banderas. Las marisqueiras blandían tremendos centolos, trasunto de defensa inexpugnable. El ritmo de samba improvisaba congas para inspirar a la dupla brasileña, la empanada se cortaba en los previos del partido para espantar la metafórica, y el dulce lo ponía aquel caramelo con palito, que el malogrado y genial entrenador holandés Johan Cruyff había puesto de moda.

Un servidor contaba entonces con quince imberbes años, ilusión hasta las trancas y una bufanda del Superdépor que había exhibido a lo largo de los seiscientos y pico kilómetros de viaje en coche desde Bilbao hasta Coruña. Y había más: dos entradas en preferencia, para ver el partido con mi padre. Ahí es nada.

El ambiente en el estadio y alrededores durante los prolegómenos era tal que, el que suscribe, que por la época era bastante pesimista, se había dado al jolgorio y la algarabía sin vuelta atrás: ya las habíamos pasado canutas durante el campeonato, atravesado el desierto y cruzado el Rubicón. Total, que la probabilidad de no ganar languidecía en los confines de cualquier campana de Gauss. Sólo quedaba esperar.

Ya en el campo, las gradas coreaban a los Liaño-Voro-Ribera-Djukic-Nando-Rekarte-Donato-Mauro-Fran-Manjarín-Bebeto, el once de gala. El partido se desarrollaba tenso, bronco, impreciso y difícil. Pocas jugadas claras a destacar, y empellones del Valencia a la contra, que no había venido a velas vir. Para más inri, saber el minuto de juego implicaba preguntar a equis parroquianos dotados de transistor, y sacar la media ponderada, gracias a aquella sabia decisión de no iluminar los videomarcadores, no fuera ser que se evacuase la emoción. Moría el primer tiempo y las buenas noticias llegaban de Barcelona. Verbigracia: las gargantas de Riazor corearon el 1-2 de Suker como simulacro de gol local. Al final de la primera parte: cerocerismo, nervios, y breve visita al ambigú.

La segunda parte no alteró demasiado el guion – los jugadores del Dépor se veían con las piernas pesadas y la cabeza eligiendo entre susto o muerte. El Valencia seguía con su estrategia de defensa fuerte y contragolpe; con los jugadores bien situados y enchufados. Llegó el trascendental cambio de Donato, lastrado por una amarilla a las primeras de cambio, y el convencimiento de que, vista la recuperación del Barça, ganar la liga pasaba por marcar. Más nervios y poco juego, deslavazado e inconexo, hasta que Nando cambió el cuento.

Lo que sucede entonces: abrazos y alegría en la grada, seguidos de una reflexión fría a modo de inventario – no está Donato, Bebeto no tiene confianza (telegrafiaba los penaltis), así que Djukic es, tirando de lista, a quien le cae el marrón. Respira profundo, hecho un flan, y ejecuta un lanzamiento frío, centrado y lento. Fácil para González, cuyo gesto fue la última dentellada a la ilusión colectiva. Yo miro hipnotizado, sin terminar de creerlo, y esperando, bisoño, que el penalti se repitiera hasta que la pelotita entrase.

Termina el partido, invasión de campo y catarsis. Lendoiro gesticulaba, roto. Jugadores llevados en volandas y lágrimas. Choraban os nenos e os vellos. Mi padre aguantó como un jabato, y yo, que debía de ser de efectos retardados, contemplaba la hecatombe como si no fuera conmigo, suspendido en mi ataraxia a once metros del cielo, y a otros tantos del infierno. Hubo tiempo para que ondearan banderas y bufandas, primero en el campo y luego en Cuatro Caminos. Celebrando el co-campeonato, con un par.

Mucho que decir, poco que contar – diría Arsenio en rueda de prensa. Terminó agradeciendo a las gentes y deseando que Dios repartiera suerte. Manda carallo que aún le quedase por repartir, pensaba yo.

Al día siguiente, me desayuné con la noticia en prensa. Lloran, rezaba.

Y lloré.

FIN

Escrito para el concurso de relatos #historiasdefútbol.

Anuncios

2 comentarios en “Once metros”

  1. Que recuerdos……, creo que para mí aquel partido está terminando hoy, el relato es tan bueno que te hace revivir aquellas emociones.
    Imposible no llorar no sé cuántos años después de aquel 14 de Mayo del 94…..Al relato no le falta ni la descripción del penalti más feliz de López Nieto….. triscando y con el brazo levantado, y es verdad….Fantástico!!!

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s