Luces que fueron

Sigue una transcripción de la carta de Heinrich Rössig, soldado del centésimo segundo regimiento de infantería del Ejército Imperial Alemán, a su prometida Maria Rachfahl.

***

27 de diciembre de 1914. Frente Oeste – Ypres (Bélgica)

Liebe Maria,

Por fin he encontrado el tiempo que necesitaba para escribirte como es debido. Quiero tranquilizarte: nada ha cambiado, al menos sustancialmente. Como sabrás, tras las contiendas del mes pasado y nuestro repliegue, nos hemos atrincherado al norte de Flandes, muy cerca de Ypres. He sido llamado al frente sustituyendo a compañeros heridos y exhaustos – sin contar los miles de caídos y prisioneros que se han quedado atrás. Durante el día sufrimos la constante amenaza de las ametralladoras, fusiles, granadas y piezas de artillería del enemigo. La noche no resulta más grata: el frío y la humedad son insoportables – por no mencionar a los molestos piojos y las monstruosas ratas que roen nuestras mantas. A principios de diciembre comenzaron las lluvias y, con la llegada del invierno, la nieve ha terminado por enfriar los corazones y el ánimo. Empero, hemos recibido órdenes de los mandos de mantener la posición cueste lo que cueste – y en ello, créeme, nos afanamos.

Pero no es del crudo invierno y de la desolación de esta guerra, que se presume larga, que yo quería hablarte, sino de la Tregua de Navidad. ¡Ha sucedido algo extraordinario! Al atardecer de hace exactamente tres días, al terminar la ronda, observé que el teniente Pfister repartía cigarros y güisqui entre la tropa. Traía consigo, además, un pequeño abeto que colocaba cuidadosamente en el centro del foso y, ayudado por otros soldados, lo inundaba de velas encendidas. Con su vozarrón, ¡el teniente comenzó a cantar Stille Nacht! Nos miramos confundidos y entonamos con él el villancico. Notamos como el coro se extendía a lo largo del parapeto. Al terminar, del silencio de la línea enemiga – apenas a unos cincuenta metros – brotó un sonoro aplauso, seguido del mismo cántico en su lengua. Siguieron más canciones en ambos lados y felicitaciones espontáneas hasta que, ya entrada la noche, soldados desarmados de cada frente salieron de los túneles, sortearon las alambradas y acudieron a encontrarse, estrecharse las manos y desearse Feliz Navidad. Yo mismo, imitando al teniente, me aventuré a ocupar la franja que, irónicamente, había devenido en tierra de todos. A pesar de mi limitado inglés – únicamente favorecido por lo extraño del acontecimiento y el calor del licor, entablé conversación con un jovial soldado británico – un tal Joseph Henry. Él me señalaba, con cara de asombro, las luces que brotaban de nuestra trinchera; pareciera una suerte de cicatriz en la tierra – decía – salpicada de minúsculos fuegos. Por acuerdo entre oficiales, el día de Navidad transcurrió sin hostilidades. Durante la mañana aprovechamos para recuperar los cadáveres de combatientes caídos y enterrarlos solemnemente. Por la tarde, un soldado escocés encontró – Dios sabe cómo pudo llegar hasta este lugar – un desgastado balón de fútbol. ¿Puedes creer que terminamos improvisando un partido aprovechando material inservible y maderas de la alambrada? Son, en verdad, sucesos extraordinarios.

Esta especie de armisticio continuó durante ayer – lo que no hizo sino subir la moral de las tropas, hastiadas ya de la penosa vida en la trinchera. Sin embargo, hoy se respira de nuevo un ambiente enrarecido. Al parecer hay orden de evitar cualquier acto de confraternización con el enemigo. Los oficiales han amenazado con castigos y represalias; nos han recordado que seguimos en guerra. He aprovechado para despedirme de Joseph, no sin antes intercambiarnos los botones del uniforme, para que nos sirva de recuerdo de tan asombrosa Navidad.

Me despido ya Maria, no sin antes desearte luz; la misma que espero me acompañe hasta verte de nuevo.

Siempre tuyo,

Heinrich.

***

A continuación, se muestran páginas del diario del soldado Joseph Aldridge Henry, 3º Batallón Royal Welsh Fusiliers, 20ª Brigada de Infantería (promocionado a sargento por su coraje y valentía durante el asalto aliado a Neuve Chapelle).

