Perdimos

Es un día de invierno radiante; frío, con apenas nubes. En el coche suena música, un mezclado entre Coldplay y la Velvet que algún algoritmo se ha empeñado en juntar. Mientras remonto el puerto, resbalan algunas lágrimas. Dicen que alivian y son saladas, pero no es mi caso: solo me ponen más triste, queman las mejillas y saben a nada. Las manos agarran el volante, y yo me aferro a recuerdos de fiestas de cumpleaños.

(con piñatas y divertidas carreras de sacos, que él contemplaba con un habano entre los labios y ella con su eterna sonrisa)

Él se marchó, hace ya la friolera de dos lustros y medio. Aunque no me cuesta volver a las xuntanzas familiares – flanqueado por no pocos manjares; capaz como fue de ilustrar mapamundis con deliciosas recetas, historias en las que paisaje y paisanaje cobraban vida alrededor de rellenos de pollo de corral, caldo gallego, salpicones de marisco y vieiras al horno. Que él preparaba con una mezcla de cariño y profesionalidad por cuenta propia y para solaz de muchos – fuese alrededor de la mesa familiar o en el comedor del Churruca. Nadie (con perdón de los presentes) ha vuelto a presidir el cónclave de los Aldegunde con igual talento, y rompernos la cintura tirando de socarronería y astucia. Y ahora bien sé que me llamaba Caruso porque me quería mucho, y porque yo andaba justo de ópera.

(y pienso que no escuché lo suficiente, que bien podía haber estirado aquellas sobremesas para saber algo más de la vida buena)

Y en estas termina el viaje – ya con nocturnidad y alevosía. Y aunque he tenido todo el tiempo del mundo, no estoy preparado para despedidas. Contemplo caras tristes, toneladas de cansancio. Quiero mirarla y no puedo. Está ahí – justo delante, pero ya no está. Me lo recuerdan conspicuas coronas de flores, trasunto de la alegría que llevaba y transmitía.

(se me ocurre la solemne bobada de contarlas para pasar el trago: rosas, crisantemos, claveles, lirios… Pierdo la cuenta – debe de haber más de mil)

La sigo mientras trabajaba la huerta; le daba de comer a los perros, a las gallinas. Ella no era de hablar mucho, y sin embargo decía tanto. La veo con sus amigas: la más guapa del café, pizpireta como la niña que nunca conocí; cariñosa cuando me acercaba. Con un no sé qué de elegancia que nunca heredé, pura calma mientras presumía de un nieto que no veía el momento de volver a ignotos lugares lugares montado en su bici.

(y así transcurrían días de verano azules y grises, mientras dilapidaba el tiempo a espuertas, convencido de que la vida era un contador infinito de días)

Pasa el momento – me visto de traje negro; negra corbata. A juego gemelos y zapatos. Salimos otra vez. La lluvia y el viento me recuerdan que vivimos otro día, aunque quisiera que fuese ayer. Arropados por los nuestros, nos deslumbran – otra vez – luces que fueron. Partimos de nuevo, tan despacio que parece una broma. Ya alcanzamos nuestro destino: entramos en la iglesia. Reconforta ver rostros de conocidos y amigos.

(a los que me gustaría ver en mejores circunstancias, y pienso que soy un necio por no encontrarlas)

Nuestro párroco es un profesional del duelo, además de un sacerdote con mucho flow. Dice mucho y bien, y además es un maestro gestionando los tiempos – a años luz de quien suscribe, o casi. Siguen bellas palabras, que llevaré conmigo.

Una vez fuera iniciamos la subida, que barruntamos última. Tememos la lluvia, que no llega – sí un viento racheado y desagradable, que no quiere hacer amigos. Todo ocurre con mucha calma y orden. Hay una extraña belleza en el ritmo del sepulturero – como una especie de mensaje velado a navegantes. No faltan últimos abrazos y escuetos hasta siempre. Yo sigo helado, hoy remeda imposible caldearse por fuera, por dentro no hay rayos de sol – ni se les espera.

Pero tenemos un plan: nos volveremos a juntar. Tortilla de patata, pimientos del piquillo, un lomo espectacular y sabroso queso consiguen obrar el milagro. Lira me mira, y no es cosa baladí – así que esta noche no dejaré de acariciarla. Hay vino, postre, copas y conversación. También planes para conjurarse: el imperio contrataca. Y así abrimos un paréntesis en esta guerra – una suerte de partida malencarada con final incierto.

