La guardia

Me quedé dormido hilvanando constelaciones, trasunto sideral de las manidas ovejitas. Había ingerido litros de café, pero aquellas guardias resultaban tan tediosas: nunca ocurría nada.

En mi sueño, un tipo me da esquinazo atravesando descoloridas puertas, que se cierran a su paso. Tras abrir la última, un sonido estridente me desconcierta.

Abro los ojos; la pantalla escupe millones de datos y muestra una onerosa luz roja parpadeante. Tiembla el suelo. Por la ventana, a lo lejos, la montaña escupe fuego entre una densa humareda.

Tranquilo – suena una voz metálica desde el puesto de mando-. Solo es el fin del mundo.

FIN

Para Dani Domínguez, buen tipo 24×7.

Borrador1

Borrador. Versiones “beta”

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Luces que fueron

Sigue una transcripción de la carta de Heinrich Rössig, soldado del centésimo segundo regimiento de infantería del Ejército Imperial Alemán, a su prometida Maria Rachfahl.

***

27 de diciembre de 1914. Frente Oeste – Ypres (Bélgica)

Liebe Maria,

Por fin he encontrado el tiempo que necesitaba para escribirte como es debido. Quiero tranquilizarte: nada ha cambiado, al menos sustancialmente. Como sabrás, tras las contiendas del mes pasado y nuestro repliegue, nos hemos atrincherado al norte de Flandes, muy cerca de Ypres. He sido llamado al frente sustituyendo a compañeros heridos y exhaustos – sin contar los miles de caídos y prisioneros que se han quedado atrás. Durante el día sufrimos la constante amenaza de las ametralladoras, fusiles, granadas y piezas de artillería del enemigo. La noche no resulta más grata: el frío y la humedad son insoportables – por no mencionar a los molestos piojos y las monstruosas ratas que roen nuestras mantas. A principios de diciembre comenzaron las lluvias y, con la llegada del invierno, la nieve ha terminado por enfriar los corazones y el ánimo. Empero, hemos recibido órdenes de los mandos de mantener la posición cueste lo que cueste – y en ello, créeme, nos afanamos.

Pero no es del crudo invierno y de la desolación de esta guerra, que se presume larga, que yo quería hablarte, sino de la Tregua de Navidad. ¡Ha sucedido algo extraordinario! Al atardecer de hace exactamente tres días, al terminar la ronda, observé que el teniente Pfister repartía cigarros y güisqui entre la tropa. Traía consigo, además, un pequeño abeto que colocaba cuidadosamente en el centro del foso y, ayudado por otros soldados, lo inundaba de velas encendidas. Con su vozarrón, ¡el teniente comenzó a cantar Stille Nacht! Nos miramos confundidos y entonamos con él el villancico. Notamos como el coro se extendía a lo largo del parapeto. Al terminar, del silencio de la línea enemiga – apenas a unos cincuenta metros – brotó un sonoro aplauso, seguido del mismo cántico en su lengua. Siguieron más canciones en ambos lados y felicitaciones espontáneas hasta que, ya entrada la noche, soldados desarmados de cada frente salieron de los túneles, sortearon las alambradas y acudieron a encontrarse, estrecharse las manos y desearse Feliz Navidad. Yo mismo, imitando al teniente, me aventuré a ocupar la franja que, irónicamente, había devenido en tierra de todos. A pesar de mi limitado inglés – únicamente favorecido por lo extraño del acontecimiento y el calor del licor, entablé conversación con un jovial soldado británico – un tal Joseph Henry. Él me señalaba, con cara de asombro, las luces que brotaban de nuestra trinchera; pareciera una suerte de cicatriz en la tierra – decía – salpicada de minúsculos fuegos. Por acuerdo entre oficiales, el día de Navidad transcurrió sin hostilidades. Durante la mañana aprovechamos para recuperar los cadáveres de combatientes caídos y enterrarlos solemnemente. Por la tarde, un soldado escocés encontró – Dios sabe cómo pudo llegar hasta este lugar – un desgastado balón de fútbol. ¿Puedes creer que terminamos improvisando un partido aprovechando material inservible y maderas de la alambrada? Son, en verdad, sucesos extraordinarios.

Esta especie de armisticio continuó durante ayer – lo que no hizo sino subir la moral de las tropas, hastiadas ya de la penosa vida en la trinchera. Sin embargo, hoy se respira de nuevo un ambiente enrarecido. Al parecer hay orden de evitar cualquier acto de confraternización con el enemigo. Los oficiales han amenazado con castigos y represalias; nos han recordado que seguimos en guerra. He aprovechado para despedirme de Joseph, no sin antes intercambiarnos los botones del uniforme, para que nos sirva de recuerdo de tan asombrosa Navidad.

Me despido ya Maria, no sin antes desearte luz; la misma que espero me acompañe hasta verte de nuevo.

Siempre tuyo,

Heinrich.

***

A continuación, se muestran páginas del diario del soldado Joseph Aldridge Henry, 3º Batallón Royal Welsh Fusiliers, 20ª Brigada de Infantería (promocionado a sargento por su coraje y valentía durante el asalto aliado a Neuve Chapelle).

