El pájaro que quería ser dragón (y II)

La que sigue es una entrada muy especial. Con este cuento, basado en una creación anterior, David Aldegunde Poveda ha participado y resultado ganador del I Concurso de Micorrelatos San Blas (Biblioteca Pública Municipal de San Blas), en su categoría A. 

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Books of old

He’d find that large, heavy door locked only too often – so he tried not to raise his expectations and, most important, remain unheeded as he went up the long flight of stairs. The adults were engaged in commonplace conversation down below – probably over his grandma’s aromatic, boiling tea and spirits.

Quite as usual, he leaned his full weight upon the loft entrance and pulled down the handle. To his surprise, he found no resistance as he pushed his way. At first all seemed dark – yet at the far end a skylight poured in dim light from a fading winter day. His eyes got eventually used to the scenario though; it was then that shapes, dimensions – even colours showed: they depicted a spacious room, topped by a gabled roof. His grandad’s writing desk lay on his left – a robust, rectangular board made of oak timber supported by stout legs. The ceiling was clad with irregular, crossing beams after the fashion of conspicuous branches of and old yet invisible tree.  The bookcase – with the long-awaited collection of fantasy tales – consisted of a basic furnace piece: two-level stacked shelves all along the perimeter of the room. These contained vast arrays of volumes. He felt unsure – ignoring where to start. The bookshelf opposite to him boasted a pile of thick tomes featuring a red cover. Impulsively, he held out the one at the top and deposited it carefully on the desk.

Before he turned on the old-fashioned lamp, he took a sidelong glance at the entrance door, which he had purposefully left ajar. Only then did he take a seat in the throne-like chair and felt his head running wild with excitement at the prospect of new adventures. He’d been bold enough to cross the line into forbidden lands and hoped it would pay off soon enough.

Bestiary of Hazûd was the promising title. He opened up the encyclopaedia-looking book on a worn, yellowish page where a large capital ‘D’ showed. He turned it over and found the illustration: it was a black and white drawing of two symmetrically arranged dragons. These were lying on their fours – their legs finishing in sharp-looking claws. Tails were bent downwards – almost skimming one another. Their wings, in turn, were folded – as if waiting for a sign to unveil. His eyes got immediately attracted by their long, stout necks – boasting a myriad of little scales. Their massive heads were turned upwards at some indefinite point in the sky. Their mouths were partially open and produced long arrow-like tongues. Impressive as all these features were – he found the dragons’ eyes the most shocking: fiery and full of malice. Despite the absence of colour he could easily picture them in gleaming red – conveying, as a whole, the impression of two evil creatures ready to burst out in flames.

At that point the unearthly reek became evident. How long it had been there though, he could not tell. It was unlike anything he’d smelled before – so it was by pure intuition that he realised it was sulphur. He checked his surroundings – should there be a fire starting – but all looked quite the same. He could feel the odour increasing though. He stood, turned around and started to walk off towards the opposite end of the room – whence he thought the stink originated. He stopped halfway through, paralyzed with indescribable fear. In the farthest room corner, he saw two shady, crimson-like glowing spots. As he stared at them, he got the impression they looked back at him with growing rage. This was only made worse when they flickered – as if for a brief wink. He made an attempt at turning, but then a noise of a large, uncanny presence tossing on the floor close by became too audible. He could only close his eyes, hoping – ironically – to wake up back to reality.

A sudden tap on his shoulder startled him. He cried in dismay.

‘Are you okay boy?’ It was grandpa. He let go of the air in his lungs and felt relieved. Then hugged him tighter than a bear – as if there was no tomorrow.

‘Oops mate. You’re squeezing me.’ His grandad checked his face – looking much too pale. ‘It looks like you’ve seen a ghost…or worse! And, by the way, what are you doing up here – have I not told you not to come here solo?’

Grandpa walked back to the desk and spotted the open book. He examined the mighty reptiles closely. Then he looked back at the boy, who remained motionless in the same spot – as if turned into granite. Grandpa took a few steps back to the kid and held him kindly by the arms. There was a strange mix of guilt and fear in his eyes.

‘Mmm… I’ll tell you what: next time you’re over we’ll have a little tour around here. How do you think?’

The kiddie’s eyes lightened up. Looking over his grandpa’s shoulders he checked again for the ominous dragon’s eyes – but saw nothing. Nor did he smell anything amiss.

‘The thing is,’ added grandpa. ‘This place could be big fun. But it needs mastering. After all, you never know what you’ll come across in these books of old’.

THE END

To Eamon Sheridan. Great storyteller, and best English master ever.

Revolucionarios

Arreciaba la lluvia y aquel viento inclemente. Intentó calarse el sombrero, buscar protección e intimidad bajo el aparatoso paraguas. Se sentía pesado después del almuerzo y pensó que le haría bien caminar por las callejuelas de un anegado París. La primavera pronto daría esplendor a los jardines y cedería al espectáculo de los árboles en flor. Empero, Pierre Curie caminaba absorto; su envidiable intelecto remedaba enfrascado en no pocos pensamientos que anhelaba poner en orden. De una parte, las infinitas posibilidades de la radiactividad aplicada; contaban al fin con medios y reconocimiento – gracias a un Nobel otorgado con sordina, al que él no hubiera dudado en renunciar. Recordaba las incontables horas de esfuerzo y concentración en lóbregos y mal dotados laboratorios. Noches iluminadas por conspicuos tubos de ensayo aislando radio y polonio. Manos hábiles, inasequibles al desaliento y a las dolorosas costras y llagas que, conscientemente, habían resuelto ignorar.

