Rabia

(Mira bien. Allí está, bajo una delgada capa de barniz)

Llueve. Es una mañana fría de invierno. Todo empieza en un tren cualquiera, de esos que a diario conectan los suburbios londinenses con la gran ciudad. Los cuarenta minutos largos de trayecto dan para construir un retrato de los commuters, los que se desplazan en transporte público hasta sus puestos de trabajo – incluido quien suscribe. Caras somnolientas, camufladas tras periódicos y tabloides. Muecas inexpresivas, de desidia o de indiferencia – las más; rostros concentrados a la caza de la noticia que cambiará el día – los menos.

La estación de London Bridge es el destino de no pocos viajeros. Una marea humana que se desplaza con voluntad propia, emerge a la superficie y atraviesa el conspicuo puente, sin inmutarse a pesar de la ventisca, dirigiéndose al centro del mundo financiero.

La City es un hervidero: las aceras están llenas de transeúntes. Apenas se escuchan las pisadas, ahogadas por la lluvia y enmascaradas por el ruido del tráfico.

Atrás queda Monument Station; camino hasta la intersección de Gracechurch y Fenchurch st., y allí espero a que el semáforo se ponga en verde. Me fijo en un ejecutivo: ojos grises, altivos – traje con raya diplomática envuelto en una gabardina; lleva maletín de piel, guantes y zapatos caros. Él también espera, ausente. A lo lejos se aproxima un camión de reparto, que no aminora a pesar de que el disco está a punto de cambiar. El vehículo no se detiene y el del traje lo sabe, pero igualmente dará un paso al frente para cruzar. Todo ocurre en una milésima de segundo, en la que el tiempo se congela. Por el hueco de la ventana del lado del conductor asoma un tipo de expresión hosca, enfundado en un gorro de lana. Entonces, la mirada del hombre trajeado cambia de registro: se torna hostil, furibunda. Espoleado por una rabia indómita deja caer su maletín, salta y se encarama al portón – al que permanece agarrado mientras el vehículo pasa frente a mí. Tengo tiempo de ver cómo lanza incontables puñetazos hacia el interior de la cabina del camión y lo patea, en precario equilibrio. Miro hipnotizado mientras la multitud cruza la calle.

El camión y el tipo del traje se alejan, hasta que la puerta de aquél se abre y el hombre cae al suelo, donde permanece inmóvil. Observo que, además del maletín, ha perdido un zapato y un guante, que yacen a medio camino, empapados. A lo lejos, el individuo se levanta y se marcha cojeando.

Cruzo la calle y reparo, avergonzado, en el maletín. Tan sólo necesito dar unos pasos más para que se mimetice con el paisaje.

Sigo mi camino. Como si nada.

FIN

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