Apostillas a 2018

Otra vez en tiempo de descuento. Pestañeas y te das cuenta de que se acaba de fundir otro año. Demasiado rápido, creo, pero es lo que hay. Y la alternativa, como bien dicen, es mucho peor.

Esta no es una entrada para ponerme costumbrista (terrible tentación, en esta época) ni para hacer un resumen meloso del año, que termine en un desordenado montón de buenas intenciones para el que viene. Me guardo mi lista de propósitos e intento no aburrir al personal.

Sin ánimo de simplificar la cosa poliédrica que somos, me ciño sólo a la parte más creativa: la de escribir. Mayo ha sido el mes en el que el impulso cogió forma. Vaya por delante mi gratitud hacia Zendalibros – ese territorio de libros y amigos, por empujarme al vacío y hacerme prisionero. No puedo sino estar agradecido al reconocimiento que recibió Flores para los vivos; fue tremendo espaldarazo – yo todavía no me lo creo.

09_dsf4508Fotografía: Ovidio Aldegunde

Han sido hasta la fecha veintitrés entradas, repartidas a lo largo de ocho meses de ritmo escritor desigual – se trata, al fin y al cabo, de una afición que ha de encontrar su sitio entre muchas otras, amén de las obligaciones. Total, que ha tocado hacer malabares con el tiempo y buscarlo bajo las piedras. Así, muchos de los relatos e historias han sido pergeñados bajo la luz del flexo, con nocturnidad, premeditación y alevosía; una suerte de insomnio buscado – a costa de no pocos bostezos y obligados cafés al día siguiente. Pero bien está lo que bien empieza, dicen.

He tenido ocasión de enredarme en acertijos, ajustar alguna que otra cuenta pendiente y destripar videojuegos queridos. También ha habido espacio para contar ilusiones por boca de jóvenes talentos, recordar lo cerca que estuvimos de alcanzar la gloria futbolística, descubrir artrópodos llenos de sabiduría y enterarnos, tras los postres, de quién es el asesino. Merodeé patios con asombrosos habitantes, pedaleé por paisajes que creía olvidados y tuve tiempo de advertir a los runners de los peligros de los gadgets de nuestro tiempo. Descendí a sótanos con monstruosos guardianes, me heló la rabia en una fría mañana de Londres y me fascinó, por triplicado, México.

Presencié extraños interrogatorios con espejos que no eran tales, pinté lunes lluviosos bajo cielos de plomo y, por poco, termino siendo el desayuno de selváticos animales. Aún hubo más: me puse en la piel de gregarias hormigas, imaginé alguna ¿distopía? en la que las máquinas triunfan, abracé propósitos autodestructivos, urdí venenosas venganzas, disfruté de fiestas macabras y terminé, sin aliento, acompañando a solitarios francotiradores en pasatiempos de trinchera.

Durante mucho tiempo, he tenido la sensación de que las historias deambulaban en mi cabeza. Como fantasmas, zombis hambrientos de tiempo y atención. Una vez escritas se han liberado de su cadena y se enseñan, presumidas, al inteligente Lector.

¿Y ahora? Se cierra un capítulo y se abre otro.  Confío en que Sus Majestades Los Reyes Magos de Oriente me traigan paciencia y coraje suficientes para escribir alguna historia más larga y, cómo no, viajes y lecturas – trasunto de carbón para la locomotora creativa. Será todo un reto porque hay poco tiempo, y cada vez menos. Remeda que habrá que seguir juntando letras a deshoras, y hacer de la necesidad momento de darle a la tecla.

Este último párrafo es para usted, Querido Lector. Dicen que si breve, dos veces bueno, así que trataré de cortar el rollo. Quisiera terminar con una expresión de nuestro querido idioma que, por desgracia, cada vez se estila menos. Que desarbola preguntas capciosas, tiende puentes y junta manos; arranca sonrisas y es, a la vez, justicia y perdón. Sirve para hacer grande a quien las otorga, e inmenso a quien las recibe.

Por su tiempo. Por leerme.

Gracias.

 

Sean felices. Abracen las lecturas, háganlas suyas. Pero cuidado: algunas muerden.

FIN

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Un comentario en “Apostillas a 2018

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