Gesell

-Va a ser difícil hacerle cantar.

-Yo creo que no. El tipo casi no se tiene en pie. Desde que le pusimos las manos encima es puro nervio. Está asustado.

-Tiene miedo de lo que le puede caer. Y por eso mentirá; venderá a su madre si hace falta.

Contemplaron a un hombre pelirrojo, pecoso, que con ademán nervioso escrutaba todos los ángulos del falso espejo. Tenía las manos extendidas sobre la mesa, asiendo sus extremos, como si temiese que el suelo bajo su silla fallase y lo engullera. Por lo demás, remedaba el lugar común habitual: un sospechoso en soledad durante el tiempo suficiente para que perdiese su noción, luz cenital proyectada sobre la estancia – intensa únicamente en el centro y con claroscuros hacia los vértices, que quedaban en una relativa penumbra. Una suerte de ambientación que hacía pensar que los gestos del interrogado serían sólo suyos. Nada más lejos de la realidad: decenas de cámaras y micros ultrasensibles captaban el más mínimo movimiento y ayudaban a desentrañar los códigos de cualquier gesto, a interpretar cualquier silencio. Un Gran Hermano en busca del corazón delator.

-No quiero eternizarme. Debemos empezar.

-Ya.

-¿Poli malo … poli bueno? – preguntó Ledesma.

-Qué remedio.

-Entre y apriételo. Que entienda que es mejor hablar; que los muditos no van a ninguna parte.

-Dígaselo a Blancanieves…

-…Y luego entro yo con la artillería blanda: la pausa del cigarrillo, y las pruebas que vamos acumulando en su contra…

-Siempre se los dejo cocinados.

El comisario Fernández se ajustó el cinturón de su uniforme y chasqueó la lengua. Todavía recordaba la primera vez que se enfrentó a un interrogatorio, poseído de una certeza académica; dispuesto a emplear todas las técnicas aprendidas durante no pocos ejercicios de observación. Todo se fue al garete cuando se había sentado frente al fulano, un delincuente de libro, que había calado su candidez. Se quedó en blanco y tuvo que ser el sospechoso quien comenzase a preguntarle, divertido. El interrogador interrogado. Casi lo recordaba con nostalgia.

Se deshizo del vaso de plástico – era el cuarto café de la mañana – y entró. El pelirrojo levantó la mirada, que mantenía fija en algún punto indeterminado de la mesa.

-¿Y bien…?- dijo el comisario-. Cuénteme señor Táuler. Soy todo oídos.

-Tienen que sacarme de este lugar.

-Ah… eso es fácil. Díganos lo que pasó y le extendemos una alfombra roja.

-Ustedes no lo entienden.

-No. Por eso estamos aquí. Porque nos lo va a explicar.

-Ya les he contado todo lo que sé.

-Claro. Salvo el detalle de cómo llegó su chica a morir estrangulada. Ése no.

-Porque no sé lo que pasó.

Fernández suspiró, resopló teatralmente y miró hacia el infinito, condescendiente.

-Usted sabe que tengo mucho tiempo, y soy una persona paciente. Ande… no me deje así – el comisario comenzaba a divertirse- cuénteme la historia. Sus hijos se lo agradecerán…

-No tengo hijos.

-Precisamente…

-Se lo he contado todo: recuerdo haberla acompañado a su casa, como tantas veces. Nos quedamos hablando en el salón; ella preparó algo de beber y yo fui al aseo. Recuerdo el gran espejo de pared…

-…El que rompió hasta dejarlo hecho añicos…

-Sí. Pero hay una razón; verá…

-¿Por qué no me cuenta lo que le hizo a ella? ¿Y por qué lo hizo?

-Les he dicho que no lo sé. Porque no recuerdo absolutamente nada desde que…

El comisario carraspeó y se acomodó en su silla. Aquello iría para largo. No conseguía entender la tozudez del individuo. Si no fuera por los años y las muescas que su carrera le había dejado en la retina, hasta albergaría dudas: algún resquemor conspiranoico salpicado de intuición, que se empeñase en decirle que había gato encerrado; que aquel desgraciado no era más que un pelele incapaz de matar a una mosca. El caso es que lo habían pillado con el carrito del helado. Había tenido el detalle de llamar a la policía después de cometer la fechoría. Asesina, se lo piensa dos veces y se entrega. Todo en uno.

-No era yo- alcanzó a decir.

-¿Quiere decir que había alguien más en la casa? No se identificaron más huellas que las suyas, que por cierto estaban por toda la vivienda, amén de sobre diferentes partes del cuerpo de la pobre mujer; incluido el perímetro de su cuello, sobre el que había un cerco negruzco. Señal de que usted apretó de lo lindo, más o menos hasta que dejó de quejarse.

El tipo lo miró con una luz diferente en sus ojos. Parecía perdido, desesperado. Seguía aferrado a la mesa, como a un clavo ardiendo. Como si de algún rincón de su mente pugnase por salir un cuento que lo exculpase – la coartada perfecta. Finalmente, con un gesto brusco cubrió su rostro con las manos y fue, poco a poco, descubriendo una mirada rota.