***

10 de marzo de 1915. Frente Oeste – Neuve Chapelle (Francia)

Atravieso humo, entremezclado con densa niebla. El bombardeo ha infligido un serio castigo sobre las tropas alemanas, que se repliegan sorprendidas. Debemos avanzar rápido para evitar que se rehagan y que el enemigo contrataque.

Descubro que la línea alemana ha retrocedido más allá de la aldea, parece que no tardaremos en conquistarla.

Tras la última trinchera se amontonan muchos cuerpos; llama la atención uno de ellos, ligeramente alejado del resto. Me acerco. Tanteo con mi bota y apunto con el fusil. No se mueve. Veo a mis compañeros marchar a mi lado, apresurados.

Algo asoma bajo el alemán muerto: parece una carta. De entre los pliegues del papel sobresale un botón. Lo recojo, lo miro. Un breve recuerdo; un fogonazo.

Parece que fue hace mil años. Miro al cielo e imagino, distraído, luces que fueron.

***

FIN

#cuentosdeNavidad

Notas del autor (traducción libre):

Liebe <> Querida

Stille Nacht <> Noche de Paz

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Jungla

Otra vez llegaría tarde al trabajo. Odiaba que se le pegasen las sábanas y que su día fuese, desde primera hora, una batalla perdida contra el reloj. Se puso su gabardina y fue arrojando en el bolso utensilios cotidianos que más tarde lamentaría no haber llevado, entre ellos el teléfono móvil – en el que acumulaba seis correos electrónicos y media docena de mensajes, el pesado manojo de llaves y la cartera.

En el rellano le llamó la atención que el único ascensor no estuviera, en plena hora punta, ocupado por algún vecino. Sonrió para sus adentros apuntando que, tal vez, su suerte comenzase a cambiar y apretó con premura el botón de llamada varias veces, dispuesta a sacarlo de su sopor.

Una vez dentro, se afanó en buscar la pequeña llave que accionaba la cerradura que desbloqueaba el acceso al garaje. Como de costumbre, ésta se resistía – parapetada tras otras de un tamaño más generoso. Entretanto, la puerta deslizante se cerró; el artilugio quedaba a la espera de órdenes. Giró el llavín y aguardó a que se encendiera el piloto rojo.

Sorprendentemente, el mecanismo tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, una leve sensación de montaña rusa le hizo percatarse de que, en vez de bajar, subía. Contrariada – vivía en el cuarto de un edificio de quince plantas – chasqueó la lengua; todo fuera que le diese por recoger al vecino del ático y luego se detuviera, solidario, en todos los pisos en el camino de vuelta.

La ley de Murphy casi se cumple – ascendió hasta la decimotercera. El caso es que allí no había un alma. Segundos más tarde, la máquina inició su descenso. Realizó sólo una parada más, irónicamente en su propio piso. De nuevo, la recibió tan sólo un rellano oscuro y desangelado, lo que no hizo sino incrementar su impaciencia. Miró de soslayo al reloj; no veía el momento de enfrentarse al atasco diario.

Notó cómo las lámparas, que colgaban de las esquinas del techo, parpadearon ligeramente. Recordó cuando, de niña, el viejo ascensor de casa de su abuela se detuvo por un fallo eléctrico y no le quedó más remedio que recurrir a la aparatosa alarma. Medio vecindario y una brigada de bomberos más tarde, salía victoriosa. La aventura le había granjeado una fobia a los elevadores que, con el tiempo, había devenido en respeto y, en el presente continuo, puro olvido – fuerza y costumbre ahorcan.

También percibió cómo el habitáculo rozaba con las paredes del hueco, provocando un ruido estridente y desagradable que anunciaba una pronta visita de mantenimiento. Se repasó en aquel espejo estrecho – estaba satisfecha con la imagen que proyectaba: vestido largo color entre fucsia y vino, zapato ligero de tacón no muy alto y bolso a juego. Se acercó aún más para estudiar el maquillaje – estaba obsesionada con encontrar la cantidad justa que le permitiese habitar la frontera entre pintarse y arreglarse. Quería que todos escuchasen su discurso sin que su apariencia destacara y pensó que, aparte las prisas, tal vez lo conseguiría.

