La entrevista

I

–Y dígame Sr. Espada… ¿Por qué le interesa el puesto?

–Pues… creo que cumplo con creces todos los requisitos que solicitan. Parece que el trabajo estuviera hecho para mis conocimientos y habilidades.

–Ya. Pero… yo me refería a otra cosa: ¿qué es lo que le realmente le gusta de la posición?

–En realidad… me ha llamado la atención la misión: “Necesitamos expertos en desarrollo de negocio y ventas. Imprescindible disponer de elevados conocimientos de historia. Absténgase quienes no dominen con soltura menos de cinco idiomas. Entre ellos, los candidatos deberán manejar con fluidez griego y latín”. No es habitual que para este tipo de responsabilidades busquen perfiles de humanidades. Por eso me resultó muy curioso. Parece todo un reto.

–Ajá –el entrevistador permaneció callado, acaso confundido por la respuesta–.

–Claro que… desconozco qué hay que vender. No he podido encontrar nada en internet acerca de los productos y servicios de su compañía, si le soy sincero. Y mire que he investigado.

–¿En serio? Pues, en realidad, estamos en todas partes. Somos una empresa de mucha tradición…Muy longeva, si se me entiende. Y tenemos delegaciones en casi cualquier parte del mundo. De ahí que necesitemos que nuestros empleados sean multilingües.

–¡Oh! Eso no será problema para mí. He vivido en muchos lugares; mi padre era diplomático y…

–¿Era?

–Sí. Falleció hace años.

–Cuánto lo lamento –acompañaba su discurso de un gesto casi impertérrito, mientras parecía anotar hasta la más mínima expresión del candidato–. ¿Y su madre? ¿hermanos? ¿o está casado?

–Mi madre es muy mayor. No se vale por sí misma y hubo un momento en que yo no podía ayudarla como correspondía…

El examinador levantó la vista por encima de aquellas gafas de pasta y dejó de escribir.

–¿Está en una residencia?

–Exactamente. Y no, no tengo hermanos. Tampoco estoy casado.

–Excelente. No me entienda mal, pero su situación familiar y el hecho de que haya dejado claro que no tiene impedimento alguno en viajar es muy favorable. Frente a otros candidatos, claro…

Se revolvió en la silla. Le costaba mantener la calma. Realmente necesitaba el trabajo. Pensó que haría cualquier cosa por el puesto. O casi.

–¿Le han hablado de nuestro proceso de selección?

–No; es decir, al margen de lo que me ha contado usted.

–Entiendo. Entonces, si me permite, le explicaré los detalles: después de esta entrevista se someterá a una prueba conductual. Queremos saber cómo reaccionaría en una situación de estrés. Nuestro trabajo exige enfrentarse a este tipo de circunstancias muy a menudo, y debemos garantizar que nuestros empleados cumplen ciertos mínimos. No podemos permitir que se desmoronen. Dañaría la imagen de la corporación.

–No se preocupe. He tenido muchos puestos de responsabilidad a lo largo de mi trayectoria profesional. Como director gerente he manejado presupuestos de varios millones y gestionado personas.  Estoy habituado a la presión.

–Hábleme de ello. Cuénteme, por ejemplo, cómo era un día en su anterior empleo.

–Claro. Soy una persona extremadamente organizada, que gusta de empezar muy pronto su jornada. Los días en los que estaba en la oficina, que eran los menos, me levantaba de madrugada, a eso de las tres de la mañana. Acudía muy pronto a mi puesto, sobre las cuatro, a veces incluso antes –vivo realmente cerca–. Me dedicaba tres o cuatro horas a preparar reuniones y entrevistas, que prácticamente se concatenaban. Disfruto preparando encuentros; trato de replicar en mi cabeza las situaciones que se puedan dar, reviso todas las opciones. Es como un juego fascinante en el que se pretende adivinar el siguiente movimiento. Y no es fácil, la naturaleza humana ofrece infinitas posibilidades ¿sabe?

–Fascinante. ¿Qué clase de reuniones o entrevistas atendía usted? ¿cuál era su papel?

