La redención de Juan Ciudadano

Fotografía: Ovidio Aldegunde

***

Era un tipo normal. Compraba en el súper, vivía de alquiler –en el centro de aquella urbe inmensa–; pagaba sus impuestos y trabajaba incontables horas en una notaría en la que las revoluciones brillaban, sobre todo, por su ausencia. Podía pasar perfectamente por alguien anodino, sin más brillo que el que despedían, los días de sol, sus ojos color oliva. Aquella tarde, sin embargo, caían chuzos de punta.

Se pertrechaba bajo un paraguas plegable –de color gris, como su traje– para protegerse de la lluvia implacable y un viento insolente. Al llegar al cruce esperó, paciente, a que la luz verde del semáforo le marcara su tiempo y lugar. Entonces vio a la anciana. Al igual que él, porfiaba para no calarse en medio del aguacero. Desde su lado, pudo advertir un rostro fino, avejentado y arrugado, y el atisbo de una mirada con muchos atardeceres detrás. Por su estructurada mente apareció la imagen de su madre, de quien no tuvo la ocasión de despedirse, merced a aquella epidemia cruel e inesperada. Entre aquel “presenta algunos síntomas, pero está estable” al “lo sentimos, pero ha fallecido durante la madrugada” que el empleado de la residencia le había espetado, con voz neutra y aséptica, habían transcurrido menos de veinticuatro horas. Aún recordaba el vacío que sintió mientras miraba la pantalla del teléfono, dejando a su interlocutor con la palabra en la boca. Ni siquiera pudo acudir al tanatorio.

El aviso acústico para invidentes le devolvió a la realidad. Quiso avanzar, pero algo lo detuvo. La mujer comenzó a cruzar, con paso lento y frágil. Enseguida se percató de que no le daría tiempo. La luz parpadeó, aunque ella seguía atascada demasiado lejos de la seguridad de cualquier acera. Tímido al principio, el tráfico comenzó a circular. Se oyeron algunas bocinas, mientras los coches la rodeaban peligrosamente para sortearla. Pronto la calle se convirtió en un clamor de cláxones, mientras la señora avanzaba con gran dificultad. Un camión de reparto pasó demasiado cerca, golpeando la tela de su paraguas, que salió por los aires. Ella se detuvo, apenas consciente del peligro; la hora punta amenazaba con engullirla. De una de las calles emergió un vehículo a gran velocidad –las ruedas chirriaron quejumbrosamente en el giro–, y se disponía a encarar el cruce, a escasa distancia de la mujer.

Entonces, un resorte giró en la cabeza de nuestro hombre: poseído por una suerte de electricidad, se abalanzó hacia el asfalto hasta detenerse en la trayectoria del automóvil. El conductor, ensimismado en acalorada discusión a través de su manos libres, no se había percatado de la presencia de la anciana. En cuanto vio al tipo trajeado en su camino, pisó el pedal del freno. La mecánica hizo el resto, consiguiendo detenerse a apenas unos centímetros de las manos del individuo que se había erigido en barrera humana.

Como si fuera parte de su rutina diaria, aquel tipo corriente tomó del brazo a la mujer y cruzaron juntos. Por una vez, a pesar del clamor de no pocos conductores coléricos, ambos se irguieron y parecieron rejuvenecer. Transcurrido un tiempo, fuera del registro de cualquier reloj, consiguieron alcanzar el otro lado. Con delicadeza, se desasió de ella y le ofreció el paraguas.

La lluvia empezó a amainar; él estiró el cuello y se abotonó la chaqueta. Su mirada brilló con luz distinta, espoleada por una ventana de intenso azul en un cielo que, por fin, comenzaba a abrirse.

FIN

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5 comentarios en “La redención de Juan Ciudadano

    • Muchas gracias, Mayte, por leerme. Yo tampoco tengo demasiada fe en según qué cambios. Sea como sea, prefiero creer que no será necesario que cambien mucho para que ocurran cosas como las que describo en el relato. Soy un pesimista al que siempre le traiciona el corazón. Como decían en aquel peliculón: «empeñarse en vivir o empeñarse en morir». Otro abrazo grande para ti.

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  1. Realmente soy capaz de ver el semáforo, siempre peligroso y en el que alguna persona no se puede resistir cuando ve cómo evidente que ya no vendrán coches….., pero queda una vía…..
    También soy capaz de ver al empleado de la notaría, un héroe con todas las de la ley, lo es en la vida diaria (aunque no se vea, ahí están los héroes) y sé que sería capaz de actuar así….
    Me gusta mucho, y puede ser perfectamente cierto.

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  2. Pingback: Faltan muchos | Blog de Aldegunde

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