La defensa

De niño leía cómics; todavía se muestran en su biblioteca –las páginas desgastadas y aún con migas de interminables meriendas–. Fueron el fundamento, los ladrillos, con los que construyó sólidos y elevados muros. Siguieron las novelas de aventura, pletóricas de rojos amaneceres, altos elfos, hábiles espadachines, sesudos detectives y valientes soldados que configuraron sus primeras líneas de defensa.

Todavía lo acompañan viejos relatos de terror de los que aprendió que el mal aguarda, en la forma más inesperada, a la vuelta de la esquina. Caminó junto a héroes solitarios, crepusculares y cansados; con ellos erigió atalayas coronadas por orgullosos pendones, que aún ondean.

Desde allí contempla una noche lúgubre, oscura, sin luna. Se ciernen las sombras, aúllan bestias hambrientas que anticipan batallas largas, duras y crueles. Mientras se pertrecha tras su escudo y esgrime su afilada espada mira atrás y recuerda los escritos que lo acompañaron, acaso transmutados en soldados que, valientes, mantienen prietas la filas. Después se yergue y otea un horizonte del que ya emergen, implacables, numerosos enemigos. Entonces respira, ausente, remedando recordar. De algún lugar de su interior emerge un fuego brillante, indómito.

«Que vengan.»

FIN

 Dedicado a los libros.

7 comentarios en “La defensa

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