Sobre la línea (II)


Capítulo II. El primer tiempo

Fuimos agotando los entrenos y, por fin, llegó el día del partido. Había que echar a cara o cruz si jugábamos fuera o en casa. Aclaro: entre ambos conceptos mediaban pocas decenas de metros, pero la guerra psicológica estaba ya servida. La suerte de la moneda nos sonrió, y yo me llevé tremendo alegrón: para nada hubiese querido separarme de mi montoncito de ropa (una sudadera que había conocido mejores tiempos) y mi luminaria favorita. Ya les tenía, como quien dice, la medida cogida. También seguimos una liturgia para las camisetas: ellos las llevarían rojas y nosotros azules. Los porteros, por acuerdo tácito, nos vestiríamos como nos diera la gana. Quiso la suerte que, el día anterior, mi padrino me trajo tremendo obsequio: la camisola que había empleado Paco Buyo la última vez que el Madrid había besado la lona con el Milán. Venía, por cierto, sin lavar, lo cual le confería un altísimo valor simbólico y un tufo nada sospechoso. Yo me la puse sin pestañear, consciente de que para ser Supermán lo primero es lucir la capa. El partido sería a media mañana, si bien yo ya estaba enfundado en el traje de luces desde la hora del desayuno. Fuese por la ansiedad del choque o por mi empanada mañanera, al trofeo del portero del equipo blanco le cayó un lamparón de mermelada de fresa, marca de la casa.

Una media hora antes, nos concentramos para entrenar y repasar conceptos. Yo estaba tieso como un palo y mis reflejos lo notaban. Intenté un par de palomitas pero, lejos de llegar a los trallazos de Rubén, solo conseguí añadir un par de muescas a mis maltrechas piernas y constatar que si los nervios tenían la más mínima posibilidad de traicionarme, me harían la de Judas Iscariote. Jesus me decía que saliera de la portería, que me echara a los pies de los rivales. Pero me sentía torpe y lento, carne de regate y tentetieso. También me exhortaba a que no abusara del pase largo (el campo, a lo largo, era una porción de la calle Consistorio, de ancho irregular e impreciso). La ristra de consejos terminaba con un críptico “vigila los movimientos entre líneas”. Una hora antes del pitido inicial era un puro manojo de nervios. Para abundar, fui víctima de cierta desazón digestiva, manifestada en forma de pinchazos en la barriga. Colegí que se trataba de los efectos perversos de una mezcla sin agitar de zumo de naranja y leche, así que tomé la sensata determinación de pasar por el ambigú. Dicen que a la guerra hay que ir llorados, cagados y meados. En lo que respecta a lo último, yo llevaba los deberes hechos. Y para lo primero, barruntaba, me sobraría tiempo después.

Comenzaríamos a jugar sobre las once; a las diez y media pasadas el cielo seguía azul, salpicado de alguna nube dispersa. La temperatura era excelente para ir a la playa, lugar que comenzaba a extrañar. Nuestros rivales, además de camisetas diseñadas para la ocasión, tenían hasta banquillo. Me refiero a su acepción más metafórica: los chavales se habían traído refuerzos, por si alguno se lesionaba. Yo estiré el velcro de los guantes por enésima vez, miré al cielo y le pedí que, a falta de peces, nos multiplicara los goles.  

Jugaríamos una hora completa, treinta minutos por parte. El descanso sería corto, por aquello de no enfriarnos. Por si el curioso lector se lo está preguntando, tampoco teníamos árbitro. Puede parecer irónico, pero las decisiones del trencilla se dirimirían por una especie de consenso colectivo, algo así como un voto por mayoría. Y el arreglo, aunque en apariencia precario, funcionaría. Échenle un galgo al VAR.

El saque de inicio les favorecería a ellos. Desde el principio, yo ensayé mi pose de portero: piernas flexionadas –listo para saltar– y brazos extendidos con las palmas de las manos hacia delante. La rapidez no era mi fuerte, así que se trataba de minimizar los movimientos necesarios. La teoría, hasta aquí, no pintaba mal.

