Tres hilos

(Ciudad de México). Cloto.

Abandonaron Reforma y viraron en dirección a Alameda Central. Su madre y ella iban en el asiento de atrás del destartalado escarabajo que el taxista, un locuaz mexicano llamado Gabriel, conducía habilidosamente. Helen estaba de seis meses – tres quedaban para conocer a su hermana. Su llegada fue toda una sorpresa – ya se había resignado a ser hija única. Su padre, en el asiento delantero, intentaba defenderse con su oxidado español de Texas. Gabriel conducía y asentía, dicharachero. Liv, que intentaba seguir la conversación, no las tenía todas consigo: acostumbrada a que el conductor violentase el tráfico en cada maniobra, se tranquilizó cuando se detuvieron en el cruce con Cinco de Mayo. Del bullicio de la acera, sobresalía una señora con sombrero y poncho azul cielo. Caminaba con un aire ausente, distraída. Amén del color de su vestimenta, le llamó la atención lo ajado de su rostro. Recordaba a las campesinas que vendían chorizos picantes en puestos ambulantes. La anciana llegó a su altura y comenzó a atravesar la calle. Gabriel arrancó apresuradamente, justo cuando ella cruzaba.

Gosh…dad, tell him to stop or he’ll run her down! (1)

Liv agitó el hombro de su padre, mientras gritaba sobresaltada. Gabriel frenó, asustado.

-Pero…¿qué le pasa a la gringuita?¿A qué viene esta pendejada?- masculló el taxista, malhumorado.

Liv miró por la ventana, pero no consiguió ver a la vieja por ninguna parte.

En ese instante, algo muy poderoso se desencadenó en el vientre de Helen. Notó como su madre la agarraba del brazo. Estaba lívida; gotas de sudor empapaban su cara. Se fijó en la mancha que se había formado entre sus piernas, que traspasaba ya la tapicería del coche.

-It’s happening!, Mum’s in labor! (2)– acertó a decir.

Gabriel miró y entendió. Suspiró con aire lúcido: la excursión a la Catedral y el Zócalo había terminado.

(Huitzilapan-La Antigua, Estado de Veracruz). Láquesis.

José jugaba con las monedas. No era mal botín – aunque sabía que tenía que repartirlo cuando llegase a casa. Su sonrisa y locuacidad lo habían convertido en el mejor guía turístico. A sus apenas once años encandilaba a todos los que visitaban el lugar, en el que supuestamente los españoles consignaron su entrada al Nuevo Mundo.

Le dolían las piernas – ya llevaba acumuladas unas cuantas caminatas en aquella mañana soleada. Había dado cuenta de las centenarias Ceibas, con sus poderosas ramas y largas raíces, y realizado incursiones en la casa de Hernán Cortés, cada vez más derruida e invadida por la naturaleza tropical.

Amagó con levantarse para guardar las monedas, y reparó en la serpiente que se había detenido casi entre sus pies. Semienroscada, lucía bandas rojas, negras y amarillentas alrededor de su cuerpo: era una pequeña coralillo. José se apartó instintivamente; el reptil se enervó y levantó ligeramente su cola. Petrificado por el miedo, renunció a moverse más.

Como salida de la nada, una anciana agitó una vara para asustar al reptil, que huyó despavorido.

-¡Gracias!…-dijo José, nervioso.

La señora, de rostro enjuto, apergaminado y tez morenísima, se ajusto el poncho rojo y se alejó despacio, apoyada en su bastón.

(Toluca, Estado de México). Átropos. 

Memo miraba a su madre. Ahora respiraba tranquila, sólo se escuchaba el ruido sordo de los artilugios médicos que la controlaban.

-¿Cuánto tardas en aventarte la alberca? – Preguntó.

Desde que ella faltaba, la natación – y casi todo lo demás – se había vuelto un suplicio. Pensó que nunca dejaría de ser un niño torpe. Y grueso.

-Eh… ya nado más rápido, mamá. Estoy mejorando. Manuel me dice que tengo mucho estilo.

-Me alegro. Guillermo, no descuides la escuela.

-No. ¿Sabes que papá y yo estamos preparando una excursión al Nevado? Para cuando vuelvas…

Amalia abrió sus enormes ojos color miel y acarició los rizos de su hijo. Aquella enfermedad había engullido su sonrisa, su pelo y el rostro, antaño lleno de vida. Casi no se reconocía delante del espejo – tan demacrada y angulosa.

-Mijo…ve con papá y no te preocupes. Pásenla bien. Luego me lo cuentan.

Ella comenzó a toser. Primero ligeramente, luego casi un puro espasmo. Guillermo fue a por un vaso de agua. Fue entonces cuando la vio: había una anciana en la esquina de la ventana. Sentada en aquella incómoda silla para visitantes; menuda y arrugada – con ojos minúsculos. Los miraba silenciosa, envuelta en un poncho oscuro. Le pareció que cerraba los ojos y movía ligeramente el mentón. Le acercó el agua a su madre, sin dejar de observarla.

-No le cuentes nada a papá.

-¿Sobre qué?

-Sobre la vieja del poncho – repuso Amalia-. Que sea un secreto entre los dos – dijo mientas se llevaba el dedo índice a los labios.

Se fijó otra vez en la señora, que lo miraba atenta con sus ojos chiquitos. Cuando se giró de nuevo hacia su madre, ella dormía. Agarró su mano y la apretó levemente. Salió de la habitación; la doctora hablaba con su padre, al otro lado de la puerta. Se acercó para contarle una confidencia al oído.

-¿La viejita se queda, doctora?

-¿Cuál viejita…?

FIN

“…cuando el hilo de la vida, hilado por el huso de Cloto y medido por la vara de Láquesis, está a punto de ser cortado por las tijeras de Átropos” (Los mitos griegos, Robert Graves)

 

A Carlos y Cristina. Verano del 93, México.

Notas del autor:

(1) Dios… ¡papá, dile que pare o la atropellará!

(2) ¡Está ocurriendo!, ¡Mamá está de parto!

#DíadeMuertos en @zendalibros.

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