El niño que quiso despertar

Al principio estaba oscuro, nada podía ver. Pero me fui acostumbrando; mis ojos enseguida distinguieron pequeñas galerías en aquella caverna. A la entrada de una de ellas, justo al lado de una madriguera, se arremolinaba una familia de topos. Me acerqué a gatas y vi al topo Juan, que lucía una expresión preocupada.

–No sabemos dónde se ha metido. Siempre le decimos que se pegue a sus hermanos para no perderse, pero esta mañana tras explorar unas grutas nos dimos cuenta de que faltaba.

–Es que el topito Miguel es muy travieso, ¡nunca está quieto!

–¿Puedo ayudaros a encontrarlo? –Pregunté.

Los topos me miraron extrañados: no entendían qué podía hacer un niño allí. Con todo, estaban tan abatidos, que pensaron que no vendría mal un par de ojos atentos.

–Tenemos que dividirnos, así seremos más efectivos.

Mientras los otros se internaban en los túneles, seguí a Juan, que con sus largas uñas escarbaba en galerías irregulares, olisqueaba aquí y acullá, y palpaba recovecos en busca de alguna pista de Miguel. Seguimos avanzando, hasta que nos encontramos al ciempiés Wenceslao:

–Señor topo, ¡no se le ocurra comerme!

–Pierde cuidado, amigo ciempiés. No es el hambre lo que me mueve. Estoy buscando a mi pequeño Miguelito…

–¡Oh! Pues yo me he cruzado con él hace un rato…

Los minúsculos ojos de Juan parecieron agrandarse; movió su hocico, nervioso.

–Pero, ¿dónde?

–¿Me dirás antes quién es tu extraño acompañante? Nunca lo había visto por aquí.

–Es tan solo un niño; se ha ofrecido a colaborar.

Yo me sentí orgulloso, mientras miraba con cierto recelo al ciempiés, que movía sus incontables patas.

–Debéis seguir la gruta de la izquierda hasta llegar al claro; allí es dónde lo vi por última vez…

–Gracias, amigo.

Continuamos por el túnel, que serpenteaba arriba y abajo, a derecha e izquierda. Luego de avanzar un buen rato, llegamos al claro que anunciaba Wenceslao. Allí, una hilera de hormigas acarreaba provisiones para el invierno. Juan se dirigió a una de las porteadoras.

–Perdona que te moleste pequeña amiga, ¿no habrás visto por aquí a un topito? Se trata de mi hijo Miguel…no sabemos dónde está.

La hormiga señaló hacia arriba, donde vieron un agujero que se abría en las paredes del claro.

–Estuvo justo aquí y, trepando, decidió subir hasta aquel hueco. Creo que sigue allí. Le escuchamos pedir ayuda, tal vez se haya asustado y no se atreva a bajar solo. Nosotros no podemos ayudarle, somos muy pequeñas y tenemos faena. Dime, amigo topo, ¿quién viene contigo hoy? Porque no creo que sea un familiar tuyo…

–Solo soy un niño –me adelanté–. Estoy ayudando a Juan, ¡debemos encontrar a Miguelito!

La hormiga porteadora me miró con cara de sorpresa, se notaba que los humanos no se dejaban ver mucho por aquellos lares.

En ese momento, un estruendo nos sacudió. Poco a poco, se fue apagando, aunque continuó como una vibración lejana y sorda, que no dejó de notarse.

–¿Sabes qué es ese ruido, Juan?

–Deben de ser los humanos. Están todo el día inventando tretas para encontrar nuestros túneles y dejarnos sin casa. Debemos apresurarnos en rescatar a Miguelito.

Juan intentó trepar por las paredes del claro en dirección a la cavidad, pero estaba demasiado empinado: terminaba por caerse y… ¡Vuelta a empezar!

–Déjame intentarlo a mí. Aquí hay espacio para que me ponga de pie y tal vez consiga alcanzar.

Me levanté y estiré tanto como pude. Estaba demasiado alto, no conseguía llegar ni de puntillas.

–¡Qué rabia! –dije enfadado.

Justo entonces apareció, desde uno de los túneles, una araña con cara de despistada.

