Malas noticias (III, y final)

Imagen tomada de Pinterest

Capítulo 3. Contando estrellas

Tras caminar un buen rato, enfila la calle San Andrés. Solo queda un recodo más y encontraría el portal. Pone cuidado en avanzar despacio y medir sus pasos. Está seguro de que nadie lo sigue. No se ha librado de esa tensión que, al cabo, le deja un dolor sordo en la espalda y cuello. La sangre se ha secado en sus nudillos: apenas es ya una caricatura de su encontronazo. Cierra los ojos, mientras dobla la esquina, esforzándose en recordar el rostro de los tipos que, como la noche, comienza a quedar difuminado.

Entonces los abre y, a la fuerza, recuerda.

Intenta reaccionar, pero la iniciativa ya no le corresponde. Frente a él, como surgido de la nada, el tipo enjuto prepara el primer golpe. Es uno rápido, dado con la mano semiabierta; como un bofetón. Óscar pierde ligeramente el equilibrio, sin caerse, y busca apoyo en la pared más cercana. En esas el tipo le dirige varios derechazos al estómago. Le sorprende no notar dolor al principio, solo una suerte de cosquilleo y calor. El otro se aleja momentáneamente, los ojos pura tensión. Hay un brillo metálico en su mano: una navaja.

Por fin, Óscar comprende.

Se lleva la mano al vientre. Esta vez hay sangre, oscura y densa, que mana a borbotones. Hay también algo más, que no logra distinguir.

Le falla el equilibrio, tiene que arrodillarse. Se abraza, intentando cortar la hemorragia. Pronto tiene los brazos encharcados, como si estuviera tratando de abarcar el mar. Tiene tiempo de advertir como el individuo la sisa la cartera.

–Te lo dije, figura. Te llevas el premio, por pasarte de listo. Esto no es como en las pelis. Aquí siempre mueren los buenos.

Óscar se tumba, boca arriba. Tiene frío, sed y tose, la boca llena de sangre. Apenas le quedan fuerzas para moverse. Las estrellas, comprueba, siguen en su sitio.

Tal vez esté a tiempo de entenderlas.

***

Unos pasos se apresuran escalera arriba. La mujer alcanza el rellano, con el aliento justo. En su rostro hay desazón y angustia. Duda un segundo antes de llamar a la puerta. Desesperada al no obtener respuesta, termina aporreándola.

Dentro, María comprueba a través de la mirilla: no se fía de nadie. La lente le devuelve la mirada desencajada de Carmen, la dueña de la tienda. Le cuesta imaginar qué hace en su piso tan pronto. Se relaja, retira el cierre y abre; aún con sueño en los ojos y una barriga creciente que acaricia, con la mano libre, en un gesto involuntario. Observa a Carmen: puro nervio, la mirada baja y sombría; el gesto desencajado y sin resuello, la boca entreabierta. Quiere decir algo, pero no encuentra cómo. Solo entonces, se le ocurre cómo empezar:

–Traigo malas noticias, María.

FIN

Bueno y con cara de bueno

Sentimental y sincero

Murió sin razón por nada,

Una larga madrugada.

(Los Suaves – Malas noticias)

Enlace al capítulo 1: Razas de noche

Enlace al capítulo 2: El encuentro

6 comentarios en “Malas noticias (III, y final)

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