Faltan muchos


Con algo más que un regusto amargo, así nos deja este año. Quedan horas para despedirlo como a buen seguro no se merece y, con todo, resulta inevitable sentir una mezcla de vértigo y pereza al hacer balance.

En lo que concierne a la producción literaria, ha habido un poco de todo. Comenzamos con micros negros, entremezclados con cuentos de Navidad para el que considerábamos, incautos, sería un año tan redondo como la armonía de sus dígitos presagiaba. Estrenando la cuesta de enero, me atreví con un relato de ardientes venganzas, continué con uno de extrañas presencias alienígenas, y cerré el mes con una chanza sobre poetas cuya pluma se desvanece al dejar de vivir sobre el filo de la navaja de sus amoríos. El despertar de febrero demostró que nunca es tarde para una historia de terror con la inconfundible voz de Joey Ramone rasgando la noche. Tras un amago de greguería, una breve caricatura con un fondo de cuento y la apoteosis del examen post mórtem –repitiendo, dicho sea de paso, grupo musical–, estrenamos marzo –mes en el que inauguramos oficialmente la estación COVID– con un texto dedicado a la memoria de uno de los grandes. Antes de que la cuarentena pasase a ser nuestro palabro más cotidiano, me atreví con una ocurrencia simpática: no hay fiera que no se rinda a la melódica voz de una niña.

Hube de resistirme –al menos por un tiempo– a caer en la tentación de escribir sobre la pandemia, alumbré postreros encuentros y seguí los pasos de finados que ignoran su condición. Me adelanté en el tiempo para pintar una escena de Nochevieja en Italia; luces empañadas por la vida que –como la realidad ha demostrado por encima de cualquier ficción–, puede ser asaz amarga. En pleno confinamiento, se me ocurrió imaginar una distopía infantil con toques de queda ¿imaginarios?

Sin perder ripio, me asomé a la ventana de los oscuros secretos de un artista, atisbé la esperanza de la nueva normalidad entre el dulce de las fresas y la esperanza de días que resplandecen. Adapté el clásico de Orwell a nuestra confusa realidad y le hice un corte de mangas al olvido; pergeñé un futuro ahíto sensuales Alexias venidas a más, redimí a Juan Ciudadano, recordé mis tiempos como mediocre jugador de rol, me sentí culpable y cobarde al pulsar el botón rojo, devine rata de experimento y sucumbí a la nostalgia del bocata de nocilla tras la estela de pixelados héroes. Me puse en la piel de un osado camaleón, recordé mi primer día de clase; remedé el proceder de arribistas e interesados y puse el grito en el cielo con mi última voz. Añoré el azul del mar, describí el valor de los pequeños objetos, ilustré horribles pesadillas y desvestí con la mirada la alegría en el tejado.

Quise entrever un digno final, soñé una vida con cuatro sentidos, decidí enfrentar mis miedos para no morir cansado; tracé simbologías que van más allá de simples colores, me puse en la piel de taimados jovenzuelos y me quedé sin excusas para estrafalarios anuncios de boda. Escuché a dioses reírse a carcajada limpia de nosotros, abrí sin compasión la caja de Pandora, removí las cenizas de tercos espíritus y desperté la ira de poderosos demonios. Me atreví a soñar más allá de la línea, a pisar el suelo de Marte y, cómo no, a entrever la locura.

Durante este año largo hemos tenido tiempo de encerrarnos, macerarnos en el hálito de un sombrío embozo que aún perdura, y de reinventar una ridícula etiqueta para saludarnos –a golpe de codazo, mano en el corazón o tontuna similar–. Alimentamos el debate de los niños supercontagiadores que, como siempre, nos han ganado por la mano –aunque por un tiempo tuvieran menos derechos que los mejores amigos del hombre–. Alentamos con fuerza, como dóciles palmeros de la voz que más gritaba, una postura y su contraria, y lo hicimos sin pena, rubor ni solución de continuidad. Hemos vivido al filo de un minuto y resultado amargo, triste y quejumbroso. Y ahora barruntamos una suerte de luz al final del túnel en forma de vacuna para una carrera contrarreloj en la que todavía nos queda quemar etapas.

Al 2021 le pido tres deseos; el primero: conservar la lucidez. La misma que me impele a mirar alrededor, escuchar el silencio, contar los huecos y advertir el mensaje que la realidad, terca, se afana en transmitirnos: faltan muchos. Y no volverán.

El segundo deseo, si se me permite, es recuperar la primavera.

El tercero va para ti, querido lector: que el viento sople de cola; que las velas te lleven lejos y que el destino te llene de luz.

Nos leemos.

12 comentarios en “Faltan muchos

  1. Así es Jorge, aunque para ser un poco positivos, también las cosas malas dejan sus enseñanzas. Feliz año nuevo para ti y todos los tuyos, con un fuerte abrazo desde el Paraíso Terrenal, en estos momentos un poco menos…

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  2. No has podido resumir mejor este año que ha sido como una noche oscura. A mí las cosas malas lo único que me enseñan es que ocurren en cualquier momento y nunca se está preparado para ello. Afortunadamente, porque significa que el ser humano tiene una capacidad de olvido que nos permite seguir . Yo espero igualmente que tus tres deseos se cumplan. Por el bien de todos. Enhorabuena y un abrazo tan grande como nuestra esperanza…

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  3. Fantástico relato del resumen de lo que ha sido el año 2020. Al leerlo es imposible no hacer un recorrido por los miedos, la incertidumbre y como no la esperanza de que venga un tiempo mejor…, me parece fabuloso, lleno de sensibilidad, riqueza lingüística y supongo que agridulce recuerdo de una año que con sus cosas malas ha permitido saber más de nuestras fortalezas.
    Enhorabuena!!!

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  4. Habrá que poner empeño en que todo cambie, con mucha determinación, habrá que seguir adelante, primero un paso y luego otro; habrá que ser mejores personas y ponernos en la piel de los otros y ayudar; habrá que seguir leyendo; habrá que seguir escribiendo; habrá que seguir viviendo. Un abrazo y espero disfrutar de muchas más letras tuyas en el nuevo año.

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