Reducto de inspiración

Fotografía: Ovidio Aldegunde

–La propia de los buenos espantapájaros es mantenerse erguidos y aguantar incólumes –añadió mientras me enseñaba su obra: un lienzo en el que sobresalía la expresión triste y resignada del muñeco. Me llamaron la atención sus hechuras, su consistencia. Daba la impresión de que, embutida en aquellos harapos, había una persona encerrada.

Avanzamos por la galería, dejando atrás muchas de sus creaciones, casi sin detenernos. El último cuadro mostraba una mujer atada a una silla en una habitación con claroscuros. Era patente su angustia: ojos entrecerrados y ausentes; de sus labios parecía brotar un lamento sordo, infinito. A través de la negrura de su boca semiabierta acaso se apreciaba la nada más absoluta. Al contemplar su creación, le brillaban los ojos.

–Tengo la sensación –dije– de que tus cuadros son, en realidad, retratos de personajes que sufren. El resto de los elementos son puro decorado, complementos circunstanciales…

Me miró, halagado.

–Así es. No hay circunstancia que mejor retrate el alma humana. El tormento es una ventana abierta a lo más cierto de las personas.

Noté un breve escalofrío. Casi di un respingo.

–¿Y cuáles son tus fuentes?, si me permites la pregunta. Quiero decir…

Se acercó y posó su huesuda mano sobre mi hombro para interrumpirme. Percibí su aliento a café amargo. También había algo más.

–Te enseñaré mi estudio –terció.

Era una estancia amplia, luminosa y anodina. En el centro, destacaba un caballete vacío; remedaba el único superviviente de una inmensa soledad, iluminado por una lámpara cuya poderosa luz pendía del techo sobre la vertical de aquél. El ambiente era neutro, aséptico –olía a desinfectante–. Nunca hubiera pensado que el genio pudiera sobrevenir al creador en un lugar así.

Entonces lo noté. Empecé a sentir que todo me daba vueltas. Traté de mantener la mirada en un punto fijo, pero tan solo conseguí marearme más. Por alguna razón, mi imaginación me llevó a un viejo tiovivo de feria, de giros interminables, movido por la voluntad de un lunático. Cerré los ojos y me apoyé en el artista.

–¿Te encuentras bien? Pareces indispuesto –repuso.

–Sí… Debe de ser la luz; tengo migraña, aunque no suele ocurrir tan rápido…

–Ya. Deja que te busque asiento. ¿Necesitas aire? De repente te has puesto amarillo…

Y no era lo único. Comenzaba a sudar frío. Él se ausentó; no debió de ser cosa de más de dos minutos, que a mí me parecieron siglos. Cuando iba a desplomarme, me sujetó y colocó sobre un asiento.

–Tranquilo, recupérate. Quédate el tiempo que necesites. Iré a por agua.

Cerré los ojos hasta que, por fin, aquella horrible sensación comenzó a remitir. Me sentía cansado, como atropellado por una losa de peso infinito. Los párpados se me cerraban y notaba la garganta seca y áspera como una lija. Cuando volvió, bebí atropelladamente agua hasta vaciar el vaso. Por un momento, recuperé la lucidez. A duras penas, me incorporé.

Entonces, reparé en la silla: patas cortas, respaldo duro –el larguero solo daba para cubrir media espalda– y asiento de mimbre desgastado y semihundido. En mi mente abotargada y lenta se encendieron un par de luces de alarma. Dejé caer el vaso, que se rompió en mil pedazos.

Él me miraba, con media sonrisa y expresión lobuna.

–Me has sorprendido –reconoció–. Por aguante y perspicacia. Has llegado a acariciar la verdad.

Intenté reaccionar, pero era incapaz de articular un solo movimiento. Me arrodillé y aplasté no pocos cristales del malogrado vaso. Algunos traspasaron mi piel, aunque no sentí dolor. Un líquido rojo y denso comenzó a empapar mis pantalones y a manchar el suelo. No podía tratarse de mi propia sangre. O tal vez sí.

–Es una droga de efecto lento. La cantidad justa para alguien de tu peso y tamaño; no creas que no me ha costado. Pero creo que el resultado merecerá la pena. Y, por cierto, no deberías preocuparte: tú también lo verás con tus propios ojos.

Entonces, el artista comenzó a dibujar. Al principio, eran trazos esquivos, apresurados. Al poco, fueron ganando en aplomo y firmeza, mientras se convencía de que, de nuevo, el mundo acogería una obra maestra.

FIN

6 comentarios en “Reducto de inspiración

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