–Depende. Normalmente siempre acudía con colaboradores y nos repartíamos los roles.

Arqueó una ceja y miró al candidato, divertido.

–¿Hacía entonces usted de poli malo?

–Depende de la circunstancia. Pero sí. Así era muchas veces. Daba igual el objetivo de la reunión: revisión de proyectos, operaciones, equipos de ventas. Lo que fuera. Hasta que un buen día, ya sabe: me dicen que no cuentan conmigo. Que me recomendarán donde vaya, pero que no me quieren más. Que soy un poco más caro que valioso.

–¿Y cómo reaccionó usted?

–Lo más extraño es encontrarte con… tanto tiempo libre. Le decía que empezaba muy pronto mi jornada… pero realmente no la remataba hasta bien entrada la noche. Simplemente cambiaba de quehacer o de lugar. Una multinacional es lo que tiene: Nueva York, Londres, Madrid, Tel Aviv, Pekín, Tokio… Los mismos problemas en diferentes sitios. Y de repente, eso ya no existe.

–Ya. O sea que, si no le he entendido mal, actualmente se aburre mucho.

Tenía razón. En verdad, esa era una parte importante de la historia: se sentía hastiado; aguijoneado por la sensación de que su vida había dejado de tener peso específico. Y eso que él –Rogelio Espada– lo había sido todo en el mundo de los negocios. No hacía tanto tiempo que las empresas se lo rifaban. Primero dio un par de saltos en corporaciones medianas para aprender las mañas. Luego se ganó la confianza de los mandamases –haciendo lo que nadie quería: viajes, negociaciones, reuniones a cara de perro–… Hasta convertirse en imprescindible. Así entró en los círculos de confianza de los poderosos; comenzó a sonar como un profesional respetado y respetable. Más adelante llegaría la escuela de negocios –el salto definitivo–. Imposible parar: gerencias, vicepresidencias –la gestión de equipos y sus miserias–. Dedicaba cuarenta horas al día a cuidar su desarrollo profesional. Y más que hubiera empleado, si hubiese podido. Cada vez despachaba más asuntos por unidad de tiempo –como si fuese una droga y él el más aplicado de los yonquis–. Y llega un día en que se acaba sin saber por qué. Y lo peor de todo no era despedirse del poder adquisitivo ni dejar de frecuentar los contactos, sino el síndrome de abstinencia de toda aquella hiperactividad. Seguía luciendo una carcasa aparente, pero por dentro se hallaba huera.

Sintió vértigo al pensar todo aquello, y también desazón. Pero no podía demostrar debilidad. Allí no.

–En realidad, lo que me ha ocurrido es una experiencia vital más. Una oportunidad, por así decir. Y creo que tengo mucho que ofrecer. Además de la carrera de historia, tengo la de económicas. Y un máster cum laude. Aparte de largos años de experiencia batiéndome el cobre; así que no ha sido más que un leve tropezón –un ligero rodeo, si lo quiere ver así–. Verá que mi currículo está lleno de referencias. Puede llamar a todos ellos, para corroborarlo.

Dijo aquellas últimas palabras con solvencia y suficiencia. Era un discurso ensayado –pero había conseguido creérselo–. Y lo transmitía.

El entrevistador permaneció unos minutos escrutándolo, observando sus gestos. Tal vez en busca de grietas –algo que demostrase que su aparente fortaleza no era más que cartón piedra, puro pastiche–. Al final, acabó por lucir una ligera sonrisa, casi imperceptible.

–Muy bien. Creo que, por ahora, es suficiente. Si me acompaña…

II

Salieron de aquella sala de reuniones, decorada con tanta asepsia: una mesa oscura y un par de funcionales sillas. Una pantalla apagada, empotrada en la pared –sobre un equipo de multiconferencia–. Completaban el paisaje unos pocos cuadros insulsos, de relleno. Recorrieron un largo pasillo y se detuvieron en la zona común, donde había esperado su turno para la entrevista.

–Por favor, aguarde unos minutos mientras confirmo que tenemos todo listo para la prueba.