(o eso queremos creer)

Porque, en realidad, la lucha no cesa. Podemos mirar hacia otro lado, ocultarnos tras la sombra; pensar que no va con nosotros. Error. Da igual que nos enojemos, gritemos y pataleemos, que nos empeñemos en capturar lo mejor de lo que fuimos y somos.

(tal vez por eso escribo estas líneas: para hacerle un corte de mangas al paso del tiempo)

Sin embargo se ríe, ufano. Bien sabe que apuesta por caballo ganador; que no tenemos opción. Nos observa, desde su atalaya. Consciente de las guerras que libramos, de las que ganamos.

(de las que perdimos)

FIN

 

Bones sinking like stones

             All that we’ve fought for

Homes, places we’ve grown

             All of us are done for

 [Don’t panic – Coldplay]

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Helado de menta y chocolate

Fue la última en llegar. Llamó al timbre del ático de Alfonso, mientras terminaba de escribir un par de mensajes en su teléfono. Siempre con la lengua fuera, pensó. Miró de refilón su móvil mientras lo metía en el bolso. La canguro parecía muy joven, pero le habían dado muy buenas referencias de ella. Era la enésima vez que Santi le fallaba para cuidar de Martín y había tenido que encontrar la cuadratura del círculo para llegar a tiempo a la cena.

-¡Hombre Nati! Empezábamos a echarte de menos – la sorprendió un sonriente Fon-. Pasa…están todos en la terraza arreglando el mundo. Eso sí: con una copa de vino blanco para hacer más llevadero el trago.

Fon era el tipo con la mayor capacidad de sacar temas que conocía. Y de todos ellos sabía lo suficiente como para no quedar de pardillo, abrir juego y luego hacer mutis por el foro para practicar su deporte favorito: observar cómo los demás opinaban. Además de ser psicólogo, ejercía. Todo un profesional en apreciar el paisaje y el paisanaje. Tenía una sonrisa de escándalo – coronada de blanquísimos dientes – y capaz de desarmar a cualquiera. Por lo demás, era el perfecto anfitrión, y cocinaba de lujo.

-He traído vino y postre: uno fresquito para una noche de verano…

-No tenías por qué haberte molestado – observó Fon-. Le sirvió vino y la despachó mientras terminaba con los preparativos de la cena.

Atravesó el recibidor y el salón – apreció la mesa puesta para siete – y se fue directa la terraza.

Paco y Carolina conversaban animados, en tanto que Juan, Lara y Tomás escrutaban el skyline de la ciudad.

-Fíjate: cielo azul y la circunferencia del sol hundiéndose entre las montañas; cortada por edificios de hormigón y cristal. Tenías que haberte traído tu cámara para inmortalizar la vista – sugirió Juan-. Esta es una hora mágica.

flor_12

Fotografía: Ovidio Aldegunde

Luscofusco, como dicen en mi pueblo – añadió Tomás-. Pero la mejor forma de apreciar este momento es observarlo. En las fotos no queda igual.

Nati se acercó a los chicos y se unió a la charla. Para nada quería ir de sujetavelas – al menos en los entrantes. Al rato, apareció Fon haciendo chocar teatralmente una cucharilla contra su copa.

-Queridos…la cena está lista – anunció.

-¡Y nosotros de palique en plan gorrón! – dijo Carol mientras plantaba un sonoro beso a Paco-. A ver si aprendes a ser tan buen anfitrión. Nos tiene a mesa puesta…

-Lo mío son los algoritmos de protección robustos – salió él por la tangente.

-Eso: invitados hambrientos, pero ciberseguros – ironizó Juan. Lara apuntaló la ocurrencia con su risa, algo estridente, mientras se sentaba a la mesa.

Siguieron charlando mientras se servían los primeros – en aquellas quedadas tenían la costumbre de traer, entre todos, aperitivos y entradas para compartir; el anfitrión se encargaba del plato fuerte.

-“Dadme cien chicos sanos y, mediante un adecuado acondicionamiento, podré hacer de ellos sacerdotes, ladrones…y hasta asesinos en serie”-observó Fon-. También se podría plantear al revés…

-¿Y eso de qué va?- preguntó Lara, sorprendida.

