El último vuelo (V)

Capítulo 5. Lanzadas a moro muerto

Ajustó cuanto pudo la maniobra; se aseguró que el coche quedaba atravesado, formando un ángulo de noventa grados con el punto de entrada, detalle que le garantizaría una mínima holgura para salir pitando si se torcía la cosa. El maletero del coche, y su onerosa carga, rozaba los lindes del bosque. Este era uno de los puntos críticos del plan: la elección del lugar –sumatorio de pros y contras– contaba, entre los primeros, con la elevación natural de aquel respecto del entorno, lo que le confería una vista privilegiada; y la densidad de la vegetación –que lo ocultaría de ojos indiscretos–. La parte mala era que había solo una ruta de egreso. Cierto es que desde aquel lugar tranquilo podría ver u oír si alguien se acercaba y apurar una huida a entre los árboles. Este aspecto también lo había ensayado –el plan B–, si bien adentrarse en la espesura, a lo bosquimano, no le terminaba de seducir lo más mínimo: necesitaría una larga caminata para poder escabullirse, sin menoscabo de los rodeos que tendría que dar para retornar al mundanal ruido compuesto y sin coche. Posibilidad que, dicho sea de paso, lo solazaba tanto como una patada entre pierna y pierna.

Cerró la puerta y comprobó el terreno: hacía tiempo que no caía ni una gota y la vegetación amarilleaba. Se aproximó al borde de la abertura y miró hacia la depresión. Desde allí, asemejaba el cráter de un volcán cansado. La caída, en generosa pendiente, tendría unos veinte o treinta metros. Había salientes de roca irregulares que configuraban un paisaje escarpado; algo que, por lo demás, le venía francamente bien al propósito de la excursión: todo fuera que el fiambre, en su caída, quedara oculto entre las singularidades del relieve y la vegetación. Otra muesca más; un bulto menos.

Abrió el maletero, no sin antes embozarse en un raído y viejo pañuelo de tela al que le había agregado un par de gotas de Varón Dandy, valga la ironía, para suavizar el trámite.

Localizó, entre la manta, la muñeca rígida y fría del finado y recordó, por última vez, su historia. Era un tipo conocido en los medios. Uno de esos nuevos ricos de buena familia que, entremezclando política, pompas inmobiliarias y papel cuché, había ganado escalafón y mucha pasta hasta que –perra vida– cayó en desgracia por querer ser más listo que nadie y caminar solo, sin partir el pastel. Se fue quedando sin primos de Zumosol: sus anteriores socios le afearon no pocas veces su conducta –querellas por evasión fiscal incluidas–. Iba a dar con sus huesos una temporada en la cárcel, por orden de cierto juez con ansias de notoriedad. Ahí es cuando entraba él: el tipo sabía demasiado y estaba dispuesto a dejarse tirar de la lengua para rebajar el tiempo a la sombra, lo que dejaría a no pocos prohombres colgados de la brocha y mascullando explicaciones. De ahí que decidieran darle matarile. Cuando lo asaltó, en su chalé adosado –triste vestigio de las mansiones que exhibía cuando lucía palmito de contertulio en programas de telerrealidad–, estaba haciendo una maleta para ninguna parte. Contemplaba a un hombre hastiado y deprimido, un pobre can apaleado. Le costó darle pasaporte: más que un ajuste de cuentas le había parecido una lanzada a moro muerto en toda regla.

CONTINUARÁ…

Enlace al capítulo 4: Tempus fugit

Enlace al comienzo del relato

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