Juegos

Ya tengo los pies fríos y mojados. Siento las manos entumecidas también. Noto el pelo apelmazado, ahíto de sol y salitre. Me he cansado de gritar a las gaviotas; con su mirada hosca y displicente –siempre me han parecido pájaros de mal agüero–. No ocultaré la verdad: también he levantado la voz para pedir ayuda.

Es paradójico porque este es un lugar de ensueño: palmeras, arena blanca y fina; un mar transparente, casi bajo cualquier luz. Antes lo miraba sin excesiva pasión: como un complemento circunstancial más de esta isla desierta; el paisaje de fondo más adecuado para nuestra porción del paraíso.

Y así, decidimos jugar; imposible resumir –en pocas líneas y sin pudor– la cantidad de fantasías que hicimos realidad. Nos sabíamos solos; el lugar nos pertenecía. Recorrimos cada centímetro de nuestra piel. Se entremezclaron agua salada y sudor, y perdimos la noción del tiempo. Saciamos la sed que teníamos el uno del otro hasta que, exhaustos, nos tendimos en la arena mojada, unidas las manos. Por poco nos dormimos, de puro agotados.

Nos repusimos y caminamos, con el sol bien alto, por la orilla. Fue entonces cuando Víctor me contó su penúltima ocurrencia. Era algo que hacía de pequeño, con su tío. Me dijo que era algo divertido y que, bien llevado, me daría un buen chute de adrenalina. Me pareció raro, pero no me negué: remedaba inocuo, bastante inocente y pueril –sobre todo después del atracón de sexo que nos habíamos regalado–.

Así que le dejé hacer. No tardó mucho en tenerlo todo listo. Además, yo soy más bien pequeñita; no se lo puse excesivamente difícil. Cuando terminó, mi perspectiva de aquel lugar tornó, obviamente, algo diferente. Casi en cuclillas, me miraba como si fuera un bicho raro. En sus ojos verdes vi los ecos del niño que fue. Aquellas pecas alrededor de la nariz lucían como mil muescas, memoria viva otras tantas travesuras. Luego se levantó y miró hacia el horizonte. Se alejó unos pasos, mientras yo lo miraba en silencio. En su cuerpo tostado sobresalía la marca del bañador, una franja blanca que remarcaba su redondo y menudo trasero. Después se estiró.

Fue entonces cuando sucedió: se llevó la mano izquierda al pecho. Me pareció un gesto involuntario, casi mecánico. Se giró parcialmente, y pude ver el gesto torcido; la tensión en su mirada. Se arrodilló primero y, acto seguido, se tendió boca abajo, cuan largo, era sobre la arena. Yo pensé que se trataba de una broma, un chiste fácil a juego con su negro humor. Entonces empezaron los espasmos y dejé de sonreír.

Lo llamé una y mil veces, hasta quedarme sin voz. Maldije su nombre, enfadada primero y más tarde presa de un miedo que casi había borrado de mi memoria. Nunca pensé que llegaría a arrepentirme de nuestros malditos juegos. Queríamos aislarnos, desconectar. Nada de móviles, tabletas ni ordenadores. Tan solo anhelábamos estar solos.

A mi espalda la marea sigue subiendo; ya noto el sabor a sal. Los cangrejos se arremolinan, curiosos, en torno a mí.

Después de todo, enterrarme hasta el cuello no ha sido tan buena idea.

FIN

3 comentarios en “Juegos

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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