Locos que leen y escriben

¿Acerca de qué escribir ahora? Porque, reconozcámoslo: la realidad es anodina, chabacana –tiene ese punto de mediocridad que haría que, en un día de furia, bajásemos el pulgar sin clemencia alguna–. Váyanse todos a freír espárragos, y no vuelvan. Ya nada queda en las conversaciones –salvo tópicos y lugar común, o lugar común y tópicos, por aquello de que el orden de los factores altera más bien poco el producto–.

Y eso que hace un día precioso. Una especie de oasis tardoinvernal (disculpen el palabro) donde el sol luce, las nubes han hecho mutis y, los más osados –entre los que todavía me incluyo– se echan a suertes colgar el abrigo sobre el antebrazo.

Pero no. Este resultado no hay quien lo levante. Solo queda mirar paisaje y paisanaje y cualquier atisbo de sonrisa se da el piro. El café se empieza a llenar –nuevos clientes aparecen de la nada y el murmullo se eleva–. Hay un grupo, bien numeroso, de chavales en edad universitaria que –barrunto– están a punto de formar una buena timba. Parece que están haciendo inventario de efectivos cuando, de repente, uno de ellos libera una ajada baraja, que se convierte en tremendo pistoletazo de salida para que ocupen, con imprecisión milimétrica, las sillas que están alrededor de la mesa y otras cercanas.

cenaidiotas_20Fotografía: Ovidio Aldegunde

Dentro del bar se encuentra la nómina de habituales, que destaca más bien poco sobre la línea del horizonte. A esta hora también hay, en la terraza, parejas de señoras envaradas contándose novedades. Lucen abrigo de piel –imposible saber si verdadero o de pega sin acercarse como un acosador–. Llevan el pelo arreglado, maquillaje algo más que suficiente y apenas elevan la voz –mis habilidades nunca me llevaron por la senda de la lectura de labios; así que ni lo intento–.

Llega un tipo. Joven, alto y desgarbado. Lleva vaqueros y jersey de punto, y un abrigo del que podrían salir tres. Una mochila, que desentona con el conjunto, le cuelga del hombro izquierdo. Se trata de una bolsa pequeña, en la que se intuye un bulto. Se la quita del hombro y tira de la cremallera, dejando un minúsculo hueco por el que mira. Otea después a los lados y la cierra, nervioso. Entonces la coloca en su regazo; no se me escapa que la aprieta muy fuerte cuando el camarero se le acerca para tomar nota. Aprovecho para mirarle el semblante: tierra de nadie entre pálido y cetrino. Sentado, se gira sobre sí mismo y repasa cada una de las mesas. Me hago el longuis cuando le toca a la mía: miro al tendido, agarrado a una taza vacía. Luego le noto agitarse, como si temblara. Se encoge de hombros y se aferra a su abrigo, que casi lo cubre por completo.

Llega su consumición; una birra, que se bebe de un trago y sin pestañear. Glup. Colijo en que el fulano comienza a trascender la realidad inmisericordemente aburrida que me rodea, y que sus modos y maneras me empiezan a resultar, cuando menos, equívocos.

Sigue el sujeto con su particular meneo, como si le llevaran los espasmos. Parece mentira que nadie mire: yo he encontrado un filón.

El tipo ase la mochila una última vez, y después la deja sobre el asiento, tapada por el respaldo y la mesa, donde pasa completamente desapercibida. Deja unas monedas en un platito y se larga a zancada limpia.

No puede ser que nadie se haya dado cuenta. El camarero recoge las monedas distraído; ni siquiera repara en la bolsa.

Y es cuando surge esa paranoia estúpida, que me lleva a querer abrir su macuto solo por demostrar que ahí hay algo importante que debe ser descubierto. Me acerco deprisa y lo recojo; dudo un instante. Tal vez dos. Miro alrededor: la misma nadería. Palpo algo duro, pero sin apretar. Tiro de la cremallera.

En ese momento alguien me coge del antebrazo.

El rostro pálido ha vuelto. Tiene cara de susto –me agarra como si no hubiera mañana–. Los hay que su fuerza sale del puro nervio y a mí me encuentra completamente desprevenido.

¡G-gr-acias!

Tardamudea; no sé si de la emoción o de suyo –el caso es que yo también–. Le pregunto, vagamente airado:

–¿Q-ué es lo que usted esconde ahí?

Ahora todos miran. Particularmente a mí. Incluso los estudiantes hacen un alto al mus y me observan, reprobadores. Las viejas me miran como el yerno que nunca quisieran tener.

Yo me achico, claro, y sin solución de continuidad el desconocido echa su largo brazo y produce el arcano.

Es un libro, edición antigua, con las tapas desgastadas. “Miguel de Cervantes y Saavedra”, aparece escrito con singular tipografía. El título reduce más todavía las posibilidades: “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”.

Mmm-e lo i-iba a de-dejar. Muy agrade-ci-ci-do.

Entonces obra el milagro. El ambiente se distiende; todos vuelven a su rollo. Sin embargo, los veo mirarme de soslayo, como si estuviera chiflado.

A lo mejor, después de todo, tal vez tengan razón.

Desde arriba la escena de terraza es la habitual; clientes consumiendo en un día de primavera que apunta maneras. Sólo hay un par de notas discordantes: un tipo que se aleja leyendo un libro, brazo en alto y exageradamente separado. No atiende al tráfico –sortea coches y semáforos, trasunto de contemporáneos molinos–. Y luego está el que escribe a toda velocidad en una servilleta doblada. Con la mano izquierda oculta su creación al resto del mundo.

 Locos.

BotamanFotografía: Ovidio Aldegunde

FIN

Un comentario en “Locos que leen y escriben

  1. Pingback: Tiempo de recuento (crónica del año que se va) | Blog de Aldegunde

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