–Por supuesto. Aquí estaré.

Aprovechó para servirse un vaso de agua de la máquina. Estaba sediento, la entrevista lo había dejado seco. Repasó mentalmente lo que había dicho. Se sintió satisfecho con el resultado, y se esforzó por tranquilizarse. Sabía que lo iba a necesitar.

Justo en ese momento llegó el sujeto. Bordearía los cuarenta. Lucía traje gris –probablemente un Zegna– y corbata a juego. Llevaba unos zapatos hechos a medida –tal vez unos Lobb–, con doble hebilla. Lucían relucientes. El tipo lo miró con una sonrisa tan marcada como desdeñosa. Se sentó frente a él y comprobó teatralmente la hora en su reloj –a la sazón un Cuervo y Sobrinos de esfera y corona prominentes, y una conspicua correa de piel–. Apoyó su maletín de cuero negro en el suelo –desde la distancia no estaba seguro, pero parecía un Chiarugi–.

Parecía que asomaba competencia, pensó con amargura. Aparentaba demasiado joven, pero no se fiaba un pelo. Igual que él, el fulano bebió, y volvió a sentarse. Del bolsillo interior de su chaqueta extrajo un teléfono móvil cuya pantalla era más grande que la palma de su mano. Jugueteó con él durante unos minutos y, resuelto, lo guardó en uno de los bolsillos frontales de su maletín.

Después se levantó, apuró el vaso de agua y enfiló el pasillo. Se perdió por una de las puertas laterales. Rogelio saltó de la silla, casi como un resorte, y lo siguió. Comprobó que se había metido en el aseo. Entró y cerró la puerta tras de sí con cuidado. Vio una fila de excusados –solo uno de ellos estaba cerrado–. Caminó con sigilo hasta el que se encontraba justo al lado, entró y entornó la puerta, dispuesto a esperar. Lo sobresaltó el ruido de la cisterna, aunque siguió aguardando mientras el individuo se recomponía. Finalmente, este salió –se dirigió a uno de los lavabos que se encontraba enfrente–. Rogelio se mantuvo tras la puerta para no ser descubierto. Un gran espejo horizontal atravesaba el aseo. El fulano se agachó para refrescarse; entonces encontró el momento perfecto. Con soltura, tiró de su cinturón –un Prada– y lo enroscó alrededor de su mano. Se abalanzó sobre aquel desgraciado y rodeó el cuello con el cinto. Comenzó a apretar. De su boca comenzaron a salir quejidos ahogados, mientras trataba de forcejear. Aumentó la presión –con suerte perdería el conocimiento y la cosa no pasaría a mayores–. Pero no iba a tener tanta suerte. Aquel hombre estaba dispuesto a presentar batalla: lo obligó a girarse sobre sí mismo y por poco pierde el equilibrio. Recibió un fuerte empujón que le hizo chocar con el espejo, que se quejó con estruendo, pero no llegó a romperse. El tipo cabeceaba, intentando zafarse y, de paso, dar un golpe nítido que dejase a Rogelio noqueado. Este chasqueó la lengua –la situación empezaba a descontrolarse–. Con un gesto apoyó una pierna en el pie del lavabo y apretó con fuerza. El rostro del individuo enrojeció; perdió las gafas. Profirió una tos ronca. Rogelio notaba cómo la tensión de sus manos comenzaba a abandonarlo. Las mejillas, antes sonrosadas, se amorataron y los ojos se le pusieron en blanco. Terminó por ser un peso muerto, que Rogelio dejó caer sobre el suelo.

Se miró en el espejo: su camisa mostraba arrugas que antes no estaban, y uno de los faldones asomaba por el pantalón de su traje, que había comenzado a aflojarse, liberado del cinturón. Estaba rojo –aunque sin llegar a los niveles de su rival–, y su pelo, aun engominado, se le había alborotado. Se sintió terriblemente cansado. Tomó unos segundos en arreglar su imagen, y solo después reparó en el cuerpo. Se agachó para tomarle el pulso, pero no fue capaz de encontrarlo. Chasqueó la lengua y pensó deprisa. Resolvió arrastrarlo hasta uno de los excusados, apoyando su espalda contra la puerta.