-No es una frase mía…es del fundador de una corriente de la psicología: Conductismo, se llama…El asunto es emplear unos determinados estímulos para dirigir la conducta del individuo. Básicamente supone que, mediante la exposición adecuada, se puede controlar el comportamiento de cualquiera…para bien o para mal.

-¿Eso no es lo de los chuchos del tal Pavlov?-terció Juan, mientras atacaba la fondue de queso.

-Justo. Aunque un poco más elaborado, más… sistematizado- respondió Fon elevando un poco el tono-. Me encantaría probarlo en plan extremo, en mis sesiones de psicoterapia, con determinadas personas.

-¿Con quién?- quiso saber Tomás.

Fon se concentró en la comida mientras meditaba la respuesta. Paco y Lara miraban curiosos, y Nati daba otro sorbo más a su copa mientras pensaba en cómo se estaría portando su hijo. Él podría ser un buen candidato, pensó. O su ex Santi, añadió para sí con cierta maldad. Bien pensado, podían acudir los tres – lo mismo el bueno de Fon hacía de descuento por volumen. Sea como fuere, el teléfono no había vibrado – así que, por ahora, sin señales de alarma.

-Hablo, sobre todo, de casos perdidos. De tipos cuyo comportamiento es puramente patológico…- añadió el anfitrión, yéndose por las ramas.

-¿Cómo el asesino del centro?- añadió Carol, como quien hubiera descubierto la pólvora.

-¡Exacto!- añadió Fon- suponiendo que son capaces de echarle el guante…

-Ya te digo yo que el colega tiene las horas contadas- dijo Paco. Seguro que lo tienen estudiado y su posición bien triangulada. Estarán esperando a que asome la patita para trincarlo, Y luego, con todos mis respetos hacia la propuesta de Fon, espero que se lo cepillen…

Fon esgrimió una de sus sonrisas de encantador de serpiente y se relajó en su asiento. Ya tenían un tema sabroso, pensó. El caso del asesino del centro, como lo habían bautizado los medios, era un trasunto de Jack el Destripador en la era del Twitter, Facebook e Instagram. Todo había empezado hacía unos tres o cuatro meses, con el descubrimiento del cuerpo mutilado de una joven en su propia casa.

-Con perdón de la mesa – terció Juan – lo que le hizo a la chica que vivía en el barrio chino fue digno de casquería. Por lo visto, fueron los vecinos quienes avisaron a la policía. La versión soft decía que estaban extrañados de que se acumulasen las cartas en su buzón…la otra es que el rellano al que daba su vivienda apestaba que no veas, y que los perros del vecindario no paraban de ladrar y olisquear por su puerta.

Lara no quitaba ojo de Juan, como de costumbre. Decir que estaba loquita por él era poco: lo había conocido en la librería en la que trabajaba; él era un cliente habitual – siempre a la caza libros de viajes. Un día se liaron la manta a hablar sobre destinos interesantes en el sureste asiático, y al siguiente se sacaron dos billetes para Hanói. La cuestión crematística no era problema para Juan, que vivía instalado en un eterno año sabático, a costa del extenso patrimonio familiar.

-Lo que se encontraron en la casa fue una carnicería – prosiguió Lara el relato-. El tipo había despedazado a la mujer: sus manos, cortadas a la altura de la muñeca, lucían sobre el aparador del salón en plan decorado grotesco. Encima le faltaban algunos dedos…Luego las piernas, cercenadas del muslo para abajo, estaban sobre una báscula en el cuarto de baño y…

-Qué detalle – interrumpió Paco- seguro que lo hizo por la operación bikini…

Todos rieron la ocurrencia, menos Carol, que lo miraba con expresión de querer convertirlo en la siguiente víctima.

-Todavía quedaba el lacito – apuntilló Juan-. El tipo había dejado la cabeza entre dos maceteros que había sobre la cornisa interior de una de las ventanas, la quedaba al patio de luces. El detalle floral – añadió con sorna-. Del resto del cuerpo, nunca más se supo…

-Pues, pensándolo bien, a mí me hubiera encantado ser el fotógrafo de la escena del crimen – añadió Tomás, que hasta entonces había permanecido discreto.

-Eso suena a deformación profesional- le espetó Fon.

