La última voz

***

Siempre como nuevos, así llevaba sus zapatos. Decía que era lo propio de alguien que se viste por los pies. Al principio lo detestaba: me parecía frío, déspota y cruel. Una tarde, después de clase, se quedó conmigo y me enseñó a entonar. Cien veces me hizo repetir las notas. “Siente la música como si no hubiera mañana”, exclamó.

El último día de ensayo general no acudió. Solo después lo supe: era enfermo terminal de cáncer y lo había mantenido en secreto.

Mientras interpretamos el Agur Jaunak, miro hacia mis mocasines relucientes. Aprieto los dientes, los ojos llenos de agua. Y canto.

FIN

9 comentarios en “La última voz

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