Humbertito, el finado

Déjenme referirles una historia. Me la contó Martín, una noche de alcohol barato, luna menguante y confesiones. Fue un relato casi hurtado, tal era el reparo del viejo para darle forma en el decurso de aquella velada. Surgió casi por casualidad, pues la conversación derivó hacia la memoria de sus últimos años en la gran urbe, hará cosa de lustro y medio. La relataré a continuación con tanta exactitud me sea posible, sin menoscabo de que mi memoria y vanidad literaria intervengan, en forma de inesperada elipsis o musical acento.

Ejercía Martín de limpiador de sepulturas. No pocos pensarán que es un oficio triste; tal vez no les falte razón. Pero es una manera como otra cualquiera de ganarse el jornal. A ciertas edades y con ahorros exangües, las ofertas laborales no abundan y hay que seguir comiendo tres veces al día. O al menos una.

Relataba que, como en la metrópoli, el cementerio –enorme, polvoriento y gris– está dividido en estratos que, salvo justificada excepción, no se mezclan. Las zonas de nichos son como las barriadas de pobres y desfavorecidos. Son amplias, crecen en extensión y en altura; remedan las cajas de cerillas en las que los deudos continúan sus agitadas vidas. También están las tumbas señoriales, propias de un tiempo en el que morir era un hecho reseñable. Los columbarios atienden las necesidades de los más modernos y comprometidos con un uso eficiente del espacio. Empero, nada iguala la grandeza los panteones y mausoleos que recuerdan a los más ilustres difuntos. Eran estos su principal fuente de ingresos.

Día por medio, Martín tenía la costumbre de adecentar la capilla del suntuoso sepulcro de los Gómez-Pumarejo, familia que había dado lustre a la historia del país, otorgando su compuesto apellido a conocidos políticos, talentosos escritores, afamados pintores y aun exitosos hombres de ciencia. Una familia, en suma, de próceres que no se libraba de su particular oveja negra. Humberto Gómez-Pumarejo –Humbertito para los allegados–, heredero del emporio familiar, era chúcaro, grosero y negado para cualquier actividad de bien. Destacaba por su talento para la pendencia y el delito. Malgastó cuanto dinero dispuso de sus desdichados padres en inversiones equivocadas y un sinnúmero de vicios –era jugador de póquer empedernido–. Y en estas lo vinieron a buscar: sus no pocos enemigos le dieron cerco; lo encontraron en una mesa de juego y le descerrajaron más de cincuenta tiros que acabaron con él y sus compañeros de timba. Y así ingresó, de forma prematura, en tan glorioso panteón.

Hasta aquí, pensarán con razón, el relato no arroja ningún hecho extraordinario. Es, acaso, una historia de tantas. Bien recuerdo que Martín, al ilustrar lo sucedido tras la muerte de Humbertito, atemperaba su voz; casi hablaba en un susurro. Como si se avergonzara de que lo escucharan.

Resultó que Martín, aquel postrero día de octubre, entraba a dispuesto a sudar hasta la última gota en el mausoleo. Quería dejarlo listo para revista, como los chorros del oro, ornamentado con flores escogidas para la ocasión. Se santiguó, como de costumbre, al atravesar el portón de madera.

Por poco se muere del tremendo susto cuando los vio.

Allí estaba Humbertito, apurando una mano de póquer con otros tahúres que, como él, compartían la misma desventura: muertos estaban.

–¿Qué quieres, viejo? –soltó Humbertito con voz de ultratumba–. ¿No ves que estamos ocupados?

Martín se enderezó, tocado en su dignidad, y acercó la lámpara al grupo, que lo recibió con más gruñidos e increpaciones.

–Deben ustedes dejar el juego. ¿No tuvieron bastante en vida? Tengo trabajo aquí. Me lo pide su familia.

Humbertito se revolvía, encendida su ira de difunto, como si le insuflara un inesperado soplo de vida.

–Dígales que son un hatajo de estirados. Y déjenos terminar.

Martín se mantuvo firme: nunca dio un paso atrás ante los vivos y no vio porque entonces debía ser menos.

–¿Y por qué no se lo dice usted, Sr. Humberto, si así lo desea?

Humbertito se rio, mostrando dientes amarillos y podridos.

–No vendrán, viejo. Prefieren gastarse su dinero con los vivos.

Martín suspiró, exasperado, y añadió:

–Me temo que se equivoca. En pocas horas los tendrá aquí, luciendo sus mejores galas. Mañana, día de muertos.

FIN

Dedicado, con profunda admiración, a Jorge Luis Borges.

6 comentarios en “Humbertito, el finado

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