Die Mauer / El muro (crónica de días de verano)

La tarde

La escena es un continuo fluir de almas en el soleado paseo. El muro lo separa del arenal, en el que disfrutan no pocos aficionados que esperan –esperamos–, impacientes, que el viento de nordeste despeje las conspicuas nubes. Desde allí se ve la ría: ora en calma, ora más venteada. En estas están Kike y Rubén: en cuanto la brisa se arme de brío irán raudos a por sus tablas, montarán las velas y los veremos navegar; tal vez nos regalarán algún acrobático salto e instantáneas submarinas merced a esas cámaras desechables que parecen de cartón piedra. Por ahora aguardan sentados hombro con hombro; Kike con su pelo de cepillo y cara de despiste, Chon con su humor retórico y curvilíneo. De refilón, observan el horizonte, mientras bareman el plan de windsurf. Todavía es pronto: la tarde es un sumatorio de posibilidades infinitas.

Hacia el mar, infatigable mezcla de verde y azul, aparece un montón de toallas agrupadas sobre la arena en cósmica asimetría: tremendo mejunje de colores y diseños. Sobre él y a su alrededor, se desarrolla un juego de cartas; los tahúres se despejan trabajosamente del sueño de la siesta. Marcos no lo disimula, tendido cuan largo es –medio cuerpo fuera de la toalla en un amago de croqueta–. Mientras decide su baza, Paloma intenta tomar el sol. No es que lo necesite, pues es pura piel tostada. Habla con Sara, que sonríe –algo más concentrada en el azar- y se ruboriza con su mirada color de agua. Cierran el círculo dos hermanos rubios, de piel blanca y ojos azules: Ana llama al orden –la languidez del verano hace estragos– y Joaquín, futuro doctor, la compadece, mundano, desde sus modernas gafas de sol.

En la orilla están los indecisos –imposible saber si vienen o van–. El agua está entre fría y helada, aunque por aquellos años todavía no me había dado cuenta. María acostumbra los pies al pasmo, sin menoscabo de que su hermana Belén se parta de risa –tiene una de las más contagiosas que conozco–. Están con María F., que consolida el triunvirato; los minutos transcurren mientras deshojan la margarita y atienden la línea de las domesticadas olas.

Algo más arriba, en la borrosa transición entre arena seca y mojada, hay un grupo animado con juegos playeros. Lo capitanea David, que ejerce de jugador y árbitro: sanciona a los que, despistados, violentan la línea de un campo inventado con un gracejo tal que quisieras palmar solo para escucharlo:

–¡PisanNNDDddddo! –diría ufano, por cada pie descarriado. Y los demás nos partiríamos la caja en un infructuoso intento de proferir enes y des así de cantarinas y sonoras.

María y Elena P. vuelven de un largo paseo allende las rocas. Gesticulan, sonríen y hablan, en inimitable armonía, cosas de hermanas, mientras Silvia y su rubia melena las sigue un par de pasos en retaguardia.

El minutero avanza: hay un tipo sospechosamente parecido a mí que intenta malabares de futbolista: traza paredes imposibles con la inestimable colaboración de Fonsi, Román y Carlos B. Con el rabillo del ojo busca quórum para un partido vespertino y corre, infatigable, por una orilla llena de cadáveres de conchas –tiempo tendrá de saber que no hará dinero ni como faquir ni como artista balompédico–.

Juako, que se ha sacudido la modorra y abandonado su dizque jaima, acude al encuentro de Sátur, Raúl y Víctor, que recién engrosan la nómina de vigilantes de la playa.

***

Se aleja el plano; de abajo arriba: un mar salpicado de embarcaciones, olas que rompen en blanca espuma, contorno de monte y bosque atlántico donde los verdes se vuelven inescrutablemente profundos. Hacia el otro lado se encuentra el pueblo y su circunstancia.

Cuando el sol haya girado lo bastante volveremos a la línea divisoria que conforma el muro. Nos arremolinaremos en torno a él para terminar con la sesión playera. Trasegaremos helados de cucurucho, desbordantes de bolas y planearemos el asalto nocturno. Juako, disciplinado, traza el inventario de fuerzas, cuadra presupuestos y, ya puestos acude al súper para que, cuando se oculte la luz del día, no falte de nada.

La noche

La acción retorna a la playa que, por acción de las mareas, es mucho más grande. Asoma la luna, espectacular, tendida sobre la ría y mostrando una lengua de luz que ilumina algo más que el camino. Por si esto fuera poco, en la arena seca –muy cerca de las rocas– calienta una hoguera. Sobre ella, se asan vituallas; delicias de porco, que diría alguno: chorizo rojo y criollo; se calculan un par de ristras de, al menos, media docena de ejemplares cada una. Que no parecen suficientes para los veintipico comensales que, hipnotizados por el refulgir de las llamas, aguardan algo contundente para acompañar el trago: cerveza, varios tipos de ron (todos propios de bolsillos exangües) con coca cola y güisqui (no menos barato que el ron, dicho sea de paso). También, conste, hay una sección no alcohólica; algo menos numerosa, aunque no por ello menos hambrienta.

No somos los únicos en esta nunca improvisada fiesta veraniega. Verbigracia: hay varios puntos de luz en no pocos rincones de la playa. Varias pandillas se juntan, como razas de noche, con la consigna de hablar, comer, beber y cantar. Lo que quiera que ocurra después, será guardado como secreto de confesión. O no.

