Fresas para el capitán

Es una mañana templada de primavera. Sopla una brisa suave, y la temperatura es ideal para estar en la calle. Nubes altas, indolentes y deshilachadas coronan –alabado sea el sintagma verbal– el cielo de un barrio de Madrid. El lugar es, quizá, lo de menos: en estas circunstancias imagino que todos los paisajes de la gran ciudad son sospechosamente parecidos. Aprovecho el recado matutino para deshacerme de tres bolsas de basura y cadáveres de cartón de embalar, sin olvidarme de comprobar que la batería del coche sigue viva. Acto seguido, antes de que me entre la neura por abusar del tiempo fuera del reducto de mis cuatro paredes, me pongo en la cola de la frutería. Que, por cierto, a estas alturas ya está concurrida –aunque sus integrantes, en estricta observancia de la distancia de seguridad, tengamos que comunicarnos por señales de humo–. El panorama es el propio de los tiempos que corren: de entre los que estamos, la mitad más uno lleva mascarillas de distinto pelaje, no pocos lucimos guantes y todos, sin excepción, una solemne cara de circunstancias.

Me entretengo con el móvil; a las once y pico los medios escupirán una versión actualizada del descorazonador minuto y resultado de nuestro día de la marmota: nuevos infectados, vidas que se apagan sin dar un último adiós a sus allegados, y la esperanza de los recuperados –símbolo de la contumaz lucha de los soldados de la bata blanca y su resistencia en primera línea–.

Los propietarios de negocio, marroquíes con salero en el arte de vender, animan a la clientela a que transiten –uno a uno– y comprueben el género. Trasiegan mercancía, reponen y avisan de las promociones con una profesionalidad y eficacia que extienden más allá de sus dominios; verbigracia: sobre la acera de la calle han cortado y pegado tiras equidistantes de cinta de carrocero para organizar la espera. En el cristal y la puerta del comercio se alternan ofertas y carteles avisando del aforo limitado. Hay, además, un imperceptible escalón que separa la calle de la tienda. Sobre él aguarda, paciente, un hombre de avanzada edad. Se apoya trabajosamente en un bastón, mientras porfía para ponerse los guantes de plástico transparente que se dispensan en la entrada.

–Hola, capitán –le saluda con sonoro acento y marcado respeto el que está en la caja–. ¿Cómo si encuentra hoy?

No responde el interpelado; se toma su tiempo con los guantes y se desliza –más que caminar– hacia el interior.  

–Pase, siñor.

Ahora se dirige a mí; su frase me saca del letargo, y entro justo detrás.

Dentro del establecimiento, aparte del cajero y el reponedor, somos tan solo tres. Además del anciano y de quien suscribe, hay una mujer joven, que coloca una malla de naranjas, una conspicua sandía y un racimo de plátanos en una bolsa colosal.

–¿Puedo pagar con tarjeta? –pregunta ella, con la voz ligeramente amortiguada por el embozo.

–Puede, siñora.

La caja escupe un tique, pero el datáfono –acusando la escasa cobertura– apenas se inmuta, como si la cosa no fuera con él.

–¡Moha, Moha…!

El tendero llama solícito al que repone, un chaval joven de aspecto atlético, que acarrea una voluminosa caja de repollos desde una furgoneta cercana. Gesticulan con energía e intercambian una parrafada en su idioma tras la que el chico, sin zafarse de las hortalizas, se hace con el aparato y, en un alarde de agilidad, lo agita estirando el brazo hasta que aquél imprime la copia de la transacción.

Observo que el viejo sufre lo indecible para dominar una bolsa de plástico. El de la caja abandona su puesto y se acerca con un par de ellas abiertas de par en par:

–Capitán, ¿quiere tomates? Tinemos Raf bueno, muy dulce…

Asiente el hombre al tiempo que arquea unas espesas y pobladas cejas, y se deja hacer. Con habilidad, el dependiente escoge los mejores ejemplares. Prosigue, después:

–También quiere lechuga y puerro, ¿verdad? Por aquí, capitán. Ya los elige usted…

Pero se adelanta al anciano, que sigue caminando con parsimonia. El comerciante, de tez pálida y pelo corto y rizado, selecciona las mejores verduras con cuidado y esmero. Con naturalidad, las lleva a la balanza para pesarlas. Al poco llega el anciano, cuyo paso, aunque lento, remeda más firme. Al llegar, echa una mano temblorosa hacia la última de las cajas de una pila, rebosante de fresas.

–Ah, capitán. Se me olvidaban. Las tinemos en cajas de dos kilos. Grandes y dulces. Coja la que quiera…

El viejo se afana en aupar la primera, pero le cuesta un mundo. Se anticipa, de nuevo, el tendero para apartarla y coger la segunda en su lugar.

–Muy buena elección. Son las mejores del lote –alaba–. ¿Alguna cosa más, capitán?

Niega el hombre con la cabeza, mientras se lleva la mano al bolsillo de su ajada chaqueta.

 –Ya está pagado, capitán. No si preocupa. ¡Moha, Moha…!

Aparece de nuevo el joven. Se lleva las bolsas del anciano, que sale detrás. Al llegar al escalón, se gira y sonríe imperceptiblemente. Se cuadra el de la tienda, que se despide con saludo militar.

–Adiós, capitán. ¡Que tinga buen día!

Enseguida llega mi turno: mandarinas, manzanas y varias cebollas dulces desfilan por las expertas manos del comerciante, que pesa y cierra las bolsas con suficiencia.

–¿No querrá fresas, siñor? No las encontrará mejores. Escójalas usted…

Me entretengo en buscar alguna que esté verde, o tal vez demasiado madura. Pero todas, sin excepción, tienen una pinta colosal. Sonríe el otro, un punto divertido. Y añade:

–Ésas, siñor, son tan buenas como las que se ha llevado el capitán.

FIN

Historias de #NuestrosHéroes en Zendalibros

Boceto de Augusto Ferrer-Dalmau

15 comentarios en “Fresas para el capitán

  1. Desayunar leyendo tus relatos y microrelatos es genial.
    Porque a veces me llevas a la plena actualidad, a la cola de una tiendecita, a un parque, me pongo en la piel de alguien que podría ser perfectamente yo o a veces me embullo en una historia fantástica.
    Gracias Jorge.
    Me gusta leerte.

    Le gusta a 1 persona

    • ¡Buenos días, Cristina! Muchas gracias por pasarte por mi sitio, leer y comentar. Yo me alegro mucho de que los relatos te gusten y te hagan sentir cosas. Para los que escribimos, no debe de haber mayor placer que el que los relatos tengan tantas vidas como lectores. ¡Un fuerte abrazo!

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  2. Pingback: Faltan muchos | Blog de Aldegunde

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