-Ya. Lo dice el del conductismo…

Tomás seguía siendo un misterio para Nati. Se ganaba la vida de fotógrafo – realmente era muy bueno – y bastante hermético, salvo con tres o cuatro copas por encima de la línea de flotación. Había sido el último en unirse al grupo: Alfonso se lo había presentado a todos como un primo lejano de Galicia. Otra mentirijilla más, suponía ella, aunque ya nadie se acordaba.

-No he seguido mucho el caso- se interesó Nati-, pero por lo que sé aquella chica no ha sido la única: ha habido tres asesinatos más. Y, aunque no han trascendido tantos detalles, han debido de ser del mismo pelaje: carnicería al más puro estilo peli de terror serie B. Y todas eran mujeres jóvenes que vivían solas. La verdad es que da repelús pensar sobre el tema…

-Lo bueno del mundo digital -razonó Paco en plan interesante- y todo el ecosistema de redes sociales, es que te enteras de las cosas casi al tiempo de que ocurren. Seguro que, también por esa vía, lo tienen bastante acorralado. Lo que pasa es que no pueden decir por dónde van los tiros de la investigación para que no vuele el pajarito.

-Yo no lo veo tan claro – sostuvo Carol, insegura-. Y el caso es que no parece haber ninguna relación aparente entre las chicas, fuera de que vivieran solas.  Con lo tarde que viene Paco del trabajo y la de horas que me paso sola estudiando…en fin, vale más no pensar mucho en el tema porque te entra el bajón.

Siguieron todos de charleta. Fon les volvió a sorprender con otra de sus especialidades: caldeirada de pescado –receta de Tomás – regado con más vino. Destriparon la actualidad de todos los temas que, desde el comienzo de las quedadas, dominaban sus conversaciones: cine, ligues, hobbies, política y trabajo, que venía siendo el sustituto de la religión – tema en el que Juan desconectaba de forma ostensible. Después de que todos hubieron venteado sus penas laborales, Juan remató la jugada contando su último viaje a Japón, del que Lara había venido maravillada.

Llegaron los postes, y Fon comenzó a servir el helado que había traído Nati.

-¡Tachán! Helado de menta y chocolate…la combinación más elegante. ¿Quién se anima?

Nati notó como Tomás se revolvía, incómodo, a su lado.

-Si no te importa- interrumpió secamente el fotógrafo- yo tomaré café solo con hielo.

-Dirás que no te gusta el helado…

-Sí me gusta. Pero hoy paso – estoy un poco cansado; tengo curro de edición de fotos en casa y mañana madrugo para un reportaje.

Dieron buena cuenta del postre; después Fon les ofreció tomar unas copas en la terraza – ahora que la temperatura había bajado y la noche estaba estupenda.

-Yo no me puedo quedar chicos, disfrutadlo vosotros – anunció Nati-. A partir de cierta hora, el minuto de canguro se cotiza más que el kilo de caviar.

-Yo marcho también- apuntó Tomás-. Hasta la próxima.

Bajaron juntos en el ascensor. Nati se interesó por el trabajo de Tomás. Solía ver su blog con frecuencia; en él publicaba algunos de sus trabajos.

-Fotografía de entornos industriales – aclaró él-; no es la temática más hechizante, pero da pasta. También hago retratos y alguna exposición. He hecho una sobre flores…

-¿Te llevo a casa?- propuso Nati -. Tengo el coche por aquí… ¿Tú has venido en metro?

Se sintió sorprendida de su ofrecimiento. Con todo, pensó que le apetecía tener una conversación de adultos y estirar un poco la noche: quería descubrir algo más de lo que se escondía tras aquellos ojos grises. Además, el teléfono seguía sorprendentemente mudo, y media hora más no iba a cambiar tanto su vida.

-No tienes por qué molestarte – dijo él-. De verdad.

-No es molestia. Y no vivimos lejos. Mi hijo estará ya en el octavo sueño, y confío en que la canguro esté en el segundo…

Nati conducía por las calles sin tráfico. Tomás vivía en un apartamento de la ciudad vieja, en el que ya no se podía entrar en coche, salvo a horas intempestivas y prácticamente sólo de paso.

-Te has perdido un tremendo postre – le espetó ella.

-¿Qué? Ah… ya. Espero que no te haya sentado mal.

-No. Pero diste un salto como si hubiera aparecido el demonio cuando Fon lo presentó.

-Bueno…yo también tengo mis asociaciones mentales. Curioso que Fon haya sacado el tema del conductismo.

-¿Y eso?