Hoy la noche tiene otro reclamo: estamos en agosto y aguardamos la lluvia de San Lorenzo. El cielo está inmaculado, ni una sola nube para empañar la vista. Las horas pasan; aparecen también las estrellas fugaces –quien no las ve se las inventa–. Va siendo hora de agarrar un par de guitarras y rasgar las cuerdas. Las gargantas ya están a punto; preparados los vocalistas. Y se desata el repertorio, que es amplio y variado (para que luego platiquen de juventudes sin recursos). Belén desata el pop, con una voz de ensueño: nos canta Delgadito tan bien que se hace acreedora de todos nuestros besos. No faltan clásicos –el amigo David F. está que lo tira con los Perjúmenes–. Sabela interpreta Flaca (la de Calamaro) con suma elegancia; Keko se impone, cambiando de tercio, con Jartos d’aguantar. Los esfínteres se relajan con el clásico de los Toreros Muertos: su Agüita amarilla, ceremoniosamente ejecutada por Raúl, es una llamada asaz poderosa para visitar el ambigú (lo hallaríamos más allá de las dunas, al fondo a la derecha). Las olas nos piden otra, y allá que vamos. Entonamos, solemnes, O andar miudiño –mira, que agua no bebemos–. Le damos un poquito al inglés, ahora que el acento es lo de menos, invocando al punk rock: toca volverse políticamente difusos con The KKK took my baby away y Havana affair, de los eternos Ramones. Así se consuma la banda original de la noche. Sic transit.

Va menguando el repertorio, pero la húmeda sigue en descontrolado frenesí. De sobra es sabido que, con la ingesta de espirituosos, hasta el de prosa más calluda se abandona al ditirambo: surgen espontáneas exaltaciones de la amistad, abrazos y elogios por doquier.

Ya la luna ha girado; del fuego quedan rescoldos. Con determinación, decidimos continuar en el pueblo e irnos, literalmente, con la música a otra parte.

El alba

Ver amanecer es lo que tiene: si el sueño no te ha vencido antes, el cielo rojizo de un nuevo día deviene asaz hipnótico. Queda una bolsa de palomitas dulces de la que Kike y servidor damos cuenta con parsimonia, pero sin concesiones. Kike luce expresión hierática, sentado en la tibia arena, con el soniquete del mar en el plano largo. Quien suscribe tiene el ánimo más vencido –son muchas horas de pie–; así que busco acomodo entre surcos que remedan almohadas. Mas aguantaré, incólume, este sentido homenaje al nuevo día.

En pose meditativa, cual estoicos camino de su ataraxia, nos descubre la aurora, de rosados dedos, y consumimos la poca gasolina corporal que nos queda rezando porque el verano, misericordioso, no termine nunca.

Apostilla mi amigo, que como oráculo no tiene rival:

–Qué, Gorka: esta tarde playa y muro, ¿no?

FIN

Los muros solo sirven para separar, dicen. En un rincón del noroeste, sazonado de verde y mar, existe uno que, antes al contrario, ha visto no pocas generaciones de pequeños, medianos y grandes juntarse, crecer y creer. Me gustaría reivindicar que las cosas son, al fin y al cabo, lo que quiera que hagamos de ellas.

Esta entrada es un sentido homenaje a los días de verano que, un día, creímos interminables. También es, qué duda cabe, un caluroso brindis por la amistad; por los amigos.

En especial, por los que se marcharon antes de tiempo.

7 comentarios en “Die Mauer / El muro (crónica de días de verano)

  1. Que bonito!!, y que verdad que ahí se funden todas las generaciones. Ese muro ha sido especialmente en verano el epicentro de TODOS.
    Muchos recuerdos y precioso relato. Ah ! Y como con todos,….,los padres esperando

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  2. Precioso, Jorge. Se nota que está escrito desde el corazón. Al principio pensaba que iba a encontrarme con un relato sobre el muro de Berlín. Pero no, como dices al final, se trata de un muro bien distinto. No dices dónde está ambientado, pero imagino que se trata de un pueblo en las Rías Baixas galegas. Yo viví en Galicia un tiempo, en las rías altas.Me ha hecho gracia eso de que el agua estaba entre fría y helada, jajaja… Había que echarle valor para bañarse.
    En fin, un relato muy bien escrito, y tocado de una nostalgia que traspasa. Abrazos

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    • Hola de nuevo Mayte,
      Es, como dices, un lugar especial.
      Y no, no es en las Rías Bajas sino en las Altas…¡anda que a lo mejor hemos estado muy cerca!
      Son muchos recuerdos…y siempre que paso me viene a la cabeza escribir algo y nunca me había puesto…hasta ahora.
      Un abrazo y gracias por pasar, leer y comentar.
      Jorge

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  3. La vida en verano. Con su discurrir, con su ir y venir, como las gaviotas. En un día -que pudiera ser todo el tiempo- se crece. El amanecer, la tarde y la noche pueden encerrar y de hecho encierran todas las etapas. Ese aparente despliegue de posibilidades como colectivo pero reduccionista, al fin y al cabo, a cada circunstancia.

    Me gusta la alegoría que encierra, que toma más fuerza aún con la dedicatoria.

    Un saludo.

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    • Muchas gracias. Es una dedicatoria a amigos y lugares únicos. Y es verdad que es un recorrido por todas las etapas ¡no lo había visto de ese modo!
      Gracias de nuevo por pasarte, leer y comentar.
      Saludos.

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  4. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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