Morir cansado

Fotografía: Ovidio Aldegunde

Otra vez diluvia. Con lo poco que me gusta el paraguas; me parece un objeto ridículo. En realidad, el trayecto hasta el colegio son solo cinco minutos, y la mayor parte del tiempo camino entre soportales. Más molesta es la mochila, que por la mañana tengo que llenar de libros y cuadernos. También pesa el estuche multicolor, hasta arriba de lápices, pinturas, gomas, tres sacapuntas y un compás de acero. Hay que ser un superhéroe para llevarla sin que te doble la espalda.

Lo bueno de la lluvia es que me concentro en el sonido, y el resto desaparece. Me da pena decir que quiero olvidarme de la cara de mamá sin que parezca que soy idiota. Pero es que siempre está triste, me contagia la murria. Ella dice que es por el clima, que aquí siempre hace mal tiempo. Pero yo sé que hay más cosas. Muchas de ellas transcurrieron cuando nos tuvimos que mudar y yo era un bebé. Pero no me las cuenta nunca, antes cambia de tema. Papá llega muy tarde, cansadísimo. Los dos dicen que tengo que estudiar mucho si quiero ser algo en la vida, pero solo de pensar que de mayor trabaje tanto como él se me cae el alma a los pies. Él tampoco suele estar muy alegre que digamos. Con todo, siempre que les pregunto ponen buena cara: plantan una sonrisa, así como de robot, que se les queda un rato largo, aun después de que haya terminado la conversación.

A mí me parece que ser adulto consiste en contar muchas mentiras. Una por cada miedo. Claro que yo también tengo los míos. No a monstruos, zombis o chorradas de esas. A mí me dan miedo los payasos (por la sonrisa taimada que lucen). Como en la peli del niño al que se le aparece uno en un desagüe y se lo lleva.

También siento miedo cuando lo veo a él.

Últimamente me lo encuentro en el parque casi todos los días. Me mira y me sigue; camina como a unos diez o doce pasos detrás de mí. Es un hombre alto y muy delgado. Debe de tener el pelo corto –o a lo mejor es calvo–. Siempre mira hacia el suelo y solo se ve la gorra azul que lleva, medio raída y sucia, con una visera larguísima. Parece que no tuviera rostro. Supongo que es lo que más me aterra: pensar que en vez de cara tiene un agujero por el que me puedo caer.

Suele estar apoyado en una farola, justo delante de los chavales que fuman en el banco y están siempre a la gresca. Antes eran los que más canguelo me daban: siempre que paso por su lado se hace el silencio, entonces se meten conmigo llamándome muñeca de porcelana, nené y cosas peores (como bastardo e hijo de puta) si están muy puestos. Yo no quiero contarle nada a mamá; solo conseguiría preocuparla. A pesar de todo, ellos nunca me siguen. Se quedan en el banco, liando sus porros, hablando de sus cosas. El tipo de la gorra, sin embargo, lo hace desde el primer día. Cada mañana se acerca más; como si me acechara.

Hoy está muy oscuro, parece que el cielo se va a volcar sobre el barrio. Al atravesar el parque la lluvia arrecia; sopla un viento cruel. Tengo que girarme para que el paraguas no se ponga del revés. Menuda ironía: preocuparse por un cacharro cuando lo normal es que te tape a ti.

Hoy no están los del banco. Normal, llueve mucho y ellos son macarras, pero no imbéciles. Hay un charco que se está formando justo debajo del asiento: los tablones de madera, color verde botella, están empapados. Sonrío al pensar que, de estar allí sentados, se mojarían el culo como unos pardillos. Una ráfaga de viento me saca del ensimismamiento. Sigo caminando, no sea que se me haga tarde (faltan tres minutos para las nueve). Veo el muro del cole. Parece que el tipo de la gorra tampoco está; me alegro de que caigan chuzos de punta: el terreno está despejado. Avanzo despacio, esquivando los charcos. Hay mucha agua acumulada y no quiero que me cale por encima de las suelas, si no se echarán a perder los calcetines y agarraré un buen catarro.

