La hora trece

(Madrid, 23 de mayo de 2020)

–¿Por qué no te no lo pruebas, hermanita?

–Sabes que lo haré. Por cierto: hermanita no cuadra con que yo sea un lustro mayor que tú, amén de años luz más sabia… No necesito protección: soy ciega, no estúpida.

El joven acusa la pulla; ella es más hábil en el intercambio de golpes. Lo suyo eran, más bien, los dispositivos: sistemas, comunicaciones, aprendizaje automático y algoritmos configuraban su pequeña patria, su zona de confort.

Hacían vida de estudiantes, si bien ella había dejado de serlo. Se ganaba la vida escribiendo, aunque su pasión era el voluntariado. Nunca había dejado de ayudar; antes al contrario, perder la vista tan solo había fortalecido su carácter solidario e indómito.

–Lo tienes que conectar por aquí –explicaba él–. En estas bandas van inscritas varias microcámaras que captan el entorno. La unidad de procesamiento va en el pulsómetro. El motor de síntesis de voz se encarga de dar instrucciones.

–Una cucada, tu proyecto fin de máster. ¿Servirá para hacer deporte por mí?

–Probémoslo.

Hubieran querido salir con la fresca, pero resultaba imposible, con aquel estío anticipado. Las ocho y media de la tarde y el mercurio no bajaba de los cuarenta y uno. Se caían los pájaros.

No parecía que fuese invidente; mucho menos mientras corría. Enseguida se acostumbró al aparato que, conspicuo, se desgañitaba en dar direcciones. Llegó el momento del esprín final. Lo inició él, pero ella no se amilanó. Estiró las piernas, con su zancada larga, y le dio caza. Corría con soltura y rabia; empezaba a dejarlo atrás.

–¡Ten cuidado…!

Apuró hasta el final, giró noventa grados y enfiló hacia el paso de cebra. Se detuvo justo en el borde, cuando una furgoneta cruzaba a toda velocidad. La alcanzó con el corazón desbocado y el orgullo magullado.

–No es…–repuso con la respiración entrecortada– exactamente en tiempo real.

–No te preocupes, hermanito. Para eso te tengo a ti. Porque no dejarás que un coche me rompa la crisma, ¿verdad? –Abrió sus ojos grises, velados en dirección al chico. Como si quisiera ver en lo más profundo de su corazón.

Él enrojeció y se achicó. Agachó la cabeza mientras se afanaba en recuperar el aliento.

***

(Madrid, 2 de mayo de 2035 10.43h, Centro de Control Ambiental – primer anillo)

Hay dos hombres en un despacho pequeño, de decoración minimalista, funcional. El falso techo está lleno de puntos de luz, pero esta brilla por su ausencia. Se miran, tensos.

–¿Y bien? –inquiere el más joven, de pelo hirsuto y largas patillas. Se toca la nariz, inquieto.

–Debe prescindir del agente 245. No seguirá en la misión. Haga el favor de comunicárselo.

Quien pronuncia la orden severa es el jefe de sección. La misión es una separata de la que un par de años atrás habría culminado con éxito el capítulo español de los satélites de baja órbita que contribuirían al control del clima. Ahora eran plenamente funcionales y se integraban en la estación espacial. Aportaban su granito de arena, junto a los ciento veintisiete restantes. Generaban condiciones climatológicas favorables para los habitantes de las metrópolis en las que se concentraba la población. Su acción quedaba reducida a áreas determinadas: zonas geográficas y ventanas temporales, denominadas anillos.

–No me joda. Siempre ha sido un colaborador útil. Nos salvó el culo en el último envite, cuando los transceptores se volvieron locos.

–Me hago cargo. Pero lleva un tiempo disperso, encerrado en sí mismo. No ha dado una con los algoritmos del nuevo planeta. Investigadores más solventes y pujantes llaman a la puerta. Esto es una meritocracia. Y hace tiempo que dejó de haber para todos.

Se hizo un silencio incómodo. Afuera no había ni un alma: el calor estaba fuera de control. Y así seguiría, hasta que llegase la lluvia controlada, sobre las 11.00h.

–¿Qué hago con él?

–Procedimiento habitual: traslado al cuarto anillo y que se busque la vida.

***

(Madrid, 2 de mayo de 2035 12.18h, segundo anillo)

Llevaba ropa ligera, sensorizada. Se había embozado en tela anticontaminación. Comprobó su pulsera: cuarenta minutos todavía para el toque de queda. Siguió corriendo –agotando su permiso de entrenamiento– entre aquella niebla que precipitaba en forma de sirimiri artificial. Este provocaba un efecto balsámico, enfriando aquel verano eterno en el que había devenido la ciudad.

Se sabía señalado por su falta de rendimiento, igual que su malograda hermana, a la que no supo defender. Ser ciega la convirtió en un problema, alguien indigno de percibir recursos en tiempos de escasez. Y él se convirtió en un pusilánime vocero del mensaje oficialista: solo los más capaces alumbrarían el nuevo futuro.

Como de costumbre, perdió la noción del tiempo. Al cabo, le sorprendió la alarma de nivel rojo: solo dos minutos para el cierre. Sonó el intercomunicador; llamaban desde control central. Por pura intuición, ignoró la llamada y siguió corriendo. La bruma artificial se fue dispersando. El cielo se iluminó con la falsa aurora que, a modo de aviso, precedía al cierre del cinturón de protección; a la una de la tarde se apagarían los satélites.

Empezó a notar el calor; la temperatura ascendía deprisa. El agua recién caída se evaporaba en volutas de humo, que ganaban altura desde lugares insospechados, como las bocas del alcantarillado. Un mal paso le hizo trastabillar y caerse, lastimándose un tobillo. Lentamente, se levantó, se desprendió de la pulsera y el comunicador. Apretó la tela contra su rostro y aceleró. Movía los brazos rítmicamente, sus piernas –perladas de sudor–, lo acompañaron en aquel último esfuerzo. Tras de sí, las suelas quedaban marcadas a fuego sobre un asfalto denso y reblandecido.

***

Encontraron su cuerpo sin vida, lleno de quemaduras. La autopsia reveló que la causa de la muerte fue el fallo pulmonar que le produjo respirar aire demasiado caliente. El informe no explicaba cómo aquel hombre, ingeniero veterano y con un currículo admirable, había ignorado la prohibición de exponerse al ambiente sin protección, más allá de la hora trece.

FIN

Historias sobre el Cambio Climático en Zendalibros.

3 comentarios en “La hora trece

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s