Una corbata oscura

(Ares, La Coruña. Año 1964)

Caminaba despacio por el camino lleno de barro. Aunque se lo conocía de memoria, no era cosa de pisar un charco y mancharse los zapatos aún más. Menguaba el día –atrás quedaba la última luminaria con su luz amarilla, como de cuento–. Hacia el oeste, jirones de nubes descomponían los últimos flecos del atardecer en matices rojos y anaranjados.

Llegaba tarde a casa de la tía Lasita; las horas habían transcurrido raudas entre lecturas de aventuras y juegos en el patio de Juana. Cruzó los brazos y apretó el libro –trasunto de escudo protector– contra su pecho, mientras sus ojos azules localizaban lugares comunes: recodos y giros, el viento agitando las hojas y la silueta de la casa recortándose al fondo en el crepúsculo de un día de invierno.

Fue entonces cuando lo vio.

Estaba parado, justo en el medio, apenas a unos metros. No era un perro grande, claro que tampoco ella era una niña lo que se dice gigante. Pensó que se trataría del can de Tilucha, un pastor que no pocas veces deambulaba suelto antes del final del día, reconociendo el entorno. Pero éste era distinto: parecía más delgado y de porte más alto. Distinguió su pelaje oscuro, las orejas enhiestas y un par de ojos que refulgían, atentos, en la penumbra. Dio unos pasos, dando un rodeo y manteniéndose a discreta distancia. Lo último que quería era tener miedo y que el animal se diera cuenta. Como si fuera algo que pudiese elegir.

Cuando estaba a su altura, el sabueso se movió. Profirió un sonido ronco, remedaba más quejido que ladrido de amenaza. Sirvió también para mostrar su boca, abierta en grotesca mueca y llena de dientes. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y adivinó que salivaba de una forma extraña. La invadió una sensación de angustia y miedo; quedó paralizada. El perro flexionó sus patas, como acomodándose para saltar sobre ella, y continuó con aquella ronquera que, por momentos, se tornaba gruñido. Quiso gritar, llamar a su mamá –que estaba tan lejos, en aquel lugar de América donde siempre era verano–, o a su tía, pero de su boca no salía palabra alguna: miraba al perro hipnotizada; se acordaba de las historias de miedo que tanto le gustaba leer, como si no fuese ella la que estuviera allí. Sintió los latidos de su corazón, desbocados en su pecho. No fue hasta pasados unos segundos que se percató del líquido caliente que resbalaba entre sus piernas. Cerró los ojos y se aferró al libro.

(Getxo, Vizcaya. Año 1987)

Se llamaba Diana y era profesora de música; de extraescolares. También era su amor platónico, aunque no lo supiera (y no lo debería saber nunca). Tampoco sabía que se había apuntado a las clases solo porque su madre había insistido mucho. Claro que, pasada la resistencia inicial, aprender música era una excusa tan buena como cualquier otra para pasar tiempo con ella. Hoy tocaba dictado musical –algo en lo que no era demasiado bueno, a pesar de que todos decían que tenía un oído muy fino–. Verdad es que él no estaba muy atento: se afanaba en estirar el cuello, desde su pupitre, para verla de perfil mientras repetía las notas para que los niños, todos alumnos de quinto de EGB, rellenaran el pentagrama. Él se perdía demasiadas veces –por más que ella remarcaba los matices (blancas y negras, sostenidos, notas alargadas con puntillos) con sus pálidos y larguísimos dedos sobre las teclas del piano–. Luego, al corregir, lo miraba con aquella media sonrisa; las gafas descansando sobre el puente de su afilada nariz y unos ojos grandes, redondos y negros adornados por pestañas kilométricas.

–Te has vuelto a equivocar aquí –le dijo–. Esta era un si bemol.

–Ya. Es la que había puesto antes, pero… la borré.

Ella se aproximó. Olía su perfume; notaba el calor de su rostro. Casi podía percibir el mundo alterado por aquellas lentes de hipermétrope. Tanto le impuso su cercanía que sintió marearse; se agitó en su sitio. Ella, atenta, lo atajó:

–¿Te encuentras bien? Estás muy congestionado.