Me imagino un juego en el que soy una gota de agua que desliza por los dibujos de las losas de la acera. La calle, en cuesta, hace el resto: la persigo hasta que, por arte de magia, aparece una bota grande, como esas que llevan los militares, que la aplasta con su peso.

Levanto un poco la tela impermeable. Entonces lo veo a él. Doy un respingo y, del susto, se me cae. Da un par de vueltas hasta quedar apoyado sobre la punta, del revés –con la varilla apuntando, acusadora, hacia las negras nubes–. Mientras la lluvia me moja el pelo, pienso que dentro de un rato el paraguas será como una piscina. Por un segundo me acuerdo del verano, que es el tiempo en el que me gustaría estar.

Pero estoy solo frente a él. Quiero gritar, pero no me sale nada. Primero veo la gorra: él mira hacia abajo, como si estuviera fascinado por sus botas. Lleva unos vaqueros desgastados, que encierran unas piernas filosas e interminables. Tiene un cinturón con una hebilla metálica enorme, las manos –callosas, delgadas y con unos dedos rematados en uñas negras–, descansando sobre ella.  Sigue una camisa a cuadros –de leñador, que diría mi padre– que esconde un cuerpo chupado y fibroso. Consigo ver su cuello también: muy estrecho y con una nuez grande, que no para de subir y bajar, aunque él no dice ni palabra.

Al final me mira. Me llaman la atención sus ojos: grandes y redondos; color miel. Alrededor tiene unas pestañas densas, muy largas, como de mentira. La cara es delgadísima; los pómulos muy marcados y la barbilla de punta, como si fuera un amago de bruja. Tiene la piel oscura, aunque no hay ni rastro de sol. En las mejillas tiene unas pequeñas manchas, como un ejército de pecas.

–¿Por qué me sigues…? ¿Qué es lo que quieres?

Yo le increpo, más asustado que enfadado. Pero él no habla. Le tiembla un poco la cabeza; como si tuviera frío solo de hombros para arriba.

–Solo quiero acompañarte a la escuela –añade con voz ronca–. Entreabre la boca y deja ver más huecos que dientes. Parece un viejo prematuro. La mirada se le llena de agua, como si lloviera por dentro. Entonces se agacha para recoger la empuñadura del paraguas y, justo entonces, suena la sirena de entrada. Aprovecho la confusión y echo a correr como un bólido. A la mierda el cachivache, le diré a mi madre que se me ha roto; contaré cualquier excusa.

* * *

Mamá está en casa, con la radio puesta. Yo me meto en mi habitación; dejo la zamarra empapada y me quito el jersey. En el baño cojo la toalla y me seco el pelo. Me da por encender la luz y fijarme. Tengo el pelo largo y, como está que chorrea, parezco un perro mojado, de esos que abandonan por ahí. Frente al espejo, siempre he reparado en mis orejas: enormes y separadas. Hoy, sin embargo, me fijo en mis ojos.

* * *

Papá viene de noche; entra casi sin hacer ruido. Intercambia unas palabras con mamá. Seguro que le ha dicho que ya estoy en cama; que no me despierte. Pero yo me adelanto: salgo de la habitación y le doy un abrazo. Sus ojos son minúsculos, oscuros y me miran sorprendidos. Que qué hago despierto, pregunta. Yo le digo que estaba leyendo. Él me mira y toca la frente, como si estuviera medio enfermo; lo único que pasa es que quiero darle un beso. Mi madre mira también, con sus ojos grises y rasgados, llenos de ojeras.

Antes de dormir entro en el baño. Es de noche y está oscuro, así que vuelvo a encender la luz.

Ahí están, inconfundibles: grandes, redondos y color miel. Tengo las pestañas muy juntas y largas, como una muñeca de porcelana. De repente me siento aliviado, como si me hubiera quitado un peso de encima.

Mañana, cuando pase por el parque me enfrentaré a ellos. He pensado que no voy a correr más: solo sirve para morir cansado.

FIN

9 comentarios en “Morir cansado

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