***

10 de marzo de 1915. Frente Oeste – Neuve Chapelle (Francia)

Atravieso humo, entremezclado con densa niebla. El bombardeo ha infligido un serio castigo sobre las tropas alemanas, que se repliegan sorprendidas. Debemos avanzar rápido para evitar que se rehagan y que el enemigo contrataque.

Descubro que la línea alemana ha retrocedido más allá de la aldea, parece que no tardaremos en conquistarla.

Tras la última trinchera se amontonan muchos cuerpos; llama la atención uno de ellos, ligeramente alejado del resto. Me acerco. Tanteo con mi bota y apunto con el fusil. No se mueve. Veo a mis compañeros marchar a mi lado, apresurados.

Algo asoma bajo el alemán muerto: parece una carta. De entre los pliegues del papel sobresale un botón. Lo recojo, lo miro. Un breve recuerdo; un fogonazo.

Parece que fue hace mil años. Miro al cielo e imagino, distraído, luces que fueron.

***

FIN

#cuentosdeNavidad

Notas del autor (traducción libre):

Liebe <> Querida

Stille Nacht <> Noche de Paz

Apostillas a 2018

Otra vez en tiempo de descuento. Pestañeas y te das cuenta de que se acaba de fundir otro año. Demasiado rápido, creo, pero es lo que hay. Y la alternativa, como bien dicen, es mucho peor.

Esta no es una entrada para ponerme costumbrista (terrible tentación, en esta época) ni para hacer un resumen meloso del año, que termine en un desordenado montón de buenas intenciones para el que viene. Me guardo mi lista de propósitos e intento no aburrir al personal.

Sin ánimo de simplificar la cosa poliédrica que somos, me ciño sólo a la parte más creativa: la de escribir. Mayo ha sido el mes en el que el impulso cogió forma. Vaya por delante mi gratitud hacia Zendalibros – ese territorio de libros y amigos, por empujarme al vacío y hacerme prisionero. No puedo sino estar agradecido al reconocimiento que recibió Flores para los vivos; fue tremendo espaldarazo – yo todavía no me lo creo.

09_dsf4508Fotografía: Ovidio Aldegunde

Han sido hasta la fecha veintitrés entradas, repartidas a lo largo de ocho meses de ritmo escritor desigual – se trata, al fin y al cabo, de una afición que ha de encontrar su sitio entre muchas otras, amén de las obligaciones. Total, que ha tocado hacer malabares con el tiempo y buscarlo bajo las piedras. Así, muchos de los relatos e historias han sido pergeñados bajo la luz del flexo, con nocturnidad, premeditación y alevosía; una suerte de insomnio buscado – a costa de no pocos bostezos y obligados cafés al día siguiente. Pero bien está lo que bien empieza, dicen.

He tenido ocasión de enredarme en acertijos, ajustar alguna que otra cuenta pendiente y destripar videojuegos queridos. También ha habido espacio para contar ilusiones por boca de jóvenes talentos, recordar lo cerca que estuvimos de alcanzar la gloria futbolística, descubrir artrópodos llenos de sabiduría y enterarnos, tras los postres, de quién es el asesino. Merodeé patios con asombrosos habitantes, pedaleé por paisajes que creía olvidados y tuve tiempo de advertir a los runners de los peligros de los gadgets de nuestro tiempo. Descendí a sótanos con monstruosos guardianes, me heló la rabia en una fría mañana de Londres y me fascinó, por triplicado, México.

Presencié extraños interrogatorios con espejos que no eran tales, pinté lunes lluviosos bajo cielos de plomo y, por poco, termino siendo el desayuno de selváticos animales. Aún hubo más: me puse en la piel de gregarias hormigas, imaginé alguna ¿distopía? en la que las máquinas triunfan, abracé propósitos autodestructivos, urdí venenosas venganzas, disfruté de fiestas macabras y terminé, sin aliento, acompañando a solitarios francotiradores en pasatiempos de trinchera.

Durante mucho tiempo, he tenido la sensación de que las historias deambulaban en mi cabeza. Como fantasmas, zombis hambrientos de tiempo y atención. Una vez escritas se han liberado de su cadena y se enseñan, presumidas, al inteligente Lector.

¿Y ahora? Se cierra un capítulo y se abre otro.  Confío en que Sus Majestades Los Reyes Magos de Oriente me traigan paciencia y coraje suficientes para escribir alguna historia más larga y, cómo no, viajes y lecturas – trasunto de carbón para la locomotora creativa. Será todo un reto porque hay poco tiempo, y cada vez menos. Remeda que habrá que seguir juntando letras a deshoras, y hacer de la necesidad momento de darle a la tecla.

Este último párrafo es para usted, Querido Lector. Dicen que si breve, dos veces bueno, así que trataré de cortar el rollo. Quisiera terminar con una expresión de nuestro querido idioma que, por desgracia, cada vez se estila menos. Que desarbola preguntas capciosas, tiende puentes y junta manos; arranca sonrisas y es, a la vez, justicia y perdón. Sirve para hacer grande a quien las otorga, e inmenso a quien las recibe.

Por su tiempo. Por leerme.

Gracias.

 

Sean felices. Abracen las lecturas, háganlas suyas. Pero cuidado: algunas muerden.

FIN