–¡Querida Tula!– exclamó Juan–. Qué bueno que estés por aquí. Tal vez nos puedas ayudar.

Tula se acercó. Juan le explicó lo que ocurría, y dónde se encontraba el pobre Miguelito. En ese momento escuchamos una voz apagada, que parecía venir de arriba.

–¡Socorro… Ayuda!

–¡Es Miguelito! –dijo Juan–. Ahora ya estamos seguros de que está allí.

Entonces se me ocurrió una idea. Parecía descabellada, pero tal vez podría funcionar.

–¡Araña Tula! –exclamé–. ¿Crees que podrías tejer una telaraña tupida y fuerte?

–Mis telarañas, amigo humano, son legendarias –respondió–. Se cuenta, y no es mentira, que incluso elefantes se han balanceado sobre ellas…

–¿Podrías hilvanar una para mí? Si lo haces, tal vez pueda apoyarme en ella, trepar un poco y asomarme.

Tula se puso manos a la obra. Y la verdad: tejía rápido y bien. En un santiamén la telaraña estaba preparada.

–Puedes subirte con toda confianza.

Así lo hice. Comprobé que la tela era flexible y, a la vez, resistente. Me encaramé hacia el hueco. Estaba oscuro.

–¡Miguelito! No me conoces, pero soy amigo de tu papá. Hemos venido aquí a ayudarte. Ahora, si me dejas, estiraré el brazo para cogerte y devolverte a tu familia.

Dicho y hecho: el topo se sujetó a mi mano con toda la fuerza de la que era capaz. Así es que lo liberé y, tras bajarme del columpio de Tula, lo apoyé en el suelo.

El pobre topito miraba, con ojillos de tristeza infinita, hacia su padre.

–No me castigues, papá.

Juan, que observaba con el ceño fruncido, terminó por apaciguarse. Pensó que cuando era un topo joven le gustaba correr aventuras. Se abrazó a su hijo y le dijo:

–Has tenido suerte de que tengamos tan buenos amigos. Hoy hemos hecho uno nuevo. Y se trata de un niño, ¿quién lo iba a decir? Pero –se dirigió a mí–, ¿cómo te llamas, chico?

Justo cuando iba a abrir la boca, se repitió –magnificado– el mismo estruendo de antes. Del techo del claro comenzaron a caer pequeños fragmentos de arena y roca. Tula se estremeció.

–Corred –dijo Juan–, debemos volver a la madriguera.

Nos despedimos de Tula y de la obrera que, afanada en su trabajo, apenas se había percatado de que el pequeño topo estaba con nosotros.

Recorrimos el camino de vuelta. Por precaución, yo cerraba la marcha –no fuera a ser que el diminuto topo se extraviase de nuevo–. Wenceslao nos saludó, alegre, con sus innumerables manos. Cuando llegamos, los topos de la madriguera se acercaron contentísimos, y abrazaron a Miguelito.

Yo, que comenzaba a estar un poco cansado –además de hambriento y sediento–, empecé a echar de menos (solo un poco) a mis padres. Algo debió notarse en la expresión de mi cara, porque Juan me dijo:

–Sé lo que te preocupa, pero tiene fácil solución.

–¿Cómo? ¿Me vais a ayudar a salir de aquí? –pregunté.

–Claro –contestó el topo– únicamente tienes que cerrar los ojos y concentrarte.

–Pero, yo no me quiero dormir…-protesté.

–No se trata de dormir –dijo con expresión enigmática–, sino de despertar.

No entendía nada, y me disponía a hacerle preguntas al viejo topo, pero este me interrumpió.

–Hay una cosa que me gustaría saber –dijo él–, lamento no haberlo preguntado antes cuando te vi por primera vez. Quiero saber tu nombre. No ocurre todos los días que un niño humano nos ayude…

Iba a contestarles, pero aquel ruido ensordecedor volvió. Las paredes de la sima se movían, parecía que se iban a venir abajo. Todo se volvió, por un momento, oscuro: dejé de ver a mis amigos los topos. Una de las paredes cedió y todo quedó inundado de claridad.

Fue entonces cuando desperté.

FIN

Para Julen. Que pronto despiertes.

Un comentario en “El niño que quiso despertar

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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