III

Se ajustó el nudo de la corbata y volvió a darle la forma que tenía antes del encontronazo –ligeramente abullonado y firme alrededor del cuello de la camisa–. Respiró hondo y salió. Caminó despacio, consciente de cada detalle, hasta que volvió a la sala de espera, en la que ocupó su sitio. Se miró las manos; sudaban y temblaban visiblemente. Sentía dolor en el labio inferior y en el mentón. Sacó un pañuelo y se secó la boca –quería eliminar cualquier rastro de lucha–. Pasaron un par de minutos, en los que logró recuperar buena parte de su autocontrol.

Fue entonces cuando el de recursos humanos volvió. Miró a su alrededor, sorprendido de encontrar a Rogelio sin compañía. Mostró una extraña sonrisa, como si todas las piezas comenzasen a encajar.

–Sr. Espada, disculpe que le hayamos hecho esperar. Verá –dijo adoptando un tono casi de confidencia–, su expediente ha sido analizado y resuelto favorablemente por el gabinete de presidencia.

–¿Qué quiere decir…?

El entrevistador le tendió la mano.

–Que se acaba de convertir usted en uno de los nuestros. El puesto es suyo.

-Pero… ¿y la prueba?

–Digamos que… ya la ha pasado usted. Y con nota.

Rogelio, que se había hecho a la idea de un proceso de selección largo y lleno de escollos se sintió aliviado. Y exultante.

–Es más, el presidente de la corporación quiere conocerlo ahora mismo, en persona.

–Pero… ¿Él se encuentra aquí?

–Así es. Tiene su despacho en la parte superior del edificio. En el piso sesenta y seis, concretamente. De hecho, le está esperando. Tome uno de los ascensores y, cuando llegue, diríjase a su despacho. Sexta puerta a la izquierda.

–Y ¿cuál es el objetivo de la reunión? ¿Qué es lo que espera de mí…?

–Usted y su meticulosa preparación –añadió, divertido–. Vamos, relájese. No se preocupe demasiado. Ya está dentro. Seguramente querrá conocerlo y cambiar impresiones. Nada serio. De hecho, le recomiendo que se afloje el nudo de la corbata. En el despacho del jefe siempre hace mucho calor.

–Pero…

No hubo tiempo para más. Con una mueca divertida, el examinador le volvió a tender la mano. Justo antes de abandonar la sala, se dio la vuelta:

–¿Sabe una cosa?

–Dígame…

–Estaba usted en lo cierto.

–Acerca de qué.

–Sobre la naturaleza humana y sus posibilidades.

Rogelio se quedó solo. Aprovechó para beber otro vaso de agua; comprobó que sus manos no transpiraban y que el temblor había desaparecido.

Mientras recorría otra vez el pasillo en dirección a los ascensores, no pudo evitar sentirse feliz. Volvía a ser él mismo. Pensó que la vida estaba llena de opciones para quien las merecía y sabía aprovecharlas. Había superado su particular travesía en el desierto; volvía a estar en la cresta de la ola. La escena del aseo relampagueó en su mente, pero apenas duró un instante. Recordó los años de duro trabajo y preparación. En realidad, él era un tenaz hombre de principios. Alguien que escribía su propia historia, aunque, en ocasiones, hubiese que transigir con algunos renglones torcidos. Se sintió otra vez parte de aquel círculo que nunca debió abandonar.

Salió del ascensor y viró. Contó las puertas que dejaba atrás, y se detuvo en la sexta. Se cuadró frente a ella y llamó con decisión.

–Adelante. Puede pasar.

Se encontró a la entrada de un inmenso despacho; frente a él un ejecutivo trajeado le daba la espalda mientras miraba a través de un espacioso ventanal.

Dio varios pasos al frente. A pesar del calor, se ajustó la corbata y abrochó el primer botón de su chaqueta.

Se sentía otra vez en casa.

FIN

Un comentario en “La entrevista

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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