Un sonido metálico, como el que producen los eslabones de una cadena al entrechocar, precedió a una violenta oscilación del ascensor. Éste se detuvo por un instante que pareció eterno, y luego reanudó su marcha a un ritmo más lento que el habitual. Comprobó el visualizador – indicaba que se encontraba entre el primer nivel del sótano y el segundo. Ojalá no se detuviera ahora que quedaba tan poco, imploró para sus adentros. Para su alivió, continuó bajando hasta terminar por asentarse en el sótano del garaje. Ella, que mentalmente iba ensayando las palabras que diría horas más tarde, esperó impaciente que la compuerta se abriera, trasunto de pistoletazo de salida de su rally diario – hoy especialmente salpicado de curvas cerradas.

Pero no sucedió: permaneció cerrada y, en su lugar, la luz se apagó por completo. Contrariada, comenzó a tantear la botonera, al principio con una mano y luego, desesperada, con las dos – completamente a bulto. Ningún botón respondía, ni siquiera la alarma o el teléfono de emergencia. Sus ojos se fueron acostumbrando, poco a poco, a la oscuridad. Captaba un tenue resplandor que venía de la parte superior del hueco y acaso el fulgor de las lámparas. Pensó en gritar, pedir ayuda a algún vecino. En su lugar, respiró hondo y trató de dominarse.

Cuando casi había conseguido calmar sus nervios, la luz volvió a encenderse. Fuese por la situación de verse encerrada y a oscuras o porque la temperatura del recinto estuviera subiendo, comenzó a notarse afectada por el calor. Notaba como su frente se humedecía – detestaba las miles de gotas que se le formaban sobre ella siempre que perdía los nervios. Antes de insistir con la botonera, volvió a comprobarse en el espejo: su reflejo le devolvió una imagen mucho más pálida, desencajada y fuera de sí: la breve experiencia a oscuras había conseguido castigar su rostro mucho más que un día de trabajo duro. Pero había más: los paneles de madera que cubrían las paredes del habitáculo presentaban unas manchas oscuras, que parecían de humedad. Ella hubiera jurado que antes no estaban. Remedaba, además, que las manchas crecían por momentos. Apresuradamente, probó el botón de apertura – sin éxito. Sin embargo, el ascensor se movió. Primero con un leve traqueteo y oscilación y después, inexplicablemente, comenzó a bajar.

No se lo podía creer. Era imposible – ya se encontraba en el nivel más bajo. Se figuró que, tal vez, se hubiera desorientado. Se concentró en el movimiento de la máquina y, como había sospechado, se percató de que bajaba. Pero ¿a dónde? Descendía con un ritmo leve, cansino – casi de mentira. El visualizador seguía descontando alturas; ya señalaba el menos siete. Aquello carecía de todo sentido.

Resolvió gritar con todas sus fuerzas, aporrear las paredes de la cabina. Probó, fuera de sí, los botones – ninguno obedecía. Fue notando un calor cada vez más asfixiante y un intenso olor a humedad. Las manchas cubrían toda la superficie de los paneles, y comenzaban a extenderse por el techo. Pensó, desesperada, que una fuga de agua estuviese inundándolo todo y que, más pronto que tarde, terminase anegando el compartimento con ella dentro.

Cuando el ascensor se detuvo marcaba el nivel menos quince. A sus pies, se había formado un charco que cubría el suelo de la caja, y las paredes rezumaban humedad. Ella también se notaba empapada; el calor resultaba insoportable. Se mantuvo quieta y esperó, atenta a cualquier movimiento. Con un roce apenas imperceptible, la puerta se abrió. No consiguió distinguir apenas nada de lo que había fuera. Delante de sí sólo había oscuridad absoluta, entremezclada con jirones de vapor, tal vez procedentes de la condensación, que la luminosidad de la cabina descomponía en pequeñas partículas.

