El último vuelo (IV)

Capítulo 4. Tempus fugit

Estaba a unos quince minutos del barranco. El antiguo embalse, que otrora abastecía a todos los pequeños pueblos de la sierra, se había quedado más seco que la mojama. En su lecho comenzaba a crecer vegetación que, aunque todavía no abundante, proporcionaría cierto camuflaje. Había estudiado los accesos al lugar –particularmente el camino que se aproximaba desde el sur–. Hubiese querido alcanzarlo al alba, pero el encuentro con la autoridad lo cambiaba todo: no se terminaba de fiar. Temía que estuvieran avisando a policías de tráfico para terminar de cerrar el círculo –no sería la primera ni la última vez que algo así sucediera–. No quedaba más remedio que dar otro rodeo; observar desde una distancia prudente. Así que resolvió hacer de dominguero, conduciendo casi al ralentí por carreteras secundarias, describiendo una suerte de círculo artificial alrededor de la gran depresión donde una vez hubo agua.

De pequeño le encantaban los árboles. En especial los de gran fuste: troncos inabordables, cortezas rugosas y ramas largas y retorcidas. Y en esos recovecos andaba su memoria mientras contemplaba con un ojo tejos, abedules y bosques de abetos que abundaban en la zona; con el otro miraba el retrovisor en busca de movimientos extraños. De cosas fuera de sitio. Dejó atrás el cruce que llevaba a la equis del mapa, disciplinado, mientras se cruzaba con el escaso tráfico de la zona. Radiografiaba cada esquina y reajustaba su plan. A pesar de los errores –que lamentaba– podía manejar holguras, combinar positivos y negativos para que todo fuese un juego de suma cero en el que él no perdiera. Era un sicario mundano, hecho a su oficio. Demasiado, tal vez.

El mundo, pensó, era un lugar absurdo. Le vino a la memoria un encargo memorable: la de aquel tipo –vicepresidente de un conocido banco– al que tuvo que dar café mientras, en un arranque de lucidez, se arrodillaba y suplicaba por su vida. Que tenía mujer e hijos. Cuestión que él conocía: había sido ella la que dirigía y pagaba el encargo; sabedora de que el ejecutivo se la pegaba con una secretaria, acaso veinte años más joven, y que estaba a punto de poner en marcha un plan para divorciarse y dejarla en la estacada.

O la del transportista de fariña que, en un arranque de pragmatismo, había determinado distraer un pequeño porcentaje –unos quinientos quilos– del asaz maravilloso polvo para asuntos propios y, claro, la cosa no había sentado bien. Cuando lo vio llegar suspiró, lúcido, y le invitó a una copa de su mejor güisqui –Glenmorangie, dieciocho años–. Con un poco de suerte, había dicho, mi esbirro termina antes. Me va a mandar un guasap cuando se lo cargue. Luego, si tal, ya procede usted.

Tempus fugit, se dijo, con aire filosófico. Habían transcurrido unos cuarenta minutos desde que saliera del bar. La concatenación de carreteras de montaña lo devolvía exactamente al mismo punto; aminoró de forma imperceptible, justo al llegar al desvío del bar, para comprobar que no quedaba rastro de los polis. A poco más de un par de kilómetros de allí, la carretera giraba y enfilaba una larga recta. Mediada la misma, a mano izquierda, se encontraba el acceso: un camino de tierra que, tras un par de recodos, se perdía entre un pequeño y denso bosque de robles. La pista seguía unos mil quinientos metros, no sin antes bifurcarse a ambos lados –pero él guiaría su coche sin desviarse hasta que la senda se estrangulaba y devenía casi vereda– con un espacio muy limitado, para luego fundirse con el claro; una suerte de mirador natural que había descubierto, por casualidad, en una de sus exploraciones preparatorias. Ejecutó los pasos, tirando de escaleta, con precisión de cirujano y comprobó su reloj al llegar: las nueve y cuarenta minutos; el sol estaba un punto más alto de lo que él hubiera deseado. Para él, un asesino eficiente, el tiempo era importante: pura cuestión de disciplina y, por experiencia, sabía que todos los minutos contaban –o descontaban, según y como uno se aproximase al asunto–.

CONTINUARÁ…

Enlace al capítulo 3: Laurel y Hardy

Enlace al comienzo del relato

3 comentarios en “El último vuelo (IV)

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