–Pues… me duele la cabeza.

Tocó su frente y lo miró con aire tierno.

–Mira, mejor te vas para casa; creo que puedes tener algo de fiebre. Dile a tu mamá que te he dejado salir, ¿vale?

Se sintió triste, casi le dio por llorar. Pero se rehízo en un microsegundo, metió sus bártulos en la mochila y salió del aula.

Abajo, en aquellos soportales oscuros, no había nadie. Llovía a mares; el agua caía en grandes goterones desde el techo. Justo entonces un relámpago iluminó el cielo, pleno de nubes densas y negras. Siguió un sonoro trueno –la tormenta pasaba justo encima–; la lluvia comenzó a arreciar. Eligió quedarse un rato más, hasta que escampase. No tenía paraguas y la capucha de su abrigo se empapaba en menos de nada.

No los vio llegar, de puro distraído. Miraba embobado el ritmo de la lluvia hasta que un ruido lo alertó. Cuando se giró, estaban muy cerca. Hubiera bastado que corriera entre los charcos, a riesgo de anegarse –no le habrían seguido–. Empero, permaneció anclado a aquel sitio. Tendría tiempo de aprender que, a veces, mojarse es la decisión correcta.

Se acercaron y lo zarandearon. Se puso de pie y corrió hacia el portón, en el otro extremo, mientras lo seguían. Eran varios chicos de sexto, los conocía por los abrigos. Se apresuraban tras él, embozados y en silencio, prestos a emboscarlo. Apretó el paso, pero llegaron antes que él y le cerraron la única salida que le quedaba. Luego se dispusieron en círculo. Nervioso, miró en todas direcciones; intentó hablar con ellos.

Había leído en los cómics que, tras un buen golpe, se veían las estrellas. La clase práctica le llegó un instante después. Algo aterrizó violentamente en un lado de su cara. Hizo un ruido sordo, y le dejó la mandíbula inmensamente dolorida. Gritó hasta desgañitarse, mientras los chavales se largaban. En el suelo yacía el proyectil, transmutado en piedra. No tardaron en salir sus compañeros de clase de música y Diana, que cerraba el grupo, corrió hacia él al verlo llorar en el suelo. Le ayudó a levantarse.

–¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás en el suelo?

Cogió la piedra y se la enseñó. Le temblaba el cuerpo. Quiso contarle lo ocurrido pero un regusto metálico se lo impedía. Abrió la boca y se notó la sangre, de color rojo oscuro, que brotaba de la encía. Se palpó una muela –que se movía, temblorosa– y se miró las manos, manchadas de mugre y cubiertas de rosada saliva.

Al verlo, Diana se llevó una mano a la cara y lo abrazó. Él dejó de temblar; volvió a llenarse de su olor. Se imaginó que en el mundo no había nadie más. Por el rabillo del ojo percibió que, hacia el horizonte, el cielo se abría en retazos de azul intenso.

(Madrid. En la actualidad)

Por fin salimos; tengo ganas de ver a mamá para enseñarle la manualidad que hemos hecho en clase. Tiene un cuerpo hecho con recortables de cartulinas verdes, rojas y azules. Y le he puesto un montón de purpurina naranja, que es la que más me gusta a mí, en los ojos. A ver si se da cuenta de que es un perro. Porque yo quiero uno pequeño, con mucho pelo; que sea muy juguetón.

Papá dice que hay que pasearlo muy pronto todos los días, pero a mí no me importa madrugar. Él prefiere comprarme una flauta para que aprenda a tocarla. Se pasa todo el día escuchando música clásica, con esos cascos que parecen orejeras para el frío.

A la abuela no le gustan los perros. Es porque tiene el corazón enfermo desde que se encontró con uno que estaba rabioso, cuando era pequeña.

Cuando vea el que he hecho yo se pondrá muy contenta.

Vaya. Hoy no ha venido mamá. Tampoco está la abuela. Solo está papá; menuda sorpresa. Corro a darle un beso. Cuando estoy muy cerca, abre los brazos. Tiene la cara triste y los ojos brillantes, como de agua.

Lleva un traje elegante y una corbata oscura.

FIN

Un comentario en “Una corbata oscura

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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