Sobre la línea (I)


Los partidos de fútbol de barrio son los mejores. Más aún si transcurren en plena calle, en un pueblo del noroeste durante un verano de los de antes. De esos que encierran no pocas experiencias y comprenden las cuatro estaciones del año.

Capítulo I. Trazas de guardameta

Quede claro: no era un jugador de fútbol brillante. Ni lo fui entonces, ni después. Con el tiempo aprendí algunos trucos para salir del paso y llegué a pelear cada balón como si fuera el último. Pero talento, lo que se dice talento, había más bien poco. Mis comienzos balompédicos en el club del Porto fueron los de un niño algo torpe cuya estructura ósea era sensiblemente más densa que el resto. En román paladino: era tirando a gordito. Destacaba, si acaso, por ser el típico crío de ciudad en medio de una pandilla zagales ágiles, despiertos y con el sol –que en Galicia castiga de lo lindo cuando quiere– incrustado en su piel. La mía, empero, era más bien fina, pálida y atópica: para cuando Lorenzo hacía su efecto, mediado el mes de agosto, espalda y hombros abrazaban su eterno retorno poniéndose a pelar.  

Así que me busqué una posición que no estuviera disputada: Juan era alto, con complexión de atleta y brazos de pescador; Elías era vivo, pillo a más no poder. Pedro casi siempre hacía lo correcto –fuera fácil o difícil–; Rubén era rocoso y le pegaba fuerte. Así que decidí especializarme en el oficio de cancerbero para cerrar el quinteto. Practiqué mil y una palomitas sobre calles recién asfaltadas, dejándome los surcos del pavimento tatuados sobre espinillas y muslos. Mis compañeros de equipo lanzaban duro y esquinado; yo me veía no pocas veces con las piernas ancladas al suelo, reaccionando tarde, mal y poco. Con el tiempo justo para despejar con mis manoplas –nuevas del paquete– en el mejor de los casos, aunque la opción por defecto fuera observar por el rabillo del ojo como la pelota entraba limpia. Pedro miraba mi flemática evolución con recelo. Juan se llevaba las manos a la cabeza; Rubén se abonaba al no comment de cierto entrenador galés y Elías ponías los brazos en jarras, mascullando verdades incómodas: “non tenemos a máis no equipo, e ningúen quere ser o porteiro”. Corolario: la confianza no estaba precisamente por las nubes. Jesus –adviértase la ausencia de la tilde, pues el acento estaba en la “e”–, oscilaba entre un humor sombrío y la esperanza de atisbar avances, que se contaban con los dedos de una mano. Él era el entrenador y, para colmo, ejercía. Además, era uno de los instigadores del enfrentamiento fratricida del barrio. El preparador del otro equipo –cuyo nombre no recuerdo–, tenía con Jesus alguna afrenta que solo podría dirimirse en el terreno de juego, o bien a base de hostias. Comoquiera que a ninguno le fascinaba que le anduviesen con la cara, se decidieron por la primera opción y, no sin recelo, acordaron buscar equipo para transmitir su mundano conocimiento de la materia futbolera y terminar de hundir al rival. Y ahí es donde, inevitablemente, entrábamos nosotros. Éramos una pandilla de preadolescentes desubicados, en esa tierra de nadie que media entre los ladrones de fruta y los que porfían por que las chicas les hagan caso. En esto último –aclaro– necesitábamos varias capas de barniz y años de práctica. Y el caso es que los abruños que le sisábamos al bueno de Pubul empezaban a dejarnos digestiones asaz difíciles. Jesus, que pasaba por allí, nos tocó la fibra deportiva; verbigracia: nos hizo creer que podríamos ser un gran equipo de fútbol. Vamos, que nos la metió doblada.

Se trataba de una competición a un solo partido, con la honra como ansiado y único premio. Teníamos un par de semanas para prepararnos, entrenar y hacer callo. Jesus distribuía los entrenamientos en sesiones de práctica y táctica. En las primeras, ensayábamos jugadas y pases; en las segundas nos mezclábamos con otros chicos del pueblo para completar un par de equipos y probarnos. Mi portería tenía por fronteras un bulto de ropa, de un lado, y un conspicuo poste de luz, del otro. No había un límite claro por arriba; a falta de larguero disponíamos de una línea difusa pintada con tiza y renglones torcidos en lo alto de un desgastado muro. Mi criterio para saber si estaba fino consistía en saltar con todas mis fuerzas y tratar de rozarla con la punta de las manoplas. Excuso decir que casi nunca llegaba. En cuanto a las sesiones de teoría, recuerdo que Jesus se desgañitaba para que jugáramos en equipo, que nos diéramos coberturas y estuviéramos, sobre todo, atentos al fallo del otro. Mensaje, por lo demás, muy potente para los jugadores de campo, no así para el portero, que no tiene a nadie detrás. Leyendo entre líneas, supongo que nuestro entrenador quería reducir al máximo las posibilidades de que dispararan a puerta, por lo que pudiera pasar.

Recuerdo no pocas mañanas a la sombra de una parra en su patio, pizarra en ristre, explicándonos jugadas base y tres o cuatro variantes, mientras nosotros lo contemplábamos con un cierto deje de incredulidad. Más tarde tratábamos de ensayarlas, con mucha voluntad y poco acierto –al menos así lo percibía yo desde mi sitio–. Jesus nos daba ánimo cuando veía que el resultado remedaba la teoría, aunque las más de las veces se daba la vuelta y resoplaba, impotente.

CONTINUARÁ…

15 comentarios en “Sobre la línea (I)

  1. Fresco muy fresco y muy bonito a todos nos lleva a situaciones parecidas, que comprendes del todo, que no eras bueno cuando pasa el tiempo…..a alguno conocí yo que con ese paso de tiempo de lateral lo bordaba, y eso que había pasado del Noroeste al Norte, cuna del futbol español.

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