El gentleman y la frutera (I)


Nuestro hombre es todo un gentleman. Es, también, un tipo lleno de bienintencionados propósitos para sortear la murria y desgana que acechan, implacables, en la rutina de un día a día cada vez más atribulado y pandémico. Por eso presta atención a las pequeñas cosas; verbigracia: se recrea al enfundar sus pies en unos llamativos calcetines Arrows de color amarillo; tira de fondo de armario para estrenar un polo Calvin Klein color burdeos, embutirse en unos chinos Meyer color tabaco –nunca es tarde para celebrar el haber dejado de fumar–, y ceñirse a la cintura un Bulliant a juego, con el toque justo de prenda usada que todavía no acusa el paso del tiempo. Completa el cuadro haciendo con soltura un doble nudo a sus Pier One, que han devenido en excelentes compañeros para ilustrar su ponderado a la par que resuelto caminar. La liturgia de su esmerada preparación finaliza con unos toques de Terre d’Hermès que, sin duda, engrandecerá su estela por doquiera que sus pasos le lleven. Los tiempos han hecho ineludible un incómodo embozo que él ha resuelto con nota, aspecto que ratifica frente al espejo, ajustando la línea de simetría que la mascarilla Hugo Boss describe en su experimentado rostro. Antes de salir comprueba, satisfecho, que su pelo –ralo y plateado– perfila unas sienes que encierran no poca sabiduría.

Y es solo tras haber acometido y verificado los pasos anteriores que nuestro protagonista se siente preparado para su quehacer mañanero: se trata de comprar pan, harina, huevos, pescado, hortalizas y frutas en el mercado de abastos de la ciudad. Al fin y al cabo, por simples que puedan parecer los recados de un hombre jubilado, cada transacción esconde el intercambio de un sinnúmero de gestos y palabras que él –consumado negociador–, pondrá en valor desde la insólita altura que le confiere una presencia trabajada, con el toque justo de elegancia y distinción, sin caer en la pompa y el exceso.

Ya en el coche escucha de fondo el runrún de una emisora que sobrevuela, monotemática, una realidad inmisericorde: minuto y resultado de infectados, hospitales y ucis en cuarto creciente, ciudades y regiones perimetradas, toques de queda y hosteleros al borde de un ataque de nervios. Para colmo, las elecciones yanquis se gripan en el envés de la urna: hasta lo fácil se torna un auténtico sindiós. Así que, impertérrito, juega con los botoncitos del volante hasta encontrar los acordes de guitarra de la Credence, que lo devuelven –bendita sea la música– a un espacio-tiempo más amable.

Por el camino, nuestro héroe se viene arriba y decide –antes de acopiarse de las ansiadas mercancías– visitar un pisito que, por mor de inversiones de juventud, languidece vacío. Total: apenas serán unos minutos y, visto en perspectiva, a poco que mejore la coyuntura habrá que mover el cotarro inmobiliario, esforzarse en venderlo y sacar un pellizco –que Dios dijo que fuéramos hermanos, pero no primos–. En su privilegiada cabeza proyecta ya los siguientes movimientos de ajedrez: se imagina enseñando el inmueble a los potenciales clientes que, obnubilados, apreciarán con sumo interés la luminosidad del lugar, su inmejorable ubicación y las infinitas posibilidades de la buhardilla. En medio de este florido pensar se suceden, a ambos lados de la carretera, no pocos paisajes salpicados de miles de verdes que cubren el suelo, y no menos grises que encapotan el cielo. En estas llega, por fin, a la equis del lugar. Y quiere la suerte que, frente al portal, hay sitio para aparcar, lo que termina de llenarlo de positivismo y energía.

Se trata de un tercero sin ascensor, aspecto que aparta de su mente para que no haga mella en el optimismo del que se ha contagiado, valga la metáfora de corte de mangas para el dichoso COVID. Llega al rellano, con las pulsaciones controladas y respiración de atleta; revisa el bolsillo para encontrar la llave y se dispone, presto, a introducirla en la cerradura. Giran los goznes de la puerta, necesitados de lubricante, y surge otra escena –que diría la canción– en el desierto salón del apartamento.

CONTINUARÁ…

5 comentarios en “El gentleman y la frutera (I)

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