La caja de Pandora

Fotografía: Ovidio Aldegunde

Un paradigma de padre moderno, eso es lo que era. Claro que, para él, era pan comido. Tenía una mujer maravillosa –algo despistada últimamente– y una hija que era lo más. A veces compadecía a algunos de sus amigos, enterrados en mil broncas con sus chicos. Se suponía que, con la llegada de Carla a la adolescencia, él tendría –siempre según la versión de sus trasnochados colegas masculinos– que andar con el Cetme a cuestas para espantar moscones. Pero él, Luis Atienza, estaba por encima de todo aquello. Su hija, por lo demás, sabía cuidarse sola.

Era domingo por la tarde, sobre las 19.40h. Aprovecharía para dar un repaso a la prensa de papel, más calmada y reflexiva que la digital. Sobre la mesa se amontonaba una pila de periódicos, que él leía en riguroso orden –de izquierda a derecha–. Se había convertido en un experto en pasar por su tamiz de pensador ecuánime todas las salidas de tono de los periodistas que hollaban cada uno de los lados del arco ideológico, para trazar un punto medio. Una suerte de perfecta mediatriz alejada de sectarismos y extremos que lo mantendrían sereno y apacible, cualesquiera que fuesen las circunstancias.

En las líneas –y entre ellas– se dibujaba una realidad poco halagüeña para El País: los acomodados se manifestaban –cacerola y cucharón en ristre–, por las calles de la ciudad. A Luis todo aquello le parecía un sinsentido: muy pocas naciones habían dado con la fórmula para controlar la pandemia. A todos había pillado con el pie cambiado, mirando para Cuenca (o su equivalente), y sin acopio de protecciones. De nada servía enfangarse en el cabreo permanente. Mejor ser gregario, contribuir a mejorar las circunstancias y tirar para adelante. Por lo pronto, él había hecho lo que tocaba: se había comportado cual ciudadano modélico en las fases más duras del confinamiento. A las ocho –la cita del aplauso– seguía continuaba batiendo palmas con ahínco, como el que más. Había perdido la cuenta de la fase de desescalada en que se encontraban, pero las libertades estaban restauradas. O casi.

Este era el discurrir de su amueblada cabeza cuando entro Carla; su cara hecha un poema.

–Hija…

Silencio. Y de los incómodos. Ella atravesó el salón cual espíritu errante. Carraspeó un poco y afinó el tono:

–Hija, ¿estás bien?

Le vino a la cabeza aquello de “parece que se te ha comido la lengua el gato” pero lo pensó dos veces. Tal vez no era buena idea recuperar según que expresiones pueriles. Ella se detuvo en el quicio de la puerta que daba al pasillo. La escuchó sollozar. Luis se despegó del sofá, no sin antes dejar el periódico doblado con descuidada simetría sobre el resto. Casi se sintió molesto de que le rompieran el ritmo.

Se acercó a ella, con cuidado de que las zapatillas de andar por casa no lo anunciasen cual dinosaurio en una cacharrería, o comoquiera que fuese el dicho. La cogió por los hombros con suavidad. Ella reaccionó como un resorte; se dio la vuelta y se enganchó a su cuello. Lloraba a lágrima viva.

–¿Me vas a contar lo que te pasa, o no?

Siguieron los sollozos, no pocos decibelios por encima de la media. Por fin, lo miró. Unos churretones –singular mezcla de maquillaje y agua salada– discurrían por su rostro en trayectoria vertical y hacia abajo. Sus ojos verdes se mostraban brillantes, casi alienígenas. Hacía años que no la veía así. Algo le decía que la lectura vespertina quedaba truncada sin remedio.

–Papá…

Otra vez silencio. Él confiaba en que Carla se arrancase de una vez y le revelase los problemas del paraíso.

Ella se tranquilizó; tomó un pañuelo de papel de su bolso y trató –con poco éxito– de recomponer su cara.

–Es que estás tan fuera de onda que no sé por dónde empezar.

Él arqueó una ceja. Luego la otra. Por fin, le tocó el turno a las dos. No se esperaba esa respuesta.

–Es sobre Gabriel.

–¿Quién es Gabriel?

–Un amigo. No lo conoces.

–¿Y qué pasa con él? ¿Se ha muerto?

Lo dijo sin pensar. Y casi que comenzó a desearlo.