-No podría creerme, comisario.

-¿Y por qué no lo intenta…? He escuchado toda clase de historias aquí sentado, ¿qué le hace creer que la suya es tan particular?

Fernández arrastró ruidosamente la silla y se levantó. Intercambió una mirada y un casi imperceptible arqueo de cejas con el falso espejo, y comenzó a caminar lentamente alrededor del sospechoso.

-Le resumiré cómo lo veo: hay demasiado contra usted. Es todo tan evidente que su defensa, en caso de que quiera adentrarse en ese camino, únicamente servirá para poner, blanco sobre negro, que no es usted más que un malnacido; un monstruo que obró con saña y crueldad. Imagínese a la acusación reconstruyendo la historia frente a un jurado popular. Se lo van a merendar. Y, salvo que me esté perdiendo algo, tiene usted pinta de que no durará ni medio asalto en la cárcel.

Se detuvo muy cerca de él, mientras repetía el discurso que ya había ensayado tantas veces, casi susurrándole – como si le estuviera descifrando un arcano.

-Claro que, si confiesa, las cosas pueden ser diferentes. Se trata de facilitar el trabajo de todos; empezando por el nuestro. Pasará, eso sí, una larga temporada a la sombra. Pero siempre se podrá hacer algo por separarlo de los tipos problemáticos del trullo; de la morralla. A medida que el asunto se apague y pierda los focos de la actualidad, todo será mejor para usted. Y luego viene la guinda: buena conducta, permisos, etcétera. Aunque tiene que colaborar.

Sus ojos parecían dudar. Estaba considerando las posibilidades. Las opciones. Tal vez, pensó Fernández, todavía conserve la lucidez suficiente como para no hundirse más en el fango. Quizá todavía esté a tiempo de hacerse un favor y no alargar la agonía. Empezaba a encontrarse hastiado; necesitaba unas vacaciones.

-Yo no lo hice- espetó con voz grave-. Es todo cuanto le diré.

-Como quiera. Ya le dije que nosotros sabemos esperar. La científica sigue analizando la escena del crimen. Enseguida vendrá mi compañero y le traerá novedades. Ya verá cómo hacen buenas migas; es todavía más paciente que yo.

-No se marche, comisario, espere.

Fernández lo miró, divertido. Notaba angustia en su voz y cierta desesperación en la mirada. Empezaba a sentirse intrigado por el sujeto. Éste miró de soslayo al espejo.

-Tranquilo. Conocemos los pormenores de su pésima relación con los cristales y espejos – en la casa de su amiga no dejó uno vivo. Pierda cuidado: éste es de categoría. A prueba de balas. Si se ofusca y le da por intentar romperlo, saldrá perdiendo.

Fernández salió de la zona de trabajo y aseguró la puerta; recorrió el pasillo de vuelta a la zona de observación, donde le esperaba un ufano Ledesma.

-¿Y bien…? ¿Cómo va nuestro enanito?

-Razonablemente bien. Aún tiene algo de cuerda…

-Admirable…

-¿Qué ha encontrado la científica?

-No lo sé; seguimos esperando. Honestamente, creo que tienen el músculo ligeramente relajado: éste no es que sea un caso claro – es transparente.

-Ya. Sin embargo…

Ledesma le dirigió una mirada de cierta condescendencia.

-¿No me diga que cree que es inocente?

Fernández lo miró, pensativo, mientras se atusaba la perilla. Otra vez esa maldita intuición; luchó por desterrarla. Sólo serviría para abrir caminos sin apenas fundamento y hacerle perder el tiempo. Con todo, había algo.

-No entiendo por qué se entrega a la policía. Y que no sea capaz de aportar ni un dato relevante de lo que pasó. Y luego está lo de las ventanas y espejos de la casa. ¿Por qué haría algo así?

-Con la cantidad de zumbados por unidad de tiempo que hemos interrogado, a mí no me sorprende nada. Tan sólo calla por no cagarla más, y lo de los espejos confirma que es de la categoría de los raritos. Lo mismo, cuando le tracen el perfil psicológico descubrimos que tiene traumas heredados de cuando le cortaban el pelo en la barbería…

Fernández seguía con su debate interno entre lógica e intuición. Al descanso, empate.

-Mire…salgamos un rato a refrescarnos. Sólo cinco minutos. Dejémosle ahí con sus remordimientos; que el tiempo haga su trabajo. Luego tendremos ocasión de ver las grabaciones y el audio. A ver si los compañeros vuelven con la prueba irrefutable. Y después seguiremos con nuestro plan.

Abandonaron la sala de trabajo por el angosto pasillo y entraron en las dependencias generales atravesando el punto de control biométrico.

Entretanto, Táuler volvía a la posición inicial: agarrado a la pequeña mesa como a una tabla de salvación. Bajó la mirada y pensó en las opciones. Se le estaba yendo de las manos.