-De pequeño, en mi pueblo. Diríamos que no le caía demasiado bien a un crío unos años mayor, y como siete veces más fuerte que yo. Todos los días, a la salida del colegio, venía con su grupo a acorralarme y a darme cera. Dejaba que sus palmeros me rodearan, mientras se tomaba un cucurucho de helado. Siempre del mismo sabor: menta y chocolate. Y después me daban un buen saco de hostias. Así varios años, hasta que se aburrió. O cerró la puñetera heladería, ya no recuerdo bien.

-¿Y tú no hiciste nada?

-En el pueblo éramos cuatro. Ahora hay protocolos de bullying y la de Dios, pero por aquel entonces, irse de la lengua tenía sus consecuencias. Y no quería darles problemas a mis abuelos. Bastante tenían con criarme.

Permanecieron callados hasta que llegaron al portal de Tomás. Él se desabrochó el cinturón de seguridad e hizo amago de salir.

-¿Te quieres tomar la penúltima en mi minipiso?- Sugirió él. Así me siento algo menos malqueda, por lo de tu helado…

-Eh…-Nati calibró las posibilidades de perder media hora más-. ¿Y tu reportaje de mañana…?

-No te preocupes. Iba a dormir poco, de todas formas. Tengo que editar varios miles de fotos…

El piso de Tomás no era pequeño: era mínimo. Con todo, tenía un salón aprovechable en el que sobresalía un mueble librería atestado de libros. Nati dejó su bolso y acudió al baño, mientras él preparaba algo de beber. De camino, se fijó en una foto en blanco y negro de gran formato, enmarcada en la pared opuesta a la librería. Mostraba, en primer plano, lo que parecía un caballete, en cuyo soporte se amontonaban enormes tulipanes cortados a ras de tallo. El conjunto se hallaba en una estancia de techos altos, en cuyo fondo se proyectaba, sujeta desde lo alto, una sábana, que caía justo detrás del atril como una gran cascada blanca. Era simplemente espectacular.

crisantemosFotografía: Ovidio Aldegunde

Cuando volvió del baño, Tomás todavía seguía enfrascado en la cocina. Curioseó entre los libros, y encontró uno en gran formato con fotografías de Robert Capa. Al abrirlo, de entre sus páginas cayeron varias fotografías al suelo. Descubrió, al recogerlas, que eran retratos de diferentes mujeres degustando algún plato en lugares públicos. Estaban acompañadas y, a juzgar por la expresión de su cara, era improbable que supieran que estaban siendo fotografiadas. Daban la impresión de ser fotos robadas. Se fijó en uno de los rostros; tuvo la sensación de que lo había visto antes.

-Vaya…veo que ya te has servido tú sola- la sorprendió un Tomás visiblemente molesto.

-Lo siento… Me quedé pasmada viendo la foto de los tulipanes y luego cogí este libro de la librería. Las fotos estaban dentro…

Tomás estudió las instantáneas lentamente, como si fuera la primera vez que las hubiera visto.

-¿Son amigas tuyas? La verdad es que son unos retratos muy naturales. Parecen tan casuales…

-No exactamente. Aunque, sin que ellas lo supieran, compartimos muchas cosas.

La expresión de Tomás se tornaba, por momentos, algo lobuna – sus ojos parecían oscurecerse.

-¿Por…?

-Oh…vamos, ¿ni siquiera te has fijado en lo que comen?

-Pues…no.

-Helado de menta y chocolate.

Como espoleada por un resorte, recordó de qué le sonaba la mujer de la foto: era la primera de las víctimas del asesino del centro. Pensó en lo grotesco y absurdo de aquella muerte. Instintivamente, echó mano de su bolso para coger el teléfono.

-Buscas esto, creo- espetó Tomás, mientas le enseñaba su teléfono móvil. Lo había cogido de su bolso.

Por alguna razón que escapaba a su entendimiento, se sintió profundamente cansada. Intuyó que sería una noche muy larga.

FIN

Para Ovidio Aldegunde. Más en https://ovidioaldegunde.blogspot.com/

Flores para los vivos

Recorrió junto a su madre la distancia que mediaba entre el desgastado portón principal y las primeras tumbas del cementerio. Caminaban callados; ella con aquel rostro solemne y triste, y él expectante – confiando en encontrar una ocasión para darle su mano o cogerla del brazo. Lo que fuera – pensaba él, con tal de romper aquella distancia indescifrable que, de un tiempo a esta parte, los separaba.

