Malas noticias (I)

Imagen tomada de Pinterest

Capítulo 1. Razas de noche

Es una noche de invierno, sin luna. En el firmamento se muestran, tercas, miles de estrellas. Le hubiera gustado saber astronomía para poder distinguirlas, hablar de ellas con propiedad. Él era listo –todos se lo decían–. En el colegio sacaba buenas notas sin esfuerzo. Leía los libros en diagonal y se le quedaban las ideas. Así, como si nada. Pero se encontró con la calle demasiado pronto. O tal vez fue la calle la que lo encontró a él. Enseguida se vio metido en líos: trapicheos y algún hurto; cosas menores. Su madre se preocupó y su padre le dio un ultimátum: «Merodear no es para ti, chaval. Por encima de mi cadáver. Si no quieres estudiar, te pones a trabajar en la fábrica de envases. Allí siempre hay curro

Y vaya si lo había. Día y noche. A Óscar no le importaba rotar turnos. María, que trabajaba en la tienda, no compartía su punto de vista. Llevaban varios meses cruzándose, viéndose entre nada y menos. Pero había que pagar las facturas. Y ahora, en su cuarto mes de embarazo –sus encuentros sexuales eran escasos, fogosos y productivos– no era cuestión de aflojar.

El frío aprieta y Óscar se pertrecha, sin arrugar el paso. El camino de vuelta lo hace en el coche de San Fernando. Esto tampoco se lo dice a María. Entre el polígono y el barrio las calles dejan bastante que desear: un sinfín de callejones con farolas en huelga, asfalto mojado y adoquines sueltos. Un laberinto de sombras que él atraviesa sin mirar, afanándose en no llamar la atención.

Había desarrollado un oído fino, y fue éste el que hizo sonar las alarmas. Sus pasos reverberan, cosa que –al aire libre– es altamente improbable. Un arrebato de lucidez lo saca de su ensimismamiento: lo siguen –Murphy siempre hace horas extraordinarias–. Así que cambia de ritmo y decide dar un rodeo: gira noventa grados y, sin perder un instante, se pertrecha tras la cornisa de un edificio vetusto y ajado, del que solo sobresale la brillante luz del portal. Desde allí cuenta con cierta ventaja para otear paisaje y paisanaje. Entonces los ve. Se trata de dos tipos altos, desgarbados. Caminan con las manos en los bolsillos de unas chupas que, desde su posición aventajada, remedan ser de cuero. Por efecto del relente, evacúan sus respiraciones en forma de volutas de humo. Gastan un aire de reyes del barrio en el caminar: pasos largos y malencarados, hombros proyectados hacia delante, buscando guerra. Óscar siente lástima y un punto de amor propio: solo hubiera necesitado un par de requiebros más en aquella dirección –tan cómoda, tan fácil– para ser como ellos. Lo que iniciara su padre lo remató María. Cuando se le acababa la mecha del rescate paterno llegó ella. Espabilada como ella sola y con las ideas claras, se había quedado con él en un amago de conversación. Su sonrisa, brillante como el sol, y sus ojos verdes también habían contribuido. Igual que su trasero, dicho sea de paso.

Por aquello de ganarse los cien años de perdón, decide acechar a sus perseguidores. Desde una prudente distancia, y en silencio, los vería maniobrar. Pronto comprueba que los ha despistado: se han quedado detenidos en un cruce de calles, barruntando por dónde tirar. Los oye cuchichear; el más fuerte apunta–con un dedo sospechoso– hacia el norte, donde se extiende el centro de la gran ciudad. El otro tipo, algo más bajo y estilizado, no lo tiene tan claro. Escucha en silencio y mira en derredor, como si supiese que se la estuvieran jugando. Al cabo de unos minutos, se impone la opción del más animoso y emprenden el paso, sin vacilar, en dirección opuesta al apartamento de Óscar, que sonríe para sus adentros y siente una punzada de pena por la acción no resuelta: le hubiera gustado intercambiar cuatro hostias con aquellos matones para probarse. Hace unos años no habría dudado de sus fuerzas. La perspectiva de la niña –según apuntaban las ecografías–, la reacción de María y su cuerpo baldado tras la jornada de doce horas, le convencen de que plantar cara no es la opción más sensata.

Sigue su camino, como liberado de un peso, y –tras interponer una distancia prudencial– se permite el lujo de silbar un viejo rocanrol cuya letra, caprichosa, permanece velada por su cada vez más frágil memoria.

Son las siete y media; hacia el este comienza a despuntar el alba: apenas un resplandor de luz que compite con el trazado de las calles, del que emerge una ristra interminable de puntos enfermizos y amarillentos. De frente, cada vez más cerca, percibe la negrura del descampado, que hace de frontera natural entre la zona industrial y el barrio de San Juan. Aunque de día no es más que una franja de tierra de nadie –un solar en el que no crece ni una miserable brizna de hierba–, Óscar le profesa un cierto respeto. Tal vez fuese por su oneroso nombre: la campa del muerto la llaman; él ignora por qué.

Apura el paso y aguza el oído. Comprueba la retaguardia, sin percibir nada más allá de alguna sirena lejana, los sonidos típicos de la madrugada. En poco menos de una hora el tráfico inundará las carreteras y las razas de noche, de las que él forma parte, volverán a sus madrigueras.

Las fachadas de las primeras casas del barrio –cajas de cerillas de los años sesenta–, toman cuerpo frente a él. El trazado no es menos sinuoso que el deja atrás, acaso es algo más amable. Óscar conoce la historia tras el cristal de cada negocio: la mercería de Luisa, el bar de Manu –en el que desayunan los domingos bayonesa y café cargado– o la ferretería de Juanma. Más que establecimientos, Óscar piensa que son milagros que aguantan, incólumes, el descarnado y cruel paso del tiempo.

CONTINUARÁ…

6 comentarios en “Malas noticias (I)

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