Se levantó de la silla y comenzó a andar en círculos por la habitación. Reparó en las sombras que generaba aquella luz tan particular. No conseguía ver los reflejos de las esquinas de aquel gran espejo de mentira. Se acercó para comprobar, curioso. Desde muy cerca, le devolvía una imagen deprimente de sí mismo: ojeras, una palidez creciente y ese gesto – casi imperceptible. Le temblaba el labio.

Estoy aquí.

Empezaba otra vez. Se acercó más.

No me ignores. Sigo aquí. Soy el único que te puede sacar de esta mierda. Tu único amigo; lo único que te queda.

Cerró los ojos e intentó no escuchar. Otra vez no.

Deja de ser un imbécil y encara la realidad. Si te hubiese dejado sólo cinco minutos más te habrías rendido. El poli y su patético numerito.

Abrió los ojos y golpeó el cristal hasta enrojecerse los nudillos. Pero su reflejo seguía ahí, impasible. Casi divertido.

¿No has escuchado? Cristal irrompible. Y ahora escúchame a mí. Saldremos de aquí. Sólo tienes que dejarme a mí el control. Igual que con tu amiguita. Luego viene el truco de magia. Tachán. Y estaremos fuera. Serás libre. Yo estaré como un ángel de la guarda, como un perro de presa. Vigilando. Acechando. Librándote de los que te quieren apresar. Como esta gentuza. ¿Qué me dices?

Táuler vio su propio reflejo otra vez. Observó una sonrisa taimada, repleta de dientes amarillos.

¡¡¿¿QUÉ ME DICES??!!

Hizo un último esfuerzo por resistirse. Cuando volvió a mirar, sólo consiguió ver a un hombre asustado, enfermizo. Alguien que empequeñecía. Que se desvanecía.

En las dependencias generales de la comisaría reinaba el jaleo de siempre. Fernández seguía pensativo, y Ledesma contemplaba el paisanaje, con pinta de espectador. Sólo le faltaban las palomitas.

-El caso es que no quería que me marchase.

-Porque los trata muy bien. Está perdiendo facultades. Verá cuando me toque a mí, lo que nos vamos a divertir.

En ese momento, entraron más policías causando revuelo. Eran de la científica. Ledesma señaló a los recién llegados dándose cierto aire.

-Aquí están. Recién llegados del piso de la pobre chica. Gente eficiente. Casi me siento mal por dudar de ellos. Les preguntaré cómo ha ido.

-Voy a entrar otra vez.

-Así me gusta; inasequible al desaliento.

Fernández esgrimió una sonrisa cínica ante el cumplido. Pensó en detenerse en la sala de observación, de camino se arrepintió y fue directo a por Táuler. Quería dejarle algunas cosas claras. Abrió la puerta bruscamente, confiando en el factor sorpresa.

-Bueno… ¿ha tenido tiempo de pens..? Qué demonios…

La habitación estaba vacía. La silla estaba ligeramente desplazada, pero no había nadie allí. Se había esfumado. Sin embargo era imposible; no había forma de salir. La puerta estaba cerrada con un sistema de máxima seguridad conectado a la alarma. En el remoto caso de que flanquease el acceso a la zona de trabajo, tendría que vérselas con controles adicionales. No tenía sentido. Nadie escapaba de allí.

Se situó bajo la lámpara y contempló su reflejo. La sorpresa daba paso a la preocupación. Tendrían unas cuantas explicaciones que dar, si no eran capaces de encontrarlo.

Se acercó hacia el falso espejo y giró. Caminó lentamente hacia un extremo de la habitación, donde predominaba la oscuridad.

No reparó en la sombra que lo espiaba desde lo más recóndito del espejo. Recordaba, vagamente, al sujeto que habían interrogado. El mismo pelo, algo más enmarañado, y esas pecas que le daban un aspecto juvenil. Esgrimía una extraña sonrisa, como de cazador, y una mirada lobuna. Esperaba paciente el instante preciso en el que dejar de acechar y atacar a su presa. El momento en el que, resuelto, pasaría a la acción y dejaría de ser un simple reflejo.

Ledesma escuchaba, mecánicamente, el informe de los compañeros. Todo parecía claro, salvo el detalle de los cristales. El piso de la muchacha estaba salpicado de miles de fragmentos. Entonces, notó algo. Él mismo se sorprendió. Hacía mucho que no tenía intuiciones – las había relegado: mejor confiar en las pruebas y en los hechos. Con todo, le cogió desprevenido. Subió por el estómago en forma de ardor y casi se convirtió en náusea. Era una especie de certeza de que algo comenzaba a ir mal.

Y no vino sola. En su cabeza tomó forma un sonido inesperado. Fue creciendo hasta convertirse en estruendo. Nadie parecía escucharlo, aunque él lo percibió nítidamente.

Eran cristales. El ruido de millones de cristales rotos.

FIN

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