El gentleman y la frutera (II, y final)


Pronto se da cuenta de que sus pasos dejan tras de sí unas huellas que harían las delicias del mismísimo Sherlock Holmes. El terrazo, según parece, acusa la falta de cepillo. Rodapiés y marcos de puerta acumulan una nada desdeñable capa de polvo que, a la mínima presión de la yema de su dedo índice, mudan de lugar y se acumulan sobre éste, que pasa a convertirse en la oveja negra de una mano, por lo demás, impoluta.

Pero el suyo es un espíritu indómito: sabe que tras la puerta de la cocina se esconden escoba de densas cerdas, y férreo recogedor. Bajo la encimera, en el primer cajón, esperan varios trapos y hasta un aerosol antipolvo. Tamaña profusión de herramientas lo obnubila y decide, voluntarioso, darle un repaso a las estancias. Y en ello se aplica: baila la escoba, trasiega el paño con brío y, tras no pocas pasadas, consigue darle la vuelta al cuento. En el proceso, no obstante, tose algunas veces. Nada serio: suciedad en suspensión que, durante la revolución de la limpieza, se ha sublevado y declarado la guerra a nuestro guerrero que continúa, impertérrito, su gloriosa misión.

***

Han pasado minutos (tal vez horas), y el lugar luce inmaculado; para entrar a vivir. Él se llena del orgullo de la misión cumplida, le da descanso a los útiles y determina pasar por el ambigú. Antes de darle una tregua a la vejiga, enciende la luz y se aproxima al espejo. Es entonces cuando nuestro Ulises comienza a aprehender la gravedad del camino del héroe.

La imagen es cruel: nada queda del lozano hidalgo que partiera horas atrás de su hacienda. El reflejo describe, más bien, a un deshollinador en el ocaso de su jornada. Los vivos colores de sus prendas han transmutado a un gris negruzco, el mismo que tizna su cara. Su pose tiene poco de Quijote, siquiera de Sancho Panza. Remeda, dicho en verso, bien poco más que una pieza de carbón de encina y picón.

Entonces, suena el teléfono móvil, que él había abandonado a su suerte en la cocina. Se trata de su mujer.

–¿Sí?

–¿Dónde estás?

–En el piso, haciendo limpieza. Como tenía tiempo, he pasado por aquí y…

–Pero ¿no te has enterado?

–¿De qué?

–Nos han confinado. Han cerrado el pueblo y la ciudad –añade ella con voz alarmada.

–Pero ¿cuándo entra en vigor…? No pueden hacerlo tan rápido…

–A partir del mediodía. Y son casi las dos.

Sin terminar de creérselo, aleja su rostro del móvil y comprueba, consternado, la hora en la pantalla. Vaya manera de perder la noción del tiempo.

–Tienes que volver ¿Has comprado las cosas?

–No; voy ahora mismo.

Cuelga el teléfono, para no escuchar una retahíla de preguntas, y reconduce la misión. El teléfono escupe –bendita sea la hora– una miríada de mensajes de wasap. Todos los grupos de amigos y conocidos se hacen eco de la fatídica noticia que han convertido a nuestro protagonista en poco menos que un proscrito.

Sale de la vivienda a fume de carozo –cruzándose con algún vecino que le dedica miradas de extrañeza que, para él, pasan desapercibidas–.

Conduce hacia el mercado en modo profesional, parando lo justo e imprescindible y mirando de reojo, vaya a ser que un mal encuentro termine de estropearle la mañana.

***

Apenas quedan clientes en el mercado; tampoco género. Él llega tarde, mal y sucio. Busca consuelo en el puesto de frutas y hortalizas donde la paisana –con un currículo extenso en la profesión de la vida– siempre lo ha tratado con camaradería; percibiéndolo como uno de los suyos.

Hoy, sin embargo, lo mira sin apenas reconocerlo.

–Dígame; ¿qué va a ser?

–Lo de siempre, si le queda, más unas cabezas de ajo. Hoy llego muy tarde…

Entonces ella se acerca, extrañada. Reconoce la voz, pero no la imagen. Delante de ella solo hay un tipo oscuro, como una mancha que camina. Imposible reconocer a aquel señor tan amable y bien vestido que, cada martes, la saludaba atento, y hablaba tan bonito.

Así que mira alrededor, buscando apoyos entre los compañeros de puesto –por si la cosa se complica– y despacha los ajos como quien tuviera enfrente al mismísimo conde Drácula.

Él, acusando el golpe, apenas musita:

–Ya sabe: el confinamiento.

***

Retorna nuestro héroe, vencido y derrotado. Pone en marcha su vehículo. Apenas sale a la calle principal se encuentra con un control de policía. Un agente le conmina a echarse a un lado. Parece una inesperada y cruel estocada final. Volverá a su hogar con una compra frugal, un hato ennegrecido; un apercibimiento de multa, el orgullo zaherido y una historia que contar.

FIN

Enlace al comienzo del relato

Dedicado, con todo el cariño, a mi padre.

8 comentarios en “El gentleman y la frutera (II, y final)

  1. Estupendo relato, las dos partes, todos hemos sufrido la situación de la pandemia, pero los mayores, los qué más, afortunadamente serán, después de perder a tantos amigos y familiares de su misma edad, los primeros en vacunarse y ser personas libres, que se puedan olvidar de todo, cuidando tranquilamente y sin ninguna prisa (que las prisas ya no entran en sus esqumas vitales) sus pertenenecias. Un abrazo

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