Ella visitaba los lugares donde descansaban los suyos y, metódicamente, eliminaba los tallos ajados, reponía los ramos marchitos y cambiaba el agua de las jardineras. Solía traer crisantemos, claveles, gladiolos y rosas recién cortadas del campo o traídas de encargo, según el caso. Su amor por las flores convertía aquel gesto en algo mágico, capaz de llenar de color y esperanza aquel lugar de recuerdo y pesar.

Ojalá – pensaba él – pudiera hacer lo mismo con su mirada, devolverle la luz que antaño irradiaba. Recordaba no pocas ocasiones en las que aquellos ojos azul profundo lo miraban y protegían de las aristas del mundo. Pero ahora están marchitos – se dijo, como las flores que, tercamente, se afanaba en cambiar para honrar el recuerdo de los fallecidos.

flor_10Fotografía: Ovidio Aldegunde

Se aproximaron a aquel recodo en el que se encontraban las lápidas más antiguas; vidas pasadas que él no había llegado a conocer. Entre ellas, la de Alejandro, del que tantas veces habían hablado en tardes de sobremesa: había combatido, a las órdenes de Bernardo de Gálvez, en la batalla de San Luis – a orillas del río Misisipi, en plena Guerra de la Independencia americana. Realidad o leyenda familiar, contaban que se había hecho enterrar con un trofeo de guerra – la cabellera de un soldado inglés. Mucho más reciente, encontraron el sepulcro que sus abuelos Juan y Teresa compartían. Su madre se arrodilló frente a él para musitar una breve oración y dejar un pequeño ramo de lilas. Más adelante, casi en la esquina norte del cementerio, la más fría, llegaron a un lugar donde una losa reciente daba paso a una hilera de nichos. Allí su madre se detuvo y depositó un manojo de azucenas. La tarde avanzaba; el viento comenzaba a despertar y movía ligeramente las copas de aquellos jóvenes cipreses que se erguían sobre el muro del cementerio y flanqueaban el lugar.

Recordó que, muy pronto, sería el cumpleaños de su madre. Y que hacía demasiado tiempo que no le regalaba flores. Pensó en un inmenso ramo de margaritas, rosas de vivos colores, gerberas blancas y coloridos tulipanes. Qué mejor obsequio para quien nunca olvidaba traer flores para los muertos.

Cuando su madre se levantó, observó que sus ojos brillaban, y que su rostro apenas ocultaba una mueca de profundo dolor. Pensó en abrazarla y se acercó, hasta que sus miradas se cruzaron. No le extrañó la frialdad de sus ojos mojados, pero sí la imprecisión de aquella mirada que lo atravesaba, desenfocada y rota. Buscó en su memoria recuerdos de tiempos más felices, en los que ella le regalaba sonrisas sin apenas merecerlo. De largos paseos por la ciudad en los que, con paciencia infinita, le enseñaba a leer los letreros luminosos de las tiendas. De soleados días de verano con postres en forma de bola de helado que, indulgente, siempre le consentía repetir. De algún lugar de su memoria brotó la conciencia escondida de su enfermedad. De tardes postrado en camas de hospital con su madre recordándole, con voz serena, que todo saldría bien. De largos tratamientos, recaídas y sufrimiento, al filo de toda esperanza. De aquella noche brumosa en la que la vio marchar, mientras le decía adiós envuelto en un mar de lágrimas. De cuando decidió no seguir luchando.

Reparó entonces en la inscripción de la losa, parcialmente cubierta por las azucenas que su madre había colocado con esmero. Las apartó cuidadosamente hasta que las palabras quedaron a la vista. Es oscura la casa en la que ahora vives, leyó. Del ramo se desprendió un viejo atrapasueños de tela que ella le había regalado.

La vio alejarse, apurando las últimas luces del atardecer. Caminaba serena; remedaba que, por un instante, hubiera sido capaz de librarse del peso de la amargura. Él se aferró al atrapasueños como, siglos atrás, su antepasado se habría aferrado a la cabellera del casaca roja.

Supo entonces que, cuando ella cerrara la puerta tras de sí, todo sería negrura y olvido.

Justo antes, la brisa le traería el aroma de millones de flores.

 

FIN

 

A mi madre. A todas las madres.

Escrito para el concurso de relatos #Bajodosbanderas.