–No… No seas bestia. Pasa que se va a marchar.

–¿Adónde?

–A su país. Es cubano. Ahora que termina esta historia de la pandemia, vuelve a su casa.

El arqueo de cejas de Luis se había tornado en la típica mueca del señor interrogación. Le había presentado solo dos minúsculas piezas de un puzle de campeonato y, la verdad, no le gustaba un pelo el cariz que tomaba el relato.

–¿Y dónde lo has conocido? –Formuló una pregunta de esas que sirven para desengrasar. La táctica del viejo sabueso: tirar de los complementos circunstanciales para descubrir al sujeto. Aunque él lo que temía era el predicado. Y el objeto directo –la verdad sea dicha– tampoco le daba buena espina. Ella se terminó de secar el rostro, que recuperaba de a poco su color.

–En una fiesta de los amigos de la universidad. Un par de semanas antes de que empezara el estado de alarma. Me acompañó a la manifestación del ocho de marzo.

–Pero… ¿no habías ido con tu madre?

Ella puso una mueca extraña, sin dejar de mirarlo. Luego se encogió de hombros. Luis encajó el golpe. Otra vez salió su famoso arqueo de cejas (por fuera); un montón de luces de alarma que comenzaban a parpadear (por dentro).

–Ya. Y es tu… ¿novio? ¿amigo especial? Por eso estás así.

Ella intentó sostener la mirada de su padre, pero al cabo desistió. Sopló para apartarse el flequillo –un gesto que perduraba en el tiempo–.

–Estoy un poco preocupada. No quiero que se vaya y encima… –Se llevó una mano al vientre. Su padre no tuvo más remedio que entender.

–No me dirás que estás…

–No lo sé. Tengo una falta. Pero no me he hecho ninguna prueba.

Joder, pensó Luis. Vaya manera de enfangar un apacible domingo de cuarentena.

–¿Cómo ha podido ser?

Ella elevó la mirada a la conspicua lámpara del salón.

–No querrás que te lo explique… ¿no?

–Me refiero a que… Tú has estado aquí todo este tiempo…

–Llevamos ya unas semanas de desescalada. Además, estamos juntos desde hace unos meses. Y hemos tomado precauciones; no sé lo que ha podido pasar. De hecho, mamá…

Se hizo un incómodo silencio. Ella se ruborizó.

–Qué pasa con mamá.

–Fue ella quien me dio los preservativos. Hablamos del tema y me quiso ayudar.

–Ella los compró para ti…

–No… Bueno, no sé. Ella me los daba de una caja que tiene en su joyero.

Luis pensó rápido, tratando de amortiguar la vía de agua.

–¿Es ese en el que guarda la pulsera que está repleta de abalorios de…? ¿Cómo se llama? No recuerdo la marca…

–Pandora. Sí. Los guarda allí. Supuse que ya lo sabrías…

No. El caso es que no sabía nada de eso; no tenía ni puñetera idea. Su vida sexual –bastante activa, creía él– era rica en prolegómenos, que no pocas ocasiones suponían principio y final. Pero los condones, si la memoria no le fallaba, estaban la cómoda. En el segundo cajón, empezando por abajo, para ser más exactos. El de los tiradores flojos. Se le encendió otra ristra de luces de alarma; su mente pronto sería una pista de aterrizaje en plena noche.

–¿Papá…?

–Qué.

–Estás pálido. Mira, no te preocupes. Seguro que es una falsa alarma. Llevo unos días alterada pensando en Gabriel. Es casi imposible que me haya quedado embarazada.

Casi imposible. Lo que le dejaba a él casi tranquilo.

–¿Y si lo estás?

En ese momento sonó el timbre de la puerta. Los dos dieron tremendo respingo. Carla se adelantó a abrir. Era Mar, su madre. Cuando abrió la puerta, ella todavía rebuscaba las llaves en su enorme bolso. No se había quitado las gafas de sol, que le daban un aire de estrella de cine.

–Gracias, hija.

Se acercó a su marido y le plantó un beso en la mejilla, cerca de la oreja. Uno de esos que retumban y dejan marcas de carmín.

–¿Qué te pasa, Luis? Parece que hubieras visto a un muerto.

