Nunca muere


La luz verde del taxi me salvó de una buena: la tarde madrileña alumbraba aguaceros de abril bajo nubes densas y negras. Me daba palique y yo, intimidado por la lluvia, escuchaba y me animaba por momentos. Salí del coche en un tris de apuntarme a un curso de tiro al plato (no hay mejor vendedor que un taxista de Madrid). En el Abascal Nicola me introdujo en la mecánica: almuerzo en modo cóctel y cata de vinos. Precisión milimétrica de organizadora genial ‒inglespañola… lista como ella sola‒. En el primero me atasqué: en esto del comer y rascar siempre fui un poco torpe y porfié con el jamón. Me rehíce a golpe de ensaladilla, buscando el empate. Llegó con la segunda copa de vino: Botas de barro, que hubiese bebido hasta ponerme las ídem, pero hay que ir con sentidiño. Con Silvia conversé sobre el paso el tiempo. Llegaron entonces las magistrales de sumiller; todavía me confieso perdido entre adjetivos de sabor, pronombres de aroma y participios de color y textura que Chus, inquisitiva y con ojos de océano, clavaba entre cata y cata. Rejuvenecía por momentos: Lucas mentaba no sé qué pacto con el diablo y Julia apostillaba con memorias de algún ayer. Vicente desgranaba secretos de su Excel entre sonrisa y sonrisa. Jonatan rescataba furgonetas y calentaba motores sin perder un ápice de elegancia. La lluvia nos dio respiro y resoplamos en el jardín, entre sorbos de gin-tonic. Juan, artista de las visiones cumplidas, nos trajo motivación y refuerzos. Con Alberto deconstruimos los avatares del wasap, brindamos por los n mensajes y arreglamos de una vez el mundo, aunque fuera de refilón (sic transit). En estas cae la tarde y, de nuevo, el chaparrón. Volvemos dentro y suenan rumbas, flamenco. Con algo de salsa y merengue resucitamos pasos de baile dizque olvidados. Baila también Aroa, que mira como si te viera el alma. María se sabe todas las canciones, hasta las que no suenan. Vienen chupitos y vuelven como nidos de gaviotas. Afuera es de noche y no sé si hay estrellas. Pere aguanta el tipo, incólume. A Bruno se le ocurren ideas geniales: cena y cambio de tercio. La noche filtra y diezma, pero nos aguarda aún la última estación. En el grupo todavía quedan fuerzas para brincar. A lo lejos hay un tipo que flipa despelucado ‒todavía no se ha quitado el jersey de punto‒. Son las 3.47h y las fuerzas brillan por su ausencia. Le doy la vuelta al reloj de arena y me acuerdo de aquellos versos: salir, beber, el rollo de siempre…

Va a ser verdad: el rocanrol nunca muere.

FIN

¿Dónde estarán los besos?

Se los han quedao las flores

(Extremoduro)

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