El repartidor

Le quedaban pocos periódicos en la cesta. Pedaleaba veloz agotando los minutos de su turno, haciendo sonar el ruidoso timbre. Cuando había aceptado el trabajo no era especialmente hábil con la bicicleta. Claro que todo es cuestión de práctica – que había tenido oportunidad de adquirir durante el largo y caluroso verano, a razón de ocho dólares con cincuenta por día, propinas aparte.

Giró en North con Orne St. y aminoró el ritmo, mientras circulaba pegado a la verja del cementerio, que ocupaba una gran porción de aquel barrio de Salem. La siguiente entrega era un ejemplar del Boston Globe en la vivienda de la señora Defarge, en la esquina con Orchard St.

Había llegado a aprender mucho de los clientes – con algunos incluso había intimado, hasta el punto de merecer su confianza y algunos centavos que engrosarían sus ahorros cuando rompiese la hucha al final del verano. Pero la Sra. Defarge era un misterio: madre soltera – al menos hasta donde Joey sabía – cuidaba de su hijo Jonesy, que se tenía bien ganado el mote de rarito del instituto. Cruzó la calle hasta la vivienda. Antes de detenerse, se fijó en aquel hombre. Caminaba lentamente, con una leve cojera. Lucía pantalones cortos y calcetines chillones, casi a juego con la camiseta: fondo rojo y una paloma dibujada en un círculo central amarillo limón, con aquel mensaje de veteranos por la paz. Llevaba un transistor en una mano, del que se desprendían, algo distorsionados, los primeros acordes de Sheena is a punk rocker.

-¿Qué tal el reparto, chico?

-No va mal. Terminando ya.

-¿No tendrás una ayuda para un veterano?

Joey se hizo el remolón.

-Estoy ahorrando para comprarme un telescopio.

El viejo lo miró con expresión burlona.

-¿No te estarás quedando conmigo, chico?

Joey aparcó y se dispuso a dejar el periódico. El jardín, de hierba pulcramente cuidada lucía, solitario, un cartel que alertaba de la presencia del perro. Para Joey constituía todo un misterio: jamás había visto u oído a ningún chucho en sus numerosas incursiones como repartidor. Por lo demás, la casa era anodina, tan sólo llamaba la atención la conspicua bandera de barras y estrellas, que ondeaba en los días de viento, y aquel buzón siempre lleno de correspondencia.

Echó un último vistazo a su bici y al veterano, que se alejaba calle abajo. Se decidió a probar suerte y realizar la entrega en mano. La pequeña cancela que daba al jardín estaba abierta, y desde ella emergía el camino hacia el portal.  Llamó al timbre y tocó al portón, primero tímidamente y luego con algo más de brío, pero no obtuvo respuesta. Se apoyó en la puerta, que se abrió con un ligero chasquido.

-¿Señora Defarge…? ¿Jonesy…?

Pensó que debía cerrar inmediatamente y dejar el periódico en el buzón. Algo le hizo cambiar de opinión: qué demonios, no va a pasar nada por un vistazo rápido.

Cruzó el recibidor, dejando a un lado la cocina. Más adelante, a su derecha, una habitación mostraba una pared repleta de pósteres de los Celtics y de Larry Joe Bird. El pasillo se abría ligeramente para acomodar unas escaleras que llevaban al primer piso. A su izquierda, se adivinaba una puerta entreabierta. Picado por la curiosidad, Joey tiró de la manilla. Un tramo de escaleras, pobremente iluminado, llevaba al sótano de la casa. Mientras bajaba, se cuidó de dejar la puerta abierta para que le sirviera de tragaluz.

A un lado de la estancia, el más cercano a la escalera, alcanzó a ver una gran alacena anclada a la pared. En uno de los estantes había tres grandes latas de aluminio. Se acercó a ellas, y percibió un fuerte olor a comida de perro. Estaban etiquetadas; a duras penas consiguió leer: “Veltesta”, “Tretesta” y “Drittesta”. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, percibía sombras que, lentamente, tomaban forma.

Unos puntos luminosos llamaron su atención. Fue entonces cuando lo vio. Hacia el centro de la estancia, comenzó a distinguir la forma de un enorme animal – un perro – recostado sobre sus patas. Se acercó lentamente – tan sólo un par de pasos – para poder observarlo mejor. Lo que vio lo dejó completamente inmóvil: poseía tres prominentes cabezas, que seguían atentamente sus movimientos; las orejas erguidas y ojos de un extraño color rojizo. Sus fauces, que permanecían cerradas, no ocultaban unos largos colmillos superiores, que asomaban amenazadores. Hipnotizado, Joey comenzó a moverse hacia aquella monstruosidad. Al percibir sus pasos, el perro se sentó sobre sus cuartos traseros, al tiempo que sus cabezas proferían, casi al unísono, un gruñido amenazador. Le pareció que, al moverse el animal, se agitaba una especie de esclusa, que permanecía cerrada bajo su peso.

Fue el olor lo que primer le llamó la atención: a un intenso azufre. Mientras trataba de adivinar su origen, percibió un extraño brillo. Parecía provenir de la abertura sobre la que se situaba el can de tres cabezas. El brillo se descomponía en colores indescriptibles: de un azul eléctrico a un verde fantasmagórico, que rápidamente transmutaba a rojo sangre. Joey se acercó imperceptiblemente. Fue entonces cuando el suelo del sótano empezó a retumbar, y la compuerta sobre la que se sentaba el animal se agitó como empujada por algún tipo de fuerza invisible. Siguieron unos alaridos ensordecedores, ante lo que el can abrió sus poderosas fauces y comenzó a ladrar, acercando sus afilados dientes al borde de la esclusa.

Joey salió de su estado de ensoñación y se apresuró a la escalera; la subió a trompicones y abandonó la casa. Montó en su bicicleta y se irguió sobre los pedales. Sólo cuando se encontraba en Franklin St., cerca del río, reparó en que todavía llevaba, apretado en su mano, el ejemplar del Boston Globe. Miró al cielo: seguía tercamente azul, mientras la mañana quedaba atrás.

Otro maravilloso día de verano en Nueva Inglaterra.

 

FIN

 

Guiños a Stephen King y Lovecraft. También a The Ramones y Paperboy, el arcade de Atari. I don’t wanna go down to the basement.

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