Nos enfrentábamos a unos completos desconocidos. No había ninguno que aparentase destacar por encima de otro. Su defensa era fornido y con cara de mala uva. Para mi desgracia, el delantero era pequeño y hábil; pronto tendría la ocasión de comprobar cuánto. De primeras, se marcaron una jugada ensayada. Pase atrás –al bigardo que jugaba de cierre–, y a correr. Éste mandaría un pase medido hacia la banda. En cosa de dos toques, burlaron a Pedro y le hicieron un traje a Rubén. Encendidas las luces de alarma, me decidí a salir del marco, pero no hizo falta: su jugador más adelantado recibió y, sin pararla, enganchó tremenda volea. La pelota salió disparada hacia mi izquierda; me encontró hollando tierra de nadie, y a contrapié. Me estiré cual felino (eso creía yo), pero tan solo llegué a observar la trayectoria del balón. Quiso éste rebotar en primer lugar en el poste, luego en mi coronilla –valga la guasa– para entrar ufano por el centro de la portería. Uno a cero. La primera en la frente y ni la habíamos visto venir. Para más inri, los otros chicos ni lo festejaban: se dirigían como autómatas al centro del campo, esperando que nos recompusiéramos para preparar la siguiente. Toda una declaración de intenciones. Yo fui a recoger la pelota, que había quedado muerta a los pies del muro. La palpé, la agarré fuerte y comprobé la presión (como había visto hacer a muchos porteros en la tele). Después miré a Rubén que, casi sin reparar en mí, tomó el balón de mis manos con rabia y, azorado, se dirigió hacia el centro. Jesus tenía las manos sobre la cara, sin decir ni mu. El entrenador rival lucía una sonrisa radiante, el brazo derecho flexionado hacia arriba, el puño tenso y cerrado, con el antebrazo ligeramente oscilante.  

Todavía no había transcurrido ni un minuto de partido.

Supongo que el gol nos dejó fríos. Sea como fuere, durante el resto de la primera mitad no dimos pie con bola. Les dejamos llevar la batuta y nos limitamos a sobrevivir, racaneando en tablas. Ellos jugaban con cierta suficiencia atrás: rápidos y sueltos en el toque, con facilidad hilvanaban tres o cuatro pases, suficientes para condenarnos a perseguir sombras y ocuparnos en no encajar más. Apenas nos atrevimos con alguna de las jugadas ensayadas y a Jesus le faltaba ánimo para darnos instrucciones. Se limitaba a observarnos, cariacontecido, con el rostro tenso apoyado entre las manos y ajustándose las gafas, que se le deslizaban por el puente de su perlada nariz.

Yo no llevaba el minutero y había perdido la noción del tiempo. Con todo, el primer tiempo se me hizo eterno. Por suerte, no hube de intervenir mucho: algún tiro lejano, que procuraba despejar a córner, y poco más. En los pases, arriesgaba entre poco y nada: la entregaba con la mano, rasa y al pie. Los escasos momentos en los que podía liberar la concentración los dedicaba a mirar el cielo, que se oscurecía por momentos. El viento había cambiado y, aunque el aire seguía siendo cálido, las nubes se amontonaban y amenazaba lluvia.

Debían de quedar apenas dos o tres minutos para el descanso cuando comenzaron a caer las primeras gotas. Igual, seguimos concentrados, sin perder la cara. Entonces, Elías se inventó una de sus famosas jugadas. Se había estado fijando en las cesiones que el portero rival hacía para descongestionar, cuando los jugadores se amontonaban en un lado. Así que le tomó la matrícula al gesto hasta que, al final, acabó anticipándose al defensa, en lo que debió ser su único fallo en media hora de juego. Se quedó solo frente al guardameta que, consciente del error, se echó a los pies de nuestro delantero para achicar el espacio. Le sirvió de poco: Elías pareció quedarse sin reacción –una especie de juego del despiste que me recordaba a las diabluras de Butragueño– pero nada más lejos de la realidad. Picó la pelota con suavidad y salvó la embestida del chaval, que se giró con reflejos de gato, sin poder hacer más que mirar cómo encajaba el primer gol. Lo celebramos como si no hubiera mañana: Jesus lanzó un grito cerrado, casi radiofónico. Los demás hicimos un montón en el campo rival (por si las moscas) y nos abrazamos a Elías quien, al cabo, empezó a quejarse porque le faltaba aire y le sobraban brazos. El gol cerró la primera parte y abrió la caja de los truenos: nos sorprendió tremendo aguacero, que dispersó a los pocos curiosos que se habían acercado a vernos.

CONTINUARÁ…

Enlace al capítulo 1: Trazas de guardameta

10 comentarios en “Sobre la línea (II)

    • ¡Muchas gracias, Ana! Me alegro de que te haya gustado. Por cierto, como veo que me sigues llamando Javier, imagino que me habré de parecer mucho a algún Javier que conozcas y que también escribe… ¡Jajaja! El caso es que me llamo Jorge. Conste que Javier empieza también por «j» y es un nombre que me gusta, pero… Nada, lo dicho: esta es tu casa para que pases y leas cuando tú quieras. ¡Un fuerte abrazo y que sigas bien!

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