Nanas de mediodía

Estaba peleado con la inspiración. O ella conmigo, o lo que fuere. El caso es que no había manera. Más de tres cuartos de hora mirando una pantalla vacía con un cursor parpadeante y acusador así lo atestiguaban. Quería eludir el relato sobre personajes históricos, acaso porque me hace sentir un embustero –como si quisiera apropiarme de un tiempo que no es mío–. Buscaba una heroína del tiempo presente. Y a fe que debe haber miles. Pero me cuesta distinguir la música entre el ruido que forma un coro de voces repitiendo mensajes vacíos a fuer de manidos. Supongo que será el signo de los tiempos.

Como solución de último recurso opté por bajar al bar de la esquina. Era la hora del aperitivo. Por si acaso, me había bajado cuaderno y lápiz, no fuera que el sol de la mañana –perezoso e intermitente– tuviera a bien iluminar y sacarme del embrollo. El camarero y dueño del negociado me miró con expresión divertida cuando le pedí una menta poleo, la nueva cerveza de los que tenemos el colon dizque irritable de más.

Entonces la vi.

No era lo que se dice una niña guapa. Vestía un peto vaquero y un jersey de cuello vuelto color butano, de mangas muy largas, que llevaba dobladas por la muñeca. Tenía un pelo sedoso y largo que constantemente se apartaba, nerviosa, de la cara. Su rostro, un punto pálido, estaba marcado por copiosas pecas y unos rasgos no del todo armoniosos: ojos tal vez demasiado separados, nariz respingona y frente ancha y prominente. Tendría unos siete años, tal vez ocho. Acunaba con paciencia a un mocoso berreón –su hermano, supuse– que se agitaba nervioso en su silla de paseo. En la mesa cercana había reunión de madres que, entretenidas, sintonizaban una frecuencia ajena al desconsuelo del niño. La muchacha notaba que los decibelios arreciaban y optó por cambiar de táctica. Con calma, rebuscó entre una abarrotada bolsa que pendía de los asideros del carrito, hasta que encontró lo que buscaba. El artilugio –mitad sonajero mitad caja de luces– vendría a hacer las gracias del enano, a juzgar por cómo le centellearon los ojos nada más verlo. Ella se lo ofreció, mientras acompañaba el gesto de profusas explicaciones sobre cómo accionar no sé qué botón para obtener tal o cual combinación de luces. Los llantos fueron sustituidos por un descontrolado agitar del cachivache, que hizo las veces de sumidero del monumental enfado del nene. Con todo, los logros fueron efímeros: en descontrolado arranque de ira, el juguete fue arrojado a la mesa de al lado –aterrizando entre el precario espacio que ofrecían un aperitivo de aceitunas y una tónica con limón–. El gesto fue acompañado de lloros y, a buen seguro, imprecaciones proferidas en el colorido lenguaje de los bebés. La pequeña, empero, no se dio por vencida.

No bien los chillidos del hermano comenzaban a tomar un cariz castaño oscuro –cuestión que al grupo de señoras traía sin cuidado– ella comenzó con los juegos de manos. Agarraba con gracejo los regordetes dedos del infante para que le pellizcara la nariz, contara sus pecas o desinflara su moflete –convenientemente lleno de aire para la ocasión–. Al principio la cosa funcionó. Los resoplidos de la chiquilla consiguieron incluso arrancar una sonrisa en el rostro del rapaz, que ya por entonces estaba congestionado y lleno de mocos. Sin embargo, tampoco fue suficiente. Tras breve tregua el temporal retornó, convertido en inefable rabieta. La criatura remedaba albergar un amplificador de ganancia infinita y altavoces a juego. El asunto pintaba feo y parecía que, a pesar de la fuerza de voluntad mostrada hasta el momento, a la muchacha no le quedaba otro remedio que utilizar el comodín de la llamada.

Tomó aire y dedicó un par de segundos al grupo de mujeres, que seguían como si nada. Los parroquianos de alrededor llevaban ya un rato con la mosca detrás de la oreja y, entre ademanes de incomodidad e impaciencia, pedían una solución para el molesto soniquete.

Y así, como si tal cosa, comenzó a cantar.

La suya era una voz límpida, cristalina. Salía de su garganta sin apenas esfuerzo, en forma de una canción de cuna en un idioma que –sea por la distancia o mi incipiente sordera– no alcancé a entender. La melodía, sin embargo, flotaba por entre las mesas como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera un mañana por el que esperar.

Poco a poco se fue haciendo el silencio. Algún rostro comenzó a asomar por encima de los titulares de periódicos mientras su dueño afinaba la oreja. Dejaron de pasar coches por la estrecha calle que rodeaba al bar y hasta los mismos pájaros, de pura envidia, dejaron de trinar.

Una de las mujeres de la mesa –tal vez la mamá de la solista–, hizo amago de levantarse de la silla y apostilló:

–La nena, que tiene voz de ángel…

Y eso, supongo, lo explicaba todo. Con respecto al churumbel, baste decir que al segundo compás se encontraba ya en los brazos de Morfeo. Lucía una sonrisa de satisfacción y hasta me pareció que hacía globitos por entre los labios, al tiempo que agarraba el dedo índice de su hermana.

Ella, con sus ojos de niña, le dedicaba una mirada tan vieja y sabia como todas las edades del mundo.

Para cuando me quise dar cuenta, la menta estaba fría y el lápiz humeaba.

FIN

#heroínas para Zendalibros

5 comentarios en “Nanas de mediodía

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