La distracción

Ordenó sin pestañear los soldados de plomo: abría la formación el general con sus medallas; la cerraba el soldado raso y su ajado casco.

Agarró su rifle y ajustó la mira. Apostó el cañón en la abertura estrecha y esperó, paciente, a que se pusieran a tiro. Besó tres veces su rosario y se concentró. Siguió un único disparo, certero y mortal.

A lo lejos, percibió gritos y el ruido sordo de un tanque aproximándose. Justo después, retumbó una detonación, la tierra se estremeció al impactar el obús; sus milicianos se desperdigaron por el suelo. Sonrió con amargura: él también caería.

FIN

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