De otra quedaba el mundo académico: deseaba innovar, revolucionar la enseñanza – abrir las puertas de la ciencia al mundo. Faltaban horas en el día para incorporar mentes inquietas y brillantes a la causa científica. Así la había conocido a ella: antes Manya, ahora Marie. Pálida y delgada – frágil solo en apariencia, con su enmarañado pelo rubio y su mirada atenta y triste.  Nunca antes había visto tanto talento, pasión y entusiasmo. Su dedicación y determinación lo atrajeron más allá de todo magnetismo. Sonrió para sus adentros mientras rememoraba el tiempo en que aquella mujer, de apellido impronunciable, se sentaba a la primera fila de sus clases. Cuánto llegó a admirarla cuando, con timidez, le hablaba de su durísima disciplina de estudiante, colgada de voluminosos libros mientras pasaba hambre y frío. Cómo llegó a desearla cuando ella volvió a su Polonia natal, con la promesa de volverse a encontrar. Enseguida alumbró la certeza de que la seguiría por encima de toda razón – como la luz de una brillante estrella en una noche oscura.

Una ráfaga lo sacó, por un breve instante, de su ensimismamiento. Oteó a su alrededor – con cuidado de evitar miradas que lo reconocieran. Lejanos ya los días en los que Marie y él caían extenuados tras largas horas sin comer ni dormir, la fama de ambos había devenido en frecuentes visitas – invasiones, pensaba él – de periodistas patrios y corresponsales internacionales. Le exasperaba la vida social: eran muchas las invitaciones a fiestas, demasiado el esfuerzo dedicado a naderías; bombo y oropel que no conseguía más que distraerlos y quitarles el bien tan escaso, y que tanto apreciaba.

Apretó el paso por una calle oscura del barrio latino. A lo lejos, un minúsculo claro azul profundo, entre jirones de densas nubes, le recordó el día de su boda con Marie; un radiante día de junio a las afueras de la ciudad. De ese color era su vestido – en realidad, no tenía otro. Desde allí habían emprendido un maravilloso viaje en bicicleta, sin más aditivo que una brújula y unas viejas mochilas en las que acarrear sus escasas pertenencias. Recorrieron durante varios meses el norte del país, bebiendo de su compañía durante largos días de verano, alimentando sueños y solazándose en bellísimos paisajes.

Enfiló por rue Dauphine, a lo lejos quedaba el Pont Neuf, en el borde occidental de la Île de la Cité. Por la calle transitaban carruajes de varios tamaños y propósitos. Consultó su reloj de bolsillo – quedaban diez minutos para las tres; apenas hacía veinte que se había despedido de los ilustres profesores. Con todo, no quería que se hiciera más tarde y aprovechó el paso de un carro tirado por caballos para cruzar. Se dio cuenta, solo un par de segundos tarde, que había olvidado comprobar la cercanía del transporte que le seguía. El paraguas atenuaba ligeramente el golpeteo de los cascos de los cuadrúpedos y el constante golpeteo de las ruedas con el empedrado. Sorprendido por la presencia del científico, el cochero tiró de las riendas. Sin margen para cambiar de dirección, una de las bestias – la más próxima a Curie – se encabritó y relinchó con sonoridad. Pierre soltó el paraguas y se asió al arnés, comenzando a desplazarse en la dirección del vehículo. No por mucho tiempo: el resbaladizo empedrado y las cabriolas del animal hicieron que perdiera el equilibrio y diese con sus huesos en el suelo. Primero lo azotó un intenso dolor en el brazo derecho, que soportó su peso al caer, seguido de un latigazo en la espalda, que le hizo cerrar momentáneamente los ojos. Notó que su bombín se desprendía, y que la terca lluvia mojaba su cara. Aún disfrutó de un breve instante, antes de que las pesadas ruedas apagaran por siempre su genio.

Fue un simple fogonazo, en el que por fin entendió. Tal vez no vería crecer a sus jóvenes y prometedoras hijas Irene y Eva. Ni escucharía a Marie retomar su Cátedra exactamente donde él la había dejado. No la acompañaría en su segundo Nobel en 1911, ni viajaría al frente a bordo de las pequeñas curie para extraer balas y metralla de los soldados heridos en las trincheras de la cruel guerra. Tampoco la cuidaría en sus últimos días de ceguera y enfermedad, genio y figura encerrado en un cuerpo que no daba más de sí.

La suerte le deparó un último segundo de lucidez. Entonces lo supo. Tal vez, en eso consistía la verdadera revolución. En tener el valor de buscar hasta encontrarse, reconocerse y caminar juntos, contra viento y marea. Forjando un destino común y resistiendo, incólumes, hasta el último día de lluvia.

FIN

 

A la memoria de Manya Sklodowska.

#hombresyalgunasmujeres