Sobre la línea (III)

Imagen tomada de Pinterest


Capítulo III. El segundo tiempo

El intermedio se acortó, pues la lluvia mandaba. Aun así, fue muy intenso. Jesus nos habló sin parar sobre un sinfín de jugadas que habíamos hecho mal y cómo debíamos ejecutarlas mejor. Nosotros, en pleno subidón, asentíamos mucho y escuchábamos nada. Parecíamos, esos sí, concentradísimos y entonados. La tormenta de verano nos había espabilado, y de lo lindo. Como suele suceder, la fiesta va por parroquias. Nuestros rivales, que durante gran parte del primer tiempo se habían paseado con suficiencia, habían formado un corro silencioso alrededor de su entrenador, que daba instrucciones con vehemencia, el rostro enrojecido de pura rabia.

No hubo tiempo para mucho más. Como mandaban los cánones futboleros, cambiamos de campo. Me llevé la sudadera, que seguía de mojón –casi chorreando–, a modo de talismán. A la camiseta de Buyo le había caído un buen prelavado, y yo me afanaba en secar los guantes entrechocando los nudillos. Rubén daba palmas y me animaba, Juan y Pedro saltaban en las bandas y Elías se apartaba el flequillo, mojadísimo, de la cara, mientras se preparaba para el saque. Todo listo, pues, para el segundo acto.

Siguieron treinta minutos de auténtica locura. La tormenta siguió, sin amainar. También llovió fútbol. Nosotros lo intentamos por tierra, mar y aire. Jesus aplaudía cada jugada que intentábamos. Forzamos ocasiones y Elías se hinchó a rematar balones que Pedro y Juan servían por las bandas. Tampoco ellos eran mancos, precisamente. A pesar de los charcos que se acumulaban en el rugoso asfalto continuaban siendo muy precisos; los pases les salían sin querer, se marcaban unas paredes y diagonales fabulosas, de quitarse el sombrero. Me las vi con su delantero –se llamaba Lucas–, me desgañité pidiendo cobertura a Rubén quien, por primera vez, me vio entregado a la causa. Me marqué dos o tres paradas de mérito –incluido un cara a cara con el tal Lucas, al que se le borró la sonrisa–. Arriesgamos en los contragolpes y, al igual que el cielo –que caía, sin descanso– nos vaciamos por ganar el partido. En un par de ocasiones los “¡uys!” se alargaron en el tiempo y a más de uno se le congeló el grito en el gaznate.

En suma, durante ese medio tiempo hubo de todo, menos goles. Corrimos, porfiamos y percutimos –que diría el malogrado Michael Robinson– por ambas bandas. A pesar de la mojadura, nos divertimos de lo lindo y el tiempo pasó volando. En un momento, Jesus y su rival intercambiaron miradas, con el reloj como tercero en discordia. Parecieron acordar algo en un sutil gesto y, una de las muchas veces que los nuestros remataron a puerta y el esférico trascendió la línea de fondo, los dos saldaron al campo braceando y dijeron que aquello era el final. Yo me quedé con la sensación del deber cumplido, de haber sido útil y no parte del problema.

Pero aún quedaba tela por cortar.

Juan, Pedro, Elías y Rubén se acercaron; imposible distinguir el sudor del agua de lluvia. Debíamos de tener unas caras de esforzados digna de fotografía. Claro que, por el barrio de enfrente la cosa no era muy diferente: a pesar de los cambios, todos sin excepción tenían perdido el resuello, pedían árnica y hasta nos miraban con respeto. Nos juntamos hacia la mitad del campo –en plena calle–. Parecía mentira, pero no habíamos tenido que interrumpir el juego por el paso de coches. Cierto es que eran otros tiempos y también otro régimen de prioridades: estoy seguro de que más de uno y de dos se plantearon cruzar y, vista la refriega, decidieron transitar por otro lado.

De nuevo en la arena, los jugadores, en atronador silencio, nos decantábamos por un empate a uno. No era mal resultado para nadie: a ellos les permitía mantener la honra balompédica –habían jugado muy bien– y a nosotros nos abría el horizonte futbolístico, amén de darnos relato para unos cuantos días. Pero no. Las espadas seguían en alto entre los entrenadores que, como es lógico, habían visto los toros desde la barrera. Aunque mediaran mundos entre ellos, ambos coincidían en lo esencial: de allí no se iba nadie hasta que no corriera sangre fresca. Nos miraron; nos estudiaron. Debieron colegir que los jugadores de campo no estaban para muchas carreras y, tras diálogo breve, decidieron que el asunto se dirimiría por penaltis.

Fue escuchar la noticia y envejecer de golpe. El portero rival se llevó las manoplas a la nuca y miró al cielo. Yo caminé hacia mi montón de ropa e intenté, en vano, secarme la cara. No tuve mucho más margen para lamentarme: Jesus se acercó y, por primera vez, me habló distinto. Me dijo que confiaba, que me había visto hacer paradas increíbles; que seguro pararía dos o tres penaltis. Que tenía una fe ciega en los misiles de los nuestros y que, por primera vez, estaba convencido de que morderían el polvo. Apenas terminó conmigo se dirigió a los demás. Les dijo que no lo pensaran demasiado. Que no perdieran tiempo en hacer cálculos sobre la dirección y la fuerza; que chutasen por puro instinto. Me pareció que en sus ojos había una luz algo diferente. Que, más allá de sus cuitas de líder sobrevenido, tenía entre manos algo que apreciaba. Me perdí el sorteo de la portería, de puro concentrado. Me tuvieron que avisar que podía elegir, así que me decanté por lo malo conocido. Disciplinado, caminé por mi petate y volví a mi diminuta zona de confort, junto al solemne poste eléctrico. Y allí me quedaría, más o menos hacia la mediatriz de la portería, esperando que el diminuto Lucas abriera fuego.

CONTINUARÁ…

Enlace al capítulo II: El primer tiempo

Enlace al comienzo del relato

7 comentarios en “Sobre la línea (III)

    • ¡Me alegro de que te siga gustando. ¡Todavía queda partido! En relación a lo que dices de la selección mexicana, nosotros en España también tenemos una larga tradición de fastidiarla en las fases claves de las competiciones salvo, eso sí, en el pasado muy reciente. ¡Un fuerte abrazo!

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  1. Pingback: Sobre la línea (IV) | Blog de Aldegunde

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