No hay más que una

Masticadores

By Jorge Aldegunde

Al despertar, se vio atado de pies y manos en un destartalado catre. Se notaba aturdido y desorientado. Había un muchacho en la habitación. Tenía una expresión huidiza, mezcla de miedo y curiosidad.

Trató de hablar, pero un pañuelo le tapaba la boca –solo podía balbucear–. El joven se sobresaltó al oírlo.

–No debes hacer ruido, o ella vendrá.

Angustiado, comenzó a agitarse; la cama vibró sobre sus pesadas patas mientras él forcejeaba.

Un ruido de cristales rotos en la planta superior los sobresaltó.

–Te lo dije –espetó el chico–. Has enfadado a mamá.

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Zona de confort by Jorge Aldegunde

MasticadoresArchipiélago. Editores: Alicia Trujillo, Felicitas Rebaque

Se trataba de aprovechar el tiempo, de hacer que cada segundo contase. Mi vida se había transfigurado desde aquel curso de orientación y liderazgo: ya no era el mismo –y el cambio lo había trasladado a todos los ámbitos de mi persona–.

Tomaba decisiones valientes en el trabajo; me exponía. Viajes, reuniones, proyectos ambiciosos. No importaban los errores –el caso era aprender de ellos y no cometer el mismo dos veces–.

Y qué decir de mi tiempo libre: ya no era el tipo asustadizo y timorato de antes. Surfeaba olas de diez metros, el puenting no ofrecía misterios, era un gran experto en parapente y dominaba el paracaidismo. Me había convertido en un yonqui de la adrenalina.

Hay que ver lo que dan de sí quince segundos: tiempo más que suficiente para rememorar mi vida mientras me convencía de que la anilla de apertura estaba atorada. Me acercaba al suelo…

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Awen by Jorge Aldegunde

Masticadores

Me hice un hueco en el abarrotado coche, mientras sentía el traqueteo neumático de los bogies. En Père-Lachaise apenas bajamos cuatro gatos. Recorrí distraída el andén, reparando en los miles de minúsculos azulejos blancos de la bóveda. Al vaciarse la estación, pude escuchar el eco de mis pasos. Apenas sí me percaté de que no eran los únicos.

De repente, dos tipos me adelantaron y se detuvieron frente a mí. Llevaban gorros de lana que cubrían sus rapados cráneos, vaqueros ajustados y botas de estilo militar. Me increparon en un francés ininteligible y me agarraron. Intenté forcejear, mas entre los dos me redujeron e inmovilizaron en el suelo.

Me revolví. En plena lucha, mi hombro izquierdo quedó descubierto. En él se mostraba, conspicuo, el viejo tatuaje que me acompañaba acaso desde el confín de mi memoria: tres líneas convergentes, coronadas por tres puntos. Los desconocidos repararon en el símbolo. Se…

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