Salió bruscamente del ascensor, casi sin mirar atrás. Se sorprendió al pisar sobre un suelo irregular, que le obligó a caminar con cuidado para mantener el equilibrio. Tanteó para buscar un interruptor, pero no encontró ninguna pared. Sus ojos volvían, de nuevo, a acostumbrarse a la negrura, únicamente rota por la claridad del elevador, que permanecía abierto. Intentó orientarse, pero no encontró referencia alguna. A medida que se alejaba, el suelo se volvía más irregular y tenía la impresión de pisar una suerte de hojarasca que se aplastaba bajo su peso. Además, empezó a sentir un extraño picor, como si, en el suelo, miles de pequeños insectos se hubieran percatado de la desnudez de sus pies y comenzaran a invadirla. Instintivamente, se agachó para apartarlos. Fue entonces cuando comenzó a ser consciente del ruido. Percibía millones de sonidos: zumbidos, gorjeos, graznidos, estridentes chillidos, siseos y el arrastre de algo pesado e indefinido por el suelo. Notó también cómo el espacio alrededor de sí se achicaba. Al caminar, rozaba con algo que, al tacto, parecían enormes hojas y tallos cuya altura no alcanzaba a aprehender.

Cada vez le costaba más avanzar en la espesura de lo que le rodeaba. Se detuvo por un momento; temió desorientarse. A una distancia indeterminada, le pareció ver dos pequeñas canicas que refulgían. Petrificada, optó por mantenerse inmóvil hasta poder identificar de qué se trataba. Lo que escuchó entonces la sacó de su ensimismamiento: un rugido atronador surgió del mismo lugar donde se encontraban los destellos. Intuyó el peligro, giró sobre sí misma e intentó correr. Trató de localizar la claridad que el ascensor proyectaba, y a duras penas consiguió llegar. Se introdujo en el habitáculo y comenzó a pulsar todos los botones, a gritar y llorar, asustada. Ninguno obedecía.

Entonces lo vio llegar. Se acercaba despacio, como picado por la curiosidad. Era un enorme felino de piel moteada. Sus atentos ojos poseían un brillo fantasmal. Fijaba la atención en su presa, tranquilo, como sorprendido de que se quedase allí sin emprender la huida. Ella se quedó inmóvil, agarrotados los músculos y, al mismo tiempo, maravillada por la belleza del animal. En un último instante, éste profirió un rugido sordo y enseñó sus enormes fauces. Flexionó sus poderosas patas, preparado para atacar.

Justo entonces, la puerta se cerró. Ella se arrodilló y comenzó a sollozar, entre aliviada y asustada. Con parsimonia, la cabina comenzó a elevarse y, tras unos minutos, se estabilizó. Pudo comprobar en el visualizador que se encontraba, de nuevo, en el nivel del garaje. Se miró en el espejo y trató de recomponerse. No quedaban ya marcas de humedad en las paredes y el suelo estaba seco. De entre su bolso, al que seguía aferrada, extrajo las llaves del coche.

Salió con paso decidido; se sentía preparada para sobrevivir otro día más en la jungla.

FIN

Astelehena

Los encontré en los pasillos, mientras aguardaban por los chavales de Gesto que organizaban la concentración. Había cierto nerviosismo – parecía que a pesar de la lluvia nos juntaríamos algunos más que de costumbre. Yo miraba alrededor con aire escéptico; en aquel grupo más o menos heterogéneo habían entrado muchos y salido no pocos, agotadas las ganas, amortizado el factor novedad, por la incomodidad de la exposición o simplemente por lo absurdo de abrazar causas ajenas.

Bajamos las escaleras que daban al gran vestíbulo del instituto y enfilamos la salida. Abrimos paso a los que, en retaguardia, se afanaban en cambiar el contador de la pancarta. Cada semana se actualizaba – guarismos que describían la dimensión de una triste realidad. Hoy tocaría el trescientos noventa. Demasiados días para cualquier cosa, tanto más en un zulo.

Nos fuimos amontonando en el exterior de la puerta, parapetados debajo del exiguo saliente que, con todo, nos protegería del persistente sirimiri. Resuelto a dejar la segunda línea, di un par de pasos al frente y encontré mi lugar entre dos de los promotores encargados de sujetar el cartel.

Como era de esperar, ellos ya estaban frente a nosotros. Ocupaban su lugar habitual: siempre dentro del recinto, muy cerca de la verja y la cancela de entrada, al pie de la escalinata que daba a la puerta principal. Apenas se contaban tres o cuatro metros entre nosotros, aunque remedaba lo suficiente para erigirse en incómoda tierra de nadie. Todo transcurría en los quince minutos que duraba el primer descanso.

