El experimento

Me queda un regusto amargo en la boca. Debo terminar el mejunje, así que bebo hasta que no queda nada en el vaso de plástico. Pero no noto cambios: las imágenes vuelven nítidas, como si todavía estuviera ocurriendo. Casi parece que puedo reproducir el accidente a cámara lenta: yo quería ayudar a mantenerlo despierto, pero no pude resistir al sopor y acabé por entrecerrar los ojos. Después vi como el coche ladeaba e invadía el arcén, pero no supe –no pude– hacer nada. Entonces sobrevino el estruendo; las vueltas de campana, los cristales rotos. Luego todo fue oscuridad, sufrimiento y muerte. Tan solo quedé yo para contarlo; una broma del destino. Ahora solo quiero olvidar el dolor.

Espero que este brebaje haga pronto efecto.

Noto como una especie de vértigo; un mareo. Cierro los ojos y todo se vuelve blanco. Parece una luz cegadora que se aproxima rápido –Dios, espero no estar muriéndome–. Camino hacia ella. Parece que me encuentro mejor; más tranquila. Serena. Intento pensar, recordar. Todo se estrecha, como si estuviera vertiendo mis recuerdos en un embudo. Parece que se desvanecieran. Ahora me cuesta rememorar la secuencia: no visualizo la marca ni el modelo del coche. La carretera, el ruido, el olor a gasolina desaparecen. También los gritos, y aquel silencio al final. No recuerdo quién iba en el coche. Ni siquiera dónde iba. Transcurre un segundo –una eternidad–; ya no recuerdo el nombre de mi marido. Tampoco el de mis hijos. Vuelve el vértigo otra vez. Todo se acelera; parece que caigo, aunque no hay apenas espacio en la sala. Antes estaba llena de médicos con sus batas blancas y su voz tranquilizadora. Me decían que todo saldría bien.

Abro los ojos.

La sala está vacía; solo estoy yo. Hay tres paredes, una de ellas cortada por la silueta de una discreta puerta; un espejo ocupa la cuarta. No reconozco la persona del reflejo; me asusto al pensar que se trata de mi rostro. Intento pedir ayuda, pero no estoy segura de cómo hacerlo.

***

Desde fuera, los especialistas están pendientes de las constantes de la paciente. Cualquier cambio marcaría la pauta a seguir. Tan solo habría que aplicar el protocolo. En él estaban previstas todas las posibilidades. Aguardaron, tensos, unos minutos; concentrados en las luces de las máquinas y sus propias notas.

–Ya ha pasado tiempo suficiente –apreció uno de los investigadores–. Apenas se ve reacción en las lecturas del escáner. Tan solo una breve oscilación, nada relevante.

Los doctores se miraron. Dudaban sobre quién debía intervenir. Las anteriores pruebas de borrado de memoria selectiva se habían saldado con resultados discretos. Fracasos, en realidad.

Finalmente, acudió la más joven, que llevaba coleta y gafas de pasta; acaso la más audaz. Llevaba unos tres años en el programa de investigación. Era dueña de un expediente brillantísimo y postulaba una prometedora carrera. Todavía no acusaba la gravedad de las mentes de sus colegas que, por exceso de frenada, abundaban en la parálisis por el análisis. Había en ella un cierto aire jovial –una espontaneidad estudiada–. Sabía, empero, ser reflexiva. Cuando había que discurrir lo hacía más rápido que todos los demás. Con aquella mirada profunda, despertaba algo más que respeto entre sus compañeros.

–¿Se encuentra bien, Sra. X?

La mujer solo alcanzó a proferir extraños sonidos; una letanía sin sentido alguno. Si se trataba de algún lenguaje, resultaba del todo incomprensible. Ajustó sus lentes. Ya sabía, en realidad, cómo actuar. Había presenciado esa reacción otras veces.

Suspiró, cansada. Años de investigación para entender el funcionamiento del cerebro. Órgano conspicuo, de fácil identificación, aunque a la vez tan complejo. Los ensayos pasaban por compartimentar, aislar las actuaciones y sus efectos. Con todo, no daban con la tecla para incidir en el hipocampo sin provocar afecciones. En no pocos casos, estas provocaban trastornos en la interpretación o en la producción del habla: afasia –ese era el término–, que se manifestaba, en lo práctico, por la imposibilidad de poder llegar al convaleciente tras el experimento. El cerebro, y sus conexiones infinitas, forzaban una extraña paradoja: remedaba imposible borrar los recuerdos dolorosos sin menoscabar la facultad que permitía contarlos. Todo aquello propendía a una especie de efecto mariposa con resultados inciertos.