Él se llevó la mano al a frente, aparentando circunspección. Carla no sabía dónde meterse. Mar miró a su hija y se acercó. Nada escapa a la inquisidora mirada de una madre.

–Has estado llorando…

–No te preocupes, mamá. Estoy bien.

–Bueno; ya hablaremos –dijo Mar–. Espero que me cuentes lo que te pasa y, seguro, lo arreglaremos. ¿Verdad?

–Sí, mamá.

El rostro de su hija se iluminó, por primera vez en toda la tarde. Luis continuaba atento al intercambio, como quien mira un partido de tenis. Aunque, por lo visto, su ojo distaba de ser de halcón.

Mar caminó resuelta hacia el dormitorio. Él la escuchó revolver alguna cosa. Cuando salió, había cambiado de gafas de sol y de bolso. También llevaba puesta la famosa pulsera, hasta arriba de abalorios. Luis se fijó.

–A ver cuando te estiras –dijo ella haciéndola tintinear en su muñeca–, y me regalas alguno más para completar los huecos.

Mientras se lo decía, guiñó un ojo a su hija, que ya se encontraba como nueva. Luego apostilló:

–Me marcho, cariño. Es noche de chicas. Si algo he aprendido es que hay que aprovechar cada día como si fuera el último. No me esperes despierto. Ah, y hazte algo de cena.

–Eh… Yo también me marcho, papá. He quedado con…Ana.

Las dos salieron de la mano.

Una parte de Luis le decía que volviera a la comodidad del sofá y leyera los periódicos. Que volviera a su pretil, a su zona de confort. Las luces de su cabeza, sin embargo, seguían encendidas. Comprobó su reloj; eran las 19.55h. Parecía increíble que hubieran pasado solo quince minutos.

Arrastró los pies hacia su habitación. No le costó encontrar el joyero. Dudó, por un instante, aunque al final lo abrió. En su interior había una caja negra: “Magnum Large Size Condoms XL Lubricated”, rezaba la cara vista. De los doce condones que se anunciaban, solo quedaba uno. Intentó abrir el cajón de la cómoda. Los tiradores, con demasiadas horas de vuelo, se declararon en rebeldía: se quedó con ellos en las manos. Con rabia, los lanzó contra la pared. Optó por inclinar la cómoda hasta que el cajón cedió. Por fin, encontró lo que buscaba: “Durex Sensitivo Slim Fit”. La caja, por cierto, estaba sin abrir.

Mientras volvía hacia el salón, con la cara desencajada, un sonido conocido fue tomando forma en su cabeza. Las luces, por fin, se habían apagado. Justo cuando él había conseguido ver.

Entró en la cocina; abrió una alacena y sacó dos cacerolas, de las grandes.

De repente, se encontraba preparado. Protestaría como si no hubiese mañana.

Se iban a enterar de quién era Luis Atienza.

FIN

Al querido lector:

Fíjense por dónde, creí que nunca publicaría este relato. Fruto de un prolongado acceso de rabia, creí que se le había pasado el tiempo, como a muchas otras cosas en esta realidad tan extraña. Hete aquí que no: las circunstancias, de nuevo, pintan la ocasión peluda en un yermo de calvas. Quería escribir sobre el ciudadano moderno. Uno que habita la equidistancia y que desea, por encima de todo, que el desastre no le toque a él. El mismo que, cuando las circunstancias se tuercen y le orinan encima, se empeña –miope, confundido y estólido– en bendecir la lluvia.

13 comentarios en “La caja de Pandora

  1. Muy bueno….y realista…a menudo en familas acomodadas que creen tenerlo todo suceden cosas así, que alguien por lo general o mayoritariamente el hombre no se entera en exceso de cuanto sucede alrededor; cree vivir mejor sin que «le molesten», hasta que se da de bruces con esa realidad que se ha ido deslizando sin su presencia…..muy bueno!!!!!

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  2. A veces, la rabia nos saca de nuestra zona de confort y nos muestra caminos que no querríamos transitar. Me ha gustado mucho, tanto como mi pulsera de Pandora. Felicidades Jorge

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  3. Pingback: Faltan muchos | Blog de Aldegunde

  4. Joooope. Chavalito que pobre hombre….. Está ahí porque tiene que estar pero de la familia se entera poco…. Y con ganas de saber que pasa cuando vuelvan sus mujeres a casa.
    Muy bueno. Gracias

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