Para Xulia

-Te digo que está allí- insistió Elías.

-Pero si aquello está vacío, neno– contestó Juan.

-Vamos y te lo enseño.

Era una tarde de verano desapacible, con viento del oeste que anunciaba lluvia. Uno de esos días en los que la playa es sólo para incondicionales del bañador. Así que decidieron ponerse en marcha, cada uno con su bici. Juan no se despegaba de su Motoretta-2 de color rojo, con aquellos aires de Harley de masas. Tal vez era un poco pesada, pero él le tenía cogido el truco – había que ponerse de pie un poco antes de que las cuestas se empinasen y mantener el ritmo. A Elías le habían regalado una California amarilla, por la que llevaba suspirando media vida. Era rápida, perfecta para escapar. Cuando se ponía, en medio santiamén había ido y vuelto del quinto confín.

-¿Por dónde vamos? – preguntó Juan.

-Por el monte…así pasamos por la de Xenaro y pillamos unos abruños.

-Yo creo que nos estará esperando con un palo; ya le hemos robado la mitad del árbol…

-Mira que eres cagao…- espetó Elías.

Dicho y hecho: remontaron por la cuesta del club de remo y atravesaron el maizal. Aquel endrino gigante sobrepasaba el murete que rodeaba el huerto de la casa; sus ramas invadían el camino que llevaba a las calas. Y todas estaban cargadas hasta los topes de aquella fruta negruzca y agridulce. Apoyaron las bicicletas sobre el muro y se pusieron de pie sobre los asientos. Aquí Juan llevaba ventaja: contaba con su sillín alargado, mientras Elías hacía malabares apoyándose sobre una de las ramas, acaso la que más abruños ofrecía. La fruta robada tiene una doble virtud: está sabrosa y se come al instante, no como esas piezas que languidecen en el frutero esperando destino.

-¡Oiga!…

La voz de Genaro actuó como un resorte para Elías, que en un nanosegundo había dado cuenta de dos abruños, metido el resto del botín en el faldón de su camiseta, y subido el repecho que lo ponía a salvo. Juan tuvo que coger algo de carrerilla, subirse y avanzar erguido hasta alcanzarlo. Apuraron, sin parar de reírse, hasta que se alejaron de allí, por la pista que dejaba a un lado los acantilados y el océano Atlántico. A lo lejos se intuía, brumoso, aquel faro romano que todavía funcionaba.

cadenasFotografía: Ovidio Aldegunde

Pedaleaban tranquilos, describiendo eses mientras recorrían la senda de las Islas Mirandas. Allí se abría un generoso claro que descubría un espectáculo de agua y espuma. Decidieron tomarse un descanso, mientras devoraban abruños y moras silvestres.

-¿Y cuántas había? – indagó Juan.

-Pues no muchas, pero parecían antiguas. También había sobres… ¿y si hay billetes dentro?

Se levantaba una ligera brisa. Quizá por eso no le oyeron llegar. Fue Juan quien se dio la vuelta y lo vio. Le soltó un par de codazos a Elías, que se imaginaba todavía amasando riquezas incontables, abrazado al manillar.

El anciano se quedó en medio del claro, contemplándolos. Vestía ropas de labriego, y los miraba desde una edad infinita, con las manos cruzadas en la espalda. En su rostro, millones de arrugas peleaban por hacerse un hueco. Allí se quedaron, mirándose fijamente, como jugadores de ajedrez alrededor de un grandioso tablero. Pasada la sorpresa, y antes de que la digestión de la fruta les jugara malas pasadas, Elías y Juan retomaron su montura y salieron del claro, dejando atrás al viejo, que los siguió con la mirada, impávido.

Decidieron atajar por el bosque de pinos, en cuya base crecían frondosos helechos de hojas eternas. Allí el camino se estrechaba hasta volverse una vereda, donde sólo podían pedalear en fila de a uno. Les impresionaba la altura de aquellos árboles y el sonido casi hipnótico de las copas al mecerse. Elías derrapó en un recodo, y se preparó para subir, allí donde el bosque terminaba y la corredoira se unía a la travesía de Maiobre. Con un sonoro clac, la cadena de Elías se salió en mitad del esfuerzo. Se bajó y afanó en colocarla de nuevo, ayudado por Juan. Cuando terminaron, los dos lucían manchas de grasa en mejillas y nariz – nunca apetece más rascarse que con las manos sucias.

Dejaron atrás el cementerio de Cervás y cruzaron la carretera principal, extrañamente triste sin los bañistas que, a diario, acudían a la playa de Chanteiro. De ahí a la iglesia de San Pedro, de donde partía el último puerto de su etapa. Todavía quedaba casi un kilómetro de ruta, bajando por la ensenada del Baño y ascendiendo ligeramente, después, hasta la fortificación que gobernaba la angosta ría. Para cuando llegaron, marchaban sentados con aire cansado, sus espaldas moviéndose, solidarias, con su terco pedaleo.

-Menudo rompepiernas- dijo Juan.

-Y que lo digas. Pero llegamos, por fin.

No quedaba mucho en pie del castillo, pero los muros que daban al mar conservaban las troneras en las que, tiempo atrás, se habrían apostado cañones formando eficaces baterías. A Elías le costó identificar la buena: todas parecían iguales. Tanteó en algunas, hasta que encontró la piedra suelta.

castillo de san felipe Fotografía: Ovidio Aldegunde

-¡Era aquí! La movemos a la de tres: una, dos y …

La losa cayó con un ruido seco, y descubrió un hueco rectangular, apenas profundo. Allí descansaba la caja de latón, que parecía resistir formidablemente el paso del tiempo.

-¿A qué esperas?- preguntó Juan, nervioso.

La tapa cedió con un chasquido metálico, revelando un fajo de cartas atadas con una cuerda. Había también un puñado de monedas antiguas, que no supieron identificar.

Elías se entretuvo con las monedas, y Juan tomó las cartas. No parecía que tuvieran sello, y la tinta comenzaba a emborronarse. No había remite, pero en el anverso de ellas se repetía el mismo nombre, escrito apresuradamente.

Para Xulia, rezaba.

FIN

Corredoira: camino estrecho (nota del autor).

#historiasdebicis para zendalibros.

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2 comentarios en “Para Xulia

  1. Me ha gustado mucho, te transporta a esos veranos de niño cuando el tiempo era eterno, no pasaba a la misma velocidad. Quién pudiera volver….. aunque fuera por un ratito. Te quiero.

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  2. Que vivencias, que tiempos, que tradición, los caminos, los abruños, las playas, el castillo, las Mirandas, y como no el pinar, que nos encendió muchas cocinas de leña con aquellas piñas. Alguno lo pasaba fatal cuando las íbamos a coger.
    En cierto modo la tradición sigue, es necesario hacer cuadrilla, pero sigue, los mismos caminos, los mismo abruños, y como no, como una referencia siempre majestuosa Las Mirandas…..
    Precioso.

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