Volvió donde los demás; ellos analizaban las lecturas de las máquinas y charlaban. Casi parecían animados. El más veterano, un médico vanidoso con el pelo canoso, cejas hirsutas y minúsculos ojos se dirigió a ella, ceremonioso:

–¿Y bien? Háganos una primera valoración. ¿Cuál es su opinión?

–Muy simple: estamos dando palos de ciego. Hemos intervenido en su cerebro, y no podemos saber hasta dónde. Parece haber extraviado la facultad de hablar. Lo que dice es ininteligible. Ella no nos puede aportar nada.

–Entonces, no podemos ser concluyentes con el resultado de la prueba –observó otro, procaz.

Ella le dirigió una mirada llena de rencor. Intentó no parecer alterada.

–Podemos concluir que ha sido otro fracaso. Se trataba de suprimir solo recuerdos dañinos, no de arrasar con todo.

–Vamos, doctora. ¿No le parece que está siendo un poco dura consigo misma? –además de presuntuoso, el veterano doctor deslizaba la culpa como un auténtico profesional. Los otros la miraban solo a ella. Agotada, decidió cambiar de tercio. Suspiró mirando a la paciente, que se revolvía desorientada, a través de los monitores. Se apreciaba miedo en sus apagados ojos grises.

–¿Qué vamos a hacer con ella?

Uno de los científicos se adelantó:

–No se preocupe, está todo previsto.

–Habrá que avisar a su familia…

–¿Su familia? –terció otro técnico, de aspecto orondo y con la bata salpicada por manchas de dudoso origen–. Todos murieron en el accidente. Forma parte del protocolo de entrada aceptar muestras que…no van a ser reclamadas.

–¿Entonces… no harán nada por recuperarla? –insistió. El viejo doctor le dirigió una mirada reprobadora y apostilló.

–La hoja de ruta sugiere que en estos casos no hagamos nada más –enfatizó la primera persona del plural para despejar dudas–. Además, ella es perfectamente válida para otros usos médicos, ¿no cree? Ha firmado un consentimiento por escrito. Si lo prefiere, por el bien de sus escrúpulos, puede volver a la cabina de ensayo a explicárselo. Ya sabe, cláusula por cláusula.

Finalmente, claudicó. Habría otras batallas que librar. Tal vez.

–Vamos, no se preocupe –se regodeó, ufano–. Fíjese en el universo de posibilidades que tenemos por delante. Personas que, al contrario que usted y yo, que nos atrevemos a vivir con la mochila de nuestras decisiones, prefieren apostar por la vía fácil y olvidar. Nosotros somos su mejor baza, acaso la única, para librarlos de las pesadillas que los atormentan. Vivimos en un mundo terrible, lleno de dolor y oscuridad. Ya hemos conseguido reducir el dolor presente a una sensación inapreciable. ¿Qué ocurre con el daño pasado, el que nos azota la conciencia cada vez que nuestros cerebros deciden habitarlo? Si se fija, nosotros somos la punta de lanza para conseguir una sociedad feliz. Colegirá conmigo en que, con este planteamiento, nadie nos afeará que demos algún rodeo. Que causemos, digámoslo así, algún que otro daño colateral.

Ella no pudo más que sucumbir al razonamiento de aquel tipo. Intentó ser práctica, concentrarse en su luminoso futuro. Deslizó el dedo índice sobre la pantalla de su tableta. En ella aparecía la foto de un hombre joven, de expresión amable. El resumen rezaba: “Espécimen #157. Varón. 30 años. El sujeto refiere experiencia traumática: su primer hijo y su mujer fallecen durante el parto de aquel. Tras largo tratamiento con antidepresivos, no consigue superar el episodio.

En su mente formulaba variaciones sobre el tratamiento. Se trata de modificaciones leves, retoques menores desde la última versión estable. Revisaría a conciencia los anteriores expedientes en busca de algún atajo; una combinación ganadora que hubiera pasado desapercibida.

Mordió, con gesto nervioso, el borde de las varillas de sus anteojos y suspiró. Se concentró en la imagen del tipo: más madera para la maquinaria científica; un caso nuevo para la estadística. Caviló un tren de causas, consecuencias, hipótesis y posibilidades. Cuando salió del centro de observación el caso de aquella mujer, que tanta impresión le había causado, apenas ocupaba un resquicio de su memoria.

Ni siquiera recordaba su nombre.

FIN

5 comentarios en “El experimento

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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