Yo identificaba las caras y los gestos, prácticamente invariantes. De nuestro lado, los paraguas brotaban como hongos conspicuos a las primeras de cambio. En el suyo, aguantaban la lluvia, incólumes, como si formase parte de la liturgia. Tampoco había novedades en los mensajes; en su pasquín sobresalía el lema principal: zuek faxistak zarete terroristak. Puntuales como un reloj, durante los últimos cinco minutos surgiría, de viva voz, la proclama principal: Euskal Herria askatu. A cualquiera le habría dado la impresión de que seguirían allí otros trescientos noventa días más, granizara o tronase, sin inmutarse.

También lo vi a él. No era de los de primera fila, aunque tenía la ventaja de su altura, desde la que miraba, desgarbado, al resto del mundo. Siempre había destacado por su estatura y delgadez, a pesar de que comía como una lima. Su madre preparaba unos bocadillos kilométricos, también para mí. Él me echaba una mano para dar cuenta de ellos, por no hacerle el feo a su amatxu. Los tiempos cambiaban – los bocatas no.

Sonaba la sirena y tocaba disolverse, como cada semana. Siempre consideré revelador el momento en el que rompíamos las filas – por aquello de que la velocidad en la que cada uno volvía a sus asuntos mostraba, grado arriba o abajo, el compromiso de su causa; lo que pesaba en su esquema mental. No me extrañaba que ellos, conscientes de cualquier detalle, se quedasen siempre hasta el final.

Lo fui a buscar en un intermedio. El aula del grupo de euskera quedaba al final del pasillo. Estaba en su sitio, ya mediado el bocata, que mostraba a poquitos, retirando el papel aluminio con sumo cuidado, como si le doliera.

Zelan…?

Alzó una ceja, pero sin perder ripio del hamaiketako. Es lo que tiene el hambre.

Kontatzen didazu zer gertatu zen ala ez…? -Insistí, a la carga.

-Pues que no sabes beber -dijo con media sonrisa de pícaro.

Aún me dolía el labio, medio partido; más me dolió tener que contar cuentos en casa. Y todavía más el orgullo.

-Sólo recuerdo que salíamos de Barrenkale y poco más. Nos siguieron desde el garito; algo dijimos que no les gustó.

-Pues hubo que repartir hostiones tamaño cura. Tuviste suerte de que te encontrara porque tus colegas se dieron el piro.

-Ya.

Repasé su rostro. Alguna marca quedaba, en el pómulo. Una pequeña herida en el mentón. Hasta ahí el inventario de daños.

-Pero algo les zurramos, ¿no?

-Yo más que tú -dijo con la boca llena-. Igual tienes que cambiar de amigos…

-¿Por…?

-Bueno…tú verás. Son constitucionalistas para lo bueno. Están contigo en las manifas para que liberen a gartzeleros y burgueses, pero en el momento de la verdad…  ospa! -acompañó la expresión de un gesto cómico, que atrajo la mirada de varios.

-Es un pobre hombre. Se están cubriendo de gloria tus gudaris…-dije, cambiando de tercio.

Se revolvió incómodo, acusando ligeramente el intercambio de pareceres. Pero siguió a lo suyo: del papel aluminio sólo quedaba una bola y el resto era, literalmente, pan comido.

En la pared del fondo del aula colocaban el mosaico; caras que, desde una prudente distancia, semejaban publicidad del fotomatón. De cerca la cosa cambiaba – se volvía algo más lúgubre.

-Bueno, te veo… ¿no? -pregunté.

Bai. A ver si este sábado controlas más y no te tengo que rescatar.

-Son carnavales de Santurtzi; creo que toca Rosendo…

-Pues todo para ti -espetó–. Ikusi arte.

Baina noiz?

-Cualquier día –dijo alzando una mirada atenta-. El lunes que viene. O así.

FIN

#historiasvascas #ZendaIpuinak

Notas del autor (traducción libre):

Astelehena: lunes.

Zuek faxistak zarete terroristak: vosotros fascistas sois los terroristas.

Euskal Herria askatu: libertad para el País Vasco.

Amatxu: mamá (coloquial).

Zelan?: ¿qué tal?

Hamaiketako: especie de almuerzo, media mañana.

Kontatzen didazu zer gertatu zen ala ez?: ¿me cuentas lo que pasó o no?

Ospa!: ¡fuera!

Bai: sí.

Ikusi arte: hasta la vista.

Baina noiz?: ¿pero cuándo?